domingo, 27 de noviembre de 2011

LA ABUELA LUISA

Ángela Raimunda trapeaba concienzuda ese jueves los vasos y las copas que sin ella advertir habían alcanzado la opacidad propia del fluir de los años. Luego barría la cocina de pisos ondulados por su meticuloso ir y venir, de pasos cortos y firmes. Mientras hacía estas cosas se percibía una melodía mimetizada en el ruido bullente del agua sobre el hornillo. Colocó un individual sobre la mesa, acercó la yerbera y finalmente las tortas fritas ya extinguida su aceitosa humedad y que en general eran del día anterior, ya que iban quedando las que por la tarde freía en espera de esa visita que siempre se terminaba excusando y que a veces ni siquiera eso. Se ubicó frente a las desganadas sillas de estar siempre allí, apoyó sus antebrazos apergaminados en la mesa y se cebó un matecito.

Afuera la primavera diáfana arrimaba brisas tibias, verdes marcados y la energía incontenible de los perros en el patio del fondo. Ángela Raimunda percibió una inquietud diferente en el intercambio de los ladridos, pero continuó tomando mate un rato más, e intercalando alguna tortita, que le hacía castañetear con fruición su dentadura postiza. Como los ladridos no cesaban, se puso finalmente de pie y arrastró hacia la ventana su artrosis. En realidad parecen quejidos, se dijo la abuela, que como toda abuela no escuchaba bien. Intentó luego ver que eran esos ruidos que le llegaban alternadamente detrás del naranjo, pero apenas distinguió unos movimientos flaquitos y grises contra la medianera y pensó: “Necesito ir al doctor de los ojos“. Escuchó el timbre y con la cara sonriente recorrió con vehemencia las baldosas del corredor paralelo a las habitaciones que en su anhelo le pareció interminable. Descendió el escalón hasta el hall de entrada y abrió confiada el visillo de la puerta segura de esa visita añorada.

Ahí en la vereda se encontraba Luisa sonriéndole con esa sonrisa franca y amable que parecía tener incrustada a golpes en los huesos. Corrió el pasador y en el apuro por abrirle la puerta, un pedacito de chapa que sobresalía al rozarle el tobillo la lastimó, pero estaba contenta, tan contenta que apenas sintió una ínfima
molestia. La alegría que sentía al ver a Luisa no podía expresarla con palabras y era así que avanzaban por el corredor hacia la cocina, sin hablarse, sin tocarse, sin mirarse, pero satisfechas de estar juntas. Qué bien se la veía a Luisa, tan arreglada, y esos zapatos negros que parecían recién lustrados porque estaban recién lustrados, y esos tacos tan altos y atrevidos.

¿Quién la viera a la Luisa?, se decía y eran tantas las cosas que quería contarle y tantas otras las que quería escuchar que al final no le decía nada como si de pronto se hubiese olvidado de como se hablaba y tuviese que aprender de nuevo, y… esos perritos qué molestos que estaban hoy. Como no podía ordenar sus pensamientos, le hizo un gesto con los hombros y la mirada a Luisa, y viendo que la comprendía salió al patio para ver que les pasaba a esos perros que no dejaban de ladrar.

Ya el sol que calentaba tan lindo en esos primeros días estivales, comenzaba a descender por la medianera del fondo, y proyectaba una larga sombra en el sector donde habitualmente los perros estaban atados con cadenas cortas, para que no le estropearan los malvones y las rosas. Pasó de largo el naranjo, los malvones y ese arbolito que molestaba un poco si se quería entrar al galpón del fondo donde los perros estaban atados. Lo primero que le extrañó fue encontrar las sobras de la comida que la noche anterior les había dejado, cubierta de hormigas, ésas que andaban por todos lados en la casa. Tengo que volver a colocar los cebos en el hormiguero que está bajo el rosalito rosa, se dijo en voz alta como para entrar en conversación con los perros. Cuando miró hacia el rosal vio también otro montículo que parecía comida, ya casi sin hormigas y más allá unos huesos sin nadita de carne, y se acordó que el sábado

¿El sábado?, se cuestionó. Sí, el sábado, y recordó perfectamente porque ese día el verdulero de la esquina no tenía de los tomates que le gustaban y que siempre le compraba. Un tomate cada mediodía para almorzar y ese día no tenía y tuvo que almorzar sin el tomate. ¿Por qué los perros no se habían comido los huesos como siempre?, discurría Ángela Raimunda entre paso y paso. Y qué rico que había estado, y las glándulas le inundaron de saliva el interior de la boca por el recuerdo, mientras seguía pensando porqué estaban esos restos de comida sobre la tierra. Los perros se habían silenciado, seguramente ya tranquilos de verla a ella; y se introdujo en la penumbra que proyectaba la medianera sobre su vida.

Ángela Raimunda, que no sabía porqué la llamaban Luisa, lo último que percibió con satisfacción fue a su visita que comía de las tortitas recién elaboradas; y recordó que se había olvidado de rociarlas con azúcar.