sábado, 1 de septiembre de 2012

MUJER

Te observo
estás cómoda
Ese estarte bajo la lámpara


Seguro que fuiste a pasearte la infancia
¿viste?
Te apagás con los cambios


Cuando la curva de tu espalda recuerda
no te marches
Qué falta nos hace la música

sábado, 25 de agosto de 2012

BORGES, primero un LECTOR

Él se jactaba de ello.

El 24 de Agosto se conmemora el día del Lector, fecha que recuerda el nacimiento de Jorge Francisco Isidoro Luis Borges. Y me parece muy oportuno transcribir una anécdota de la primera biografía que leí de él hace casi treinta años, "BORGES, sus días y su tiempo".
Siempre su palabra cuestionando, alertando, alumbrando, esa ironía con un toque de humor haciéndonos reflexionar.

"Un mediodía de principios de octubre de 1964 llegamos al castillo de Elsinor en Dinamarca, donde Hamlet consumó su tragedia. Él ya no veía pero reconocía las luces, las sombras, la amplitud de los espacios. Hacía frío, lloviznaba. El viaje había sido largo y estábamos ateridos, cansados y hambrientos. Éramos los únicos visitantes del día y el guardián deseaba que entráramos y recorriéramos rápidamente el recinto para cerrar e irse. Sin embargo, Borges se detuvo frente a las puertas y alzando la cabeza, recitó con voz alta, tan alta que el eco devolvía y traía restallantes las palabras, aquella frase dicha por Hamlet en el mismo lugar, antes de enfrentar al fantasma que aterrorizaba a sus amigos: “¿Qué habré de temer? No le doy a mi vida más valor que el de un alfiler. En cuanto a mi alma, ¿qué podrá hacerle? si es inmortal…"


María Esther Vázquez
15 de Junio de 1986



martes, 14 de agosto de 2012

La Abuela LUISA y otros relatos anticipa su SEGUNDA EDICION



FAJA DE HONOR Cuentos año 2010, La Abuela Luisa y otros saldrá en una segunda edición que ya está en curso editorial, debido a que afortunadamente ha sido agotada la primera.

Esta segunda edición corregida y ampliada contiene un nuevo grupo de cuentos denominado “CINCO CUENTOS” con los que intento darle al lector un toque de renovación.
Desde Bahía Blanca donde he nacido sumo a través de “Gaviota” y “Yo hago al mundo” remembranzas del pasado que reclama de alguna forma por haberlo vivido. Pero también desde mi actualidad en Ituzaingó donde resido hace dos décadas, con “Aquella semana”, “Conejo” y “Problemas eran los de antes”.
Cinco cuentos que sacuden los afectos, la risa, la intimidad y también el dolor.

La presentación de esta segunda edición será realizada en el mes de NOVIEMBRE del presente año en la ciudad de ITUZAINGO provincia de Buenos Aires, con la participación de los diferentes ámbitos culturales de la ciudad, y el apoyo de Cultura de la Municipalidad de Ituzaingó.

jueves, 9 de agosto de 2012

A LEÓN WERTH


Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor.
Tengo una seria excusa: esta persona mayor es el mejor amigo que tengo en el mundo. Pero tengo otra excusa: esta persona mayor es capaz de comprenderlo todo, incluso los libros para niños.
Tengo una tercera excusa todavía: esta persona mayor vive en Francia, donde pasa hambre y frío. Tiene, por consiguiente, una gran necesidad de ser consolada. Si no fueran suficientes todas esas razones, quiero entonces dedicar este libro al niño que fue hace tiempo esta persona mayor.
Todas las personas mayores antes han sido niños. (Pero pocas de ellas lo recuerdan).

Corrijo, por consiguiente, mi dedicatoria:

A LEÓN WERTH, cuando era un niño.

Nota: este es el prólogo de El Principito de Antoine de Saint Exupéry.

DIA DEL NIÑO - 12 de Agosto 2012.

sábado, 28 de julio de 2012

FRENO

El tren finalmente se detuvo, algo parecido al ruido de metal con metal me fue trayendo tu nostalgia. Me quedé esperando como un tonto, pensé que talvez subieras en ese andén. Un quejido de metales me iba ocurriendo y ocupando el cuerpo cuando el tren estaba por detenerse, casi un no, casi un preámbulo de éste que hoy nos pasa. El freno, frená con esto me dije. Y finalmente se detuvo. Por supuesto el que se quedó en su lugar era el tren porque yo me revolvía en el sitio. Las puertas parecieron desinflarse, algunos descendieron a la tarde de un sol mezquino y lejano que me puso en carne viva. Nada. Era tu andén, y la desolación a pueblo abandonado lo marcaba. Un perro vagabundo pasó como una exhalación a refugiarse de las ráfagas del hielo del momento. Nadie. El frío de la puerta pareció que por un momento se rompía y un contorno que quise fuera imperiosamente el tuyo se detuvo y dudó. ¿Entraste? El silbato del guarda se escuchó como si el próximo round tuviera que comenzar.

viernes, 20 de julio de 2012

CARTA DE UNA AMIGA


No me gusta mucho que los emails que recibo sean masivos, sino que tengan una cuota de dedicación. Y si pensás que este es un reclamo por tu email del día del amigo, tenés razón porque lo es. 
En cambio yo sí voy a dedicarte unas palabras exclusivas, porque somos amigos. De esos amigos “posta”. Compartimos a nuestro modo cosas que vienen del corazón sin prejuicios. De a poco hemos forjado una amistad única en su tipo, que ha evolucionado y ha ido cambiando hasta ser lo que hoy es. Y a mí, la verdad, me hace mucho bien tenerte del otro lado como amigo. Cada aporte tuyo a mi vida ha generado muchas cosas en mí, e internamente sé que mi alma es un poco más bella cada vez que se nutre de tus palabras. Hoy las palabras no me surgen espontáneamente. Me está costando un poco escribir. Pero no quería dejar pasar el día sin dedicártelo.
Feliz día amigo.

Nota: publico esta carta íntima y especial recibida en el día de hoy, en homenaje a las amistades únicas en su tipo.

sábado, 7 de julio de 2012

GEORGE SALGADO

Cuando vienen Cristi y mi amigo, jugamos a los superhéroes, mi amigo se disfraza de Linterna Verde, el Cristi del hombre invisible a mí me parece que no es un superhéroe, pero a él le gusta-, y yo de George Salgado, que vendría a ser como Batman pero en la ciudad de Ituzaingó. George Salgado salva de la tala a los árboles y recupera los pichones de zorzales que se caen de los nidos por el viento o por los gatos. George es muy muy alto, no usa capa ni lentes, tampoco un gorro especial y lleva zapatillas Topper negras. Mamá lo conoce porque también va al súper y a la verdulería de la esquina. Adónde vive George Salgado es un misterio. Una vez que andábamos con el Cristi por la placita que está a dos cuadras de casa, al Cristi le pareció verlo salir de una de las casas de una vecina, pero cuando me avisó ya el supuesto George Salgado había dado vuelta a la esquina, corrimos, pero solo pudimos ver a un señor alto pero no tan alto como George Salgado caminar despacio y distraído. Concluimos que ese no podía ser George Salgado, caminaba demasiado parecido al papá de Cristi. Además Cristián me dijo que su papá tenía una campera marrón como ese hombre. Después me dijo que su papá tenía un pantalón negro como ese hombre. Luego agregó que la espalda que habíamos visto se parecía a la de su papá. No, dijo el Cristi, ese señor no podía ser George Salgado de ninguna manera porque se parecía mucho a su papá. ¿Y si era tu papá?, se me ocurrió de pronto. No que va a ser mi pa, me dijo sin pensarlo ni un poquito el Cristi. Hoy es martes, papá trabaja lejos, no vuelve hasta la noche. Pensamos que ese día tampoco íbamos a resolver el misterio de donde vivía George Salgado. Nos olvidamos de George y su misterio por un rato jugando en la plaza, después fuimos a tomar la leche a lo del Cristi porque su casa quedaba más cerca que la mía y teníamos hambre. Nos abrió la puerta el papá de Cristián. Llevaba la campera puesta. Era como la del señor que nos pareció podía ser George Salgado. Hola nos dijo. Ninguno de los dos dijo nada pero ambos le miramos los pantalones. Eran como los del supuesto George Salgado. ¿Qué pasa?, preguntó el papá del Cristi. Nada, hola papá, dijo el Cristi. Hola, dije yo. Pasen dijo y se dirigió a la cocina, lo miramos irse. Luego nos miramos con el Cristi. Él no supo que decir, yo tampoco. Se nos fueron las ganas de tomar la leche. Estaba claro que George Salgado seguiría siendo un misterio para nosotros.

domingo, 17 de junio de 2012

MAMÁ, mil gracias


"MAMÁ, mil gracias. Gracias por no haberme martirizado con maestras particulares ni mandándome a piano ni a esas cosas y por dejarme jugar afuera hasta cualquier hora y por verme llegar embarrado sin empezar a los gritos y por mandarme cartitas con los planos de tesoros escondidos y por leerme un cuento a la noche y por no mostrarme jamás lo desgraciada que eras, y eso que tenías motivos, pues mi viejo se te había muerto cuando acababas de cumplir 38 y ya tenías tres hijos y quedaste en banda. Debe haber cien maneras de convertirse en un escritor. Una sería que tu mamá te lea un cuento a la noche." 

Eduardo Belgrano Rawson -Escritor
La Nación – 15 de Junio 2012


Estos párrafos prestados son una forma diferente para decir: 
"hoy 17 de Junio feliz día del  padre."


jueves, 14 de junio de 2012

HOY ES UN DIA MUY HUMEDO EN BUENOS AIRES

Pedro no sabe qué ocurre, sin embargo sabe que hoy algo ocurre. Es jueves y todo debería ser normal. Es un día de semana que no está en el inicio de la semana y tampoco cerca del fin de semana. Cuando Pedro es llevado al colegio por la mamá cree que ha llovido. Las calles y las veredas están mojadas. Pedro baja en la vereda del colegio y se despide de su mamá. No ha llovido, hay mucha humedad escucha que una señora le dice a otra señora. Ambas mujeres están dejando a sus Pedros en el colegio. Pedro entra por la puerta principal y siente que hoy su mochila pesa más, que hoy sus pasos cuestan más, que hoy las caras de los ordenanzas, las caras de las maestras, las caras de sus compañeros, todas pesan más. Pedro forma en su sector con sus compañeros de grado y aguardan. Los chicos siguen llegando. La chicharra del timbre anuncia que se va a izar la bandera. Pedro ve a su maestra que lo saluda con un gesto. Pedro le devuelve el saludo moviendo su mano. Pedro ve llegar a la directora del colegio por el lateral del patio acompañada de un soldado. El soldado viste su uniforme de soldado. El soldado tendrá calcula Pedro veinte años, no más. Pedro mira sus botines negros lustrados, el uniforme bien planchado. Pedro ve que el soldado lleva una bandera prolijamente doblada entre sus manos. Ambos, la directora y el soldado se detienen a unos metros del mástil.
Hoy no suena la música grabada de la canción habitual de todas las mañanas. Pedro sigue sintiendo que la mañana pesa. Mientras el soldado iza en absoluto silencio la bandera los labios de Pedro se mueven inconscientemente deletreando la canción “alta en el cielo…azul un ala del color del mar… es la bandera de la patria mía… “ . Hoy nadie canta, hoy nadie da explicaciones, hoy la falta de sonidos habituales pesa, hoy es jueves y Pedro piensa que debería ser un jueves normal, pero la humedad que el silencio va dejando cuando todos y cada uno de los allí presentes van retirándose del patio, pesa. Pedro piensa que la humedad pesa.
Pedro siente que hoy es un día muy húmedo en Buenos Aires.

14 de Junio – 30 Aniversario rendición MALVINAS

sábado, 9 de junio de 2012

LA DESAFIANTE SIMPATIA DE BRADBURY


El señor K y su mujer vivían desde hacía ya veinte años a orillas del mar muerto, en la misma casa en que habían vivido sus antepasados, y que giraba y seguía el curso del sol, como una flor, desde hacía diez siglos.  
El señor K y su mujer no eran viejos. Tenían la tez clara, un poco parda, de casi todos los marcianos; los ojos amarillos y rasgados, las voces suaves y musicales.  
En otro tiempo habían pintado cuadros con fuego químico, habían nadado en los canales, cuando corría por ellos el licor verde de las viñas y habían hablado hasta el amanecer, bajo los azules retratos fosforescentes, en la sala de las conversaciones.  
Ahora no eran felices.  



Aquella mañana, la señora K, de pie entre las columnas, escuchaba el hervor de las arenas del desierto, que se fundían en una cera amarilla, y parecían fluir hacia el horizonte. Algo iba a suceder.  
La señora K esperaba.  

1950-CRONICAS MARCIANAS
Ray Bradbury (1920-2012)

martes, 29 de mayo de 2012

AHORA TAMBIEN PEREZ


Si bien no dice nada con palabras, Pedro lo dice con su forma de mirarme cuando desayunamos. Es que hace dos días que el ratón Pérez le ha fallado a Pedro.
Hoy es domingo y me he levantado más temprano de lo que es habitual en mí. Lo preocupante es que ni siquiera tuve que poner el despertador. Pérez me despertó, pero volví a quedarme dormida y ahora sobresaltada y con la sensación de volver a fallarle a Pedro me levanto. Escapo de la cama e intentando ser lo menos torpe que puedo, me acerco de puntillas a su pieza.
Sorpresa: puerta cerrada, y veo una delgada línea de luz decorando el piso frente a mis pies, colándose terminante entre el diente de Pedro y el billete de Pérez. Pienso: Pedro debe estar preguntándose por Pérez. Por momentos quedo detenida –petrificada-, descalza y sintiendo el frío del mosaico sin saber qué hacer, aferrándome al billete de diez pesos de Pérez, pero no vuelvo sobre mis pasos. Decido entrar, y lo hago tal como estoy a la habitación de Pedro. 

La luz del velador deforma y estira las pequeñas siluetas de los soldaditos que Pedro tiene sobre la repisa. Miro a la cama y Pedro parece dormir. Me acerco y percibo su respiración regular, acompasada y apenas visible. Estará fingiendo, estará dormido.
A un lado del velador mi foto con Pedro, del otro y sobre un pedacito de papel el diente.
Cuando estiro la mano escucho: “hola Pérez”. Hola, le digo. Y al siguiente momento, una tristeza suave pero innegable llega.
Antes Papá Noel y los Reyes, ahora también Pérez. 

sábado, 19 de mayo de 2012

CARLOS FUENTES

Inesperadamente esta semana falleció un escritor muy querible, de una trayectoria infinita, una persona que nos regaló literatura a manos sueltas, como esta frase que uso para recordarlo.


Primero hablas y luego escribes y aprendes a distinguir el ritmo del habla cotidiana, en el que circulan los cobres de la vida, y luego te instalas a buscar el oro de la literatura a fin de crear no la realidad, ni siquiera una reproducción de la realidad, que sería una realidad redundante, sino a crear una realidad paralela, que antes no existía.

domingo, 6 de mayo de 2012

YO MIRO

Yo miro además, de mirar, y miro, y cuando yo miro, no miro con ojos, porque hay otra forma, y entonces se puede, ver mejor aquellas, de mirar la espera, de escuchar correr, de hacerte sentir, pasear la mirada, una fresca estancia, la falta de apuro, la premura ausente, la falta de gente, la ausencia que anda, inconsciente y miro, el rostro del día, y sonrío así, mirándote estoy, miro a las personas, marchar a conciencia, mirándose el rostro, sus estares cómodos, las muecas que breves, semejan sonrisas, las miro muy cerca, sin mirar el antes, las miro muy lejos, olvido el después, sin mirar presentes, mirando silencios, sin mirar yo pienso, que leo y te escucho, o a veces sin ver, los tal-veces vienes, dar tu parecer, miro tu contorno, recuerdos de chica, miro tus cachetes, creciste con prisa, miro la añoranza, la mujer que ahora, mirándose atisba, que ríe que llora, que canta y que calla, de quizás mañana, mirando la veo, intenta entusiasmo, acaso la vida, te miró muy pronto, y no te dio tiempo, de advertir aquello, que aún no descubres, que vas presintiendo, correr hacia un lado, correr hacia el otro, escribir de noche, dormir en el día, que cubrir un banco, usar celulares, ya no hay caramelos, ni arena ni baldes, los fantasmas de antes, usaban gomina, sales a la calle, el ruido te ciega, miras la avenida, y no reconoces, las rodillas sucias, buscas moretones, y aquel chocolate, te ven las vidrieras, reflejando un vuelo, de melancolías, observando aquella, mirada indiscreta, que admiran murmuran, que quisieran ser, lo que tú no quieres, o lo que si quieres, el no con el sí, pensalo miralo, con esos tus ojos, que todo cuestionan, cuando yo te miro, rompé de una vez, la tacita el tiempo, desarmá conceptos, tirá por la borda, olvidá el idioma, y definitva, salíte a la calle, y entonces ahora, no ayer no mañana, en este momento, mirá de una vez.

miércoles, 28 de marzo de 2012

1982 CRONICAS... 2 de abril, de la Novela de Daniel FUSTER

Sonó el timbre del portero eléctrico. Traigo una carta del ejército. Yo estaba durmiendo hasta hacía unos momentos y mientras pulsaba el botón de abrir, sentí cierta naturalidad en lo que estaba ocurriendo, mis pensamientos comenzaron a movilizarse más rápido que las acciones que mi cuerpo ejecutaba.


COMUNICADO DEL ESTADO MAYOR CONJUNTO Nº 1
2 de abril de 1982

La Junta Militar como Órgano Supremo del Estado comunica al pueblo de la Nación Argentina que hoy, a las 07:00 horas, la República por intermedio de sus FF.AA., mediante la concreción exitosa de una Operación Conjunta, ha recuperado las ISLAS MALVINAS y SANDWICH DEL SUR para el patrimonio nacional.
Se ha asegurado de esta manera, el ejercicio de la soberanía argentina sobre todo el territorio de las mencionadas islas y los espacios marítimos y aéreos correspondientes.


Aún no habíamos partido y permanecíamos en el cuartel del batallón de Intendencia 181 siendo todavía, aunque más no fuera, solo un poquito civiles, apenas un resabio de pelos largos. Que comenzamos a dejar de serlo cuando nos repartieron las bolsitas transparentes en las que fuimos depositando meticulosos nuestras pertenencias, dejando y acaso olvidando nuestra identidad. Nos estábamos introduciendo en un terreno fangoso y desconocido, donde el anonimato de con quién estábamos, de quién nos mandaba y dirigía, y hacia dónde y con quién lucharíamos eran eso: anónimos. Y nosotros, comenzamos a partir de ese momento a formar parte y objeto de una enorme manía que la sociedad vitoreaba y ensalzaba a nuestro paso mientras los vehículos de todo tipo nos arrastraban de manera continua e inevitable hacia el Sur. Perdimos el nombre de pila para ser denominados Soldados.

sábado, 24 de marzo de 2012

1982 CRONICAS... MEMORIA, de la Novela de Daniel FUSTER


La impotencia resultaba un horizonte árido y reverberaba durante todas las horas del día y todos los días, y solo cuando dormíamos o dormitábamos, aburridos y hastiados por la falta de una actividad concreta, aquella desaparecía sepultada por gratos recuerdos, algunas pesadillas y los anhelos de la vida que habíamos dejado. 

sábado, 17 de marzo de 2012

1982 CRONICAS... del tramo inicial de la Novela de Daniel FUSTER

Ilustración: Agustina Fuster
Pensó en las hojas de otoño a punto de comenzar a caer.
Una formación de camiones del ejército y varios colectivos de larga distancia circulaban a paso de hombre.
Los soldados se asomaban por las ventanillas. Son más jóvenes de lo que pensé se decía Cristina mientras avanzaba.
Las manos, los brazos, y los rostros de los soldados recibían cosas. Recibían caricias. Recibían afecto sin comprender. Qué importaba.
Volvió casi corriendo y recogió la caja que entregó a uno de los camiones.
Pensó que la mejor recompensa por ese acto era justamente eso, haberlo hecho.

 “Tengo tres hijos varones de nueve, siete y cuatro años, pero me imagino y me pongo en el lugar de las madres que, de este lado del océano, tienen la incertidumbre de la espera. Por eso, en nombre de todas, les hago llegar este sentimiento. Suerte y fe. Una madre santafesina".

Que llegue anheló la mujer. Que llegue volvió a pensar y retornó a su casa. La esquela en un sobre, y en medio de los demás objetos: comida, chocolates y algún abrigo, llegó.
Edición estimada Junio 2012

martes, 13 de marzo de 2012

1982 CRONICAS DE UN SOLDADO SIN GUERRA

Ilustración: Agustina Fuster


NOVELA de Daniel FUSTER
(edición estimada junio 2012)

Descripción: un soldado que no combatió nos acerca su voz desde aquellos días.
La novela de unas doscientas páginas está estructurada en dos tiempos. El tiempo del soldado y el tiempo actual cuando repasa su vida en aquel tiempo.
Las cartas recibidas de personas anónimas (argentinos que escribían a cualquier soldado) y las cartas que Diego (el protagonista) recibe extemporáneamente de su familia van nutriendo y cosiendo el relato hasta que regresa.
Cristina (una madre) inicia el relato con una carta y una caja que envía como donativo, y Cristina la termina cuando después de veinticinco años recibe copia de aquella carta escrita en 1982.

lunes, 5 de marzo de 2012

TE ACORDÁS DE LUCY


No acuses a mi corazón tan maltrecho y ajado,
que está cerrado por derribo.
Joaquín Sabina


-Te acordás de Lucy, hoy es su cumpleaños, le dije a Paco que me miró con esos ojitos oscuros de aceituna negra y rasposos de no haberse afeitado. Y como pareció que no me comprendía continué:
-Acabo de descubrir que Lucy eran mis ganas y el deseo de, era ese querer estar en la noche, y darme cuenta de que seguía siendo de día, y a una cuadra o quizás ni siquiera a esa distancia dentro de un barrio, de una calle apenas iluminada, de una avenida importante que se oye bulliciosa y destella y que tiene el estrépito del yendo a trabajar y proclama ansiedades, por llegar quizás tarde o aquel compromiso pendiente del día anterior que no quisimos o no alcanzamos a, nada, nada y todo ocurría allá con Lucy, tan lejana en el tiempo como tan cercana en la longitud de un verso, de una voz, de una calle, y deseos de que no, pero sí, y así es el recuerdo que tengo de Lucy, confuso, interrumpido, anhelante, inquieto e incoherente. ¿Tranquilo? No, tranquilo no es.

El lugar tiene un piso de mosaicos grises y manchitas blancas, las paredes están revestidas con fórmica de un verde olvidado, el cielorraso de vainillas escatima brillo y luz, la absorbe en aquella sed de hombre seco por el tiempo de las cosas no realizadas, de pasiones que se quedaron en los papeles y en las charlas, éste es un lugar largo, profundo, inacabable e inabarcable y distinto del mundo que afuera, que allá en la avenida va a velocidad de sobresaltos.

Paco va y viene, y en realidad no sé como se llama, yo decidí llamarlo así cuando lo escuché preguntarme que me apetecía, cuando se presentó con aquella enorme jarra de café y otra todavía más grande de leche humeándole los ojos de aceituna y me preguntó como si fuera mi abuela, “ ¿Hasta dónde?”, y antes de eso Paco ya me había escandalizado con su tradicional asadera para horno rebosante de facturas y casi gritándome me dijo: “¡Escoge tú!”, a lo que tímidamente pregunté: “¿Cuántas?” y me fusiló con esta frase: “¡Pues las que te entren hombre!” y por si acaso le agregó el ¡Coño!

Paco atiende las mesas y conversa, pero también Paco asiste detrás de la barra, lava las tazas y los platos, le sonríe a las caras de preocupación de los clientes, cobra detrás de la caja y de vuelto te llevás su moraleja de café.
Vuelvo sobre el piso de mosaicos que se mantiene en inmejorables condiciones y me parece ver casi la sombra de las huellas de sus mocasines, veo a un Paco sobre ellos, lo escucho, es un Paco menos plateado y firme de músculos que dice:”Qué se le ofrece”. En lo de Paco no había teléfonos, tampoco cortinas y el televisor hacía años que había dejado de funcionar.
La primera vez que vine por este lugar y pregunté cuánto salía un café con leche y medialunas, Paco me miró la ansiedad y me dijo: ”¡Servíte!” por única respuesta, ofreciéndome un aconcagua de facturas y masitas, sin dejar  espacio para otras preguntas. Y así fue como empezamos a hacernos  con Paco de una relación en la que el giro de las frases nos rompía en pedazos la rutina, y parecíamos jugar un partido de truco o de mus, casi un duelo, para ver surgir las sutilezas saladas de la vida, reptando por las ironías y las moralejas y reírnos de nuestras penas. Y Paco remataba un ¡Joder!, cuando yo mencionaba a Heródoto y le decía: “La felicidad humana nunca es duradera”.

Hoy que no me siento con el deseo de comerme las facturas que el Paco de firme musculatura ha separado para mí, le he pedido llevármelas y mientras él va a por el envoltorio, yo observo las sillas y las mesas que sólidamente parecen comprenderme cubiertas de horizontes llagados por antebrazos y ojos frágiles como el agua, y mientras aguardo, él circula entre las mesas, pero no viene hacia mí, vuelve a la cocina, y escucho el agua escurriéndose en el entrechocar de losas que viven en ella, y con todas las falanges ocupadísimas en los versos que escribo y el siseo del gallego,  imagino a Paco una vez más y logro sonreírle a mí mismo, y puedo ahora con ese impulso de servíte y asaderas rebosando facturas, retornar a la vida de Lucy.

-Te acordás de Lucy, hoy es su cumpleaños, vuelvo a escucharme diciéndoselo a Paco, cuando me imagino llegar.

viernes, 2 de marzo de 2012

ONCE, doce, trece… cincuenta, LUCAS





Me acerco con el caminar ansioso que desarrollamos todos los que llevamos años viajando en el tren, porque sentimos que caminar de forma normal puede significar algo terrible. Por ejemplo, perder un tren.
Saco una foto al folleto que han pegado en el ingreso de uno de los vagones.
“LO BUSCAMOS”, y un muchacho me sonríe desde el afiche, y no puedo dejar de mirarlo. En ese momento, veo a una, a dos, a tres, a cuatro personas cuento en un instante, todos reparten copias del afiche. Tienen apuro, hay angustia. Han transcurrido dos días desde el accidente.
Pido uno de los afiches. La chica es muy joven, lleva el pelo recogido en una coleta como la usan ahora y mientras me lo da sonríe.


-Gracias, escucho y no atino a darle ninguna respuesta a la urgencia de su forma de mirarme.
Ambos ahora estamos viendo hacia la plataforma dos, la mediasombra no logra ocultar la impresión que resulta al ver un vagón de tren "arrugado" e incrustado en otro vagón. La del accidente del veintidós de febrero pasado, esa desgracia que va a acompañarnos cada día que subamos a un tren, cada día que escuchemos las sirenas de los trenes o las chicharras de los pasos a nivel, va a acompañarnos cada vez que le demos un beso a un hijo o despidamos a un amigo, cada vez que digamos “chau nos vemos” o simplemente “suerte” con el pulgar hacia arriba.
Lucas aún está en Once pero nadie lo sabe, lo buscan en su ciudad y en los alrededores, a lo largo de los andenes, entre los vendedores ambulantes y los puestos de comidas. Los hierros retorcidos de la formación fatídica guardan secretos por develar, serán motivo de recriminaciones, de gritos, y finalmente de llantos. De más llantos.


Lucas aún no aparece y hay esperanza. Todavía los afiches se siguen repartiendo y su hermana, tiene que ser su hermana me digo mientras extiendo el brazo, y me vuelve a sonreír con melancolía, me pregunta:
-¿Lo viste?


"No murió por viajar donde viajó… sino por defectos evitables"
Lara Menghini Rey

viernes, 10 de febrero de 2012

Luis Alberto SPINETTA 8 de Febrero de 2012

Murió un tipo muy querible y quiero recordarlo así, con estas palabras que alguna vez le leí:

Tengo esperanza porque en ella están las únicas notas que interceptan el silencio.
Cada nota es una esperanza, mientras que el silencio no posee ninguna esperanza más que la de ser una nota.
Luis Alberto Spinetta

Mi homenaje al flaco...
He perdido el movimiento de mi pie izquierdo, ... y me cuesta aún reconocer que solo han pasado dos días, o fueron tres, me parece que también he perdido la cuenta, acaso serán más de tres días, y además he perdido el razonamiento de mi pierna izquierda y siento un cosquilleo en mi brazo derecho, qué calor que hacía afuera, y adentro, lo que se dice adentro, en el interior del cuerpo, no, ahí la temperatura era agradable, como un pensamiento de agua  fresca, he perdido el color de aquel día, ahora mismo, la pantalla en la cual aparece lo que escribo tiene luz pero le faltan los tonos, parece una enorme pupila, casi un ojo sin iris... he perdido, la página que leí aquel día cuando fui perdiendo el sonido y el silencio de cada una de las partes de mi cuerpo ese día en el que he perdido la cuenta de los días que he perdido y que no puedo pasar de la página en la que estoy aún perdido buscando el último párrafo que había estado leyendo antes de haber perdido aquel día la elasticidad de la piel y el brillo de los ojos.

viernes, 30 de diciembre de 2011

30 de DICIEMBRE

Es día de semana, también es época de fiestas, el motor de un tractor convive con el teclado de la máquina y el canto tardío del gallo que protesta por el alboroto. El abuelo observa a su nieto, el abuelo se detiene, se corretean y revuelcan en el pasto húmedo. El parque está descuidado y me parece escuchar una pala que trabaja la tierra allá atrás en la quinta, pasando el molino.


Finalmente el travesaño de las hamacas que tanto tiempo resistió a los pequeños, se quebró en la última tormenta, como si hubiese esperado todo lo que pudo, que la casa siguiera trayendo criaturas al mundo, que los padres los fueran introduciendo en ese ámbito del movimiento, en ese balanceo suave al principio y más audaz luego, a medida que los chicos crecían y las conversaciones y los cuentos se nos iban escurriendo de la hora previa a irse a dormir.

He tomado conciencia de que el viento es del sur y arrecia, que las copas de los árboles se balancean, que los pájaros han dejado de trinar y que la noche ha llegado. No obstante yo sigo aquí, sin cielo por ver, sin pájaros por oír, y sin ventanas por cerrar.
En suma, aquí estoy esperando este treinta de diciembre.
Otro año.
Otro.
Un año nuevo.

domingo, 27 de noviembre de 2011

LA ABUELA LUISA

Ángela Raimunda trapeaba concienzuda ese jueves los vasos y las copas que sin ella advertir habían alcanzado la opacidad propia del fluir de los años. Luego barría la cocina de pisos ondulados por su meticuloso ir y venir, de pasos cortos y firmes. Mientras hacía estas cosas se percibía una melodía mimetizada en el ruido bullente del agua sobre el hornillo. Colocó un individual sobre la mesa, acercó la yerbera y finalmente las tortas fritas ya extinguida su aceitosa humedad y que en general eran del día anterior, ya que iban quedando las que por la tarde freía en espera de esa visita que siempre se terminaba excusando y que a veces ni siquiera eso. Se ubicó frente a las desganadas sillas de estar siempre allí, apoyó sus antebrazos apergaminados en la mesa y se cebó un matecito.

Afuera la primavera diáfana arrimaba brisas tibias, verdes marcados y la energía incontenible de los perros en el patio del fondo. Ángela Raimunda percibió una inquietud diferente en el intercambio de los ladridos, pero continuó tomando mate un rato más, e intercalando alguna tortita, que le hacía castañetear con fruición su dentadura postiza. Como los ladridos no cesaban, se puso finalmente de pie y arrastró hacia la ventana su artrosis. En realidad parecen quejidos, se dijo la abuela, que como toda abuela no escuchaba bien. Intentó luego ver que eran esos ruidos que le llegaban alternadamente detrás del naranjo, pero apenas distinguió unos movimientos flaquitos y grises contra la medianera y pensó: “Necesito ir al doctor de los ojos“. Escuchó el timbre y con la cara sonriente recorrió con vehemencia las baldosas del corredor paralelo a las habitaciones que en su anhelo le pareció interminable. Descendió el escalón hasta el hall de entrada y abrió confiada el visillo de la puerta segura de esa visita añorada.

Ahí en la vereda se encontraba Luisa sonriéndole con esa sonrisa franca y amable que parecía tener incrustada a golpes en los huesos. Corrió el pasador y en el apuro por abrirle la puerta, un pedacito de chapa que sobresalía al rozarle el tobillo la lastimó, pero estaba contenta, tan contenta que apenas sintió una ínfima
molestia. La alegría que sentía al ver a Luisa no podía expresarla con palabras y era así que avanzaban por el corredor hacia la cocina, sin hablarse, sin tocarse, sin mirarse, pero satisfechas de estar juntas. Qué bien se la veía a Luisa, tan arreglada, y esos zapatos negros que parecían recién lustrados porque estaban recién lustrados, y esos tacos tan altos y atrevidos.

¿Quién la viera a la Luisa?, se decía y eran tantas las cosas que quería contarle y tantas otras las que quería escuchar que al final no le decía nada como si de pronto se hubiese olvidado de como se hablaba y tuviese que aprender de nuevo, y… esos perritos qué molestos que estaban hoy. Como no podía ordenar sus pensamientos, le hizo un gesto con los hombros y la mirada a Luisa, y viendo que la comprendía salió al patio para ver que les pasaba a esos perros que no dejaban de ladrar.

Ya el sol que calentaba tan lindo en esos primeros días estivales, comenzaba a descender por la medianera del fondo, y proyectaba una larga sombra en el sector donde habitualmente los perros estaban atados con cadenas cortas, para que no le estropearan los malvones y las rosas. Pasó de largo el naranjo, los malvones y ese arbolito que molestaba un poco si se quería entrar al galpón del fondo donde los perros estaban atados. Lo primero que le extrañó fue encontrar las sobras de la comida que la noche anterior les había dejado, cubierta de hormigas, ésas que andaban por todos lados en la casa. Tengo que volver a colocar los cebos en el hormiguero que está bajo el rosalito rosa, se dijo en voz alta como para entrar en conversación con los perros. Cuando miró hacia el rosal vio también otro montículo que parecía comida, ya casi sin hormigas y más allá unos huesos sin nadita de carne, y se acordó que el sábado

¿El sábado?, se cuestionó. Sí, el sábado, y recordó perfectamente porque ese día el verdulero de la esquina no tenía de los tomates que le gustaban y que siempre le compraba. Un tomate cada mediodía para almorzar y ese día no tenía y tuvo que almorzar sin el tomate. ¿Por qué los perros no se habían comido los huesos como siempre?, discurría Ángela Raimunda entre paso y paso. Y qué rico que había estado, y las glándulas le inundaron de saliva el interior de la boca por el recuerdo, mientras seguía pensando porqué estaban esos restos de comida sobre la tierra. Los perros se habían silenciado, seguramente ya tranquilos de verla a ella; y se introdujo en la penumbra que proyectaba la medianera sobre su vida.

Ángela Raimunda, que no sabía porqué la llamaban Luisa, lo último que percibió con satisfacción fue a su visita que comía de las tortitas recién elaboradas; y recordó que se había olvidado de rociarlas con azúcar.

domingo, 6 de noviembre de 2011

FAJA DE HONOR S.A.D.E año 2010 categoría: Cuentos

LA ABUELA LUISA y otros relatos

Sociedad Argentina de Escritores (S.A.D.E.)
Jurado (Graciela Bucci, Marta Mutti, María Alicia Cavagnaro).
El acto de entrega será el jueves 24 de noviembre a las 18.30 hs, en la sede de México 524 - C.A.B.A.

sábado, 22 de octubre de 2011

A MI ME GUSTA BAILAR



…y saltar y transpirarme hasta que se me pegue la ropa al cuerpo y el calor dentro de los pantalones me resulte intolerable. Me gusta bailar y zarandearme cuando lo hago, pero también me gustan los boleros y esa música extranjera de la que no entiendo ni jota, pero que no me hace falta comprenderla porque mi cuerpo sí que la entiende y se pone contento y respira, aún en esos lugares donde al aire se lo suele tropezar por viciado. Me gusta bailar, y sentir esa densidad de lujuria que los cuerpos despiden, y lanzarme a caminar a tientas adivinando las mesas y las caras que te van mirando como envidiándote la estampa mientras levantás la vista a un horizonte inexistente y lejano, y la bruma de colores y de licores se mezcla con tus sentidos y con las luces centelleantes y así, poder casi palpar la libido surgiendo de los perfumes baratos amalgamados con el sudor de la espera, ese aroma de alambique, a mí me gusta bailar entre esas conversaciones que nos sofocan la atmósfera y aturden como si te golpeara un martillo, y el adoquín de la cabeza se te va rompiendo, y los preconceptos se condenan al olvido. Me gusta bailar porque el olfato y el tacto te alcanzan como una presencia humana, y dejan de ser simples sentidos para opinar y decidir y embriagarte como el mejor whisky importado, y las cosas que te rodean dejan la aspereza del día y sos audaz en busca de la penumbra yaciente detrás de las pestañas y el maquillaje de las otras mesas, escrutándolas, buscando esa reacción mínima que significa que encontraste a quién le gusta bailar como a vos, así, con el ruido de las tripas, y mucha hambre.

sábado, 17 de septiembre de 2011

RUEDAS

Ruedas que ruedan pasillo y pieza. Ruedas en el patio. Sonríe, y cuando lo hace, se le escapan ruiditos. Ruedas quietas que hacen ruido. Hablas y ríes, retas, aún tienes el ánimo de marcar los errores, indicas cuándo y cómo. Cuándo se barre, cómo se cocina. Cuándo se rueda o cómo poner el mantel, y no toleras la mediocridad en las ruedas. Ayer rodaste por donde no habías rodado. Rodaste las veredas rotas del barrio, sus cordones abruptos, y a una vecina. Rodabas gente, al sol alto y al día lindo. Rodabas con las manos juntas, y los pies también… juntos. Luego vinieron la farmacia, el quiosco, y tus ojos detuvieron anhelantes las ruedas. Te vi pendiente de alcanzar lo que las ruedas te impedían: una revista. Primero el brazo, luego la mano, después un esfuerzo que no podía dar resultados porque ibas hundiéndote entre las ruedas. Vi tu creerlo posible. La mano, la espalda, las ruedas. Ni siquiera hablaste, no hizo falta. Ni siquiera mirabas, te alcancé la revista. Tu espalda rodaba ruedas, y vos con ellas demorada. Te encontré una mancha en el rostro, luego la rueda comenzó a hacer ruido, una arruga, el freno gastado, el día lindo, las ruedas ruidando igual. Brazos, igual me ruedo sola dijiste y me quisiste mostrar. Me mostraste. Quedé abierto. La boca abierta, el pecho abierto, la pena abierta. Igual sonreías. Para mí sonreías.

sábado, 3 de septiembre de 2011

PRIMERA CLASE

Gabriel se acercó a las cajas rectangulares que había al lado del atril, abrió una y luego la otra, yo lo veía como indeciso y comenzó por decirme que no tenía en esos momentos un instrumento adecuado. En realidad lo que quería transmitirme es que no disponía en ese momento de un instrumento inadecuado o estándar para un aprendiz. No me molestó, porque además de ser más que cierta mi condición, la forma cuidadosa que encontró para expresarlo fue natural, “el luthier” soltó con cierta ironía, es que hace tiempo le dejé un instrumento que tenía que entregármelo la semana pasada continuó. Luego vinieron sus devaneos con la experiencia propia de las idas y vueltas con los luthieres, no me interesó, me distraje hasta que dijo: “Un luthier es como una hermosa mujer, por momentos la querés matar pero cuando la ves le perdonás todo“. Presté atención, “con el luthier te ocurre algo parecido, cuando te devuelve el instrumento reacondicionado, le perdonás todos los sinsabores de la espera, y de lo que te cobra, que nunca coincide con lo que te dijo al principio, pero estás contento”.

Me gustó la comparación, fue un instante en el que estuve en dos lugares diferentes, mi cuerpo seguía allí sentado en actitud de escucha, pero mi mente había desaparecido por unos momentos entre recuerdos. Una mujer desnuda en una silla que da la espalda, una mujer desnuda en un encuentro que no te da la espalda, la iluminación de una penumbra, la claridad y las sombras, apreciar el momento previo a tocarla, no le ves los ojos aunque la mirás a los ojos, no le ves el color del cabello aunque le ves la luz del cabello, no le ves los labios aunque sentís que se entreabren mostrando el deseo de ser besados. De ser.

lunes, 22 de agosto de 2011

¿NOCHE?


Es la madrugada del último día, aquel en el que no quiero estar, aquel al que no quería llegar y por si fuera poco, por si quedara alguna duda los pájaros, el cielo, el verde, la cabaña se han confabulado en sentir la nostalgia de mi ida y me protestan todos juntos. Detrás de mí siento el rítmico gotear de una canilla que no cierra bien, que también resiste y lo demuestra a su manera. Me enrostra nostalgias el celeste del cielo tan pálido, tan tenue que parece un niño recién nacido. Me voy y llevo recuerdos adheridos de la noche, una sonrisa interminable de brillitos que titilaban, que volaban, que se desplazaban, Orión, las Pléyades, los cúmulos, me tiré de espaldas en la tierra y quedé mirando la oscuridad. Pude ver como parecía irse pintando la noche de puntos que brillaban, el guía decía que había puntos rojos, azules y amarillos, yo no pude distinguir esas diferencias pero no me importaba porque el regocijo igual era enorme, el momento sublime, ver los meteoritos cruzar el cielo, de izquierda a derecha o como fuera, no comprender su desplazamiento, su velocidad, apareciendo y desapareciendo como si el cielo o la oscuridad terminaran en algún lugar, poder seguirlos, imaginarse un juego, o sería un deseo, nunca lo sabré, tampoco importa si al fin y al cabo saber qué es, saber es lo que uno en un momento dado traduce a sentimientos o a palabras lo que pudo captar con los sentidos, los amalgama o los bate un poco y expone las conclusiones, el poema, el cuento, un cuadro, la pasión, los recuerdos. Saber es pasión. Este relato por ejemplo.

sábado, 13 de agosto de 2011

ME LLAMO NERVIO

Me llamo Nervio,

y el pecho vibra en cada palabra que ha estado ausente, en cada caricia que no ha sido deseada, el viento del atropello ha hecho de mis órganos un desperdicio, ni sueño ni tengo vigilia, mi estado es nuevo para la raza humana a la que alguna vez pertenecí, ajeno, emigrado y roto, vadeo el día de sol a sol y gruño, reniego porque de esa forma me sostengo atento y eficiente al sentimiento que ablanda, me alimento de baches y de charcos, ellos doblan mis tobillos y ensucian mi ropa.


Me llamo Nervio y la cuerda de mis venas fueron elásticas y calientes ante la torpeza del amor, no puedo escuchar la melodía que surge de un beso o el grito de un abrazo, el rechazo surge arqueándome el cuerpo y disparo la flecha de mi mirar que atraviesa el entendimiento, y nadie se explica el porqué, más a mí no me importa.
Me llamo Nervio y a mi paso todo se vuelve gris y macilento, el huracán de mi pisada recorre la ciudad buscando estrépitos y molienda, huyen las bondades del mundo cuando es mi hora, y solo tolero escombros ante mí.
Me llamo así.
Y espero ]…[ y acecho

viernes, 22 de julio de 2011

AQUELLA SEMANA


AQUELLA SEMANA, los pronósticos habían anunciado que llovería el sábado y el domingo, pero no fue así, en cambio el viento del sur apareció zurcando la ciudad y la recorrió durante las horas del día y de la noche, lo hizo el sábado y también en parte el domingo, el viento molestaba y alejaba las nubes, y ya de pronto arreciaba como también se detenía, y esto nos producía indecisión, pues no sabíamos si salir abrigados o hacerlo livianos de ropa.
I
Ocurría así: Abríamos un poco la puerta que da al patio y asomábamos con timidez la cabeza y algo del cuerpo, el viento nos hacía tiritar y entonces concluíamos mirando hacia el cielo: Hace frío y va a llover, y nos preparábamos para salir con abrigos e impermeables y además el paraguas por si acaso. Las botas reemplazaban a los zapatos y a las zapatillas, y así pertrechados ganábamos la vereda, más al cabo de unos cuantos metros o a lo sumo al haber caminado un par de cuadras, el viento de pronto desaparecía, las nubes se abrían y el sol asomaba ante nuestras miradas atónitas que alzábamos al firmamento como exigiendo explicaciones. Así fue buena parte del fin de semana aquel, pues por la tarde del domingo el tipo de nubes que cubrieron el cielo pasaron de las blancas algodonosas a ésas densas, grises y algo turbias de agua por llover, y esa noche hasta nuestro descanso fue interminente y grueso como preludiando aquella semana. Eso pensé o eso soñé, y además que tenía la certeza de que el escampar de aquello que se había formado iba a ser difícil de olvidar, pues el dolor que había surgido en mi rodilla izquierda era un claro indicio de mal agüero.
II
Y empezó a llover.
De lo que me acuerdo claramente es que una vez que comenzó a llover, lo hizo sin contemplaciones. Cada día a partir del lunes y hasta el fin de semana siguiente llovió. El agua usó todas las horas y cada uno de sus minutos aprovechándolos de manera copiosa e insistente. Solo por las noches y cuando lográbamos dormirnos no controlábamos que estuviera lloviendo, porque durante el día íbamos y veníamos por las ventanas de la casa cual reclusos que recorrían los límites de sus celdas, y entonces constatábamos que llovía vertical, o que llovía inclinado, o que a veces parecía que no llovía porque las gotitas eran muy pequeñas y livianas y se quedaban flotando como bruma en el aire cuando el viento amainaba. Durante la mañana llovía con la fuerza de gotas grandes y frías, y por la tarde el tipo de lluvia permitía retozar o leer en algún sillón envueltos en mantas y aguardábamos que se hiciera la hora de la leche, deseando que desde la cocina surgiera alguna señal a torta cociéndose en el horno. Por las noches llovía con relámpagos y truenos como no podía ser de otra manera: inquietante.
Nosotros veíamos que el agua acumulada había ido cubriendo el pasto y las plantas del patio trasero. Los primeros días se encharcaba acá y allá sin ninguna estrategia, pero las horas le fueron dando la confianza y la entidad que necesitaba para ir eludiendo todas las defensas que los vegetales y la tierra habían erigido y al cabo de cuatro días desaparecieron bajo su superficie todos los vestigios de vida que surgían de la tierra con excepción del fresno y del ciruelo, que por su tamaño sobresalían dignos pero maltrechos por encima de los tejados del fondo. Para los diarios la ciudad se hallaba indecisa y sin saber que actitud tomar y algunos comenzaron a hablar del Purgatorio. Yo diría que atravesamos una experiencia casi mística, el agua estaba por doquier y se había transformado en omniprescente y ya no nos sorprendíamos si cuando nos íbamos a acostar nos parecía que en lugar de dormir entre sábanas, ondulantes olas nos aceptaban como peces de mar.
III
Las mascotas de la casa (cuatro perros, un gato y tres conejos) que desde la noche del lunes habitaban con nosotros (solo por esta noche y porque llueve tanto les habíamos dicho a los chicos), al cabo de dos días andaban raros y no le caían en gracia nuestros hábitos. El zoológico doméstico diseminaba pelos, heces y babeaba los pisos observándonos ir y venir por la casa con ojos de qué hago aquí, que nosotros no llegábamos a comprender, pero que el abuelo si entendió, aunque lo que a mí me parece es que estaba harto de pisarle la cola a los perros o no poder recostarse en su sillón preferido donde el gato se arrellanaba, que abrió la puerta del patio como para exhalar su frustración y fue entonces cuando la curiosa jauría se atropelló y lo atropelló llevándose consigo su gorra y su bastón además del abuelo que se puso a hacer piruetas por los aires y si Diego no pega aquel salto olímpico para recogerlo cuando caía, creo que en estos momentos hablaríamos del recuerdo del abuelo.
Todo se nos había trastocado y vagábamos reinventándonos presentes y pasados porque el futuro no amainaba y al contrario de lo que se suponía, el cielo abría islas tan luminosas como efímeras que corríamos a disfrutar con la necesidad propia de náufragos y olvidados de dios. El agua recorría cada rincón de la casa, y te mojaba la ropa que usabas y la que yacía en cajones y roperos y además se descolgaba en hilitos que descendían divertidos de los aleros y también de los sueños. La gente del barrio no lograba sintonizar ninguna frecuencia de radio y la única melodía que se escuchaba era la percusión acuosa de aquellas marismas noéticas. Los chicos que no podían aventurarse por los patios, y tampoco ir a los colegios lo cual evidentemente no era una preocupación- iban conociendo la nostalgia que se desprendía de los libros y escuchaban extasiados historias de superhéroes que los mayores avivaban con leños y sin apurar los horarios de las comidas, y las cuestiones domésticas iban quedando abandonadas porque las escobas eran inútiles para juntar el agua que los zapatos y zapatillas iban dejando en charquitos por el solado de toda la casa. Los relojes de cuerda parecían haberse puesto de acuerdo con los biológicos, y dejaron de tener sentido, pues habían fabulado con el agua anegándose, mientras que yo iba chapoteando de habitación en habitación y recogía en los pasillos cosas y gente que se había quedado sin prisa y sin rumbo, algunos reaccionaban enseguida levantándose y permanecían unos momentos con la desorientación instalada en la mirada, pero había otros que era necesario cargar a cuesta, pues su placidez era tan sutil que habían comenzado a diluirse con las paredes y los pisos y la única herramienta posible de devolverlos al ritmo de la vida era la de dibujarles el horizonte.
Observábamos por las ventanas correr las aguas diseminadas entre árboles y cordones que los vidrios empañados distorsionaban en figuras ansiosas y anhelantes. Podría decirse mientras iban transcurriendo los días de aquella semana que estábamos viviendo una época de felicidad diferente, con la energía eléctrica ausente de las computadoras y de los programas de televisión. Y era así que descubríamos a un hermano, a un esposo y también a un hijo. La lluvia era ya casi parte de la Historia, tanto que hablábamos de nuestras experiencias anteriores a la época en que había comenzado a llover. Descubrimos el entusiasmo que cada uno tenía y que cada uno soñaba, hablábamos y éramos escuchados, nos hablaban y lográbamos escuchar, el agua si bien nos había cercado y anulado las cuestiones habituales que seguían sin resolverse, y por cierto era incómodo andar haciendo plap plap al caminar, también nos había descubierto facetas inexploradas dentro de la casa, dentro de la familia y dentro nuestro. Sí, estábamos viviendo una felicidad diferente.
IV
Y paró de llover.
Cuando dejó de llover, fue sin previo aviso y nos encontró distraídos. Salió el sol, se despejó el cielo y por un buen rato no entendíamos nada de lo que estaba ocurriendo. La tía Mimí dijo: Voy a la verdulería, y cuando la vimos salir con el piloto marrón y el paraguas, todos al unísono largamos la carcajada. Los chicos seguían haciendo barquitos de papel y después de tantos días habían perfeccionado tanto la técnica de doblar los diarios que decían que se dedicarían a la industria naval porque de tantos barcos doblados que se fueron a pique en los ríos de esos días, veían un entretenimiento económico en el futuro. Yo que era el encargado de secar la ropa oreándola frente al calefactor (lo que incluía la ropa interior que como todos sabemos una vez utilizada en varias ocasiones, le quedan manchitas en algunos lugares que no hay programa de lavado que las limpie), también me puse contento. Creo que el único que se puso triste cuando paró de llover fue Tito porque entendió que volveríamos a nuestras conversaciones y forma de mirarnos de siempre, los demás ni se dieron cuenta del cambio, hicieron un clic y el chateo en la compu con la novela de la tarde ganaron el ruido de la cocina, el sol aclaró los temas a discutirse y todo empezó a brillar al paso de la franela y la escoba, pero sin el plap plap tan acogedor que nos había acompañado aquellos días inolvidables de felicidad.
Fue lindo ver el sol de nuevo con el cielo rodeándolo que parecía recién salido de la ducha. Era algo que emocionaba. Pero había también en ese sol algo de la nostalgia de aquella semana que íbamos dejando. A mí se me acabaron las siestas porque me era difícil de entender a esa luz que entraba a raudales por las ventanas. Sí me dieron unas ganas locas de salir a correr y aunque la rodilla me siguiera doliendo, estaba seguro que era lo que tenía que hacer.

He vuelto de correr. Casi una hora estuve corriendo otra vez por el barrio. Troté con sumo cuidado porque las calles de la ciudad están rotas y quedan charcos de aquella semana por todos lados y la lluvia de la rodilla aún persiste como el recuerdo de una garúa.
FIN

jueves, 30 de junio de 2011

TRIPTICO

Estamos rodando
todos
como una prolongación
del pensamiento

y ese frío de rodillas
y ese vértigo de algo roto
y los pedazos en las manos




Y si por un momento
clausurara mis ojos
Y si por casualidad
fuera yo abundante

Y si mañana estuviera
muy cerca
¡Qué excelentes motivos!



En viaje de naturaleza
humana
me cuestiono
me admiro

cómo es posible que
a sabiendas de
pensemos en