sábado, 2 de abril de 2011

ESTO NO ES CUENTO, 2 de ABRIL de 1982

La impotencia resultaba un horizonte árido y reverberaba durante todas las horas del día y todos los días, y solo cuando dormíamos y dormitábamos, aburridos y hastiados por la inactividad, aquella desaparecía sepultada en gratos recuerdos, algunas pesadillas y los anhelos de la vida que habíamos dejado. La impotencia era intolerable, única, déspota y además dictatorial. La guerra duró 74 días, y si bien de esto hace ya 29 años, aún hoy me llega un sufrimiento sin llanto, un azoramiento sin sorpresa, un agotamiento que deviene en un vaciamiento, el del soldado primero, el del joven durante, y el del hombre presente que no puede olvidar y volver a llenarse, no aún cuando esto escribe, talvez o quizás cuando deje de escribirlo. En la guerra de Malvinas murieron casi ochocientos soldados. Eso es lo que hay, hay lo que no.

domingo, 27 de marzo de 2011

DESPEDIDA

En mis manos otra vez tus versos, toco tu envoltura, esa que te coloqué, protegiéndote, cuidándote, y escucho el roce de sillas en el piso al ordenarse.

Hojeo, te hojeo, ya puedo tutearte, nos conocemos hace tanto, has intentado mantenerte en tu lenguaje, y escucho una risa rítmica y gravosa.

Me inclino hacia vos, sobre vos, no me pesa recorrerte, indagarte, inalcanzable antes, ¿y ahora?, y escucho el aire cortado por los vehículos en la avenida.

Sigues ahí, entre la azucarera y la taza ya casi vacía, usada, y escucho lo que tarda el mozo en darme el vuelto, lo escucho.

Tanto recorrimos, fuiste galeón de mis sueños, nos atrajimos, y escucho los buenos días en una mesa vecina.

Estás triste, estamos tristes, ambos sabemos que poco es el tiempo que nos queda, lo estiramos, y escucho obsecuente la máquina del café.

Tu futuro será tranquilo y sedentario, el mío nómade y agitado, pacerás vertical y entre los tuyos, y escucho que llaman desde la cocina.

Ahora entiendo tu esencia, ésa que me obnubiló o aquella que adrede ignoré y esquivé durante un tiempo, y escucho que alguien le paga al mozo.

No quería introducirme en tu narrar, lengua mágica, quería escuchar, lied que baja por las calles y disfrutarlo, sólo eso, y escucho la realidad de un bocinazo.

Porque estábamos seguros los dos, que cuando el velo se deslizara, ojos de buey, nosotros bifurcaríamos nuestro transitar, y escucho tu sollozar, me escucho.