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martes, 25 de julio de 2017

¿despertar? ¡despertar!

Desocupados - Antonio Berni
La cosa es más o menos así. En el momento menos pensado te cae como un piedrazo un pensamiento brillante. Pero esto precisamente ocurre cuando todavía estás un poco dormido. O quizás puede ser que estás demasiado cansado y durmiéndote mirando el techo en medio de la lúdica oscuridad de tu pieza y sonreís estúpidamente. Nadie puede verte y la atmósfera donde estás sumergido contiene cierta extrañeza, no hay sonidos, el tiempo pasa, eso es casi seguro, hay cierta certeza de que los minutos corren, pero vos estás regido por otras leyes que modifican la realidad, tu duermevela se parece mucho a dos personas que están haciendo el amor, y lo sensorial es estupendamente  placentero. Cómo explicarlo. Hay lucidez y entrega, relajación y claridad, pero basta un instante para que todo se escabulla como una brisa rápida y esquiva y te quedes ahí acostado, sentado o de pie sin saber que hacer, como si alguien hubiese hurtado un momento feliz de tu vida. Hay algo de melancolía y desasosiego en tu forma de esperar encontrar lo que tenías hasta hace solo un momento. Pero finalmente comprendés que no vas a poder dar con ello, y como un chico que esperaba un tren eléctrico y ha recibido una caja de lápices de colores, suspirás y mirás a nadie, porque estás solo con tu tristeza y vas a lavarte la cara. La puerta cruje un poco cuando se cierra confirmando que todo se ha perdido en algún lugar de tu cerebro, que cada ruido que escuches, que cada palabra que digas, que cada acción que ejecutes son pasos ineludibles que te alejan y distancian de aquello que te hacía sonreír tontamente sin saber que era. Y  cuando te mirás al espejo y ves a ese hombre con el pelo revuelto, la cara marcada todavía por los pliegues de la almohada y los ojos muy abiertos, pensás que es otra piedra que cae haciendo ruido, una piedra que no trae nada brillante, sino una que hay que llevar a trabajar dentro de un rato, una piedra que saldrá como otra mochila que llevás al hombro, que esperará en el andén una formación de trenes a la que pueda subirse, una piedra que será empujada y que empujará a su vez, una piedra que intentará buscar un mínimo espacio entre los codos, las carteras y las mochilas, las panzas y los brazos, una piedra que no tiene forma de piedra pero que es dura e indiferente a tu persona.

domingo, 4 de junio de 2017

FLORES Y CORONAS PARA ANA MARIA

Cercanos al día del escritor aprovecho para contarles y compartirles sobre lo que estoy escribiendo.
Hacia finales del año 2015 a mamá le diagnosticaron un tumor en el hígado, el doctor nos dijo que se iba a morir, recuerdo el momento. Era una mañana con mucha luz natural colándose por los ventanales del hospital. Estábamos en el pasillo cerca de la habitación de Ana María, y cuando el doctor comenzó a hablar mi hermana se fué con la excusa de ayudarla, no quiso escuchar. Unos meses dijo el doctor, había algo que hacer, nada, medicada y entubada quizás prolongarle la vida algún mes más. Pensé que lo mejor era que volviera a su casa, mi hermana estuvo de acuerdo. Y así transcurrieron casi diez meses del año 2016 hasta que en octubre Ana María falleció. Durante ese tiempo la tristeza por momentos se alargaba y luego remitía, yo andaba agotado física y mentalmente, los viajes entre Buenos Aires y Bahía Blanca, la incesante y necesaria rotación de las enfermeras. El avance de la enfermedad le iba paulatinamente minando las fuerzas y las libertades del cuerpo hasta casi postrarla, mientras la mente perseveraba ágil e inteligente y reptaba por crucigramas y montones de novelas, hasta que hubo que aumentarle la dosis de medicamento por los dolores y le afectó la vista, y los ojos se le escaparon del centro habitual y comenzó a usar anteojos oscuros. Pero Ana María no se doblegaba, para ella eran circunstancias que había que superar, e increíblemente las superó. Disfrutamos de extensas conversaciones pero también de mansos silencios. Mi familia también pudo cada uno a su manera estar con ella, y en esos momentos yo “espiaba” desde un lugar de privilegio como Ana María se alegraba y pensaba cómo podía ser posible, porque ella tenía que saber que tenía fecha de vencimiento. La otra parte de la historia de esta novela que estoy terminando tiene que ver con mi hermana, que siempre vivió con Ana María, y que no pudo formar una familia o encontrar su independencia. Ella perdió muchas cosas con la muerte de mamá, y la soledad comenzó a hacer mucho ruido en aquella casa de calle Casanova al 500 de Bahía Blanca, y entonces hubo que internarla. De esto hace casi tres meses. Nos vemos seguido, voy a la clínica, charlamos casi siempre de los mismos temas mientras tomamos unos mates. Ella todavía no puede salir libremente. Sé que la recuperación de mi hermana va a ser lenta y he comenzado a aceptar la vida como viene dándose, es mucho el esfuerzo algunas veces por sonreír. 
FLORES Y CORONAS PARA ANA MARIA, título de la novela que estoy terminando, tiene que ver con una imágen, que fué la ausencia de las flores y de las coronas habituales que suele haber en los velorios. La escritura es mi objetivo diario, ver el cursor titilar en la pantalla, o el cuaderno apoyado en la mesa, el teclado o la birome aguardando, los momentos en blanco suelen ser muchos, pero cuando el teclado realiza su característico ruido o la biorme garabatea el cuaderno, se respira, cuando se termina esa página o acaso unos pocos renglones y cierro el archivo o guardo el cuaderno, me siento mejor y soy además un poco feliz. Por eso celero el día del escritor desde estas palabras y para ser compartidas.
(extracto) La mañana que llevan a Ana María al cementerio hay sol y sopla el viento. Cuatro hombres pulcramente vestidos ingresan al ambiente donde nos encontramos, apenas son las nueve. Se detienen a solo unos pasos del cajón y nos miran. Yo los miro y luego miro a mi alrededor. El silencio de los que ahí estamos es tangible, alguien tose para romperlo y de alguna manera asiento con un pequeño gesto de la cabeza al grupo de hombres. Entonces un par de ellos salen y vuelven con la tapa del féretro. Miro a mamá que parece dormir, hay serenidad y una sonrisa suave en su rostro de cera. Miro los zapatos lustrados de los hombres, los trajes oscuros, sus moños color morado. Los hombres se ubican cada uno en un extremo y colocan la tapa. El líder del grupo mira a su alrededor, recoge el único ramo de flores que hay y lo coloca sobre la madera lustrada. Salen. La rapidez con que han hecho todo ni siquiera nos da margen para la lágrima, mientras advierto que a partir de este momento solo voy a verla a mamá en las fotos.

miércoles, 19 de abril de 2017

UN MUNDO FELIZ


Me gustaría escribir otra cosa, pensar en otra cosa, hablar sobre otra cosa. Pero no puedo. Me paso contando los días, las semanas, y los meses. Desde que Ana María se murió pasaron tantos meses. Desde que mi hermana se volvió loca pasaron tantas semanas. Relaciono una muerte con otro tipo de muerte, la muerte de la normalidad de mi hermana. Voy tres o cuatro veces por semana a la clínica psiquiátrica donde mi hermana se encuentra internada. Estoy un rato con ella, siempre tomamos mate, la escucho, cuenta poco, a mí me cuenta poco, pero cada tanto libera en palabras ese mundo terrible que la acosa mientras otra interna de la clínica se va desnudando delante de mí sin que nadie la mire, sin que nadie la vea, ella hace un desnudo solo para mí, eso veo en sus ojos mientras a mi lado mi hermana habla y habla ajena a lo que ocurre. Este es parte de mi nuevo mundo. El beso de otra interna que tiene retraso mental. La sonrisa lasciva de otra que abre mucho los ojos. La mujer del labio caído. Un mundo enfermo. Un mundo triste y sorpresivo que no se cansa de golpear mis pensamientos y mi descanso, que tensa mis músculos y deforma mis palabras y me obliga cada tanto a correr con furia. Otra cosa es lo que preciso. Creer que todavía puede ser posible recuperar ese andar mío con pausas y sonrisas, mirando a la gente que va y que viene por la ciudad, sonreír con las lecturas que descubro y que no me han abandonado, y detenerme a sacar fotos que necesito mirar una y otra vez y compartir con quién quiero, volver a ser yo, besar y amar, soñar. Otra cosa, saber que en algún lugar, en algún momento todo va a terminar. Vivir un poco mejor. No así. Vivir un mundo feliz.

miércoles, 8 de junio de 2016

AFUERA LA LLUVIA


Antes de salir de la cama tiene un pensamiento de los que él llama luminoso, sin haber abierto los ojos, en la tibieza y suavidad de la cama, apenas consciente, lo deletrea y lo sabe sólido, incuestionable. Contento pone un pie afuera de las sábanas con sigilo, no quiere despertarla.

-¿Y qué vas a hacer allá en una cabaña en la sierra?, le dice ella.
Él sonríe. Un poco lo hace para decir sin decir. Piensa: “como si uno no pudiera estar así, no hacer, solo estar”. Sabe que a ella le molesta pensarlo sin hacer nada, o leyendo, o mirando una película, pero por otro lado la pregunta es bien jodida, y se le ha incrustado en el cerebro de manera amenazante, tiene que responder para liberarse.
-¿Hay que hacer algo?, comenta y enseguida se arrepiente. En realidad el pensamiento se le escapa, sale de él como una provocación, como si el temor que incluso él mismo tiene, porque sería una tontería negarlo, se expresara sin poder  contenerlo.

Bajo el brazo lleva en un revoltijo apretado, la ropa que va a ponerse. Ya en el baño, esa primera meada del día le alivia el cuerpo pero no la mente. El espejo es amplio y alcahuete. No se detiene mucho en esa imagen, no debe. Cuando el dentífrico entra en contacto con su boca, algo de cordura mental llega al cerebro. Mientras se enjuaga, el pensamiento luminoso retorna manso y dulce.

Afuera la lluvia se escucha como un gorgoteo intenso que no parece encontrar la manera adecuada de discurrir. Se encuentra atrincherado al lado de un viejo calefactor que hace años debería haber dejado de funcionar. Sin embargo todavía funciona. Hay ciertas angustias que llevamos clavadas a la espalda. Recuerda que le ocurre a menudo, es como si las cosas cotidianas neutralizaran durante su práctica, las ideas y los deseos. También el dolor.

viernes, 4 de diciembre de 2015

LA VIDA MISMA



Vera nació prematura y estuvo algo más de un mes en la clínica. Quique está contento, pero se lo ve cansado. Es que todo empezó mucho antes, cuando la mamá de Vera tuvo una pérdida, y fue al médico y  éste le dijo que tenía que guardar reposo.
Hoy miércoles el viaje en tren está imposible, vamos hacinados y haciendo fuerza con las piernas y los brazos, las manos me duelen de tanto apretar el caño del que estoy amarrado. Cuando el tren se detiene en Castelar aprovecho  la mínima descompresión de la masa humana y doy un paso buscando el pasillo del vagón.

Veo a Quique cuando sale del baño: “¿Estuviste de viaje por algún lado?”, le pregunto. Es que Quique se dedica con entusiasmo adolescente al turismo. Al él le gusta viajar, pero hacerlo con poca plata, y con mucho tiempo. Hostel o casa de familia, nada de hotelería, menos all inclusive. “Ojalá”, me dijo. “Estuve en casa porque Flor tiene que hacer reposo”. Fue en ese momento que me enteré que esperaban un hijo.
Un viejo me está clavando el codo en el medio de la espalda y me empuja encima de una chica. Podría dejarme caer sobre ella y así aflojar la presión del viejo, pero no quiero que piense mal, por eso entre Castelar y Morón forcejeo y me sostengo como puedo. En Morón baja gente, pero suben muchos más. Prevenido y atento al flujo y reflujo, aprovecho el impulso y me muevo alejándome otro poco más de la puerta, del codo, y de la chica.

Quique me cuenta por lo que han pasado. Ella apenas se levanta lo necesario. Cada dos días vamos al médico agrega.
El tren sale de Morón, pasamos por Haedo y cuando estamos por llegar a Ramos una mujer se pone de pie. Lleva un bebé en brazos. Veo el bulto pero no veo nada del bebé. Los que estamos en el entorno nos damos cuenta lo difícil que le va a resultar a la mujer bajar. Ella queda por un momento de pie, esperando, no mira a nadie, tampoco pide. La mujer solo está ahí quieta y uniforme con el bulto encima de los brazos, sin embargo, no parece hacer falta que haga nada. Los que estamos a su alrededor comenzamos a hacer lugar para que pueda pasar.

Cuando una de las pérdidas fue preocupante la internaron y Vera nació por cesárea. Visitan a Vera todos los días, llegan temprano, a las siete ya están en la clínica detrás del acrílico que les muestra un sinnúmero de cunitas transparentes. Me cuenta que identifican a la beba porque es la más chiquita entre las chiquitas. 
Todos tenemos que empujar y resistir el empuje de los demás, y eso hacemos, para que la mujer pueda bajar del tren en Ramos Mejía. Cuando la mujer con el bebé en brazos avanza y llega adonde me encuentro, se detiene, pero no me mira, espera una vez más. Veo que no tiene espacio suficiente para poder pasar, al menos, no hay un espacio cómodo y seguro para que ella pase sosteniendo al bebé.

Está débil dice el médico de Vera, y no hay todavía un diagnóstico que permita saber como evolucionará su peso y si podrán llevarla a casa pronto. Quique se va a trabajar y ella se queda ahí con la beba, sale a la hora del almuerzo, camina un poco por una plaza cercana y vuelve a la clínica a mirarla desde el pasillo como duerme y como la atienden.
Tengo que empujar para que la mujer pase, pero antes aviso: “Voy a empujar porque hay una mamá con un bebé que baja”, eso digo y luego, con toda mi humanidad presiono y abro el paso. La mamá avanza hacia la salida. El tipo que está detrás de mí y que ha soportado mi empuje se da vuelta y me golpea en la espalda.

Cuando Quique vuelve del trabajo se van juntos para la casa. Vera queda del otro lado del acrílico. Pienso lo duro que debe ser. Las ojeras desde las que Quique me mira me dan pena.

Me doy la vuelta y veo a un hombre que me mira con furia. Tiene los auriculares del celular puestos y está dispuesto a discutir o pelear. Nos miramos con el gordo que está al lado mío. Estamos tan cerca unos de otros que casi podemos olernos. “Dejá flaco, ni siquiera te escuchó”, me dice el gordo. Vuelvo a lo mío. Veo a la mamá con el bebé caminando por el andén. Vera va a casa mañana. Pienso en auriculares, también en acrílicos. Parecen objetos que explican ciertas cosas. La vida misma.

viernes, 3 de julio de 2015

LA COSA ES MÁS O MENOS ASÍ



La cosa es más o menos así. En el momento menos pensado te cae como un piedrazo un pensamiento brillante. Pero esto precisamente ocurre cuando todavía estás un poco dormido. O quizás puede ser que estás demasiado cansado y durmiéndote mirando el techo en medio de la lúdica oscuridad de tu pieza y sonreís estúpidamente. Nadie puede verte y la atmósfera donde estás sumergido contiene cierta extrañeza, no hay sonidos, el tiempo pasa, eso es casi seguro, hay cierta certeza de que los minutos corren, pero vos estás regido por otras leyes que modifican la realidad, tu duermevela se parece mucho a dos personas que están haciendo el amor, y lo sensorial es estupendamente  placentero. Cómo explicarlo. Hay lucidez y entrega, relajación y claridad, pero basta un instante para que todo se escabulla como una brisa rápida y esquiva y te quedes ahí acostado, sentado o de pie sin saber que hacer, como si alguien hubiese hurtado un momento feliz de tu vida. Hay algo de melancolía y desasosiego en tu forma de esperar encontrar lo que tenías hasta hace solo un momento. Pero finalmente comprendés que no vas a poder dar con ello, y como un chico que esperaba un tren eléctrico y ha recibido una caja de lápices de colores, suspirás y mirás a nadie, porque estás solo con tu tristeza y vas a lavarte la cara. La puerta cruje un poco cuando se cierra confirmando que todo se ha perdido en algún lugar de tu cerebro, que cada ruido que escuches, que cada palabra que digas, que cada acción que ejecutes son pasos ineludibles que te alejan y distancian de aquello que te hacía sonreír tontamente sin saber que era. Y  cuando te mirás al espejo y ves a ese hombre con el pelo revuelto, la cara marcada todavía por los pliegues de la almohada y los ojos muy abiertos, pensás que es otra piedra que cae haciendo ruido, una piedra que no trae nada brillante, sino una que hay que llevar a trabajar dentro de un rato, una piedra que saldrá como otra mochila que llevás al hombro, que esperará en el andén una formación de trenes a la que pueda subirse, una piedra que será empujada y que empujará a su vez, una piedra que intentará buscar un mínimo espacio entre los codos, las carteras y las mochilas, las panzas y los brazos, una piedra que no tiene forma de piedra pero que es dura e indiferente a tu persona.

sábado, 5 de julio de 2014

CUANDO LLUEVE


Cuando llueve debes levantarte temprano y estar solo y hacer eso que haces cuando estás solo. Cuando llueve el perro no debe entrar a la casa porque ensucia. Cuando llueve no debes abrirle la puerta para que entre. Cuando llueve no puedes salir afuera porque no tienes campera y puedes mojarte. Cuando llueve no debes salir afuera. Nunca. Cuando llueve debes sentirte mejor porque estás dentro de tu casa. Cuando llueve tus pensamientos tienen más tiempo porque no sales afuera porque no puedes. Cuando llueve muchas veces quieres que siga lloviendo, y puedes hacer adentro lo que no puedes hacer afuera, y ella no puede tocarte. Cuando llueve se suele cortar la luz y no hay internet. Cuando llueve y si la lluvia es tranquila como una garúa, entonces recuerdas la tristeza que tuviste con ella. Cuando llueve nadie anda por la calle y tienes que cocinarte si quieres comer, aunque muchas veces no te hace falta o no deseas comer. Cuando llueve no puedes ir a comprar tu bebida y ella no viene a tu casa y no puede tocarte. Cuando llueve el perro no debe entrar a la casa porque ensucia y a ella le molesta que la casa se ensucie.
Cuando llueve, llueve.

viernes, 17 de mayo de 2013

ANHELOS


Ellos subyacen entre lo cotidiano sin siquiera ser advertidos por nosotros, están; y nos hacen realizar acciones que no podemos explicarnos, nos detienen la realidad tintineando apenas entre el tráfico de la ciudad. Nos la pasamos buscándonos sin darnos cuenta de que lo hacemos. 

Deseos de nuestro subconsciente, melancolías de la rutina.







domingo, 17 de junio de 2012

MAMÁ, mil gracias


"MAMÁ, mil gracias. Gracias por no haberme martirizado con maestras particulares ni mandándome a piano ni a esas cosas y por dejarme jugar afuera hasta cualquier hora y por verme llegar embarrado sin empezar a los gritos y por mandarme cartitas con los planos de tesoros escondidos y por leerme un cuento a la noche y por no mostrarme jamás lo desgraciada que eras, y eso que tenías motivos, pues mi viejo se te había muerto cuando acababas de cumplir 38 y ya tenías tres hijos y quedaste en banda. Debe haber cien maneras de convertirse en un escritor. Una sería que tu mamá te lea un cuento a la noche." 

Eduardo Belgrano Rawson -Escritor
La Nación – 15 de Junio 2012


Estos párrafos prestados son una forma diferente para decir: 
"hoy 17 de Junio feliz día del  padre."


jueves, 14 de junio de 2012

HOY ES UN DIA MUY HUMEDO EN BUENOS AIRES

Pedro no sabe qué ocurre, sin embargo sabe que hoy algo ocurre. Es jueves y todo debería ser normal. Es un día de semana que no está en el inicio de la semana y tampoco cerca del fin de semana. Cuando Pedro es llevado al colegio por la mamá cree que ha llovido. Las calles y las veredas están mojadas. Pedro baja en la vereda del colegio y se despide de su mamá. No ha llovido, hay mucha humedad escucha que una señora le dice a otra señora. Ambas mujeres están dejando a sus Pedros en el colegio. Pedro entra por la puerta principal y siente que hoy su mochila pesa más, que hoy sus pasos cuestan más, que hoy las caras de los ordenanzas, las caras de las maestras, las caras de sus compañeros, todas pesan más. Pedro forma en su sector con sus compañeros de grado y aguardan. Los chicos siguen llegando. La chicharra del timbre anuncia que se va a izar la bandera. Pedro ve a su maestra que lo saluda con un gesto. Pedro le devuelve el saludo moviendo su mano. Pedro ve llegar a la directora del colegio por el lateral del patio acompañada de un soldado. El soldado viste su uniforme de soldado. El soldado tendrá calcula Pedro veinte años, no más. Pedro mira sus botines negros lustrados, el uniforme bien planchado. Pedro ve que el soldado lleva una bandera prolijamente doblada entre sus manos. Ambos, la directora y el soldado se detienen a unos metros del mástil.
Hoy no suena la música grabada de la canción habitual de todas las mañanas. Pedro sigue sintiendo que la mañana pesa. Mientras el soldado iza en absoluto silencio la bandera los labios de Pedro se mueven inconscientemente deletreando la canción “alta en el cielo…azul un ala del color del mar… es la bandera de la patria mía… “ . Hoy nadie canta, hoy nadie da explicaciones, hoy la falta de sonidos habituales pesa, hoy es jueves y Pedro piensa que debería ser un jueves normal, pero la humedad que el silencio va dejando cuando todos y cada uno de los allí presentes van retirándose del patio, pesa. Pedro piensa que la humedad pesa.
Pedro siente que hoy es un día muy húmedo en Buenos Aires.

14 de Junio – 30 Aniversario rendición MALVINAS

sábado, 22 de octubre de 2011

A MI ME GUSTA BAILAR



…y saltar y transpirarme hasta que se me pegue la ropa al cuerpo y el calor dentro de los pantalones me resulte intolerable. Me gusta bailar y zarandearme cuando lo hago, pero también me gustan los boleros y esa música extranjera de la que no entiendo ni jota, pero que no me hace falta comprenderla porque mi cuerpo sí que la entiende y se pone contento y respira, aún en esos lugares donde al aire se lo suele tropezar por viciado. Me gusta bailar, y sentir esa densidad de lujuria que los cuerpos despiden, y lanzarme a caminar a tientas adivinando las mesas y las caras que te van mirando como envidiándote la estampa mientras levantás la vista a un horizonte inexistente y lejano, y la bruma de colores y de licores se mezcla con tus sentidos y con las luces centelleantes y así, poder casi palpar la libido surgiendo de los perfumes baratos amalgamados con el sudor de la espera, ese aroma de alambique, a mí me gusta bailar entre esas conversaciones que nos sofocan la atmósfera y aturden como si te golpeara un martillo, y el adoquín de la cabeza se te va rompiendo, y los preconceptos se condenan al olvido. Me gusta bailar porque el olfato y el tacto te alcanzan como una presencia humana, y dejan de ser simples sentidos para opinar y decidir y embriagarte como el mejor whisky importado, y las cosas que te rodean dejan la aspereza del día y sos audaz en busca de la penumbra yaciente detrás de las pestañas y el maquillaje de las otras mesas, escrutándolas, buscando esa reacción mínima que significa que encontraste a quién le gusta bailar como a vos, así, con el ruido de las tripas, y mucha hambre.

sábado, 17 de septiembre de 2011

RUEDAS

Ruedas que ruedan pasillo y pieza. Ruedas en el patio. Sonríe, y cuando lo hace, se le escapan ruiditos. Ruedas quietas que hacen ruido. Hablas y ríes, retas, aún tienes el ánimo de marcar los errores, indicas cuándo y cómo. Cuándo se barre, cómo se cocina. Cuándo se rueda o cómo poner el mantel, y no toleras la mediocridad en las ruedas. Ayer rodaste por donde no habías rodado. Rodaste las veredas rotas del barrio, sus cordones abruptos, y a una vecina. Rodabas gente, al sol alto y al día lindo. Rodabas con las manos juntas, y los pies también… juntos. Luego vinieron la farmacia, el quiosco, y tus ojos detuvieron anhelantes las ruedas. Te vi pendiente de alcanzar lo que las ruedas te impedían: una revista. Primero el brazo, luego la mano, después un esfuerzo que no podía dar resultados porque ibas hundiéndote entre las ruedas. Vi tu creerlo posible. La mano, la espalda, las ruedas. Ni siquiera hablaste, no hizo falta. Ni siquiera mirabas, te alcancé la revista. Tu espalda rodaba ruedas, y vos con ellas demorada. Te encontré una mancha en el rostro, luego la rueda comenzó a hacer ruido, una arruga, el freno gastado, el día lindo, las ruedas ruidando igual. Brazos, igual me ruedo sola dijiste y me quisiste mostrar. Me mostraste. Quedé abierto. La boca abierta, el pecho abierto, la pena abierta. Igual sonreías. Para mí sonreías.

domingo, 15 de mayo de 2011

VIAJANDO EN DIRECCION AL ESTE

Ya es domingo, pero no lo es. Nada es igual en este pasaje por encima del Atlántico. Cada tanto las vibraciones del fuselaje me despiertan, y descubro que las inermes e iluminadas pantallas de los monitores me dicen que la película ha finalizado. El avión se empecina en quitarme la duermevuela a sacudones, espasmos de otra forma de viajar. He extraviado el tiempo que llevo de travesía y me recorre la necesidad de escapar. Necesito ponerme de pie y salir. Pero adónde. Los respaldos de los asientos me cercan. Leo y bebo café para disimular. El cansancio me llega a través de las piernas inmóviles, y en la desazón de no ver a nadie en los pasillos. Todos duermen mientras flotamos en esta bruma bajo cero sin vestigios de vida, y cómo puede la sangre circular por las venas. Comprendo aterrado, que soy latiendo en un momento y en un medio que no es hoy, ni ayer, ni tampoco posible. Pero soy. Me espanta la oscuridad en la que se hunde la ventanilla. Necesito que amanezca. Pero el viaje sigue con su empecinamiento, y no deja de ir en dirección al este.

sábado, 7 de mayo de 2011

NAVEGANTE

Al principio cree que es un navegante aislado, hasta que se da cuenta de que hay otros marinos alrededor… que participan del mismo viaje.”

Quería compartir estas palabras que en algún momento leí, de las cuales desconozco el autor, palabras intensas que apunté y que guardé entre mis notas porque me hicieron sentir que aún en la soledad que significa esta hora y esta reflexión, uno no está solo...

domingo, 10 de abril de 2011

ENTRE LAS HORAS DEL DIA

Hay una hora entre las horas del día en la que se buscan zaguanes, se prepara la cena, se necesita el afecto. Hay una hora entre las horas del día en la que los colores son menos colores, y el sudor de un cuerpo es agradable. Hay una hora entre las horas del día que es esta hora, en la que yo escribo y en la que tú lees lo que yo escribo.