viernes, 8 de agosto de 2014

NO JULIO, equivocaste el título

Hay un tramo del recorrido del tren que tomo a diario para ir a trabajar, que se encuentra saliendo de Floresta en dirección a Once, en el que por unos momentos breves, apenas unos instantes y dependiendo de la velocidad a la que marcha el tren, puede verse un muro de ladrillos rojos muy alto y parte de la zona baldía cercana a las vías. Si uno alza la vista, para lo cual hay que acercarse a las ventanillas del tren, puede verse en lo alto de esa pared, el fondo de las casas del barrio. Esos momentos del viaje me recuerdan el cuento “Final del Juego” de Julio Cortázar.

El dibujo corresponde a Francisco de 11 años, el hijo de un amigo

Agosto es el mes en el que nació Julio Florencio Cortázar, hace ya cien años, y también en Agosto festejamos el día del niño. Me pareció bueno recordarlo así, con un cuento que incluye la palabra JUEGO. 
El que nunca dejó de JUGAR. 
Ni siquiera hoy. 
Tampoco mañana.
No Julio, equivocaste el título. Jamás hay final del juego.

Unos párrafos del cuento y donde encontrarlo para quién quiera leerlo.
“Lo que cuento empezó vaya a saber cuándo, pero las cosas cambiaron el día en que el primer papelito cayó del tren. 
< ... > 
Fue un martes cuando cayó el papelito, al pasar el segundo coche. Cayó muy cerca de Holanda, que ese día era la maledicencia, y rebotó hasta mí, era un papelito muy doblado y sujeto a una tuerca.”

miércoles, 23 de julio de 2014

Lo único que se mueve en el paisaje son mis ojos y una serpiente

ENTREVISTA a Ariana HARWICZ
Por Daniel Fuster
LA DEBIL MENTAL
Narrativa, 112 p.
Junio 2014, editorial Mardulce


Conocí personalmente a Ariana Harwicz en un encuentro literario en Palermo en el marco de los talleres de escritura de Laura Galarza. Ariana había venido a Buenos Aires a presentar su última novela, “La débil mental” y dentro de lo apretado de su agenda y la inmediatez de su regreso a París donde vive, tuve la posibilidad de escucharla. Una escritora de escritura verborrágica como ella misma se define.
No recuerdo exactamente en qué momento surgió la idea de la entrevista, pero sí que fue leyendo alguna de las tantas reseñas que hicieron de su libro. Fue entonces que le pregunté si era posible hacerle algunas preguntas para que con sus respuestas y con una breve introducción de quién era ella y del libro, me permitiera publicarla en un sitio web del cual le suministré la información necesaria para que lo analizara. Al poco tiempo me llegó su respuesta afirmativa.
Destaco esta frase que me envió cuando se disponía a contestarme:
“Escribo ahora a partir de tus preguntas, lo único que se mueve en el paisaje son mis ojos y una serpiente.”

La entrevista salió publicada en el blog de Casa de Letras:
http://www.casadeletras.com.ar/blog/ariana-harwicz-me-gusta-la-manera-obsesiva-de-vivir-a-la-que-te-empuja-la-escritura/

Por Daniel Fuster

Ariana Harwicz nació en Buenos Aires en 1977. Estudió guión cinematográfico en el ENERC (Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica), dramaturgia en el EAD (Escuela de Arte Dramático) y completó sus estudios con una licenciatura en Artes del espectáculo en la Universidad Paris VIII y un máster en Literatura comparada en La Sorbona. La débil mental es su segunda novela. Actualmente vive en Francia.
Leer el último libro de Ariana Harwicz, que acaba de salir por editorial Mardulce me produjo vértigo. En la novela que se titula La débil mental y es el segundo libro de ficción de esta autora radicada en Francia hace ya varios años, se cuenta una relación entre madre e hija que llega a los límites de la naturaleza humana. Escrita en un lenguaje por momentos poético, introduce al lector en una montaña rusa de sensaciones que se van potenciando unas con otras:
“El mundo es una luna cortada a latigazos negros, a flechazos y escopetazos. Cuánto hay que cavar para dar con el desprecio, para hacer que mis días ardan.”
Al dar vuelta cada página de esta nouvelle, la realidad humana toca la crueldad y nos cuestiona: ¿somos así, somos esto? Ariana rompe cánones, aborda sin vueltas aspectos de la miseria humana, pero es curiosa la lectura de su prosa. Su forma de escribir nos lleva hasta el borde del acantilado que no deseamos mirar, pero a la vez nos quedamos ahí, observando todo.
Hace años que vivís en Francia, sin embargo el tono del libro y su lenguaje resultan muy naturales, muy de Argentina si se quiere. ¿Cómo se vive esa extranjerización de lo cotidiano? ¿Cómo creés que influye o afecta a tu escritura?
No vivo afuera ni adentro de nada y mi contacto con el habla sigue fluyendo con la misma intensidad. Una lengua es una corriente de pensamiento que no se detiene nunca. Además del habla, el pensamiento y la escritura,  están los sueños, y la voz de ese Otro que escuchamos. Lo que ya se sabe del doble de uno mismo apuntándonos, hostigándonos, en mi caso, además es verborrágica.
Se podría decir que no sos una escritora que viene precisamente de la carrera de Letras. ¿Cómo ha sido tu formación profesional y qué te ha llevado a la escritura?
Mi formación académica empieza en una carrera de cine y otra de guión, luego dramaturgia, Artes y Filosofía en Puán, Fotoperiodismo en Tea, Historia del Arte y Letras combinadas en dos universidades de París. A la escritura me llevó la intriga que me provocó siempre el acto de escribir. Eso de ver por ejemplo a un tipo acostado en un sillón con las patas en el apoyabrazos y saber que puede que esté escribiendo, en ese mismo instante, una frase brillante. Si escribís no estás comiendo y nada más, no estás andando en bicicleta y nada más. Me parece imposible. Nunca estás únicamente hablando. Me gusta la manera obsesiva de vivir  a la que te empuja la escritura.
¿Sos alguien que escribe con una rutina y respeta un espacio y un tiempo para escribir?
¿Me repite la pregunta? No rutina. Y sobre todo no espacio y no tiempo. ¡Sacrilegio! Cuando arranca, arrancó.
Al leer la novela uno va deduciendo que el lugar donde se desarrolla la misma mucho tiene que ver con una casa, pero dónde está esta casa. No hay negocios cerca, los vecinos no aparecen, el lugar de trabajo de las protagonistas tampoco, ¿trabajan acaso?, etc. ¿Qué podrías comentarnos en ese sentido y qué intentaste o imaginaste hacer al darnos esta no-geografía donde los hechos ocurren?
Es que no intenté ningún no-lugar. Pero la geografía donde fue escrita es cierto que es una no- geografía en Argentina. Es interesante lo que pasó porque fue escrita casi desde la mímesis, no en la manera de describirla, pero sí de situarse en escenarios realistas: casa, bosque, pueblito, zona industrial, rotondas con motoqueros, río con piedras, policías y enjambre de ramas. Todo eso que da como ecuación final la apariencia de un lugar afantasmado, poetizado, imposible, es en verdad,  de lo más concreto.
Pienso que el título del libro es una apuesta muy fuerte que hiciste, ¿Podrías contarnos cómo surge o si hubo la posibilidad que fuera otro? Lo que el imaginario común entiende por débil mental es muy distinto a las conclusiones que llega el lector al finalizar la novela, aunque la debilidad de la protagonista es evidente.
No había otro título porque eso es lo que les pasa. Son débiles mentales. La debilidad que le provocan los hombres las vuelve por momentos, puro cuerpo. En La montaña mágica el narrador dice que “la enfermedad vuelve al cuerpo, doblemente cuerpo”, acá ese efecto destructor sucede con el deseo.
La novela aborda temas que pueden ser considerados sórdidos, sin embargo tu lenguaje por momentos poético, y en otros vertiginoso, hace que los mismos sean “curiosamente” disfrutados. ¿Qué explicación le encontrás a esta sensación que produce tu escritura?
Intento que mi escritura esté todo el tiempo sumida al efecto de una tormenta. Oscuridad, luz, oscuridad. La estructura, la impresión visual de sorpresa y a la vez de temor que me genera una tormenta eléctrica me parece digna de una clase de dramaturgia. Eso sí, tiene que haber estallido. En La débil mental se va a lo hondo de una infancia cruzada por el sexo. En ese cruce hay mucha oscuridad, lo que podría volverla sórdida, lo que la salva es el deseo de vivir. La tentación de mantenerse en vida.
¿Cómo y cuáles son tus lecturas actuales? Y en relación con tus lecturas pasadas, ¿cuáles rescatás? Me refiero a aquellos autores que han perdurado a tu alrededor y te resultan necesarios.
Contestar esto es imposible. Las obras de arte  quedan incrustadas, pero también de algún modo los libros buenos y los mediocres. Y el fragmento de un poema del siglo VII. Y una exposición sobre la vida de Cleopatra. Y un cuadro. Y el comentario del cuadro o del libro. Y la nota al pie. Y una sonata. Y lo que pensaste al leer, lo que pensaron sobre un libro. Y así.

miércoles, 16 de julio de 2014

DESAYUNO


El hombre no se había puesto los zapatos, seguía con las pantuflas con las que se había levantado, miró como desayunaba su hijo. El chico parecía estar algo dormido, aún no eran las siete. 
-Samy, lo llamó, qué tenés hoy después del colegio. 
Por unos momentos la cara del chico reflejó cierta sorpresa, no parecía comprender la pregunta. 
-Tengo Inglés, dijo finalmente el chico.
En el pasillo la mujer hacía algunos ruidos, estaba recogiendo cosas, ordenaba mientras se acercaba hacia donde ellos estaban desayunando. Afuera ladró el perro. 
-Cuánto hace que vas a Inglés, ¿dos, tres años? 
-Dos años seguro, dijo el chico y se quedó pensando en lo que había dicho. 
-¿Te gusta?, insistió él, le había molestado la breve respuesta de Samy. 
-Sí, aseguró el chico, parecía convencido.

El hombre abrió el libro donde estaba el señalador y bebió algo que humeaba en su taza. Leyó un párrafo, cuando estaba por comenzar el siguiente la mujer que llegaba con algo en la mano le habló. Se miraron, ella pareció esperar que él dijera algo pero él no dijo nada. El chico miraba un punto fijo en la mesa, se había sentado con las manos debajo del pantalón porque tenía frío. Todavía no se había puesto el buzo del colegio.

-Papá, dijo de pronto Samy, necesito plata para unas fotocopias. 
El hombre no lograba concentrarse en lo que estaba leyendo. Le extendió un billete de diez pesos que el chico agarró sin agradecer. La mujer trajinaba en la mesada, guardaba unos platos y los vasos de la noche anterior en la vitrina. Los cubiertos tintinearon alegremente cuando los dejó caer en el cajón correspondiente. La escuchó canturrear una melodía cuando iba hacia el lavadero con el cesto de la ropa sucia. Se oyó que estaba poniéndola en el lavarropas. Los sonidos le llegaron a través de un siseo modificados por el ruido del tambor que había comenzado a girar. El viento sacudía la ventana que había quedado apenas abierta, todavía estaba oscuro. 

Volvió a mirar al chico que no tomaba la leche. Samy empujó la silla hacia atrás y se puso de pie. Se parecía al abuelo, tenía sus ojos. La claridad en  los ojos del chico era por momentos verde y por momentos gris. Samy se metió en el baño y el hombre se encontró disfrutando de la soledad del comedor. Esperaba.
-No venís con nosotros, te dejo cerca de donde salen las kombis, dijo la mujer sin dejar de hacer lo que estaba haciendo, ahora estaba en el living corriendo las cortinas. 
-No, dijo el hombre alzando la voz, me quedo un rato más, quiero leer un cuento antes de ir a trabajar, respondió fijando la vista en el libro. 

La mujer apareció con la cartera en una mano, las llaves del auto en la otra y el chico detrás de ella como una extensión de su cuerpo. Samy ya se había puesto el buzo con el logo del colegio y tenía la mochila al hombro. El hombre permaneció sentado frente al libro, desde ahí los vio irse. Cuando se iban, el chico lo miraba desde sus ojos grises.  Algo que no llegaba a formarse totalmente en una idea en su pensamiento lo seguía molestando y le impedía concentrarse. Los pies del hombre se removieron dentro de las pantuflas con satisfacción.

sábado, 5 de julio de 2014

CUANDO LLUEVE


Cuando llueve debes levantarte temprano y estar solo y hacer eso que haces cuando estás solo. Cuando llueve el perro no debe entrar a la casa porque ensucia. Cuando llueve no debes abrirle la puerta para que entre. Cuando llueve no puedes salir afuera porque no tienes campera y puedes mojarte. Cuando llueve no debes salir afuera. Nunca. Cuando llueve debes sentirte mejor porque estás dentro de tu casa. Cuando llueve tus pensamientos tienen más tiempo porque no sales afuera porque no puedes. Cuando llueve muchas veces quieres que siga lloviendo, y puedes hacer adentro lo que no puedes hacer afuera, y ella no puede tocarte. Cuando llueve se suele cortar la luz y no hay internet. Cuando llueve y si la lluvia es tranquila como una garúa, entonces recuerdas la tristeza que tuviste con ella. Cuando llueve nadie anda por la calle y tienes que cocinarte si quieres comer, aunque muchas veces no te hace falta o no deseas comer. Cuando llueve no puedes ir a comprar tu bebida y ella no viene a tu casa y no puede tocarte. Cuando llueve el perro no debe entrar a la casa porque ensucia y a ella le molesta que la casa se ensucie.
Cuando llueve, llueve.

jueves, 12 de junio de 2014

EL MUNDO CORTAZAR, homenaje en el día del Escritor

“Pero existe algo que el tiempo no puede, a pesar de su innegable capacidad destructora, anular: y son los buenos recuerdos, los rostros del pasado, las horas en que uno ha sido feliz”. 
de Julio Cortázar, en una carta de 1939, tenía 25 años.



Es tan vasto el universo literario de CORTAZAR, que me pareció mejor concentrarme en una etapa de su vida. Elegí apenas un pedacito que transcurre en la localidad de Banfield cuando con cinco años llega con su familia a la Argentina en 1919 y se establecen en esa localidad. Hoy la casa original no existe y hay un cartel indicador con la referencia de que allí vivió Julio Cortázar.

Cortázar empieza segundo grado con 10 años de edad, la escuela primaria en esos años comenzaba a los 8 años. Aparentemente el retraso se debió a que su madre intentó anotarlo en otra escuela. Testimonia Nicolaza Frega, una compañera de Julio cuando tenía 14 años: “Era hermoso, muy blanco. Tenía unos ojazos azules que bailaban solos. Estaba siempre impecable. Jamás se lo veía sin corbata, era muy prolijo. Y tenía un acento muy particular, con un gangueo como el de los franceses al hablar.”

El fondo de la casa era muy amplio, había árboles frutales y también algún sauce. En los fondos existía un potrero donde se jugaba al fútbol. El frente de la casa estaba protegido por una pared baja. Julio tenía un amigo muy querido a quién llamaba Doro, que vivía también en Rodríguez Peña pero en la vereda de enfrente.
Extracto del cuento Deshoras, “Estaba seguro de que entre mis amigos había pocos que recordaran a sus compañeros de infancia como yo recordaba a Doro, [...] Tan inseparables habíamos sido en esos tiempos del sexto grado, de los doce o trece años, que no era capaz de sentirme escribiendo separadamente sobre Doro, aceptarme desde fuera de la página y escribiendo sobre Doro. Verlo era verme simultáneamente como Aníbal con Doro, y no hubiera podido recordar nada de Doro si al mismo tiempo no hubiera sentido que Aníbal estaba también ahí en ese momento, [...] Y con todo eso venía también Banfield, claro, porque todo había pasado allí, ni Doro ni Aníbal hubieran podido imaginarse en otro pueblo que en Banfield donde las casas y los potreros eran entonces más grandes que el mundo."


En  el cuento Los venenos Cortázar recrea otros aspectos de su vida: "El sábado tío Carlos llegó a mediodía con la máquina de matar hormigas. El día antes había dicho en la mesa que iba a traerla, y mi hermana y yo esperábamos la máquina imaginando que era enorme, que era terrible. Conocíamos bien las hormigas de Banfield, las hormigas negras que se van comiendo todo, hacen los hormigueros en la tierra, en los zócalos, o en ese pedazo misterioso donde una casa se hunde en el suelo, allí hacen agujeros disimulados pero no pueden esconder su fila negra que va y viene trayendo pedacitos de hojas, y lospedacitos de hojas eran las plantas del jardín, por eso mamá y tio Carlos se habían decidido a comprar la máquina para acabar con las hormigas".

Cuando uno lee una frase o un párrafo de un cuento cualquiera de Cortázar siente enseguida que le hace bien, y hace tanto bien que se nos clava una sonrisa en la cara. "Volvé Cortázar, total que te cuesta" (Sic).

NOTA: algunos tramos de lo que aquí se incluye forman parte de una exposición que va a ser llevada a cabo en el Auditorio de la Municipalidad de Ituzaingó, el 13 de Junio de 2014, con motivo del día del Escritor.






miércoles, 28 de mayo de 2014

CUENTO CRUEL II - La cena

NOTA del autor
El presente relato debe ser leído como una continuidad del CUENTO CRUEL I - La muerte.
Esta publicación por partes tiene dos motivos, el primero tiene que ver con el conocimiento adquirido de que es muy difícil leer textos extensos en un medio electrónico si no se está acostumbrado a ello -lo cual no recomiendo nunca, ya que siempre prefiero el papel a menos que esto no sea posible -, el segundo motivo es que este cuento, o cuentos, están siendo escritos, compartidos, debatidos y corregidos, en talleres que realizo. Estoy trabajando en estos momentos en el CUENTO CRUEL III que continúa con la historia de esta serie.


Desliza los dedos por el revoque con cautela, busca la tecla de la luz. Mientras esto hace llega su olor inconfundible a calle y pelo húmedo, siente una excitación, es como si algo prohibido estuviera ocurriendo, quizás sea miedo. La vista, ya la luz encendida, tuerce atraída por ese espacio que ahora no huele pero que si puede ver, ese hueco que surgió en la cocina  en el lugar donde solía echarse. La ausencia le resulta extraña, y a la vez intensa. El perro pareciera seguir ahí aunque sabe que esto no es posible. Teresa elogia el estofado, le pregunta por el perro y mientras lo hace va girando el torso hasta que su cara queda casi de frente a la ventana que da al patio. El teléfono suena mientras Teresa se lleva otro pedazo de carne a la boca, y vuelve a mirar hacia la ventana. Es de noche, y los reflejos que la luz arranca del vidrio devuelven la parte de la mesa en la que él está sentado. Antes de ponerse de pie para ir a atender al teléfono, piensa que Teresa mira al patio como si buscara algún rastro del perro, quizás sea la carne que ella ahora está masticando la que provoca esa actitud desconocida en Teresa. Cuándo ella se ha interesado por aquel animal. Ahora él mira hacia donde Teresa mira, y ve la imagen en el vidrio. Están ambos sentados a la mesa, Teresa come mientras mira hacia la ventana, y él mira como ella come en la imagen reflejada de la ventana. Por un momento la oscuridad que surge del patio le hace concentrar su atención en el rostro de Teresa comiendo, enfoca sus ojos en los ojos de ella y se sorprende. Teresa lo mira mientras está comiendo un trozo del perro y a través de la mímica sorda que surge de la cara de Teresa se da cuenta de que ella está disfrutando la cena. El teléfono ha dejado de sonar apenas se pone de pie, no obstante impulsado por el estímulo de ir a atenderlo, sale del comedor y va hacia el living, de alguna manera está escapando de aquella excitación que logra una vez más emocionarlo.

Teresa se sirve vino y luego toma un trozo de pan, acerca la silla a la mesa, tose suavemente. Es más una carraspera que una tos real, ahora Teresa toma otra vez el cuchillo y el tenedor, no la ve, pero los sonidos le devuelven en fragmentos lo que Teresa hace con los cubiertos, el tenedor pica sobre la loza del plato, el cuchillo resbala, ahora, luego de llevarse un trozo de carne a la boca deja los cubiertos, piensa que Teresa está masticando a conciencia el pedazo de perro. Los sonidos de cortar y trinchar surgen claros al otro lado de la puerta. Tiene el teléfono en la mano como si hubiese llegado a tiempo a atenderlo, escucha que Teresa se remueve inquieta en la silla, y choca el vaso con el borde del plato, arrastra el mantel unos centímetros atrayéndolo hacia ella, y la botella de vino, lo sabe porque la ha dejado cerca del plato, demasiado cerca, choca a éste con la opacidad que le transfiere el líquido de su interior. Introduce la contraseña en el teléfono para saber cuál es el número que ha llamado. Va sorteando las opciones del contestador hasta que escucha el número, no logra memorizarlo, tampoco hay un mensaje, reinicia la escucha del contestador para así poder verificar el número que no llegó a memorizar. Por si acaso, anota el número que no logra reconocer en un papel. Vuelve a la mesa.


Teresa abre sus bonitos ojos un poco más y levanta las cejas, su cara luce despejada. Es linda. Tiene una belleza tranquila, casi campestre, y ese gesto que despierta en el rostro su llegada la vuelve de pronto casi hermosa. Se siente seducido una vez más por la forma y el color de su boca. Ella lo esperaba, los brazos cruzados. Los cubiertos están sobre el plato y ella ha dejado sin comer algo de las papas y de la carne. Cree que va a reclamarle la espera, entonces le dice: “Tengo que contarte una cosa”. Teresa se limita a mirarlo, endereza la espalda que tenía reclinada hacia la mesa y espera. Si lo hubiera pensado unos momentos seguramente se habría callado, mientras habla deja de mirarla, se aferra a la ventana y a los reflejos que surgen de ella y que distorsionan un poco todo, entonces le dice: “Maté al perro y además, te lo estás comiendo”. Es algo que no puede evitar, no modifica ni omite en esa oración una palabra que pudiera salvarlo. Imagina que quizás Teresa gritará, que se llevará una mano a la boca, que le alzará la voz, que quizás llorará. Vuelve a mirar hacia la ventana y a la profundidad de la noche, necesita ver en los reflejos de la ventana la mirada que ahora podría tener Teresa. El teléfono vuelve a sonar.

martes, 20 de mayo de 2014

CORTAZAR por CORTAZAR, primeros años


Pasé la infancia en una bruma de duendes, de elfos, con un sentido del espacio y del tiempo diferente al de los demás. Fui un niño enfermizo y pasé mucho tiempo en cama, dedicado a los libros. Mi madre dice que empecé a escribir a los ocho años una novela que guarda celosamente a pesar de mis desesperadas tentativas por quemarla. En cierta ocasión un pariente descubrió mis poemas y se los dio a ella diciéndole que evidentemente esos poemas no eran míos y que los copiaba de alguna antología. Estaba tan dedicado a la lectura que algún médico llegó a recomendarle que leyera menos. 

Debíamos tener doce años y la novela que le presté a un compañero de clase era una que acababa de leer y me había dejado absolutamente fascinado; una de las novelas menos conocidas de Julio Verne, “El secreto de Wilhelm Storitz”, en la que Verne planteó por primera vez el tema del hombre invisible luego recogido por H.G.Wells […] me la devolvió diciendo: “No la puedo leer. Es demasiado fantástica.”, me acuerdo como si me estuviera diciendo eso en este momento. Allí me di cuenta de lo que me sucedía: desde muy niño lo fantástico no era para mí lo que la gente considera fantástico; para mí era una forma de la realidad que en determinadas circunstancias se podía manifestar, a mí o a otros, a través de un libro o un suceso, pero no era un escándalo dentro de una realidad establecida. 
Julio Cortázar, Clases de literatura. Berkeley, 1980 (Alfaguara)

martes, 6 de mayo de 2014

CUENTO CRUEL I - La muerte


"Las pequeñas olas se levantan y rompen,
y el perro anaranjado ladra,
y mi vida ha cambiado para siempre."
El mar, John Banville


Lo primero que percibe es un ambiente con la luz difusa. Él mismo sentado como está de espaldas a la luz la difumina en exceso y sobre la mesa mientras toma algo caliente ve el gesto paralelo de su sombra adherido a cada sorbo que se lleva a la boca. El perro yace echado a su lado contra la puerta que da al patio. Afuera apenas asoma una tímida claridad. Siente que el lugar va absorbiendo sus pensamientos, y que su moralidad se vería cuestionada si el cielo diáfano y los rayos del día acabaran con la penumbra que todavía flota a su alrededor. El pecho le sube y le baja con ese ritmo suave que solo da la confianza, es un manto negro de un porte mediano, aun así cree que la faena no será fácil. Ha decidido comerlo y por momentos cada vez más breves algún remordimiento lo acosa.

Un coche con el escape roto cruza el frente de la casa y un largo suspiro escapa del perro. Ayer lo siguió, no deseaba que el perro se diera cuenta que lo seguía, así escondiéndose en las veredas opuestas, detrás de árboles y de coches lo vio husmear los rincones de las cuadras, olisquear las bolsas de residuos, romperlas, lo vio hurgar en ese contenido híbrido de deshechos, acercarse con recelo a otros perros, los vio olerse, girar en círculos, los vio gruñirse. La bolsa reforzada e impermeable está en el lavadero junto a la cuchilla. Cree haber pensado en todos los detalles, esperará el momento en el que el perro esté relajado y durmiendo, la respiración debe ser tranquila, como la que tiene ahora que lo está mirando ahí echado, sin que se de cuenta que lo hace. Se pone de pie y va hasta el lavadero, en esos momentos el perro abre los ojos y lo mira, se miran, incorpora un poco la cabeza, las orejas se le han erguido. Está alerta. Es evidente que el sueño del perro no era lo profundo que él creía. El animal mueve su cola sin poder evitarlo, un orden superior activa su sistema nervioso, impulsos que se confunden con el afecto de una fidelidad acostumbrada. Hay una asquerosa ternura en los ojos de la bestia, estos últimos días ha dejado de llamarlo por su nombre, le chista, cuando el perro se acerca a sus piernas e intenta el contacto él lo chista, “chist” le dice con un gesto seco, eso ha sido suficiente por ahora para que el perro se detenga.

Va hacia el lavadero, revisa el lugar donde lo piensa matar, la pileta es amplia, cree que al menos la mitad del cuerpo cabrá en ella, quisiera evitar ensuciar lo más posible. Al mover la bolsa su mano derecha roza apenas la cuchilla y comienza a sangrar. En muy pocos segundos el rojo oscuro casi negro de la sangre desliza por la mesada de granito y cae al piso armando un pequeño charco. Detesta lastimarse tan estúpidamente, cuando se mueve su pie toca algo en el piso y lo hace tropezar y mientras putea ve que ha chocado con el perro. Él mira al perro, pero el perro no lo mira esta vez, el perro lame del piso la sangre que ha comenzado a coagular. Lame su sangre. Para hacer lo que necesita hacer, matar a ese perro, ha dejado de llamarlo por su nombre, ha dejado de tutearlo, de alguna forma ha dejado de quererlo. Con la mano todavía sangrando sale del lavadero y cuando lo hace vuelve a chocar con el perro que no se ha movido.

Ya no queda sangre en el piso no obstante el perro insiste con una dedicación espartana en que su olfato absorba los últimos rastros de la sangre. Siente el impulso de patearlo y lo patea. Escucha un gruñido. El perro no ha emitido el quejido que era de esperar, esa queja lastimera que cualquier mascota deja oír cuando su amo lo golpea. Por un momento el hombre siente un escalofrío, se mira la mancha roja y húmeda en la palma de la mano y luego rodea al perro para salir. Abre la heladera y la luz blanca lo encandila, una botella plástica con agua hasta la mitad, un limón que ha ido consumiéndose, un sobre abierto de mayonesa, las hojas mustias de lechuga. Cierra la puerta. Ve la cara del animal que lo observa desde abajo. El perro no se ha movido. No se ha quejado. No ha vuelto a gruñirle pero acaso esa falta de movimiento y de sonidos sea una respuesta más espantosa que la confusión anterior. Algo en esta nueva actitud del perro lo satisface, siente ahora que ese vínculo de afecto, que esas miradas y horas compartidas se han alejado, se pregunta si acaso esa fidelidad que le demostraba hasta hacía unos momentos se puede esfumar así sin más.


Intenta acariciarlo y cuando alarga la mano presiente que el perro podría morderlo, nunca antes ha tenido que pensar así, pero ahora tiene casi la certeza de que el perro lo morderá. Surge un brillo amarillo en el blanco de los ojos del perro mientras la mano derecha, la que se ha lastimado avanza hacia la cabeza del animal como tantas veces antes, siente el vértigo de una caída al vacío, pero la mano no retrocede, su mano sigue cayendo hacia el perro y a pesar del temor que tiene se resiste a retirarla. La dentellada del animal no lo sorprende porque no cree todavía que pueda haber ocurrido, sin embargo mientras una furibunda ola de calor lo envuelve en un sudor incontrolable y ve los pedazos de su mano en la boca del perro, entiende que el perro lo ha mordido. Primero hay un ardor, luego algo inexplicable que llama dolor y finalmente sus gritos que se fusionan con los ladridos, sus piernas se doblan y él cae sin resistencia. Cuando despierta, el perro y él ahora están a la misma altura, es raro verlo así, el perro no ha retrocedido, el perro observa con una fanática obsesión los colgajos sanguinolentos que asoman de su muñeca. 

miércoles, 23 de abril de 2014

EL EPISODIO DE LA VACA

Este cuento que he escrito es para recordar a Gabriel García Márquez.
Por su sana  alegría en la escritura.
Por haberme divertido tanto durante las lecturas.
Por su magia.


“El martes amaneció una vaca en el jardín. 
Parecía un promontorio de arcilla en su inmovilidad dura y rebelde, 
hundidas las pezuñas en el barro y la cabeza doblegada.”

“Isabel viendo llover en Macondo”, Gabriel García Márquez.



EL EPISODIO DE LA VACA

 José Gabriel apareció en la mañana anunciando que tenía que ir al campo El Águila porque una vaca, una vaquillona en realidad, se había enredado con un alambre, y lo que yo imaginé en ese momento era que el animal estaría en algún lugar oscuro, un sitio húmedo y lóbrego, y que quizás habría quedado en una posición difícil y sin poder moverse, desfalleciente de muchas horas de tironear y echando espuma por la boca, sin embargo José Gabriel lo decía como si tuviera que ir al Banco antes de que cerrara. Yo volvía de la quinta con una bolsa de membrillos recién sacados del árbol cuando Eduardo José, el hermano de José Gabriel, llegaba en su cuatro por cuatro, calzaba botas de carpincho, un pañuelo de seda al cuello y el Rolex nuevo en la muñeca derecha. Lo vi maniobrar con unas mangueras y accionar unas palancas, hasta que el motor del compresor de la herrería dejó escuchar su actividad de aspiraciones y bufidos, para luego emitir el clásico zapateo con un tap tap tap cariñoso. Me llamó la atención que Eduardo José anduviera a horas tan tempranas fuera de la cama, y me preocupaba también que la cándida palidez de su cara se viera amenazada por la brisa fresca de la mañana. La camioneta, su cuatro por cuatro, tenía una goma delantera en llanta y nos entretuvimos en esas cuestiones, convinimos que cada vez era más habitual pinchar cubiertas en los caminos de tierra, decíamos estas cosas como si fuéramos asiduos conductores de aquellos lugares pedregosos. Eduardo José pensaba llevar a José Gabriel en su cuatro por cuatro a desenredar aquella vaca de una muerte segura. Pregunté si podía acompañarlos y un montón de chiquilines que rondaban por ahí se sumaron al paseo del salvataje –las Pascuas habían reunido a toda la familia-, y entonces hubo que cambiar de vehículo por una camioneta más grande y atrás, en la caja abierta fueron los chicos, mientras nosotros nos ubicábamos en los asientos. Para llegar a El Águila había que pasar por Mayol, un poblado fundado a principios del mil novecientos que guardaba en sus calles polvorientas las huellas que la prosperidad supo imprimirle de la mano de los ferrocarriles. Luego de rodear el pueblo y tomar la curva que iba a la laguna se llegaba enseguida, pero tardamos más dado que los chicos iban sentados en los bordes de la caja y los barquinazos que hacía el vehículo los hacía rebotar sobre los flacos culitos a pesar de la pericia con la que manejaba José Gabriel.
Comenzamos a hacerle algunas preguntas a José Gabriel, qué era esto, qué era aquello, dónde estaba la vaca, si había llovido, todo esto ocurría mientras José Gabriel manejaba y Eduardo José bajaba de la camioneta cada tanto y abría las tranqueras, lo cual me pareció que hacía con excesiva parsimonia, quedaba claro que Eduardo José no quería hacer el tonto, era de suponer que se habían criado en el mismo lugar y con los mismos padres, que también habían aprovechado los afectos de los mismos abuelos, realizado travesuras con los mismos primos y sospechado amoríos paralelos de las mismas tías, y fue por eso que entendí entonces que las botas de carpincho de Eduardo José y su pañuelo de seda no eran coqueterías de un tipo que vivía de su éxito profesional en la ciudad, sino más bien detalles que manifestaban una tradición aprendida en aquellas llanuras, por otro lado el Rolex de oro resultaba una coartada evidente de Eduardo José para disimular al gaucho que tenía dentro. Luego de trasponer el cuarto tranquerón y de no haber perdido ningún chico, José Gabriel evaluó la situación del grupo de animales que se veían al frente y a unos quinientos metros de donde estábamos. “Puede ser aquel que está solo”, dijo y agregó, “Los que tienen algún problema se separan o lo aislan los otros”. José Gabriel le preguntó a Eduardo José si se acordaba como era la vaca, “negra” dijo y todos nos reímos, los chicos metían su jarana sin pausas atrás en la caja y de pronto escuchamos que alguien gritó que ahí iba, “Allá va” se escuchó, y pudimos ver un alambre embellecido por el sol lanzando destellos plateados, era de unos tres metros de largo y todavía mantenía la silueta circular de estar colgado por años en una ferretería, el alambre parecía seguir al animal con una fidelidad de mascota que enternecía.
José Gabriel dijo que el plan consistía en mantener a todos los animales juntos, él  se acercaría a pie e intentaría enlazarla, yo me bajé de la camioneta sin saber mucho como ayudar en la cacería, la vaca en cuestión ni echaba espuma por la boca ni estaba en las últimas como me había imaginado, apenas tenía una renguera cuando andaba, y eso solo podía notarse si uno prestaba mucha atención. Eduardo José con los chicos atrás en la camioneta agarró el volante y esperó con el motor en marcha. Mientras tanto cuando José Gabriel iba hacia la izquierda, la manada iba hacia la derecha, luego yo iba hacia la derecha para cortarles el paso y la manada se detenía unos momentos, a mí se me antojó agitar los brazos y gritarles monosílabos, “Eah, Ooh, Uhhh “, imagino que haría el ridículo, intentaba que los vacunos volvieran sobre sus pasos, pero lo único que conseguía era que los chicos, Eduardo José, José Gabriel, y las vacas, me miraran expectantes como si de mi dependiera el curso de los acontecimientos que vendrían. Así estábamos todos estáticos como en una pintura del Renacimiento cuando José Gabriel dio un salto olímpico y se sumergió en la manada, y esta lo engulló sin que se escucharan esos sonidos que surgen del resollar grupal de los animales rurales amotinados contra la voluntad del hombre.
Como si fuera algo practicado o reconocieran en él al domador del circo, los vacunos comenzaron a girar alrededor de José Gabriel mientras enarbolaba el lazo que giraba y giraba buscando a la vaquillona y a su fiel alambre. José Gabriel arrojaba el lazo a la manada, dos, tres, cuatro, cinco veces, y muchas más. En ningún caso el lazo enlazó nada, ni a la vaca del alambre ni a cualquier otra vaca y eso que eran muchas. Los tiros de José Gabriel se parecían a los juegos de argollas que suele haber en los parques de diversiones donde parece tan fácil acertar y llevarte el enorme oso de peluche del primer premio y uno estira el cuerpo y luego el brazo y estando a escasos centímetros de los elementos en los cuales se debe acertar, pero no se acierta. Creo que fue la camioneta que Eduardo José probablemente cansado de esperar movilizó hacia el piquete vacuno lo que deshizo la adoración que el círculo de animales cernía sobre José Gabriel, y las bestias  emprendieron el escape en una estampida hacia donde me encontraba, yo trastabillé y caí de culo sobre la tierra arada y llena de mierda cuando retrocedí, y desde el piso pude ver lo milagroso que resultaba que enormes y torpes animales lanzados a la carrera sobre sus cortas y frágiles patitas, no se revolcaran sin remedio, mientras atrás, bastante más lejos de la última vaca, José Gabriel agitaba sus brazos y maldecía su inoperancia, cuestión en la que todos comenzábamos a estar de acuerdo.
Los animales –al fin pensamos todos- quedaron encerrados luego de aquella corrida contra un tanque australiano y parecieron esperarnos. El primero en llegar fue José Gabriel que comenzó a dar su número de circo, mientras Eduardo José ubicaba la camioneta con la carga de chicos de tal forma que cerraba la única salida a una nueva y potencial desbandada, finalmente, tanta alharaca de José Gabriel dio sus frutos que no fueron los que se esperaban, ya que una docena de vacas rebeldes saltaron el cable del boyero eléctrico, electricidad que las iba haciendo hacer morisquetas y contorsiones cuando lo tocaban y José Gabriel, desentendido de la vaquillona y su fiel alambre, comenzó a correrlas mientras aquellas ya pastaban en ese paraíso de forraje verde y sabroso que aún no se había criado lo suficiente. Era verdaderamente un misterio el despliegue de energía de José Gabriel, porque iba y venía y no lo acobardaban ni las caídas ni las patadas eléctricas que también él recibió cuando intentó sin éxito hacer volver a las vacas fugadas. Fue entonces que su mente fría y calculadora organizó la estrategia que contribuiría al éxito del salvataje de la vaca del alambre, aunque a estas alturas era cuestionable pensar en un salvataje, José Gabriel rengueaba, a mí me dolía con insistencia el culo debido a la sentada y Eduardo José que se había bajado de la camioneta sin tomar los recaudos pertinentes, mostraba un rojo bermellón en sus mejillas y el pañuelo de seda sosteniéndose apenas ladeado todavía del cuello, nuestra facha hacía pensar que estábamos casi en una trifulca con las bestias y aunque se hacía la hora del almuerzo y los ravioles ya se estarían calentando en las cacerolas, el orgullo íntimo e inexplicable del hombre tonto, no nos permitía resignar un metro del terreno conquistado a las vacas aunque hubiera un par de fugitivos que no era posible hacer volver al redil.
La batalla final comenzó cuando José Gabriel enlazó de puro ojete a la vaquillona rebelde y su consabido alambre, y una algarabía generalizada surgió del grito de los chicos que parecían un grupo de huérfanos abandonados sobre la caja de la camioneta, nosotros suspiramos aliviados, claro que no deberíamos habernos relajado pensando “Ya está, ahora es nuestra”, porque la vaca mañera al sentir el tirón de un elemento extraño comenzó a saltar, un corcoveo que alejó al resto del ganado y pudimos ver a José Gabriel sosteniendo la soga y detrás de la vaca como si fuera un héroe de la mitología, lamentablemente esta impresión duró poco, porque casi enseguida José Gabriel comenzó a ser arrastrado por el animal y a seguirlo servilmente para no perderlo, me preguntaba quién se cansaría primero, si el animal o el hombre, y en eso estaba cuando vi surgir de la sombra de un eucalipto a Eduardo José que con agilidad impensada alcanzó a José Gabriel y juntos se aferraron a la soga, y hundieron con fuerza los talones a la tierra arada, fue un instante en el cual grandes y chicos saboreamos la posibilidad del triunfo, fue un momento en el cual la vaquillona se quedó casi quieta, bufó, y de ese resollar apreciamos que le colgaban gruesas babas lánguidas y blanquecinas, la vaca levantó el lomo y la tensión de la cuerda llegó a su máxima expresión. Podía verse en las caras de José Gabriel y Eduardo José que casi rezaban porque la vaca recuperara la docilidad que estos animales suelen tener en las propagandas de chocolates, había que quitarle el alambre y así poder ir todos a almorzar, pero ninguna de estas cosas ocurrieron, porque la vaca rebelde corcoveó y comenzó a avanzar, y cuando la vaquillona comenzó a moverse, José Gabriel y Eduardo José eran arrastrados por ese avance, la vaca aceleraba y frenaba, lo cual aflojaba la cuerda y desparramaba a los hombres, y entonces la vaca tomando velocidad los hizo correr un buen trecho hasta que en una curva lo perdió a Eduardo José, al cual vi caer hacia adelante y rodar con cierto estilo, para luego pararse de inmediato como una continuación de la voltereta, los lentes siguieron en su lugar sobre el generoso puente de la nariz de Eduardo José a pesar de la acrobacia realizada. José Gabriel ya solo no pudo sostenerla y la vaca, con la soga al cuello y el alambre en la pata, huyó a campo traviesa, con un José Gabriel detrás que no desistía y la perseguía con enfermiza obstinación, un despliegue que nos hacía emocionar.
Es un hecho que de lejos no veo muy bien, así que lo que voy a contar a partir de este momento puede ser que lo haya imaginado, o que el deseo de que terminara este episodio me haya distorsionado la poca memoria visual a aquella distancia, es que yo había quedado rezagado y muy lejos luego que José Gabriel saliera corriendo detrás de la vaca y Eduardo José se subiera a la camioneta con todos los chicos a cuestas. Me pareció ver la camioneta en el horizonte y a la vaca girando a su alrededor, una figura chiquita que imagino sería José Gabriel rondaba a la vaca, se acercaba y se alejaba sin llegar a tocarla, hubo un momento en el vi a Eduardo José salir del vehículo y correr a la par de José Gabriel detrás del animal que seguía rodeando a la camioneta. Al parecer la soga era sostenida de alguna forma al vehículo, luego vi caer a la vaca al piso, lo vi saltar a José Gabriel con energía, como si la alegría de que el animal cayera al piso fuera incontenible, lo vi agacharse, imagino que retiraba el alambre de la pata, pero no tranquilo con ello, era evidente que algo pasaba, le gritaba y gesticulaba con los brazos a Eduardo José que subió a la camioneta y dio marcha atrás, cuando llegué al sitio, la vaca yacía de lado y aunque liberada de la soga no se ponía de pie, los ojos negros habían adquirido la opacidad de la arcilla, la respiración era corta y fraudulenta, José Gabriel se lamentaba en lugar de estar contento porque el animal parecía dar bocanadas desesperadas intentando respirar, pero era notorio que le costaba aferrarse a la vida, José Gabriel y Eduardo José llevaban incrustadas en las zapatillas y dispersas por la ropa la mierda de los revolcones y corridas, los chicos de pie en la caja miraban la situación en un silencio de espanto, la vaca se moría.
Cuando hoy prendí la computadora  y accedí a mi Facebook me encontré que José Gabriel y los chicos posaban con Tito en una fotografía de felicidad, la vaca que se había liberado al fin del alambre y que resultó ser un novillo de cuatrocientos cincuenta kilos -Tito-, no murió, José Gabriel y los chicos se encariñaron hasta la lágrima con ella o él, al parecer el animal agradecido luego de resucitar manoteando bocanadas aire -aunque se cuenta que se salvó porque José Gabriel llegó a hacerle respiración boca a boca- se apareció en el jardín al día siguiente de aquel episodio y parecía un promontorio de arcilla en su inmovilidad dura y rebelde, hundidas las pezuñas en el barro y la cabeza doblegada.


FIN


miércoles, 9 de abril de 2014

lunes, 31 de marzo de 2014

CUANDO 1982 PODRIA NO HABER OCURRIDO

El ambiente en el que nos encontramos es acogedor. La mesa y las sillas donde nos sentamos son sólidas y de un tinte marrón oscuro. Me ubico mirando hacia la ventana que da a un patio, observar el verde de ese patio me distiende. Rolando comienza a hablar sin premura. Hilvana cada una de las frases con sumo cuidado, y por momentos parece distraerse, la memoria se queja sin mucho esfuerzo, cuando tengas más años te va a pasar igual, le digo que ya me pasa… Salgo del Museo Histórico de Ituzaingó, me gustó conocer a Rolando Goyaud, tomar un café y conversar rodeados de objetos y presencias del pasado, me gustó la historia de la caja olvidada y ver esas fotos en blanco y negro, me gustó escuchar de Rolando el motivo por el  que me convocó: "Estas líneas en la contratapa del libro que editó", y cuando gano la calle -está fresco y ha comenzado a anochecer-, pienso que 1982 podría no haber ocurrido. Camino hacia mi casa y mientras voy sorteando las baldosas rotas de las veredas  una agradable pero extraña sensación que no puedo adjetivar, me envuelve.

La historia de la caja olvidada y su contenido:
https://docs.google.com/file/d/0B15DHCGffQTVYktYejlUaGszWlU/edit 

Contratapa del libro editado por R.Goyaud, "En Malvinas al servicio de Argentina"


Fuentes: Museo Histórico de Ituzaingó y diario La Voz de Ituzaingó
http://www.lavozdeituzaingo.com/2013/04/11/conociendo-a-rolando-goyaud/  (relato publicado en La Voz de Ituzaingó por D. Fuster)
http://es.wikipedia.org/wiki/Rolando_Goyaud  (biografía de Rolando Goyaud, director del Museo Histórico)

viernes, 7 de marzo de 2014

MUJER



Desde aquella vez en la que quemé mi epidermis con costumbres Ella ha dejado de tutearme, camina por su barrio colgando pedacitos de inexplicables, y aún se demora en la vidriera de la juguetería. Pienso que quizás se enteró que anduve tocándole las lágrimas o no le habrá gustado que fuera a la farmacia a curar mis manos del escozor que dejó su recuerdo. Veré si le escribo y le diré que me sigue gustando imaginarla preparando postres, ésos en los que me relamía como si fuera un chico, pero siendo un hombre.


sábado, 1 de marzo de 2014

NACI UN DIA DE CARNAVAL


La vieja me contó que el día en que nací era carnaval y que en esa época además no salía el diario por ser feriado. Hoy parece ser un hecho muy curioso la falta de diario en feriado, “¡Para lo que hay que leer hoy!” rezongaría la voz el abuelo. Esa ausencia de noticias impresas destacaba la relevancia que la sociedad de aquel entonces le daba a estos festejos. El Carnaval era una fiesta y como tal se festejaba. Cuando crecí e ingresé en la universidad, y  más tarde comencé a trabajar, estas fiestas con sus feriados  fueron desapareciendo. Hoy, las manifestaciones que van surgiendo, lo hacen desde el propio corazón de los barrios, porque decir Carnaval es decir barrio, o club, o potrero, o noche, o luces y también tarde de siesta. Valga entonces esta anécdota real y nostálgica que voy a contarles para recordarlo y recordarme naciendo en un día así, por allá en Bahía Blanca, la otrora “puerta” del sur argentino.

No tendría más de nueve años, vivíamos en el barrio La Falda cerca de una zona alta que llamábamos La Loma, la que portaba en su geografía los añorados baldíos, y que el avance demográfico junto a la modernidad fueron reduciendo hasta eliminarlos totalmente. Un baldío era una zona virgen, donde los pastos crecían sin control, y dependiendo de sus dimensiones, podía tener algún árbol que habría nacido guacho y también un camino que lo atravesaba. En las horas de calor el sonido de las chicharras era ensordecedor y provenía exclusivamente de aquellos pastizales. El baldío de esta historia estaba en una esquina y tenía loma propia, ocuparía una superficie equivalente a dos terrenos grandes y los vecinos para acortar camino lo cruzaban en diagonal, así el tránsito de peatones había marcado una cicatriz a través de los yuyos. Esa tarde andábamos en un grupo de siete, y llevábamos dos baldes de los que sirven para poner en remojo la ropa que no se puede mezclar con el resto porque destiñe, los baldes rebosaban de globos multicolores con agua. El Dani y el Toni, los dos más grandes lideraban el grupo, Marcelito el hermano del Toni era el más chico. Yo no era de primerear en nada, en hacer algo, o en hablar, no es que fuera tímido o miedoso, o careciera de iniciativa, más bien me mantenía atento y esperando que los acontecimientos  sucedieran. Lo cierto es que aquel día quizás envalentonado por el rayo del sol o aturdido por el ruido de las chicharras fui quién se dirigió al baldío de la esquina con dos globos de agua. Uno rojo y otro amarillo. La mujer –la víctima potencial-, que en realidad hoy advierto, sería una chica de casi veinte años, tenía el pelo negro cayéndole a plomo sobre los hombros, y también húmedo como si se hubiese dado una ducha reciente. Una solera blanca de escote redondo y muy corta destacaba su piel tostada. Llevaba lentes oscuros y una cartera al hombro. Me vio venir y se detuvo en la parte alta del baldío. La vi dudar por unos momentos, y cuando se quitó lo lentes su mirada era de sorpresa, luego de susto y finalmente de odio cuando el globo rojo reventó sobre una de sus clavículas desnudas. Abrió muy grande la boca tragándose todo el aire a su alrededor, no hacía frío, todo lo contrario, pero ella pareció tiritar por unos breves instantes, quizás de rabia. Después de esto no me acuerdo mucho, sí que salí disparando mientras el globo amarillo al que ya le había dado la espalda, iba con destino de su cabeza. Se escuchaba mucha bulla a unos metros proveniente del grupo, desconozco si me alentaban y vitoreaban, o me decían que me rajara que alguien se acercaba. Cuando pisé de nuevo las baldosas de la vereda me detuve para observar. Los pelos de la chica tan prolijamente peinados chorreaban alborotados y el rímel le surcaba los lagrimales derramándose en una línea vertical y sinuosa. Gritaba. El globo amarillo había reventado en su frente. No hacía falta saber qué decía, solo que me dio mucho miedo verla fuera de sí. Corrí muchas cuadras buscando a mis amigos que no pude encontrar. Cuando volví a casa, muy cansado, abrió la puerta mi abuela. “¿Dónde estabas?”, me preguntó intentando parecer seria, pero se le notaba que no podía debido a la facha que yo tendría. No atiné a contestarle, “Andá y cambiáte antes que vuelva tu papá del trabajo”, me dijo mientras me revolvía el pelo con su mano. Este es el espíritu que el Carnaval trae consigo y que deseo rescatar, la desfachatez de una murga, la música y las risas, la nostalgia de los pantalones cortos, y también la travesura. En definitiva, la alegría de los recuerdos. De los mejores recuerdos.

“Y cuando se acercaba la fiesta,
¿cómo explicar la agitación íntima que me invadía?”
Restos del Carnaval, Clarice Lispector


Nota del autor: los hechos y los personajes son verdaderos en su esencia, aunque seguramente la memoria distorsiona algunas cosas al recordar la anécdota. En la fotografía tengo 8 años, es la más cercana a la edad que tenía en el relato que pude encontrar. Al verla me di cuenta que la mirada de las personas pocas veces cambia aunque los años vayan pasando.

miércoles, 19 de febrero de 2014

CRUZAR

“Alguien me dijo una vez que no valoraba la vida.
Eso dolió. Duele, y seguirá doliendo”


Todavía el calendario de gmail una semana después me alerta: “FALTA UN DIA”, y agrega: “COMIDA PRIMER DIA”, aún no sé que voy a tardar más de doce horas y que el queso con pan que compré en el puerto de Chile será una gloria a la tarde del día siguiente. No sé que me sentaré sobre una piedra al costado del sendero, y que veré pasar a los que vendrán detrás, no sé que algunos alzarán la mano al verme y me sonreirán con cierto cansancio, todavía no sé que yo los observaré mientras almuerzo ajeno a esa fila interminable de rostros cansados, sucios, y sudados de muchas horas de andar, fila de la que provengo. Yerson me aconseja: “Más duele más tenés que andar, el dolor con dolor se apaga”.  Cuelgo la mochila a mi espalda y continúo. Comencé a cruzar allá por el dos mil uno cuando un accidente de auto casi acaba con mi vida. Por unos segundos o quizás solo fueran milésimas de segundo sentí que ya no pertenecía a este mundo, y pensé con un dejo de tristeza cuando el auto se elevaba en el aire: “… y todo lo que me faltaba vivir”. En esos momentos cuando ya nada depende de uno, se siente una intensa tranquilidad, es un sosiego inexplicable que no se desea abandonar, luego sobrevino el impacto que me devolvió al pavimento. Mi pie derecho entra en el barro y tantea, puedo sentir la geografía de la montaña a través de la suela de la zapatilla, busco un lugar firme donde descargar el peso del cuerpo y poder dar el siguiente paso. Busco avanzar. Luego mi pie izquierdo hará lo mismo, y así sucesivamente, derecho, izquierdo, derecho, izquierdo, como cuando nos daban la instrucción militar en el ochenta y uno. Continuaré sin prisas y sin pausas, me iré introduciendo en la selva de montaña valdiviana como si llegara a una enorme residencia que me encandilará, y no importa ya mojarse porque la lluvia lo ha hecho hasta el hartazgo, tampoco embarrarse nos afecta porque el barro también ha hecho lo suyo. El barro, su consistencia y su profundidad, su estar debajo de un agua superficial que tramposa lo disimula, lo esconde, un barro de reaparecer constante, podía ser detrás de un árbol, o de un cambio de dirección, a veces en una zona en descenso, otras ascendiendo, el barro siempre ahí, permaneciendo y esperándonos con su olor pútrido a raíces muertas. Hay barro en tus piernas y también en tus manos. El barro seco y cortante que lastima. El barro del que provenimos. El barro que cientos de pisadas han amasado. Necesito cada tanto detenerme para extraer el agua retenida en las zapatillas, lo que interesa, lo que importa en realidad es continuar, no enfriarse, no mirar hacia atrás, no voltear, la vista al frente y al piso donde cada pie, cada paso que se va dando encuentre su lugar, la ubicación más segura y seguir, no es posible torcerse un tobillo, tampoco caerse, las ampollas y las uñas rotas son olvidables, faltan todavía muchas horas por andar, cuántas no lo sé, tampoco hay referencias de distancias, las cintas plásticas naranjas y violetas señalan el camino, la naturaleza se empeña en moverse y molestarnos, rayarnos las piernas y los brazos, pincharnos, darnos latigazos verdes, así es este lugar por donde estamos pasando. Todo es bello, majestuoso, pero también inclemente. Hay que subir, bajar, trotar, caminar, sentarse, hablar, sonreír, escuchar, querer dejar, querer seguir, quitar las gotas de sudor salado que arden en los ojos, pensar en tu vida allá, volver al momento acá, escuchar lo que dicen los otros, distraerte, inspirar, exhalar, ponerte la campera porque llueve, quitarte la campera porque ha salido el sol, reír con la boca muy abierta, creer que vas a llegar, pensar en quiénes pueden estar en la llegada, pensar en quiénes no estarán en la llegada, emocionarte mientras el agua que chorrea por la visera de la gorra cae sobre los anteojos enturbiando las lentes. El agua recorre tu campera y moja las piernas desnudas. Mientras, tus pies deliran, y duelen, y mientras sientas todo aquello, sabés que aún, es posible cruzar. Falta poco, poquísimo, y ya estás por cruzar la frontera, pero no es un límite geográfico entre dos países lo que estás por cruzar, no, no lo es, el cruce primero e inminente que estás haciendo es diferente y acaso brutal, tu condición física y tu estado mental, soportan, sufren, y siguen, y cuando comprendas esto, cuando logres ser lo suficientemente honesto para comprenderlo, entonces sí, habrás cruzado. Yerson en definitiva  tenía razón, el dolor con dolor… se paga.


La estadística dirá que:
Daniel Fuster, cruzó a pie la cordillera de Los Andes.
Que esto fue entre los días 7 al 9 de febrero del 2014.
Que desde la salida a la llegada insumió 58 hs, y que estuvo “andando” casi 24 hs.
Que participaron alrededor de 1400 personas y que recorrieron alrededor de 100 km.
La estadística dirá que llegó en el  puesto 1087. Pero todos sabemos que las estadísticas mienten.