miércoles, 28 de mayo de 2014

CUENTO CRUEL II - La cena

NOTA del autor
El presente relato debe ser leído como una continuidad del CUENTO CRUEL I - La muerte.
Esta publicación por partes tiene dos motivos, el primero tiene que ver con el conocimiento adquirido de que es muy difícil leer textos extensos en un medio electrónico si no se está acostumbrado a ello -lo cual no recomiendo nunca, ya que siempre prefiero el papel a menos que esto no sea posible -, el segundo motivo es que este cuento, o cuentos, están siendo escritos, compartidos, debatidos y corregidos, en talleres que realizo. Estoy trabajando en estos momentos en el CUENTO CRUEL III que continúa con la historia de esta serie.


Desliza los dedos por el revoque con cautela, busca la tecla de la luz. Mientras esto hace llega su olor inconfundible a calle y pelo húmedo, siente una excitación, es como si algo prohibido estuviera ocurriendo, quizás sea miedo. La vista, ya la luz encendida, tuerce atraída por ese espacio que ahora no huele pero que si puede ver, ese hueco que surgió en la cocina  en el lugar donde solía echarse. La ausencia le resulta extraña, y a la vez intensa. El perro pareciera seguir ahí aunque sabe que esto no es posible. Teresa elogia el estofado, le pregunta por el perro y mientras lo hace va girando el torso hasta que su cara queda casi de frente a la ventana que da al patio. El teléfono suena mientras Teresa se lleva otro pedazo de carne a la boca, y vuelve a mirar hacia la ventana. Es de noche, y los reflejos que la luz arranca del vidrio devuelven la parte de la mesa en la que él está sentado. Antes de ponerse de pie para ir a atender al teléfono, piensa que Teresa mira al patio como si buscara algún rastro del perro, quizás sea la carne que ella ahora está masticando la que provoca esa actitud desconocida en Teresa. Cuándo ella se ha interesado por aquel animal. Ahora él mira hacia donde Teresa mira, y ve la imagen en el vidrio. Están ambos sentados a la mesa, Teresa come mientras mira hacia la ventana, y él mira como ella come en la imagen reflejada de la ventana. Por un momento la oscuridad que surge del patio le hace concentrar su atención en el rostro de Teresa comiendo, enfoca sus ojos en los ojos de ella y se sorprende. Teresa lo mira mientras está comiendo un trozo del perro y a través de la mímica sorda que surge de la cara de Teresa se da cuenta de que ella está disfrutando la cena. El teléfono ha dejado de sonar apenas se pone de pie, no obstante impulsado por el estímulo de ir a atenderlo, sale del comedor y va hacia el living, de alguna manera está escapando de aquella excitación que logra una vez más emocionarlo.

Teresa se sirve vino y luego toma un trozo de pan, acerca la silla a la mesa, tose suavemente. Es más una carraspera que una tos real, ahora Teresa toma otra vez el cuchillo y el tenedor, no la ve, pero los sonidos le devuelven en fragmentos lo que Teresa hace con los cubiertos, el tenedor pica sobre la loza del plato, el cuchillo resbala, ahora, luego de llevarse un trozo de carne a la boca deja los cubiertos, piensa que Teresa está masticando a conciencia el pedazo de perro. Los sonidos de cortar y trinchar surgen claros al otro lado de la puerta. Tiene el teléfono en la mano como si hubiese llegado a tiempo a atenderlo, escucha que Teresa se remueve inquieta en la silla, y choca el vaso con el borde del plato, arrastra el mantel unos centímetros atrayéndolo hacia ella, y la botella de vino, lo sabe porque la ha dejado cerca del plato, demasiado cerca, choca a éste con la opacidad que le transfiere el líquido de su interior. Introduce la contraseña en el teléfono para saber cuál es el número que ha llamado. Va sorteando las opciones del contestador hasta que escucha el número, no logra memorizarlo, tampoco hay un mensaje, reinicia la escucha del contestador para así poder verificar el número que no llegó a memorizar. Por si acaso, anota el número que no logra reconocer en un papel. Vuelve a la mesa.


Teresa abre sus bonitos ojos un poco más y levanta las cejas, su cara luce despejada. Es linda. Tiene una belleza tranquila, casi campestre, y ese gesto que despierta en el rostro su llegada la vuelve de pronto casi hermosa. Se siente seducido una vez más por la forma y el color de su boca. Ella lo esperaba, los brazos cruzados. Los cubiertos están sobre el plato y ella ha dejado sin comer algo de las papas y de la carne. Cree que va a reclamarle la espera, entonces le dice: “Tengo que contarte una cosa”. Teresa se limita a mirarlo, endereza la espalda que tenía reclinada hacia la mesa y espera. Si lo hubiera pensado unos momentos seguramente se habría callado, mientras habla deja de mirarla, se aferra a la ventana y a los reflejos que surgen de ella y que distorsionan un poco todo, entonces le dice: “Maté al perro y además, te lo estás comiendo”. Es algo que no puede evitar, no modifica ni omite en esa oración una palabra que pudiera salvarlo. Imagina que quizás Teresa gritará, que se llevará una mano a la boca, que le alzará la voz, que quizás llorará. Vuelve a mirar hacia la ventana y a la profundidad de la noche, necesita ver en los reflejos de la ventana la mirada que ahora podría tener Teresa. El teléfono vuelve a sonar.