domingo, 5 de septiembre de 2010

RECUERDO

El sonido de la naturaleza que me rodea parece dictarme y por momentos cierro los ojos y me dejo llevar. Escucho y siento y entonces recuerdo. Es un día caluroso, la tarde ha comenzado a declinar, pero hay una incesante actividad aún en los árboles. El intercambio de la fauna convive con la pasividad de la flora que no es inmutada por siquiera una mínima brisa. Anoche ha llovido y desde mi ventana pude deleitarme con una maravillosa sinfonía de truenos y relámpagos. Luego, cuando mis ojos se cerraron sin proponérselo, cuando el cansancio se adueñó de mi dominio intelectual, disfruté del descanso navegando en una lluvia densa y copiosa que masajeaba mis sienes y la nuca con dedos hábiles y acostumbrados a dar placer.

Digamos que el verde es más verde así, lleno de sonidos y de cielo celeste, y hasta el zumbido de los insectos tiene algo de poético, como el trinar de los pájaros y un tardío gallo que insiste en ser escuchado. Quiero de alguna forma manifestar la sensación de pérdida, mis cambios y los de él, quiero también de esta manera quizás entender y hasta justificar las consecuencias. Mientras esto relato veo al caballito blanco de madera frente al porche de entrada a la casa, un poco más allá el arenero o lo que de él queda, la casita amarilla con sus ventanas y la puerta que nunca pude hacer que cerrara bien, pero a quién le importaba si el entusiasmo de tener un sitio propio donde el mundo de los grandes no existiera, disimulaba y olvidaba y perdonaba esas deficientes terminaciones. Es que había amor, existía un afecto que se sudaba en horas en las que luego el tedio, o quizás el olvido fueron triunfando. Puedo ver al abuelo marchando al fondo de la galería de plantas con la camisa transpirada, el pantalón arrugado, y siempre con alguna herramienta en sus manos.

Escucho el arrullo de las palomas monteras que ya están reposando en sus nidos y el romance que comienza en esta hora como si de preparar una buena cena se tratara. Pensar en el plato principal, la bebida y el postre. Talvez un café que invite a una charla a media luz, y la esperanzadora noche con su magia por delante. Hoy es ese día, lo sé con la certeza de estar asiendo lo mejor de aquel día.