lunes, 24 de mayo de 2010

YO HAGO AL MUNDO

Hoy tuve una señal más que evidente, claro es que no estoy seguro de la hora y tampoco del lugar, pero sí de que algo de eso pasó, porque enseguida que me pasó lo que me pasó pude sentir ese airecito distinto y a olvido que uno tiene cuando recién se acaba de despertar y está soñando, y mientras lo vas comprendiendo también se te va diluyendo y te decís “anotalo, anotalo”, pero no lo hacés y en cambio te esforzás por reconstruir la idea, luego por armar la frase, te sorprendés del hallazgo de los adjetivos justos y cuando finalmente te lavaste la cara, ya no está… “Matu volvé a leer lo que acabás de escribir y corregilo”, escuché que me decía una vez más mamá, y sus palabras me producían algo así como una desesperación de hambre de comer, y las mejillas se me acaloraban y mis ojos se volvían dos lagunitas a punto de desbordar. Pero ella ya estaba en lo del orden y la limpieza de la casa mientras yo me quedaba hambriento intentando entender lo que me quería decir y así la tarde transcurría en el comedor, con los pies que no me llegaban al piso y un montón de letras sueltas y el sol poniéndose cada tarde. Luego llegaba la hora de cenar, y lo hacíamos siempre monosilabiando los hechos del día, y mientras mis padres y mis hermanos conversaban, reían o discutían y hasta se enojaban, la televisión flasheaba entre nosotros como si no le gustara la comida y mis pies seguían sin tocar el piso de mosaicos y yo pensaba que me quería ir a dormir y que quizás por la mañana pudiera corregir el mareado de los mosaicos que mis pies no llegaban a tocar, mientras ellos conversaban y la televisión que nunca terminaba de quejarse. Pero aún no me dormía, aún se me antojaba que antes de olvidarme de lo que no había logrado aprender, que era posible quizás que mis papás se quedaran dormidos a la mañana siguiente y entonces no iría al colegio a tener que mirar que lo que la maestra escribiría en aquellos pizarrones iría a desordenar ese mundo interior, que nunca llegaba a ser como ellos querían, no al menos como mamá me decía que debía de ser y otra vez la angustia de no lograr llegar con los pies al piso de mosaicos y no entendiendo que mis hermanos parecieran ir con gusto por aquellos mosaicos blandos, cuando cada mañana mamá nos cargaba en la Van y por decirlo de alguna forma nos arrojaba -no había mucho tiempo en esa hora- a la vereda del colegio y mientras yo los veía que salían corriendo y la Van se marchaba zigzagueando entre los otros coches, ellos otra vez a ver a sus amigos o a jugar al patio del colegio, y yo y mi paso desmañado y la lentitud de mis pensamientos que me dejaban sin familia y rodeado de cuerpos y de apuros, subía con resignación los escalones de la entrada al colegio que me producían una ansiedad parecida a las palabras que no podía descubrir ni ordenar, y una vez más me quedaba intentando llegar al piso de los mosaicos. Me llamo Matías y soy un niño triste, eso es lo que escucho que dicen mis padres cuando hablan muy tarde en su habitación por la noche pensando que estoy dormido. Mi pieza está muy cerquita de la de ellos y siempre pido que me dejen alguna luz del pasillo encendida pero la apagan cuando se van a acostar pensando que estoy dormido, como cuando hacen sus cosas habituales pensando que estoy haciendo mis tareas o mirando televisión y ellos que siguen sonriendo o discutiendo mientras yo no crezco aún lo suficiente para poder llegar al piso de mosaicos para así poder sonreír o discutir como ellos. Recuerdo la primera vez –luego hubo muchas- en que mi papá tuvo que ir a retirarme del colegio. Era lunes -el lunes siempre es un día difícil, eso dicen los grandes - y como la directora no había podido ubicar a mi mamá -siempre en los colegios llaman primero a las madres porque se piensan que es lo normal- lo había llamado a mi papá para que viniera a buscarme. Cuando abrí la puerta de aquella oficina y lo vi ahí sentado frente al escritorio de la directora sentí alegría al reconocer parte de mi orden interno en su mirada, pero casi enseguida pude advertir que algo no estaba todo lo bien que debería, la cara de papá reflejaba preocupación y resignación, claro que en aquel entonces con mis ocho años yo lo único que deseaba era darle un abrazo porque mi mañana había resultado muy complicada. Me recibió con el clásico “hola campeón”, y aunque yo sabía que no era para nada un campeón, me gustaba que me lo dijera porque en su voz no había nada de la burla de los otros chicos cuando la seño me preguntaba y yo no respondía, y además quién podía responderle a todas esas preguntas mal hechas que me parecían tontas: “¿Cómo se escribe envase?” si todos saben que se escribe embase, pero por alguna cuestión que aún hoy me cuesta entender algo dentro de mí se resistía a darle una respuesta, y por supuesto los murmullos comenzaban en los bancos del fondo e iban creciendo como una ola hacia los del frente y yo ¿que hacía?, lo que haría cualquiera cuando viene una ola, juntaba las manos, apretaba los labios y cerraba los ojos, y en lugar de que la ola me mojara, escuchaba sus risas y la voz de la seño intentando poner orden. De papá me llegaba con el timbre de sus palabras una enorme ternura que sus ojos marrones y la barba mal afeitaba se empecinaban en disimular, y yo le quise sonreír cuando salíamos del cole pero no pude. No entendí lo que la directora le dijo a papá cuando se pusieron de pie, él estrechó su mano mientras me miraba desde lo alto y no tuvo ganas de explicarme ni decirme nada cuando íbamos hacia a la calle. Se lo veía tan cansado a papá, y además yo creía que estaba en problemas. “Matías: ¿porqué no te fijás en el diccionario esa palabra que pusiste a ver si existe?”, decía mi mamá en la tarde y mis pies que comenzaban a alejarse del mosaico. No obstante corría el riesgo y saltaba al piso y me iba hasta el living, arrimaba alguna silla e intentaba sacar el diccionario del tercer estante -un libro muy pesado y grandote-, que muchas veces se escurría de mis posibilidades de manipularlo y se caía, y me llegaba desde la cocina la protesta de mamá, y así cada tarde. Le tenía terror al diccionario, y aunque me repetían que los libros no mordían -eso nos decía siempre papá: “chicos lean que los libros no muerden“-, estaba convencido que sí podían hacerme algún daño, como no entender el significado de sus frases o no encontrar una palabra, y me quedaba desolado en el living impotente de cumplir con el pedido de mamá, y mientras ella hacía otra cosa -siempre las mamás tienen cosas por hacer-, me iba perdiendo en ese libro en el que casi nunca podía hallar la palabra que buscaba, y me aburría, es que se parecían todas tanto, y aún cuando lograba hallar alguna que era casi igualita –pero nunca la misma- me admiraba de mi mismo e iba a la cocina por la mirada de mamá para mostrarle mi descubrimiento, y advertía una vez más que mis pies no llegaban a los mosaicos del comedor y que la tarde estaba terminando y ya estábamos por llegar a la cena familiar, porque el agua de la cacerola humeaba, y en la pileta de la cocina corría el agua y los hechos de todos los días se iban sucediendo mientras se me iba olvidando lo que había estado buscando en el diccionario.
Hay veces que pienso y siento que yo soy el mundo, y las cosas y la gente meros caprichos de mi imaginación. Por ejemplo ahora encerrado en mi escritorio de historias, dejo un momento y hablo por teléfono a mi casa, y se detiene todo el entusiasmo de mi llamado cuando escucho: “¿Qué querés Matías?”, y entonces vuelvo a situarme en aquel umbral del colegio que me anudaba el estómago. Y me pregunto porqué dejé de ser Matu para ser Matías, o porqué se me estiraron las piernas, los brazos, y me tengo que afeitar como papá, y además el cuerpo se me acelera sin que me lo proponga en algunos lugares en los que antes no me ocurría. Ahora soy Matías y a veces siento que yo hago al mundo y creo que es mi culpa cuando pido que me escuchen durante la cena y nadie atiende lo que digo y el sonido de mi voz se parece a un chico buscando sin encontrar esa palabra en el diccionario. Entonces pienso que hice algo mal cuando hice al mundo. Sé que a veces el mundo que hago no me sale como ellos querían, y cuando voy al señor componedor del mundo para que me ayude a corregirlo, él le dice a mi mamá –no a mí, él le habla a mi mamá como si yo fuera chico y no entendiera-, que mi dislexia no es con el aprendizaje que nunca aprendí, que mi dislexia ahora que vivo como Matías y no como Matu es con la vida. Hoy tuve una señal más que evidente de que yo hago al mundo. ¡Y casi casi me despierto!

Abril 2010

1 comentario:

claudia occhi dijo...

Será que aunque las piernas y los brazos se estiren y la barba crezca, hay momentos en que nos damos cuenta que los pies no llegan a tocar los mosaicos del piso. Eso pasa cuando sentimos que no pudimos hacer el mundo como los demás querían, o simplemente cuando nos resulta extraño.
Hermoso texto. Me gustó muchO