sábado, 17 de septiembre de 2011

RUEDAS

Ruedas que ruedan pasillo y pieza. Ruedas en el patio. Sonríe, y cuando lo hace, se le escapan ruiditos. Ruedas quietas que hacen ruido. Hablas y ríes, retas, aún tienes el ánimo de marcar los errores, indicas cuándo y cómo. Cuándo se barre, cómo se cocina. Cuándo se rueda o cómo poner el mantel, y no toleras la mediocridad en las ruedas. Ayer rodaste por donde no habías rodado. Rodaste las veredas rotas del barrio, sus cordones abruptos, y a una vecina. Rodabas gente, al sol alto y al día lindo. Rodabas con las manos juntas, y los pies también… juntos. Luego vinieron la farmacia, el quiosco, y tus ojos detuvieron anhelantes las ruedas. Te vi pendiente de alcanzar lo que las ruedas te impedían: una revista. Primero el brazo, luego la mano, después un esfuerzo que no podía dar resultados porque ibas hundiéndote entre las ruedas. Vi tu creerlo posible. La mano, la espalda, las ruedas. Ni siquiera hablaste, no hizo falta. Ni siquiera mirabas, te alcancé la revista. Tu espalda rodaba ruedas, y vos con ellas demorada. Te encontré una mancha en el rostro, luego la rueda comenzó a hacer ruido, una arruga, el freno gastado, el día lindo, las ruedas ruidando igual. Brazos, igual me ruedo sola dijiste y me quisiste mostrar. Me mostraste. Quedé abierto. La boca abierta, el pecho abierto, la pena abierta. Igual sonreías. Para mí sonreías.

sábado, 3 de septiembre de 2011

PRIMERA CLASE

Gabriel se acercó a las cajas rectangulares que había al lado del atril, abrió una y luego la otra, yo lo veía como indeciso y comenzó por decirme que no tenía en esos momentos un instrumento adecuado. En realidad lo que quería transmitirme es que no disponía en ese momento de un instrumento inadecuado o estándar para un aprendiz. No me molestó, porque además de ser más que cierta mi condición, la forma cuidadosa que encontró para expresarlo fue natural, “el luthier” soltó con cierta ironía, es que hace tiempo le dejé un instrumento que tenía que entregármelo la semana pasada continuó. Luego vinieron sus devaneos con la experiencia propia de las idas y vueltas con los luthieres, no me interesó, me distraje hasta que dijo: “Un luthier es como una hermosa mujer, por momentos la querés matar pero cuando la ves le perdonás todo“. Presté atención, “con el luthier te ocurre algo parecido, cuando te devuelve el instrumento reacondicionado, le perdonás todos los sinsabores de la espera, y de lo que te cobra, que nunca coincide con lo que te dijo al principio, pero estás contento”.

Me gustó la comparación, fue un instante en el que estuve en dos lugares diferentes, mi cuerpo seguía allí sentado en actitud de escucha, pero mi mente había desaparecido por unos momentos entre recuerdos. Una mujer desnuda en una silla que da la espalda, una mujer desnuda en un encuentro que no te da la espalda, la iluminación de una penumbra, la claridad y las sombras, apreciar el momento previo a tocarla, no le ves los ojos aunque la mirás a los ojos, no le ves el color del cabello aunque le ves la luz del cabello, no le ves los labios aunque sentís que se entreabren mostrando el deseo de ser besados. De ser.

lunes, 22 de agosto de 2011

¿NOCHE?


Es la madrugada del último día, aquel en el que no quiero estar, aquel al que no quería llegar y por si fuera poco, por si quedara alguna duda los pájaros, el cielo, el verde, la cabaña se han confabulado en sentir la nostalgia de mi ida y me protestan todos juntos. Detrás de mí siento el rítmico gotear de una canilla que no cierra bien, que también resiste y lo demuestra a su manera. Me enrostra nostalgias el celeste del cielo tan pálido, tan tenue que parece un niño recién nacido. Me voy y llevo recuerdos adheridos de la noche, una sonrisa interminable de brillitos que titilaban, que volaban, que se desplazaban, Orión, las Pléyades, los cúmulos, me tiré de espaldas en la tierra y quedé mirando la oscuridad. Pude ver como parecía irse pintando la noche de puntos que brillaban, el guía decía que había puntos rojos, azules y amarillos, yo no pude distinguir esas diferencias pero no me importaba porque el regocijo igual era enorme, el momento sublime, ver los meteoritos cruzar el cielo, de izquierda a derecha o como fuera, no comprender su desplazamiento, su velocidad, apareciendo y desapareciendo como si el cielo o la oscuridad terminaran en algún lugar, poder seguirlos, imaginarse un juego, o sería un deseo, nunca lo sabré, tampoco importa si al fin y al cabo saber qué es, saber es lo que uno en un momento dado traduce a sentimientos o a palabras lo que pudo captar con los sentidos, los amalgama o los bate un poco y expone las conclusiones, el poema, el cuento, un cuadro, la pasión, los recuerdos. Saber es pasión. Este relato por ejemplo.

sábado, 13 de agosto de 2011

ME LLAMO NERVIO

Me llamo Nervio,

y el pecho vibra en cada palabra que ha estado ausente, en cada caricia que no ha sido deseada, el viento del atropello ha hecho de mis órganos un desperdicio, ni sueño ni tengo vigilia, mi estado es nuevo para la raza humana a la que alguna vez pertenecí, ajeno, emigrado y roto, vadeo el día de sol a sol y gruño, reniego porque de esa forma me sostengo atento y eficiente al sentimiento que ablanda, me alimento de baches y de charcos, ellos doblan mis tobillos y ensucian mi ropa.


Me llamo Nervio y la cuerda de mis venas fueron elásticas y calientes ante la torpeza del amor, no puedo escuchar la melodía que surge de un beso o el grito de un abrazo, el rechazo surge arqueándome el cuerpo y disparo la flecha de mi mirar que atraviesa el entendimiento, y nadie se explica el porqué, más a mí no me importa.
Me llamo Nervio y a mi paso todo se vuelve gris y macilento, el huracán de mi pisada recorre la ciudad buscando estrépitos y molienda, huyen las bondades del mundo cuando es mi hora, y solo tolero escombros ante mí.
Me llamo así.
Y espero ]…[ y acecho

viernes, 22 de julio de 2011

AQUELLA SEMANA


AQUELLA SEMANA, los pronósticos habían anunciado que llovería el sábado y el domingo, pero no fue así, en cambio el viento del sur apareció zurcando la ciudad y la recorrió durante las horas del día y de la noche, lo hizo el sábado y también en parte el domingo, el viento molestaba y alejaba las nubes, y ya de pronto arreciaba como también se detenía, y esto nos producía indecisión, pues no sabíamos si salir abrigados o hacerlo livianos de ropa.
I
Ocurría así: Abríamos un poco la puerta que da al patio y asomábamos con timidez la cabeza y algo del cuerpo, el viento nos hacía tiritar y entonces concluíamos mirando hacia el cielo: Hace frío y va a llover, y nos preparábamos para salir con abrigos e impermeables y además el paraguas por si acaso. Las botas reemplazaban a los zapatos y a las zapatillas, y así pertrechados ganábamos la vereda, más al cabo de unos cuantos metros o a lo sumo al haber caminado un par de cuadras, el viento de pronto desaparecía, las nubes se abrían y el sol asomaba ante nuestras miradas atónitas que alzábamos al firmamento como exigiendo explicaciones. Así fue buena parte del fin de semana aquel, pues por la tarde del domingo el tipo de nubes que cubrieron el cielo pasaron de las blancas algodonosas a ésas densas, grises y algo turbias de agua por llover, y esa noche hasta nuestro descanso fue interminente y grueso como preludiando aquella semana. Eso pensé o eso soñé, y además que tenía la certeza de que el escampar de aquello que se había formado iba a ser difícil de olvidar, pues el dolor que había surgido en mi rodilla izquierda era un claro indicio de mal agüero.
II
Y empezó a llover.
De lo que me acuerdo claramente es que una vez que comenzó a llover, lo hizo sin contemplaciones. Cada día a partir del lunes y hasta el fin de semana siguiente llovió. El agua usó todas las horas y cada uno de sus minutos aprovechándolos de manera copiosa e insistente. Solo por las noches y cuando lográbamos dormirnos no controlábamos que estuviera lloviendo, porque durante el día íbamos y veníamos por las ventanas de la casa cual reclusos que recorrían los límites de sus celdas, y entonces constatábamos que llovía vertical, o que llovía inclinado, o que a veces parecía que no llovía porque las gotitas eran muy pequeñas y livianas y se quedaban flotando como bruma en el aire cuando el viento amainaba. Durante la mañana llovía con la fuerza de gotas grandes y frías, y por la tarde el tipo de lluvia permitía retozar o leer en algún sillón envueltos en mantas y aguardábamos que se hiciera la hora de la leche, deseando que desde la cocina surgiera alguna señal a torta cociéndose en el horno. Por las noches llovía con relámpagos y truenos como no podía ser de otra manera: inquietante.
Nosotros veíamos que el agua acumulada había ido cubriendo el pasto y las plantas del patio trasero. Los primeros días se encharcaba acá y allá sin ninguna estrategia, pero las horas le fueron dando la confianza y la entidad que necesitaba para ir eludiendo todas las defensas que los vegetales y la tierra habían erigido y al cabo de cuatro días desaparecieron bajo su superficie todos los vestigios de vida que surgían de la tierra con excepción del fresno y del ciruelo, que por su tamaño sobresalían dignos pero maltrechos por encima de los tejados del fondo. Para los diarios la ciudad se hallaba indecisa y sin saber que actitud tomar y algunos comenzaron a hablar del Purgatorio. Yo diría que atravesamos una experiencia casi mística, el agua estaba por doquier y se había transformado en omniprescente y ya no nos sorprendíamos si cuando nos íbamos a acostar nos parecía que en lugar de dormir entre sábanas, ondulantes olas nos aceptaban como peces de mar.
III
Las mascotas de la casa (cuatro perros, un gato y tres conejos) que desde la noche del lunes habitaban con nosotros (solo por esta noche y porque llueve tanto les habíamos dicho a los chicos), al cabo de dos días andaban raros y no le caían en gracia nuestros hábitos. El zoológico doméstico diseminaba pelos, heces y babeaba los pisos observándonos ir y venir por la casa con ojos de qué hago aquí, que nosotros no llegábamos a comprender, pero que el abuelo si entendió, aunque lo que a mí me parece es que estaba harto de pisarle la cola a los perros o no poder recostarse en su sillón preferido donde el gato se arrellanaba, que abrió la puerta del patio como para exhalar su frustración y fue entonces cuando la curiosa jauría se atropelló y lo atropelló llevándose consigo su gorra y su bastón además del abuelo que se puso a hacer piruetas por los aires y si Diego no pega aquel salto olímpico para recogerlo cuando caía, creo que en estos momentos hablaríamos del recuerdo del abuelo.
Todo se nos había trastocado y vagábamos reinventándonos presentes y pasados porque el futuro no amainaba y al contrario de lo que se suponía, el cielo abría islas tan luminosas como efímeras que corríamos a disfrutar con la necesidad propia de náufragos y olvidados de dios. El agua recorría cada rincón de la casa, y te mojaba la ropa que usabas y la que yacía en cajones y roperos y además se descolgaba en hilitos que descendían divertidos de los aleros y también de los sueños. La gente del barrio no lograba sintonizar ninguna frecuencia de radio y la única melodía que se escuchaba era la percusión acuosa de aquellas marismas noéticas. Los chicos que no podían aventurarse por los patios, y tampoco ir a los colegios lo cual evidentemente no era una preocupación- iban conociendo la nostalgia que se desprendía de los libros y escuchaban extasiados historias de superhéroes que los mayores avivaban con leños y sin apurar los horarios de las comidas, y las cuestiones domésticas iban quedando abandonadas porque las escobas eran inútiles para juntar el agua que los zapatos y zapatillas iban dejando en charquitos por el solado de toda la casa. Los relojes de cuerda parecían haberse puesto de acuerdo con los biológicos, y dejaron de tener sentido, pues habían fabulado con el agua anegándose, mientras que yo iba chapoteando de habitación en habitación y recogía en los pasillos cosas y gente que se había quedado sin prisa y sin rumbo, algunos reaccionaban enseguida levantándose y permanecían unos momentos con la desorientación instalada en la mirada, pero había otros que era necesario cargar a cuesta, pues su placidez era tan sutil que habían comenzado a diluirse con las paredes y los pisos y la única herramienta posible de devolverlos al ritmo de la vida era la de dibujarles el horizonte.
Observábamos por las ventanas correr las aguas diseminadas entre árboles y cordones que los vidrios empañados distorsionaban en figuras ansiosas y anhelantes. Podría decirse mientras iban transcurriendo los días de aquella semana que estábamos viviendo una época de felicidad diferente, con la energía eléctrica ausente de las computadoras y de los programas de televisión. Y era así que descubríamos a un hermano, a un esposo y también a un hijo. La lluvia era ya casi parte de la Historia, tanto que hablábamos de nuestras experiencias anteriores a la época en que había comenzado a llover. Descubrimos el entusiasmo que cada uno tenía y que cada uno soñaba, hablábamos y éramos escuchados, nos hablaban y lográbamos escuchar, el agua si bien nos había cercado y anulado las cuestiones habituales que seguían sin resolverse, y por cierto era incómodo andar haciendo plap plap al caminar, también nos había descubierto facetas inexploradas dentro de la casa, dentro de la familia y dentro nuestro. Sí, estábamos viviendo una felicidad diferente.
IV
Y paró de llover.
Cuando dejó de llover, fue sin previo aviso y nos encontró distraídos. Salió el sol, se despejó el cielo y por un buen rato no entendíamos nada de lo que estaba ocurriendo. La tía Mimí dijo: Voy a la verdulería, y cuando la vimos salir con el piloto marrón y el paraguas, todos al unísono largamos la carcajada. Los chicos seguían haciendo barquitos de papel y después de tantos días habían perfeccionado tanto la técnica de doblar los diarios que decían que se dedicarían a la industria naval porque de tantos barcos doblados que se fueron a pique en los ríos de esos días, veían un entretenimiento económico en el futuro. Yo que era el encargado de secar la ropa oreándola frente al calefactor (lo que incluía la ropa interior que como todos sabemos una vez utilizada en varias ocasiones, le quedan manchitas en algunos lugares que no hay programa de lavado que las limpie), también me puse contento. Creo que el único que se puso triste cuando paró de llover fue Tito porque entendió que volveríamos a nuestras conversaciones y forma de mirarnos de siempre, los demás ni se dieron cuenta del cambio, hicieron un clic y el chateo en la compu con la novela de la tarde ganaron el ruido de la cocina, el sol aclaró los temas a discutirse y todo empezó a brillar al paso de la franela y la escoba, pero sin el plap plap tan acogedor que nos había acompañado aquellos días inolvidables de felicidad.
Fue lindo ver el sol de nuevo con el cielo rodeándolo que parecía recién salido de la ducha. Era algo que emocionaba. Pero había también en ese sol algo de la nostalgia de aquella semana que íbamos dejando. A mí se me acabaron las siestas porque me era difícil de entender a esa luz que entraba a raudales por las ventanas. Sí me dieron unas ganas locas de salir a correr y aunque la rodilla me siguiera doliendo, estaba seguro que era lo que tenía que hacer.

He vuelto de correr. Casi una hora estuve corriendo otra vez por el barrio. Troté con sumo cuidado porque las calles de la ciudad están rotas y quedan charcos de aquella semana por todos lados y la lluvia de la rodilla aún persiste como el recuerdo de una garúa.
FIN

jueves, 30 de junio de 2011

TRIPTICO

Estamos rodando
todos
como una prolongación
del pensamiento

y ese frío de rodillas
y ese vértigo de algo roto
y los pedazos en las manos




Y si por un momento
clausurara mis ojos
Y si por casualidad
fuera yo abundante

Y si mañana estuviera
muy cerca
¡Qué excelentes motivos!



En viaje de naturaleza
humana
me cuestiono
me admiro

cómo es posible que
a sabiendas de
pensemos en

miércoles, 22 de junio de 2011

FRIO


El frío, piensa. Piensa que hay muchos tipos de frío. Está el frío que Marco menciona cuando en remera y sudado marcha en la camioneta y escucha: “Hoy acá es uno de los días más fríos”, y mientras eso dice señala a la gente que va metiendo y amontonando el cuerpo dentro de; sobretodos de otros cuerpos, y mientras esto ve y aquello escucha, transpira. Piensa que hace frío y se acuerda del frío amarillo de una mirada rechazándolo, de las palabras sueltas y despreciativas. Ahora mismo siente más frío, los omóplatos se revuelven dentro del pulóver intentando evitarlo, los pensamientos se revuelven dentro de su mente intentando olvidarlo. Extraña. Claro que extraña, pero aún así se ha levantado y cepillado los dientes, se ha lavado la cara con apuro y sin ganas. Piensa: “No hay en este sitio, no hay en este idioma, no hay en esta hora de frío quien pueda decirle algo. Y siente frío.

sábado, 18 de junio de 2011

Mañana: ALBERTO

Despertar en aquellos veranos aguardándonos el olor del pan recién horneado. Y que habías ido a recoger tan temprano.
Organizar con premura partir luego del desayuno arrastrando bolsos, sombrilla y esterillas. Sentir tu apuro.
Correr porque el día avanzaba y se había puesto tibio.
Pisar aquellos arenales. Pasión.
Hundir en las olas del océano el cuerpo ansioso.


Playas de otro tiempo.
Playas de Alberto y de nostalgias.
Playas del sombrero que usabas estudiadamente ladeado y de tu cuerpo bronceado.
Playas, mirada y juego de ojos grises sonriendo desde las escolleras. Graffitis. Playas. Y por supuesto mucha vida.
Toda la vida por delante.



Feliz día ALBERTO






sábado, 11 de junio de 2011

LA PLAZA


Es domingo en la mañana y los sonidos de la niñez me rodean. Salí con mis cosas como siempre que quiero pintar un cuadro, escojo cuidadosamente del bolso los sustantivos que voy a utilizar y comienzo a esbozar las líneas, al principio gruesas, toscas, sueltas, retiro un tanto el lienzo, lo acerco, un abuelo me observa ubicado bajo su sombrero. Busco en la caja de los adjetivos algún color que impacte, para un niño el rubio, para un columpio el rojo, para el carrusel que inmóvil fondea el tiza. Descubro que me faltan los verbos para coser la pintura de sustantivos y de adjetivos.

Imagino que puedo mirar al sol y lo hago, su centro es tan potente que la lluvia de reflejos me hace pestañear sumisión indecibles veces. El sol se deja admirar, el abuelo ha vuelto a su diario, los pájaros a sus rumores en el aire aún con resabios del rocío.

La arena en el rostro del columpio de un niño que me habla de otro niño que juega que llora que está con su risa con su hambre de colores de niños que se buscan sin saberlo que se observan sin mirarse y se encuentran sin buscarse y se juegan y se ríen y se sienten, que han encontrado quién…

                                                                                                                                            
“Una vez viví algo al ser joven como vos,

pensé era el inicio de la felicidad,

no me daba cuenta que eso,

era la felicidad”

sábado, 4 de junio de 2011

LIMONERO

En el patio tengo un limonero, yo creo que debe estar sufriendo, no me cuenta, no me dice que le ocurre, pero ha ido perdiendo el verdor, y las desdichas le han ido apareciendo por las cicatrices de la corteza, yo le pregunto pero no me responde, las hojas a pesar de estar en primavera se le han puesto amarillentas y alguna que otra rama se le ha secado.

He consultado con especialistas y nadie le encuentra remedio. Probé rociándolo con medicamentos, le removí y aboné la tierra agregándole hueso molido, me tomé el trabajo de eliminarle la cochinilla y los pulgones hoja por hoja, delicadamente le retiré retazos de corteza sueltos comos si fueran costras muertas, le injerté algunas cápsulas de alegría y nada, y encima está la primavera con su humor tan variable y cargada de desencantos por el clima digo- que no contribuye para nada a su recuperación.

Un señor que tenía un aspecto muy amable me dijo:
"Lo que ocurre es que este limonero estuvo perdidamente enamorado de un colibrí que buscaba su  néctar y como todo colibrí que no puede estarse quieto, se ha marchado a recorrer el barrio en busca de algún otro limonero, seguramente algún día volverá.", y la explicación me pareció muy acertada. Pensé: quién no sucumbiría al aleteo y a la magia de esos pajaritos.

Estimado caballero continuó diciéndome el hombre- este limonero para que Ud. me termine de comprender, ha sufrido un show de realidades que no hay forma de curar sino con nuevas primaveras, ésta ya se encuentra en su etapa final y es muy improbable que vuelva el colibrí en busca del néctar que al limonero ya se le está muriendo.

Miré al limonero antes de entrar a la casa hoy a la noche y necesité volver sobre mis pasos, me quedé un momento a su lado compartiendo su pesar por ese amor, me sentí intranquilo y a la vez maravillado de que algunos amores aunque efímeros se dieran entre especies tan diferentes, un ser “atado” a la tierra, y el otro… “infiel” con el corazón aleteando en el viento.

Perséfone! Oíme Perséfone! Me oís?

Volvé que siempre alguien te va a estar esperando!

sábado, 21 de mayo de 2011

A ESOS OJOS TRISTES

A esos ojos tristes tan lindos tan dulces/ le escribo que salgo del subte de un túnel

que antes de que el mundo/ me enguya me pierda

yo vi en la penumbra/ de un hombre sencillo

que hacía poesía tocando muy solo/ a todos a nadie queriendo animarle

a esos ojos tristes que vi esa mañana

conflicto y belleza/ sin paz sin tibiezas

A esos ojos tristes regalo mi canto/mi andar por las calles

mi estarlos mirando

domingo, 15 de mayo de 2011

VIAJANDO EN DIRECCION AL ESTE

Ya es domingo, pero no lo es. Nada es igual en este pasaje por encima del Atlántico. Cada tanto las vibraciones del fuselaje me despiertan, y descubro que las inermes e iluminadas pantallas de los monitores me dicen que la película ha finalizado. El avión se empecina en quitarme la duermevuela a sacudones, espasmos de otra forma de viajar. He extraviado el tiempo que llevo de travesía y me recorre la necesidad de escapar. Necesito ponerme de pie y salir. Pero adónde. Los respaldos de los asientos me cercan. Leo y bebo café para disimular. El cansancio me llega a través de las piernas inmóviles, y en la desazón de no ver a nadie en los pasillos. Todos duermen mientras flotamos en esta bruma bajo cero sin vestigios de vida, y cómo puede la sangre circular por las venas. Comprendo aterrado, que soy latiendo en un momento y en un medio que no es hoy, ni ayer, ni tampoco posible. Pero soy. Me espanta la oscuridad en la que se hunde la ventanilla. Necesito que amanezca. Pero el viaje sigue con su empecinamiento, y no deja de ir en dirección al este.

sábado, 7 de mayo de 2011

NAVEGANTE

Al principio cree que es un navegante aislado, hasta que se da cuenta de que hay otros marinos alrededor… que participan del mismo viaje.”

Quería compartir estas palabras que en algún momento leí, de las cuales desconozco el autor, palabras intensas que apunté y que guardé entre mis notas porque me hicieron sentir que aún en la soledad que significa esta hora y esta reflexión, uno no está solo...

sábado, 30 de abril de 2011

CARTA A ERNESTO SABATO

Hoy falleció Ernesto Sabato, y la noticia me llenó de melancolía. Recordé que hace unos pocos años intenté conocerlo, y creo que nada más oportuno en estos momentos a modo de homenaje recordarlo con esta carta que le escribí.

12 de Enero de 2008

Sr. Ernesto Sabato
Langeri 3135
Santos Lugares

Estimado Ernesto, hoy amanecí con la idea de concretar lo que vengo meditando desde hace un tiempo, y esto es el conocerlo, el animarme a visitarlo, el poder estrecharle una mano y escucharle la voz, salí muy temprano de mi casa en Ituzaingó sin tener muy en claro como llegar a Santos Lugares ,tomé trenes y colectivos y finalmente desde la estación de Caseros remonté siguiendo la vía hasta llegar a su casa.

Cuando caminaba las últimas cuadras pensaba, estas calles no delatan para nada la gente que pueda vivir en ellas, Langeri, es una calle de barrio como cualquier otra, Santos Lugares un lugar en el mundo como cualquier otro, un club enfrente, un kiosco, ni siquiera alguno de sus vecinos ocasionales conocen quién es uno de sus vecinos ilustres, y qué bueno que esto así fuera, mientras continuaba acercándome y pensaba como abordarlo, si tendría que llamar con las palmas, si golpear o tocar el timbre, no suelo hacer esto habitualmente, pero hoy el impulso de otrora tomó madurez, atrevimiento y lo hice, y toqué su timbre. Primero en la casa de al lado porque como le decía algún vecino confundió las casas o quizás yo las confundí y luego sí, en la casa correcta me atendió una voz amable y cordial diciéndome que lamentablemente su salud ya no es buena, claro 96 años, noventa y seis años...

Se puede seguir disfrutando de la vida en esos momentos, cómo, con qué cosas, se puede sentir pasión aún, por la vida, por la gente, por una mujer, por los recuerdos, se teme partir o... ya nada importa y se quiere partir, cada día resulta una hoja más de un libro que no se escribe, qué se lee, qué le leen, se ponen más amarillas las hojas de los libros, cómo son sus pensamientos Ernesto, escribe dictando o ya no lo hace, no hay ya interés, hay fin, hay después, me gustó le decía llegar caminando por el barrio que debe haber recorrido tantas veces, me dicen que ya no, que irremediablemente ya no se levantará, es duro saber eso, Ud. lo sabe, pero es un hombre aguerrido, su físico es frágil, más ahora, más aún con noventa y seis años, pero en muchos sentidos Ud. es, fue un hombre enorme, expresando con la palabra la conmoción de la mente, o los horrores de la vida, su visión me ha conmovido, me ha inundado muchas veces de tristeza y aún así, aún así vivo con ganas, quizás triste sí, o melancólico, pero no es acaso la naturaleza humana recuerdos y nostalgias y efímeros atisbos de alegrías, no son sino esos bramidos de la vida que como la primavera explotan de colores, de sabores, de olores, de sonidos y de sensaciones; no son esas situaciones las alegrías que nos permiten sostenernos, escribir lo que Ud. escribe, o lo que yo intento.

Ah! vivir como uno piensa, que fácil se escribe que difícil que resulta, titánico, a cada momento debemos recapacitar para no hacer algo que pueda afectar a otros, le llegan acaso los reproches en el ocaso por vivir como Ud. vivió, de sus amigos, de los que lo ayudaron, de su familia, de Ud.... no le creería si pudiendo conversar me diría que no, andamos con el pensamiento sacudido de reproches recibidos o intuídos, quién no, somos mezquinos, pensamos que nos reprochan y nosotros nos la pasamos haciéndolo de una forma tan simple como la que usamos para respirar.

No puedo mentirle, y no le voy a mentir Ernesto, leí unas cuántas cosas suyas que ya no recuerdo, no me han gustado sus ensayos, en general no me atraen los de ninguna clase, vi entrevistas, publicaciones, sus diálogos con Borges, me impresionó su vida, la que tuvo, la que tiene, ambas mucho más que la ficción que no llegué a comprender, pero que si me cautivó y es que acaso no puede ser así, hay incoherencia en esto, porqué es necesario creer que hay que comprenderlo todo, porqué..., Ud. vivió realmente como pensaba y ello se nota, muchos creemos intentarlo y hasta lograrlo, nos animamos o simulamos que lo hacemos, Ud. no, somos débiles pero tenemos salud, somos aún jóvenes, yo tengo menos que la mitad en años de los que Ud. vivió y mucho menos, muchísimo menos de los que Ud. vivió como pensaba y también lo he visto cambiar, adaptarse y no por ello ser menos o transigente, eso es valentia.

Lo aprecio, llegué a apreciarlo por su modesto andar por la vida, llegué a estimarlo por sus opiniones, y llegué a admirarlo por encontrar lo que significa que un hombre pueda llevar una vida adelante de acuerdo a como piensa sin entender de consecuencias.

Me han dicho que llame a su secretario el próximo miércoles, así lo haré, ojalá le lean estas palabras, ojalá me permitan saludarlo, ojalá pueda por esta manía y debilidad que tenemos los humanos traerme algo, unas palabras, un papel, que se yo, algo que como una pequeña piedra brille en la oscuridad y me permita apretarla cada vez que mi mundo lo necesite.

Un abrazo

Daniel Fuster

domingo, 24 de abril de 2011

MIRO UN HOMBRE

que mira una mujer
que mira un espejo
que mira un rostro
que mira nostalgias
que mira un recuerdo
que mira un chico
que mira un juego
que mira una pelota
que mira una risa
que mira una tarde
que mira un sendero
que mira un valle
que mira un lago
que mira una noche
que mira una estrella
que mira una casa
que mira una cena
que mira una cama
que mira un sueño
que mira un hombre

domingo, 17 de abril de 2011

MI BARRIO EN OTOÑO

Mi barrio tiene ramas que gustan de golpear a los distraídos y esquinas con gente estancada. Sus calles poceadas reciben al otoño con árboles para jugar a las escondidas.

Mi barrio tiene el encanto de una biblioteca con libros viejos y un perro chiquito que cada vez que paso a su lado me sonríe.

domingo, 10 de abril de 2011

ENTRE LAS HORAS DEL DIA

Hay una hora entre las horas del día en la que se buscan zaguanes, se prepara la cena, se necesita el afecto. Hay una hora entre las horas del día en la que los colores son menos colores, y el sudor de un cuerpo es agradable. Hay una hora entre las horas del día que es esta hora, en la que yo escribo y en la que tú lees lo que yo escribo.

sábado, 2 de abril de 2011

ESTO NO ES CUENTO, 2 de ABRIL de 1982

La impotencia resultaba un horizonte árido y reverberaba durante todas las horas del día y todos los días, y solo cuando dormíamos y dormitábamos, aburridos y hastiados por la inactividad, aquella desaparecía sepultada en gratos recuerdos, algunas pesadillas y los anhelos de la vida que habíamos dejado. La impotencia era intolerable, única, déspota y además dictatorial. La guerra duró 74 días, y si bien de esto hace ya 29 años, aún hoy me llega un sufrimiento sin llanto, un azoramiento sin sorpresa, un agotamiento que deviene en un vaciamiento, el del soldado primero, el del joven durante, y el del hombre presente que no puede olvidar y volver a llenarse, no aún cuando esto escribe, talvez o quizás cuando deje de escribirlo. En la guerra de Malvinas murieron casi ochocientos soldados. Eso es lo que hay, hay lo que no.

domingo, 27 de marzo de 2011

DESPEDIDA

En mis manos otra vez tus versos, toco tu envoltura, esa que te coloqué, protegiéndote, cuidándote, y escucho el roce de sillas en el piso al ordenarse.

Hojeo, te hojeo, ya puedo tutearte, nos conocemos hace tanto, has intentado mantenerte en tu lenguaje, y escucho una risa rítmica y gravosa.

Me inclino hacia vos, sobre vos, no me pesa recorrerte, indagarte, inalcanzable antes, ¿y ahora?, y escucho el aire cortado por los vehículos en la avenida.

Sigues ahí, entre la azucarera y la taza ya casi vacía, usada, y escucho lo que tarda el mozo en darme el vuelto, lo escucho.

Tanto recorrimos, fuiste galeón de mis sueños, nos atrajimos, y escucho los buenos días en una mesa vecina.

Estás triste, estamos tristes, ambos sabemos que poco es el tiempo que nos queda, lo estiramos, y escucho obsecuente la máquina del café.

Tu futuro será tranquilo y sedentario, el mío nómade y agitado, pacerás vertical y entre los tuyos, y escucho que llaman desde la cocina.

Ahora entiendo tu esencia, ésa que me obnubiló o aquella que adrede ignoré y esquivé durante un tiempo, y escucho que alguien le paga al mozo.

No quería introducirme en tu narrar, lengua mágica, quería escuchar, lied que baja por las calles y disfrutarlo, sólo eso, y escucho la realidad de un bocinazo.

Porque estábamos seguros los dos, que cuando el velo se deslizara, ojos de buey, nosotros bifurcaríamos nuestro transitar, y escucho tu sollozar, me escucho.

sábado, 19 de marzo de 2011

me nació ENE

Cuando me nació ENE, era noche, rojita apareció, cansada, mojada, más precisamente anoche. Indefensa. Agotada. Asi me fui a la cama sin poder quitarme a ENE del pensamiento. Chiquita me nació ENE, apenas un coscorrón en la cabeza, o una cosquilla en la espalda. Yo iba y venía por el pasillo y por la escalera, de sala en sala y de luz en luz, que otra cosa podía yo hacer.

Unos me decían que estaba bien, que venía emocionada y que parecía que me iba a dormir sobre los tacos que me había puesto, me quise lavar la cara y ENE estaba ahí, entre ceja y ceja tranquila, esperando, esperándome como una cascarita que picaba. Me nació ENE y cómo picaba. Se me corría el rimmel, me sudaban las manos. Picando y picando. Cuando me nació ENE no supe si sonreír o si sonllorar, o son uno o son el otro, musical vino ENE a raíz de la picazón y todos andaban como locos por los pasillos buscando qué hacer o qué decir.

De aburridos nomás mirábamos las baldosas de los pasillos y encontrábamos los restos de otros que se habían picado, ¿cuándo?, lo que dura el alta, dos o tres o talvez cuatro, eso. Vimos un montón de caras nuevas y de pensamientos viejos y el alboroto llamó la atención y después de un rato no sabíamos si a todos nos había nacido ENE, o solo a algunos, o capaz que eran simuladores y oportunistas que siempre los hay y están aguardando algún nacimiento ajeno para aprovecharlo y robarle cosquillas, al menos unas pocas, como limosna de lunes.

Ni la cama me hago desde que me nació, ¿qué puedo decirles?, sonrío, eso hago porque me nació ENE y entro tratando de no hacerme notar, espío, veo la sabanita que apenas sube y que apenas baja, que no me echen, no hago nada de ruido me hago mueble, espiando, escuchando, esperando, no emito sonidos, sonriendo, yendo y viniendo por ese pasillo donde me nació ENE, esperando, manita, plumita renga sin vuelo, posando, ojito inquieto, peladita, me nació, y estoy intentando lavarme la cara pero el rimmel sigue corrido, el agua ya no es porque ENE cambió las leyes de lo habitual, y acá estoy, estamos, cascarita que pica y pica.

jueves, 3 de marzo de 2011

FOTO DE NAVIDAD

Estoy contenta pero no, bueno en realidad sí porque esta noche es, pero para mí ya no va a ser tan pero tan, por eso estoy así, como metida en el agua, que se yo, como flotando entre lo que creía y lo que sé ahora. Mamá me dijo, no en realidad no me dijo nada, sino que la oí hablar con la tía, es que ella en general cierra la puerta que da al comedor cuando no quiere que escuchemos de que habla, pero algunas veces se descuida, y hoy fue una de las veces de descuidarse.
Ya el sol casi se fue, se está haciendo de noche, pero está tan linda el agua de la pileta que no tengo ganas de salir y tampoco tengo ganas de nadar.

Escucho los sonidos de la casa, me llegan las risas y las conversaciones de todos, es un mezcolanza que me acaricia, como cuando papá me pasa la mano por el pelo, pero yo no tengo ganas de que me hagan mimos ni de reírme, apenas me sonrío. Triste sonrío.

La tía me sacó una foto pensando que no la veía, sin embargo yo la miraba dando vueltas y vueltas porque las luces del arbolito la delataron, hasta en un momento pensé que la tía andaba chapita y bailaba sola, y atravesando el ventanal lo veo venir a Simón con su andar desparejo, qué chiquito que es, hasta me parece más chiquito ahora que la escuché hablar a mamá sin que se diera cuenta que se había descuidado y ella que no se cuidó de decir lo que dijo delante de mí, aunque claro es que ella no podía verme adonde yo me encontraba detrás de la puerta sin cerrar, y por eso hablaba como habló y cree que yo no la escuché porque no estaba delante de ella. Tengo ganas de llorar.

Simón, mi primito, va al jardín y él sí que no tiene problemas, eso es lo que yo pienso, aunque pensándolo mejor mamá también piensa que nosotras no tenemos problemas y así anda el mundo, pobre Simón. Y detrás de Simón siempre los veo venir a la tía o al tío, atentos a que el petisito no se meta en líos, uy viene derecho a la pileta y la tía corre. Lo alcanzó. Creo que me voy a tener que aguantar las ganas que tengo de llorar, que no se me note, por Simón digo, por Simón y por Sofía, aunque por Sofi no creo, seguro que ella ya lloró. Tengo que preguntarle, porque eso me va a hacer sentir mejor. Sí, tengo que preguntarle a Sofía si ella ya lloró, se me ocurre porque es más grande que yo, pero dicen que los grandes no lloran y como puedo preguntarle sin decirle porqué le pregunto, a ver si todavía no lloró y la hago llorar como una pavota, como las ganas que tengo de hacerme agua, como esta pileta.
-Noe, Noeeeee, vení a cambiarte para la cena, salí de la pileta de una buena vez que te va a dar frío.
Ahí está mamá a los gritos, “Ya voy, ya voy”, ufa, qué pocas ganas de salir, aquí me siento con ganas de llorar pero no tanto, me parece que si veo al arbolito no voy a poder aguantarme y me largo a llorar. Otra vez mamá llamándome a los gritos, “Ya voy mamá, ya vooooy”. La tía se lo llevó a Simón orejitas para adentro y los veo mezclarse con los colores del arbolito como si anduvieran por sus ramas. Sí, es cierto que se puso fresco, mejor entro por la puerta de atrás que da a la cocina así no me ven la cara de ganas de llorar.

-Mami, donde puedo dejar la carta para Papá Noel.
-Dámela a mí que yo la pongo en el arbolito.
-Pero no te vayas a olvidar.

Para mí la fiesta verdadera pasa en la nochebuena, a mí me gusta más, y cuando esté pasándome dentro de unas horas la nochebuena estoy segura que me van a dar ganas de llorar, y sin embargo cómo puede ser que todos estén tan pero tan contentos, será porque ya se olvidaron de que lloraron una vez en nochebuena, habrán llorado como yo tengo ganas de llorar y que sino fuera por Simón y casi porque no sé si Sofi lloró o no lloró, lloraría mostrando este asqueroso aparato de ortodoncia que mamá dice tengo que usar por dos años, ¡dos años!, gritaría, ahhhhhhhhhhhhhh, y la lengua que no me entraría en la boca de grande y roja que se me pondría. Salpicaría todo. ¡Porqué!, porqué habré escuchado lo que charlaban en la cocina, no hay derecho que se olvidaran de cerrar la puerta, estoy molesta y también enojada. Me enojé. Ahora la veo a la abuela charlando con mamá y con la tía, de qué hablarán que la abuela se ríe así como cuando el abuelo todavía estaba con ella y no como si no estuviera ni con ella ni con nosotros, lo extraño al abuelo y Sofía que no sé por donde andará, para mí cuando uno ve en el almanaque diciembre, es como que todo se pone más lindo y con más color, hasta el paisaje que normalmente ponen en el almanaque es bien colorido, en diciembre los grandes tienen otro brillo en los ojos, algunos de alegría y otros padecen de ojitos tristes y te miran como diciéndote con la mirada, “Ojalá que no crezcas, estás tan linda”, y los sonsos que no cierran la puerta. Con Sofi hay veces que cuando la abuela o mamá nos miran así, de ojos melancólicos nos aprovechamos un cachito pero sin mala intención, hacemos como que queremos ayudar en casa, y nos ofrecemos para la cocina, o a barrer, o a ir al almacén y siempre ligamos algún billetito o nos dejan parte del vuelto para ir al kiosco. En Navidad es lindo porque los retos de los mayores luego de las travesuras no parecen retos y las penitencias se terminan antes de cumplirse. ¡Porqué mamá no cerraste la puerta, si siempre la cerrás! Noe, lo que ocurre es que es tiempo ya.

Quiero que escuches, que te escuches. Te lo vengo diciendo con las puertas.

Creo que los días previos tienen una mezcla de pausa y de vértigo, y es que todo el mundo aparece muy pero muy apurado haciendo compras, cocinando, hablando con amigos, organizando vacaciones, quejándose del tránsito y del calor y llegando a la cama mo-li-da, eso es lo que vemos con Sofi cuando mamá y papá comienzan a levantar los platos de la mesa y nos mandan a dormir con cara de “por favor vayan a acostarse” y nosotras obedientes pero…, les decimos hasta mañana y nos vamos a lavar los dientes. En general el humor va y viene desde la empalagosa melancolía que surge de los cantos en las iglesias a cierta preocupación inminente que llega de la mano de aquellos familiares cuyo trato no practicamos muy a menudo porque los vemos solo para las fiestas de fin de año o en los funerales. Y esto nos genera una inquietud muy similar a la espera de un regalo, porque con un regalo pasa que deseamos que en él esté eso que hemos ido anunciando y pidiendo en las cartas, o eso que ha sido comentado con abuelos y con primos, nunca con los padres o con los tíos, ya que no sería entonces algo infantil. Es decir para que Papá Noel se entere pero sin saber que nosotras sabemos que tenemos ganas de llorar en esta nochebuena porque mamá dejó la puerta abierta, esa puerta que siempre cierra, o mejor sería decir esa puerta que siempre cerraba.

La Navidad se hace presente mucho antes de que sea Navidad, y esa intensa expectativa se vuelve más y más expectativa, y vemos a los mayores en los negocios que hay alrededor de la plaza del barrio abordando las jugueterías, sitiándolas, agobiando a los vendedores y agobiándose mientras nosotros nos hamacamos en los juegos de la plaza o tomamos un helado en lo de Cristóbal con ese billete buena onda que nos dio mamá o la abuela. El mundo creado por ese anhelo es tan fuerte y tan difícil de explicar que aún siendo nuestro regalo el deseado, no podemos dejar de sentir la brisa de la decepción, quizás porque una vez conocido aquello que hasta hacía nomás un rato no conocíamos, estamos perdiendo algo.

Perdemos. Hoy es nochebuena, ahora perdimos ese desconocimiento que ostentamos detrás de la puerta, salgo de la foto que me sacó la tía, siempre perdemos con la puerta abierta, se puso el sol y hace frío, y que en definitiva es lo que podría haber sido pero que no fue así, y detrás de la puerta sigue escuchándose con claridad como conversan. Voy a entrar por la puerta de atrás porque no quiero que me vean que sé lo que sé. Hoy es nochebuena otra vez y las cartas ya están en el arbolito para que nadie vea lo que habla mamá que hace tiempo dejó de cerrar la puerta. Aún así no dejo de enojarme. Me enojo otra vez, como Sofi y como papá que también están enojándose detrás de la puerta, y ahí viene otra vez el petisito, uy, casi se tropieza con ese andar desparejo y menos mal que atrás viene la tía, a rescatarlo a Simón antes de que se caiga y se moje… detrás de la puerta que mamá ha dejado de cerrar.

domingo, 28 de noviembre de 2010

¿QUE MUNDO ME ESTAS PREPARANDO?

Querido soldado: Tú que naciste como Güemes, para defender una causa justa debes sentir el orgullo de aquellos que desde sus tumbas bendicen junto a Dios tus actos. Una abuela que reza por ustedes. Graciela Norma Cabrera Rosario, 2 de Abril de 1982. Tendría unos veinte años y recuerdo que mi pelo era espeso y de oscuro azabache, que no hacía demasiado había dejado de fumar a hurtadillas pero seguía durmiendo en el sofá del living, mi pieza. Recuerdo que hacía calor esa noche cuando llamaron a la puerta, que estaba durmiendo y también recuerdo con la naturalidad que atendí el llamado a pesar de ser medianoche, casi como si estuviera aguardando a ese sobre, o a ese suboficial que me entregaba ese sobre, y que alguien de la familia apareció y preguntó quién era, y después de eso, después de aquellos momentos, casi ya no recuerdo. Sí del vertiginoso viaje hacia el sur dejándome llevar, dejándome hacer. Abandonándome al destino, a las decisiones de los otros, que me resigné a una interminable y arenosa sensación inmanejable, de uniformes y de gritos, de rostros asustados y de botines lustrados. Aún no habíamos partido y permanecíamos en el cuartel del batallón de Intendencia 181 siendo todavía, aunque más no fuera, solo un poquito, aún civiles. Que comenzamos a dejar de serlo cuando nos repartieron las bolsitas transparentes en las que fuimos depositando nuestras pertenencias, dejando y acaso olvidando nuestra identidad. Y que sentí como que en ese preciso momento alguien usurpaba mis deseos, que hasta para penar debería de hacerlo pidiendo permiso, recuerdo que volvieron paulatinamente, y en forma abrumadora ciertos latiguillos: “¡Atención!, ¡Firmes!, ¡Cuerpo a tierra, carrera march!... “ Sí, dejé de luchar, nos estábamos introduciendo en un terreno fangoso y desconocido, donde el anonimato de con quién estábamos, de quién nos mandaba y dirigía, y hacia dónde y con quién lucharíamos eran eso: anónimos. Y nosotros, comenzamos a partir de ese momento a formar parte y objeto de una enorme manía anónima que la sociedad vitoreaba y ensalzaba a nuestro paso mientras los vehículos de todo tipo nos trasladaban de manera continua e inevitable hacia el Sur. Perdimos el apellido para ser denominados Soldados, perdimos el nombre de pila de un saludo afectuoso, perdimos muchas cosas, pero la más importante fue que perdimos la alegría de una adolescencia que aún no habíamos dejado y de una juventud que tampoco nunca llegamos a comenzar. Abril, año 1982. ¿Qué mundo me estás preparando?

sábado, 6 de noviembre de 2010

CHATERS

Anoche decidí sentarme a conversar con mis hijas porque ya estoy agotado de decirles a estas teen: “¡Basta de computadora!”, y vos ves y no podés creer que en lugar de hacer un mínimo gesto de que comprendieron tu pedido, tu orden, tu casi un ruego, ves anonadado que siguen en lo suyo mientras sus deditos vuelan sobre el teclado.
b]L[/b] [b]S[/b] dice:
le contesto asi no mas
JAJAJAJAJAJAJA
Ana dice:
JAJAJAJAJAJ NI CORTADA
JAJAJAJAJJAAJA
O HABLALE
Juliieta. abandonó la conversación.
Ana dice:
PORQE POR AHI TIENE AMIGOS LINDOS PARA TUS AMIGAS
Carolina. dice:
JAJAJAJAAJJ
Ana dice:
PENSA EN ESO
ajjajaaj
[b]L[/b] [b]S[/b] dice:
JAJAJAJAJAJA
Ana dice:
NOIMPORTA
ES UNA ORDEN!
JAJAJAJAJAJAA

Claro que no importa JAJAJAJAJAJ, qué carajo te van a escuchar, si están chateando y aparte tienen puestos los audífonos, le sonríen una y otra vez a la pantalla o sueltan grititos que persiguen a los ruidos que le entran por las orejas y que se les instalan en ese mundo virtual de “felicidad“. ¡Basta de chat! Los truenos y los relámpagos nos dieron la oportunidad de ese espacio y momento que casi nunca hay. Adoro las tormentas con refucilos porque el temor a que los aparatos electrónicos sufran una descarga nos hizo apagar y desconectar la computadora, los televisores y el equipo de música, ergo, a los diez minutos parecíamos una familia.
Carolina. dice:
chicas dios mio
Ana dice:
JAJAJAJ
Carolina. dice:
si trae beneficios a cerrar los ojooooooooooooooooooooooooos
Anadice:
EH ?
[b]L[/b] [b]S[/b] dice:
HIJA DE PUTA
Agustina dice:
JAJAJAJJAJAJA
[b]L[/b] [b]S[/b] dice:
TE VOY A PASAR UNA FOTO
Ana dice:
JAJAJAJJJAJAJAJAJAJAJJAJAJAJAJAA
[b]L[/b] [b]S[/b] dice:
DE ESTE PIBE

Había como si fuera un rumor flotando en el aire, me di cuenta de ello al escuchar la ausencia del ventilador interno de la cpu o los chasquidos de los programas de tv, ¿dónde estoy? , tuve que consultarme porque era todo tan extraño, y cuando comencé a recorrer la casa, escuché las risas y cierta jarana en una de las habitaciones, golpeé la puerta, y al entrar en ese ambiente me encontré como hacía tiempo no ocurría a M y a G una en el piso y la otra sobre la rana-peluche, divertidas y conversando, así fue que me ubiqué en el piso junto a M y me dispuse a escuchar de qué hablaban. Ellas parecieron dudar, claro, estaban en alguna de esas intimidades en las que los padres no deberíamos inmiscuirnos, no obstante me integraron a la conversación, y sí, confirmé que la casa estaba extrañamente agradable sin la tecnología en el medio de nosotros. Me sentí cómodo y aceptado. ¿Y si no tuvieran computadora, qué harían?, y miraríamos tele, ¿y si tampoco hubiera televisión?, y que se yo dijo G, y M abrió mucho los ojos. Estábamos bien. Hacíamos planes imaginándonos otro contexto como el que nos convocaba obligadamente por la tormenta, mientras afuera se caía el cielo sobre la ciudad. Sí, estábamos muy bien. ¿Qué tiene de bueno el chat?, pregunté y enseguida G opinó: es lo más para tirar “palos”, síiiiii asintió con entusiasmo M, y qué son “palos” yo seguía indagando, y… sería decir las cosas que querés decir para que el otro se de cuenta, ahhh claro… no entiendo. Ellas se afanaban en explicarme pero solo gesticulaban y se sonreían cómplices y yo no entendía del todo. Era claro lo que significaba para ellas, pero yo no podía dilucidar la sencillez de la cuestión que se les hacía por demás obvia, y en lugar de explicarme se reían una vez más de mí y de mis preguntas y acotaciones. Dame un ejemplo de un “palo”, atiné a decir y de nuevo tanto M como G se rieron y sostuvieron que era lo más, y yo las miraba queriendo encontrar y comprender y nada. Es que tiene que surgir dentro del chat, así en frío charlando con vos es difícil, a ver chateemos propuse, hagamos como que chateamos, tirame un “palo”, también se tira “onda” dijo M, para eso también está bueno, “palos” y “ondas”, por ejemplo dije: “me gustás”, - risas- nooo pará que eso es directo, además ¡qué antiguo!, tiene que ser que se entienda, pero no tan de frente, ahhh dije, “¿cuántos años tenés?”, nooo, seguían las negativas y las risas.
Agustina dice:
a nosotras nos los dio sin nada
ono lu?!
[b]L[/b] [b]S[/b] dice:
AJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJ
Agustina dice:
JAJAJAJAJAJAJAJA
Ana dice:
PASAAAA
JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA
Agustina dice:
no gratis pero buen
un dos por uno
Carolina. dice:
pero porque son amigas mias
Agustina dice:
todo vale
JAJAJAJAJAJJAAJAJA
Ana dice:
JAJAJAJA ESAA CARRO
YO VOY HACER UN ESFUERZO CON ESTE PIBE

Ellas hablaban y hablaban sin pausa, se reían de ellas, de sus cibercharlas, de mis apreciaciones de dinosaurio, y mientras todo esto ocurría, yo comenzaba a comprender algunos códigos, me daba cuenta por ejemplo que en el chat podés decirle a otro cosas que no te animás a decírselas de frente, que demanda de una atención intensa, y hasta pensé que la energía que ponían en chatear era equivalente al que uno le dedica a la lectura de un libro. ¿Porqué “está bueno chatear”, no es posible expresarlo con palabras?
La salida del chat puede ser “cordial” que para el chater es lo mismo que aburrido y con una carita-sonrisa sin palabras le decís “chau”. El final de la charla puede ser también “abrupta”, cerrar el messenger sin despedirse como si de un portazo se tratara no ofende a los ciberamigos, pero sí a los que no tenés dentro de tu cibermundillo. La “salida” del chat puede significarles una pérdida, eso sentía mientras ellas se mofaban cariñosamente de mis comentarios.

Sí, hay códigos de sociabilidad que se respetan y se aprenden, como el de “avisar” con un nueve a los chaters que hay padres rondando muy cerca con intenciones de espiar al chater-hijo, que los nicks te permiten una nueva identidad y que esa nueva identidad te hace audaz en el chateo, que el chat sirve para conocer y para bardear, pocos y pocas tienen en el chat su apellido, pocos y pocas tienen interés en conversar en un chat de algo específico, la idea no escrita, la idea no dicha, la idea es la velocidad para no pensar, es divertirse y “pasarla bien” y yo las seguía mirando y realmente tuve que replantearme la situación: ¿Basta de Chat?, porque ellas se seguían riendo y movilizaban sus neuronas a una velocidad que seguramente lubricaba la circulación del flujo sanguíneo por todo su cuerpo arrebolándoles las ideas hasta la sonrisa.
b]L[/b] [b]S[/b] dice:
JAJAJA que haceeeees.
No imposible, ayer practicamente no sali de mi casa.
Ana dice:
JAJAJAJAJJAJAJJJAJJA
[b]L[/b] [b]S[/b] dice:
mi contestacion
JAJAJAJAJAA
Ana dice:
JAJAJJAJAAJJAJAJJA
AJAJAJAJAAJAJAJAJAJAJAJAJ
Agustina dice:
jajajajajj
Carolina. dice:
´jajajajaajjaajajaj


Definición: El chat es un término que proviene del inglés y que en español equivale a charla, también se lo conoce como cibercharla, y designa una comunicación escrita realizada de manera instantánea entre dos o más personas.

Carolina. dice:
che
con todo respeto
les pueido decir algo?
escuchennnnnnnnnnnnnnnnnnmeeeeeeeeeeeeeeeee

DANIEL dice:
Si mencantan los refucilos
me acen muy bieeeeeeeennn


TODOS dice:
escuchennnnnnnnnnnnnnnnnnmeeeeeeeeeeeeeeeee

domingo, 24 de octubre de 2010

BUENOS AIRES

Aunque huelas y me apreses
en tus trenes tambaleantes
aunque hiedes y eres húmedo
y el cemento te domina
aunque la gente abrumada
muestre los dientes te muerda
aunque los coches sus gases
contaminen nuestras charlas
aunque seas buenosaires
y no estés ahora aquí
y apenas haga unas horas
miraba el cielo y los pinos
aunque Rivadavia bulla
y el asfalto iridiscente
yo te quiero buenosaires
porque tienes un Oeste
que ostenta un muro rojo
que en estos momentos veo
detenido en el andén
qué de recuerdos me alcanzan
no son de playas ni barcos
no de Neruda poeta
pero tienen ese encanto
que anda tendido en poesía
que anda asolando mis días
que anda inundando de agua
la mirada que destino
al caminar por tus calles
atrevido y aún sin tino
desprendido sin más cintos
sin la costumbre del peine
del mocasín o zapatos
resistiendo anhelando
el salado de tu boca
aquella luego de aquel
sumergirnos emergiendo
de tantos momentos idos
de tantos haber soñado
de tantos haber llorado
de tantos haber amado
y además de haber reído

sábado, 18 de septiembre de 2010

AQUELLA SEMANA

AQUELLA SEMANA, los pronósticos habían anunciado que llovería el sábado y el domingo, pero no fue así, en cambio el viento del sur apareció surcando la ciudad y la recorrió durante las horas del día y de la noche, lo hizo el sábado y también en parte el domingo, el viento molestaba más que alejaba las nubes, y ya de pronto arreciaba como también se detenía, y esto nos producía indecisión, pues no sabíamos si salir abrigados o hacerlo livianos de ropa.
Ocurría así: Abríamos un poco la puerta que da al patio y asomábamos con timidez la cabeza y algo del cuerpo, el viento nos hacía tiritar y entonces concluíamos mirando hacia el cielo: “Hace frío y va a llover”, y nos preparábamos para salir con abrigos e impermeables y además el paraguas por si acaso. Las botas reemplazaban a los zapatos y a las zapatillas, y así pertrechados ganábamos la vereda, más al cabo de unos cuantos metros o a lo sumo al haber caminado un par de cuadras, el viento de pronto desaparecía, las nubes se abrían y el sol asomaba ante nuestras miradas atónitas que alzábamos al firmamento como exigiendo explicaciones. Así fue buena parte del fin de semana aquel, pues por la tarde del domingo el tipo de nubes que cubrieron el cielo pasaron de las blancas algodonosas a ésas densas, grises y algo turbias de agua por llover, y esa noche hasta nuestro descanso fue interminente y grueso como preludiando aquella semana. Eso pensé o eso soñé, y además que tenía la certeza de que el escampar de aquello que se había formado iba a ser difícil de olvidar, pues el dolor que había surgido en mi rodilla izquierda era un claro indicio de mal agüero.

Y empezó a llover.

De lo que me acuerdo claramente es que una vez que comenzó a llover, lo hizo sin interrupción. Cada día a partir del lunes y hasta el fin de semana siguiente llovió. El agua usó todas las horas y cada uno de sus minutos aprovechándolos de manera copiosa e insistente. Solo por las noches y cuando lográbamos dormirnos no controlábamos que estuviera lloviendo, porque durante el día íbamos y veníamos por las ventanas de la casa cual reclusos que recorrían los límites de sus celdas, y entonces constatábamos que llovía vertical, o que llovía inclinado, o que a veces parecía que no llovía porque las gotitas eran muy pequeñas y livianas y se quedaban flotando como bruma en el aire cuando el viento amainaba. Durante la mañana llovía con la fuerza de gotas grandes y frías, y por la tarde el tipo de lluvia permitía retozar o leer en algún sillón envueltos en mantas y aguardábamos que se hiciera la hora de la leche, deseando que desde la cocina surgiera alguna señal a torta cociéndose en el horno. Por las noches llovía con relámpagos y truenos como no podía ser de otra manera.

Nosotros veíamos que el agua acumulada había ido cubriendo el pasto y las plantas menos altas del patio trasero. Los primeros días se encharcaba acá y allá sin ninguna estrategia, pero las horas le fueron dando la confianza y entidad que necesitaba para ir eludiendo todas las defensas que los vegetales y la tierra habían erigido y al cabo de cuatro días desaparecieron bajo su superficie todos los vestigios de vida que surgían de la tierra con excepción del fresno y del ciruelo, que por su tamaño sobresalían dignos pero maltrechos por encima de los tejados del fondo. Para los diarios la ciudad se hallaba indecisa y sin saber que actitud tomar y algunos comenzaron a hablar del Purgatorio. Yo diría que atravesamos una experiencia casi mística, el agua estaba por doquier y se había transformado en omniprescente y ya no nos sorprendíamos si cuando nos íbamos a acostar nos parecía que en lugar de dormir entre sábanas, ondulantes olas nos aceptaban como peces de mar.

Las mascotas de la casa (cuatro perros, un gato y tres conejos) que desde la noche del lunes habitaban con nosotros (solo por esta noche y porque llueve tanto les habíamos dicho a los chicos), al cabo de dos días andaban raros y no le caían en gracia nuestros hábitos. El zoológico doméstico diseminaba pelos, heces y babeaba los pisos observándonos ir y venir por la casa con esos ojos de “qué hago aquí”, que nosotros no llegábamos a comprender, pero que el abuelo sí entendió, aunque lo que a mí me parece es que estaba harto de pisarle la cola a los perros o no poder recostarse en su sillón preferido donde el gato se arrellanaba, que abrió la puerta del patio como para exhalar su frustración y fue entonces cuando la curiosa jauría se atropelló y lo atropelló llevándose consigo su gorra y su bastón además del abuelo que se puso a hacer piruetas por los aires y si Diego no pega aquel salto olímpico para recogerlo cuando caía, creo que en estos momentos hablaríamos del recuerdo del abuelo.

Todo se nos había trastocado y vagábamos reinventándonos presentes y pasados porque el futuro no amainaba y al contrario de lo que se suponía, el cielo abría islas tan luminosas como efímeras que corríamos a disfrutar con la necesidad propia de náufragos y olvidados de dios. El agua recorría cada rincón de la casa, y te mojaba la ropa que usabas y la que yacía en cajones y roperos y además se descolgaba en hilitos que descendían divertidos de los aleros y también de los sueños. La gente del barrio no lograba sintonizar ninguna frecuencia de radio y la única melodía que se escuchaba era la percusión acuosa de aquellas marismas noéticas. Los chicos que no podían aventurarse por los patios, y tampoco ir a los colegios –lo cual evidentemente no era una preocupación- iban conociendo la nostalgia que se desprendía de los libros y escuchaban extasiados historias de superhéroes que los mayores avivaban con leños y sin apurar los horarios de las comidas, y las cuestiones domésticas iban quedando abandonadas porque las escobas eran inútiles para juntar el agua que los zapatos y zapatillas iban dejando en charquitos por el solado de toda la casa. Los relojes de cuerda parecían haberse puesto de acuerdo con los biológicos, y dejaron de tener sentido, pues habían fabulado con el agua anegándose, mientras que yo iba chapoteando de habitación en habitación y recogía en los pasillos cosas y gente que se había quedado sin prisa y sin rumbo, algunos reaccionaban enseguida levantándose y permanecían unos momentos con la desorientación instalada en la mirada, pero había otros que era necesario cargar a cuesta pues su placidez era tan sutil que habían comenzado a diluirse con las paredes y los pisos y la única herramienta posible de devolverlos al ritmo de la casa era la de dibujarles el horizonte.

Observábamos por las ventanas correr las aguas diseminadas entre árboles y cordones que los vidrios empañados distorsionaban en figuras ansiosas y anhelantes. Podría decirse mientras iban transcurriendo los días de aquella semana que estábamos viviendo una época de felicidad diferente, con la energía eléctrica ausente de las computadoras y de los programas de televisión. Y era así que descubríamos a un hermano, a un amante y también a un hijo. La lluvia era ya casi parte de la Historia, tanto que hablábamos de nuestras experiencias anteriores a la época en que había comenzado a llover como si la Lluvia fuese un hecho mencionado en los libros. Descubrimos el entusiasmo que cada uno tenía y que cada uno soñaba, hablábamos y éramos escuchados, nos hablaban y lográbamos escuchar, el agua si bien nos había cercado y anulado las cuestiones habituales que seguían sin resolverse, y por cierto era incómodo andar haciendo plap plap al caminar, también nos había descubierto facetas inexploradas dentro de la casa, dentro de la familia y dentro nuestro. Sí, estábamos viviendo una felicidad diferente.

Y paró de llover.

Cuando dejó de llover, fue sin previo aviso y nos encontró distraídos. Salió el sol, se despejó el cielo y por un buen rato no entendíamos nada de lo que estaba ocurriendo. La tía Mimí dijo: “Voy a la verdulería”, y cuando la vimos salir con el piloto marrón y el paraguas, todos al unísono largamos la carcajada. Los chicos seguían haciendo barquitos de papel y después de tantos días habían perfeccionado tanto la técnica de doblar los diarios que decían que se dedicarían a la política porque de tantos barcos doblados que se fueron a pique en los ríos de esos días, veían un entretenimiento económico en el futuro. Yo que era el encargado de secar la ropa oreándola frente al calefactor (lo que incluía la ropa interior que como todos sabemos una vez utilizada en varias ocasiones, le quedan manchitas en algunos lugares que no hay programa de lavado que las limpie), también me puse contento. Creo que el único que se puso triste cuando paró de llover fue Tito porque entendió que volveríamos a nuestras conversaciones y forma de mirarnos de siempre, los demás ni se dieron cuenta del cambio, hicieron un clic y el chateo en la compu con la novela de la tarde ganaron el ruido de la cocina, el sol aclaró los temas a discutirse y todo empezó a brillar al paso de la franela y la escoba, pero sin el plap plap tan acogedor que nos había acompañado aquellos días inolvidables de felicidad clandestina.

Fue lindo ver el sol de nuevo con el cielo rodeándolo que parecía recién salido de la ducha. Era algo que emocionaba. Pero había también en ese sol algo de la nostalgia de aquella semana que íbamos dejando. A mí se me acabaron las siestas porque me era difícil de entender a esa luz que entraba a raudales por las ventanas. Si me dieron unas ganas locas de salir a correr y aunque la rodilla me siguiera doliendo, estaba seguro que era lo que tenía que hacer. He vuelto de correr. Casi una hora estuve corriendo otra vez por el barrio. Troté con sumo cuidado porque las calles de la ciudad están rotas y quedan charcos de aquella semana por todos lados y la lluvia de la rodilla aún persiste como una garúa.

FIN

domingo, 5 de septiembre de 2010

RECUERDO

El sonido de la naturaleza que me rodea parece dictarme y por momentos cierro los ojos y me dejo llevar. Escucho y siento y entonces recuerdo. Es un día caluroso, la tarde ha comenzado a declinar, pero hay una incesante actividad aún en los árboles. El intercambio de la fauna convive con la pasividad de la flora que no es inmutada por siquiera una mínima brisa. Anoche ha llovido y desde mi ventana pude deleitarme con una maravillosa sinfonía de truenos y relámpagos. Luego, cuando mis ojos se cerraron sin proponérselo, cuando el cansancio se adueñó de mi dominio intelectual, disfruté del descanso navegando en una lluvia densa y copiosa que masajeaba mis sienes y la nuca con dedos hábiles y acostumbrados a dar placer.

Digamos que el verde es más verde así, lleno de sonidos y de cielo celeste, y hasta el zumbido de los insectos tiene algo de poético, como el trinar de los pájaros y un tardío gallo que insiste en ser escuchado. Quiero de alguna forma manifestar la sensación de pérdida, mis cambios y los de él, quiero también de esta manera quizás entender y hasta justificar las consecuencias. Mientras esto relato veo al caballito blanco de madera frente al porche de entrada a la casa, un poco más allá el arenero o lo que de él queda, la casita amarilla con sus ventanas y la puerta que nunca pude hacer que cerrara bien, pero a quién le importaba si el entusiasmo de tener un sitio propio donde el mundo de los grandes no existiera, disimulaba y olvidaba y perdonaba esas deficientes terminaciones. Es que había amor, existía un afecto que se sudaba en horas en las que luego el tedio, o quizás el olvido fueron triunfando. Puedo ver al abuelo marchando al fondo de la galería de plantas con la camisa transpirada, el pantalón arrugado, y siempre con alguna herramienta en sus manos.

Escucho el arrullo de las palomas monteras que ya están reposando en sus nidos y el romance que comienza en esta hora como si de preparar una buena cena se tratara. Pensar en el plato principal, la bebida y el postre. Talvez un café que invite a una charla a media luz, y la esperanzadora noche con su magia por delante. Hoy es ese día, lo sé con la certeza de estar asiendo lo mejor de aquel día.

lunes, 24 de mayo de 2010

YO HAGO AL MUNDO

Hoy tuve una señal más que evidente, claro es que no estoy seguro de la hora y tampoco del lugar, pero sí de que algo de eso pasó, porque enseguida que me pasó lo que me pasó pude sentir ese airecito distinto y a olvido que uno tiene cuando recién se acaba de despertar y está soñando, y mientras lo vas comprendiendo también se te va diluyendo y te decís “anotalo, anotalo”, pero no lo hacés y en cambio te esforzás por reconstruir la idea, luego por armar la frase, te sorprendés del hallazgo de los adjetivos justos y cuando finalmente te lavaste la cara, ya no está… “Matu volvé a leer lo que acabás de escribir y corregilo”, escuché que me decía una vez más mamá, y sus palabras me producían algo así como una desesperación de hambre de comer, y las mejillas se me acaloraban y mis ojos se volvían dos lagunitas a punto de desbordar. Pero ella ya estaba en lo del orden y la limpieza de la casa mientras yo me quedaba hambriento intentando entender lo que me quería decir y así la tarde transcurría en el comedor, con los pies que no me llegaban al piso y un montón de letras sueltas y el sol poniéndose cada tarde. Luego llegaba la hora de cenar, y lo hacíamos siempre monosilabiando los hechos del día, y mientras mis padres y mis hermanos conversaban, reían o discutían y hasta se enojaban, la televisión flasheaba entre nosotros como si no le gustara la comida y mis pies seguían sin tocar el piso de mosaicos y yo pensaba que me quería ir a dormir y que quizás por la mañana pudiera corregir el mareado de los mosaicos que mis pies no llegaban a tocar, mientras ellos conversaban y la televisión que nunca terminaba de quejarse. Pero aún no me dormía, aún se me antojaba que antes de olvidarme de lo que no había logrado aprender, que era posible quizás que mis papás se quedaran dormidos a la mañana siguiente y entonces no iría al colegio a tener que mirar que lo que la maestra escribiría en aquellos pizarrones iría a desordenar ese mundo interior, que nunca llegaba a ser como ellos querían, no al menos como mamá me decía que debía de ser y otra vez la angustia de no lograr llegar con los pies al piso de mosaicos y no entendiendo que mis hermanos parecieran ir con gusto por aquellos mosaicos blandos, cuando cada mañana mamá nos cargaba en la Van y por decirlo de alguna forma nos arrojaba -no había mucho tiempo en esa hora- a la vereda del colegio y mientras yo los veía que salían corriendo y la Van se marchaba zigzagueando entre los otros coches, ellos otra vez a ver a sus amigos o a jugar al patio del colegio, y yo y mi paso desmañado y la lentitud de mis pensamientos que me dejaban sin familia y rodeado de cuerpos y de apuros, subía con resignación los escalones de la entrada al colegio que me producían una ansiedad parecida a las palabras que no podía descubrir ni ordenar, y una vez más me quedaba intentando llegar al piso de los mosaicos. Me llamo Matías y soy un niño triste, eso es lo que escucho que dicen mis padres cuando hablan muy tarde en su habitación por la noche pensando que estoy dormido. Mi pieza está muy cerquita de la de ellos y siempre pido que me dejen alguna luz del pasillo encendida pero la apagan cuando se van a acostar pensando que estoy dormido, como cuando hacen sus cosas habituales pensando que estoy haciendo mis tareas o mirando televisión y ellos que siguen sonriendo o discutiendo mientras yo no crezco aún lo suficiente para poder llegar al piso de mosaicos para así poder sonreír o discutir como ellos. Recuerdo la primera vez –luego hubo muchas- en que mi papá tuvo que ir a retirarme del colegio. Era lunes -el lunes siempre es un día difícil, eso dicen los grandes - y como la directora no había podido ubicar a mi mamá -siempre en los colegios llaman primero a las madres porque se piensan que es lo normal- lo había llamado a mi papá para que viniera a buscarme. Cuando abrí la puerta de aquella oficina y lo vi ahí sentado frente al escritorio de la directora sentí alegría al reconocer parte de mi orden interno en su mirada, pero casi enseguida pude advertir que algo no estaba todo lo bien que debería, la cara de papá reflejaba preocupación y resignación, claro que en aquel entonces con mis ocho años yo lo único que deseaba era darle un abrazo porque mi mañana había resultado muy complicada. Me recibió con el clásico “hola campeón”, y aunque yo sabía que no era para nada un campeón, me gustaba que me lo dijera porque en su voz no había nada de la burla de los otros chicos cuando la seño me preguntaba y yo no respondía, y además quién podía responderle a todas esas preguntas mal hechas que me parecían tontas: “¿Cómo se escribe envase?” si todos saben que se escribe embase, pero por alguna cuestión que aún hoy me cuesta entender algo dentro de mí se resistía a darle una respuesta, y por supuesto los murmullos comenzaban en los bancos del fondo e iban creciendo como una ola hacia los del frente y yo ¿que hacía?, lo que haría cualquiera cuando viene una ola, juntaba las manos, apretaba los labios y cerraba los ojos, y en lugar de que la ola me mojara, escuchaba sus risas y la voz de la seño intentando poner orden. De papá me llegaba con el timbre de sus palabras una enorme ternura que sus ojos marrones y la barba mal afeitaba se empecinaban en disimular, y yo le quise sonreír cuando salíamos del cole pero no pude. No entendí lo que la directora le dijo a papá cuando se pusieron de pie, él estrechó su mano mientras me miraba desde lo alto y no tuvo ganas de explicarme ni decirme nada cuando íbamos hacia a la calle. Se lo veía tan cansado a papá, y además yo creía que estaba en problemas. “Matías: ¿porqué no te fijás en el diccionario esa palabra que pusiste a ver si existe?”, decía mi mamá en la tarde y mis pies que comenzaban a alejarse del mosaico. No obstante corría el riesgo y saltaba al piso y me iba hasta el living, arrimaba alguna silla e intentaba sacar el diccionario del tercer estante -un libro muy pesado y grandote-, que muchas veces se escurría de mis posibilidades de manipularlo y se caía, y me llegaba desde la cocina la protesta de mamá, y así cada tarde. Le tenía terror al diccionario, y aunque me repetían que los libros no mordían -eso nos decía siempre papá: “chicos lean que los libros no muerden“-, estaba convencido que sí podían hacerme algún daño, como no entender el significado de sus frases o no encontrar una palabra, y me quedaba desolado en el living impotente de cumplir con el pedido de mamá, y mientras ella hacía otra cosa -siempre las mamás tienen cosas por hacer-, me iba perdiendo en ese libro en el que casi nunca podía hallar la palabra que buscaba, y me aburría, es que se parecían todas tanto, y aún cuando lograba hallar alguna que era casi igualita –pero nunca la misma- me admiraba de mi mismo e iba a la cocina por la mirada de mamá para mostrarle mi descubrimiento, y advertía una vez más que mis pies no llegaban a los mosaicos del comedor y que la tarde estaba terminando y ya estábamos por llegar a la cena familiar, porque el agua de la cacerola humeaba, y en la pileta de la cocina corría el agua y los hechos de todos los días se iban sucediendo mientras se me iba olvidando lo que había estado buscando en el diccionario.
Hay veces que pienso y siento que yo soy el mundo, y las cosas y la gente meros caprichos de mi imaginación. Por ejemplo ahora encerrado en mi escritorio de historias, dejo un momento y hablo por teléfono a mi casa, y se detiene todo el entusiasmo de mi llamado cuando escucho: “¿Qué querés Matías?”, y entonces vuelvo a situarme en aquel umbral del colegio que me anudaba el estómago. Y me pregunto porqué dejé de ser Matu para ser Matías, o porqué se me estiraron las piernas, los brazos, y me tengo que afeitar como papá, y además el cuerpo se me acelera sin que me lo proponga en algunos lugares en los que antes no me ocurría. Ahora soy Matías y a veces siento que yo hago al mundo y creo que es mi culpa cuando pido que me escuchen durante la cena y nadie atiende lo que digo y el sonido de mi voz se parece a un chico buscando sin encontrar esa palabra en el diccionario. Entonces pienso que hice algo mal cuando hice al mundo. Sé que a veces el mundo que hago no me sale como ellos querían, y cuando voy al señor componedor del mundo para que me ayude a corregirlo, él le dice a mi mamá –no a mí, él le habla a mi mamá como si yo fuera chico y no entendiera-, que mi dislexia no es con el aprendizaje que nunca aprendí, que mi dislexia ahora que vivo como Matías y no como Matu es con la vida. Hoy tuve una señal más que evidente de que yo hago al mundo. ¡Y casi casi me despierto!

Abril 2010

sábado, 7 de noviembre de 2009

En la gran calma de estas tardes hay un reloj: el mar
Justine, Lawrence Durrell


Cómo transcurrirán acaso sus horas, cómo,
se levantará quizás como siempre,
cómo recompondrá su ayer, cómo,
cómo detendrá su pensamiento, cómo
se recogerá talvez cual pequeña,
atraerá hacia sí sus blancas rodillas,
cómo abrazará su almohada, cómo

cómo transcurrirán acaso sus horas, cómo.

jueves, 22 de octubre de 2009

CUCHILLO

No sé, no lo sé y dudo y me cuestiono una y otra vez. Cómo comenzar a contar lo que me ha ocurrido, lo intento y vuelvo a pensar en si me ha ocurrido, es decir, la circunstancia se me cruzó en el camino o la habré provocado yo con esa manera irrespetuosa que tengo algunas veces de decir las cosas. No sé, y es por ahora lo único que realmente sé o parezco saber. No saber, el no sé, aparece nítido dentro de mi confusión que es diría a sapiencias total. Siento extranjero el idioma que desarrolla mi pensamiento y también estrecho el de mi cuerpo, como si aquel no fuera de éste o no le cupiera y me repito y me digo en voz alta, y casi me lo tengo que gritar: “no sé, no sé”, una vez y otra vez más, como para afirmarme, aunque más no fuera en ese latiguillo de la ignorancia que es el no saber y que tan conveniente acude ahora en mi auxilio. Y es que en verdad, no sé. Comienzo por recordar algo, pienso en anoche que me sentía muy diferente, creo que era además tan fuerte y tan sólido, que casi parecía una persona valiente. Un héroe si cabe esa expresión. Recuerdo que sentí cierto placer al ceder de aquella carne y verme tan sorprendido de mi mismo, tan consciente y maquinal. Todo pareció ser fácil e incluso diría que hasta sencillo. Pero hoy, ahora, en estos momentos en los que la madrugada hace de esta oscuridad que me rodea que todo sea más confuso… como decirlo, ¿tenebroso?, tengo temor al expresarme, dudo de las palabras que estoy por escribir y de los hechos que voy a relatar. Es que hasta mi identidad se diluye y no siento que soy el que era, y si bien el recuerdo de lo ocurrido aún persiste con una intensidad tal que me domina, he vuelto a la estúpida sencillez del ser que es humano y también que es un tipo común. Y sé con certeza que debo, que deseo y que necesito ser otra vez el de ayer, el oscuro ser que anoche hundía y se complacía y además mantenía el control sobre cada uno de aquellos, sus movimientos, mientras el cuchillo penetraba pertinaz y sin prisas, sin resistencias y sin piedad en esa blanca carne, en su abundancia blanda y voluptuosidad generosa. Qué curiosos son los pensamientos del ser humano, qué audaces y temibles pueden llegar a ser en algunas circunstancias, será así porque a nadie miran y nadie los mira. Qué juez implacable es la sola presencia de unos ojos o la claridad del día, seguramente la luz de la mañana, el aire fresco, o un rostro conocido, romperían con esa inclinación natural que hay. Al menos creo que para que ellos surjan con libertad e incontrolable perversidad, esa que atesoramos en nuestra parte más recóndita de la mente, ésa que los sentidos de alguna forma moderan y hasta diría que controlan, ¿controlan o exacerban?, la noche, el silencio y la soledad, deben aunarse, rara avis, como si de un eclipse tríptico se tratara. Me comprenderá el que alguna vez escuchó el ruido de un hueso que se parte o astilla. Cuando esto ocurre, nuestros movimientos se detienen, nos volvemos alertas, aguzamos la sensibilidad del oído, aspiramos profundamente y extendemos los dedos de la mano queriendo percibir el motivo de aquel extraño y espantoso sonido, y luego gritamos porque sentimos o creemos sentir un dolor intenso, aunque en realidad es el temor a sentirnos vulnerables y a darnos cuenta de que podemos rompernos. Entonces la vista recorre con velocidad el entorno y no damos el siguiente paso hasta que cierta normalidad retorna, hasta que como ahora mientras esto escribo reconocemos los objetos, el olor y los ruidos habituales de la hora y de nuestro cuerpo, y entonces ocurre que los vamos asimilando de a sorbos en nuestra mente, incorporándolos, deduciéndolos y comprendiéndolos hasta el horror. Me apresuro porque un riesgo de cielo ha comenzado a insinuarse en el ángulo superior izquierdo de la ventana, y se me va diluyendo la ferocidad, la avidez malsana que tenía cuando comencé a escribir. Ah!, esta naturaleza primaveral está despertando y eliminando mis bajezas y hasta comienza a darme pudor y vergüenza seguir aquí sentado como escondiéndome del destino que minuto a minuto reclama. No puedo evitar que mis pulmones se hinchen del fresco rumor de un día espléndido, no puedo dejar de observar las intermitentes cadencias entre estos párrafos, que como las copas de los árboles se balancean con la brisa y me hostigan con su imponente verdor. Dudo si realmente soy un ser de la noche oscura como pensé, es que al ver sobre la mesada los cubiertos y los platos de la cena todo parece tan normal. Habré soñado entonces, habré mentido, me habré engañado. Voy a dejar de escribir porque me siento otra vez desnudo ante tanta observación de este mundo bello. Aguardaré que el día marche, esperaré pacientemente y sonriendo hipócritamente que todo pase y se aletargue. Me lavaré el rostro e higienizaré mis dientes, saldré a hacer las compras, almorzaré, talvez incluso saque a pasear al perro. Si mis actividades me lo permiten dormiré un rato luego del almuerzo, hojearé el periódico y encenderé el televisor. Llamaré a mi madre y hablaremos del tiempo y de la salud, le preguntaré por sus novedades y su cortesía le hará preguntarme que hay de nuevo en mí, y entonces ocultaré el cuchillo en la despensa, en la alacena más alta de mi pensamiento, le diré que estoy bien y que el día está hermoso, le mandaré un hasta mañana y colgaré el teléfono. Y quizás vuelva a llamarla. Mañana. Por supuesto que será luego de haber guardado una vez más el cuchillo, ya limpio, en la alacena.