viernes, 7 de noviembre de 2014

DÍA 3 - CRÓNICAS de un soldado sin guerra - 1982


Me llevo bien con casi todo el grupo pero no logro intimar con nadie. El turco Chacur anda por ahí como una laucha asustada, es que es tan flaco que no le cuesta casi nada el susto, le sale muy natural. Casi no vemos civiles. Anoche dormí muy mal, y soñé que nunca podría volver a Bahía Blanca, me encontraba en algún lugar de la Patagonia, y seguía siendo soldado, al menos vestía como soldado, lo raro era la casa y las personas que me rodeaban, ellas eran civiles normales, escribir civil me produjo confusión.

Me deprimo cuando llega la tarde, todo se acelera y hay una urgencia implícita que nos hace poner en movimiento como si formáramos parte de un mecanismo. El dónde dormir, dónde vamos a comer, cuándo y cuánto comeremos, cómo ir al baño. La cabeza de cada uno no deja de pensar en estas cuestiones, y el cuerpo acusa los pensamientos, entonces ocurre que de pronto estamos mirándonos entre nosotros, sin decir nada, más cuando uno dice por ejemplo: voy a baño, los demás hacemos causa común y todos vamos al baño. Y así con el resto. Creo que este tipo de reacciones tienen mucho que ver con no querer perder de vista a quiénes conocemos, aunque los conozcamos muy poco. En un naufragio deben ocurrir estas cosas. Una tabla a la deriva es muy buena compañía, incluso, puede ser la salvación. En definitiva es no perder de vista que podemos de un momento para otro recuperar la soledad.