jueves, 3 de marzo de 2011

FOTO DE NAVIDAD

Estoy contenta pero no, bueno en realidad sí porque esta noche es, pero para mí ya no va a ser tan pero tan, por eso estoy así, como metida en el agua, que se yo, como flotando entre lo que creía y lo que sé ahora. Mamá me dijo, no en realidad no me dijo nada, sino que la oí hablar con la tía, es que ella en general cierra la puerta que da al comedor cuando no quiere que escuchemos de que habla, pero algunas veces se descuida, y hoy fue una de las veces de descuidarse.
Ya el sol casi se fue, se está haciendo de noche, pero está tan linda el agua de la pileta que no tengo ganas de salir y tampoco tengo ganas de nadar.

Escucho los sonidos de la casa, me llegan las risas y las conversaciones de todos, es un mezcolanza que me acaricia, como cuando papá me pasa la mano por el pelo, pero yo no tengo ganas de que me hagan mimos ni de reírme, apenas me sonrío. Triste sonrío.

La tía me sacó una foto pensando que no la veía, sin embargo yo la miraba dando vueltas y vueltas porque las luces del arbolito la delataron, hasta en un momento pensé que la tía andaba chapita y bailaba sola, y atravesando el ventanal lo veo venir a Simón con su andar desparejo, qué chiquito que es, hasta me parece más chiquito ahora que la escuché hablar a mamá sin que se diera cuenta que se había descuidado y ella que no se cuidó de decir lo que dijo delante de mí, aunque claro es que ella no podía verme adonde yo me encontraba detrás de la puerta sin cerrar, y por eso hablaba como habló y cree que yo no la escuché porque no estaba delante de ella. Tengo ganas de llorar.

Simón, mi primito, va al jardín y él sí que no tiene problemas, eso es lo que yo pienso, aunque pensándolo mejor mamá también piensa que nosotras no tenemos problemas y así anda el mundo, pobre Simón. Y detrás de Simón siempre los veo venir a la tía o al tío, atentos a que el petisito no se meta en líos, uy viene derecho a la pileta y la tía corre. Lo alcanzó. Creo que me voy a tener que aguantar las ganas que tengo de llorar, que no se me note, por Simón digo, por Simón y por Sofía, aunque por Sofi no creo, seguro que ella ya lloró. Tengo que preguntarle, porque eso me va a hacer sentir mejor. Sí, tengo que preguntarle a Sofía si ella ya lloró, se me ocurre porque es más grande que yo, pero dicen que los grandes no lloran y como puedo preguntarle sin decirle porqué le pregunto, a ver si todavía no lloró y la hago llorar como una pavota, como las ganas que tengo de hacerme agua, como esta pileta.
-Noe, Noeeeee, vení a cambiarte para la cena, salí de la pileta de una buena vez que te va a dar frío.
Ahí está mamá a los gritos, “Ya voy, ya voy”, ufa, qué pocas ganas de salir, aquí me siento con ganas de llorar pero no tanto, me parece que si veo al arbolito no voy a poder aguantarme y me largo a llorar. Otra vez mamá llamándome a los gritos, “Ya voy mamá, ya vooooy”. La tía se lo llevó a Simón orejitas para adentro y los veo mezclarse con los colores del arbolito como si anduvieran por sus ramas. Sí, es cierto que se puso fresco, mejor entro por la puerta de atrás que da a la cocina así no me ven la cara de ganas de llorar.

-Mami, donde puedo dejar la carta para Papá Noel.
-Dámela a mí que yo la pongo en el arbolito.
-Pero no te vayas a olvidar.

Para mí la fiesta verdadera pasa en la nochebuena, a mí me gusta más, y cuando esté pasándome dentro de unas horas la nochebuena estoy segura que me van a dar ganas de llorar, y sin embargo cómo puede ser que todos estén tan pero tan contentos, será porque ya se olvidaron de que lloraron una vez en nochebuena, habrán llorado como yo tengo ganas de llorar y que sino fuera por Simón y casi porque no sé si Sofi lloró o no lloró, lloraría mostrando este asqueroso aparato de ortodoncia que mamá dice tengo que usar por dos años, ¡dos años!, gritaría, ahhhhhhhhhhhhhh, y la lengua que no me entraría en la boca de grande y roja que se me pondría. Salpicaría todo. ¡Porqué!, porqué habré escuchado lo que charlaban en la cocina, no hay derecho que se olvidaran de cerrar la puerta, estoy molesta y también enojada. Me enojé. Ahora la veo a la abuela charlando con mamá y con la tía, de qué hablarán que la abuela se ríe así como cuando el abuelo todavía estaba con ella y no como si no estuviera ni con ella ni con nosotros, lo extraño al abuelo y Sofía que no sé por donde andará, para mí cuando uno ve en el almanaque diciembre, es como que todo se pone más lindo y con más color, hasta el paisaje que normalmente ponen en el almanaque es bien colorido, en diciembre los grandes tienen otro brillo en los ojos, algunos de alegría y otros padecen de ojitos tristes y te miran como diciéndote con la mirada, “Ojalá que no crezcas, estás tan linda”, y los sonsos que no cierran la puerta. Con Sofi hay veces que cuando la abuela o mamá nos miran así, de ojos melancólicos nos aprovechamos un cachito pero sin mala intención, hacemos como que queremos ayudar en casa, y nos ofrecemos para la cocina, o a barrer, o a ir al almacén y siempre ligamos algún billetito o nos dejan parte del vuelto para ir al kiosco. En Navidad es lindo porque los retos de los mayores luego de las travesuras no parecen retos y las penitencias se terminan antes de cumplirse. ¡Porqué mamá no cerraste la puerta, si siempre la cerrás! Noe, lo que ocurre es que es tiempo ya.

Quiero que escuches, que te escuches. Te lo vengo diciendo con las puertas.

Creo que los días previos tienen una mezcla de pausa y de vértigo, y es que todo el mundo aparece muy pero muy apurado haciendo compras, cocinando, hablando con amigos, organizando vacaciones, quejándose del tránsito y del calor y llegando a la cama mo-li-da, eso es lo que vemos con Sofi cuando mamá y papá comienzan a levantar los platos de la mesa y nos mandan a dormir con cara de “por favor vayan a acostarse” y nosotras obedientes pero…, les decimos hasta mañana y nos vamos a lavar los dientes. En general el humor va y viene desde la empalagosa melancolía que surge de los cantos en las iglesias a cierta preocupación inminente que llega de la mano de aquellos familiares cuyo trato no practicamos muy a menudo porque los vemos solo para las fiestas de fin de año o en los funerales. Y esto nos genera una inquietud muy similar a la espera de un regalo, porque con un regalo pasa que deseamos que en él esté eso que hemos ido anunciando y pidiendo en las cartas, o eso que ha sido comentado con abuelos y con primos, nunca con los padres o con los tíos, ya que no sería entonces algo infantil. Es decir para que Papá Noel se entere pero sin saber que nosotras sabemos que tenemos ganas de llorar en esta nochebuena porque mamá dejó la puerta abierta, esa puerta que siempre cierra, o mejor sería decir esa puerta que siempre cerraba.

La Navidad se hace presente mucho antes de que sea Navidad, y esa intensa expectativa se vuelve más y más expectativa, y vemos a los mayores en los negocios que hay alrededor de la plaza del barrio abordando las jugueterías, sitiándolas, agobiando a los vendedores y agobiándose mientras nosotros nos hamacamos en los juegos de la plaza o tomamos un helado en lo de Cristóbal con ese billete buena onda que nos dio mamá o la abuela. El mundo creado por ese anhelo es tan fuerte y tan difícil de explicar que aún siendo nuestro regalo el deseado, no podemos dejar de sentir la brisa de la decepción, quizás porque una vez conocido aquello que hasta hacía nomás un rato no conocíamos, estamos perdiendo algo.

Perdemos. Hoy es nochebuena, ahora perdimos ese desconocimiento que ostentamos detrás de la puerta, salgo de la foto que me sacó la tía, siempre perdemos con la puerta abierta, se puso el sol y hace frío, y que en definitiva es lo que podría haber sido pero que no fue así, y detrás de la puerta sigue escuchándose con claridad como conversan. Voy a entrar por la puerta de atrás porque no quiero que me vean que sé lo que sé. Hoy es nochebuena otra vez y las cartas ya están en el arbolito para que nadie vea lo que habla mamá que hace tiempo dejó de cerrar la puerta. Aún así no dejo de enojarme. Me enojo otra vez, como Sofi y como papá que también están enojándose detrás de la puerta, y ahí viene otra vez el petisito, uy, casi se tropieza con ese andar desparejo y menos mal que atrás viene la tía, a rescatarlo a Simón antes de que se caiga y se moje… detrás de la puerta que mamá ha dejado de cerrar.

domingo, 28 de noviembre de 2010

¿QUE MUNDO ME ESTAS PREPARANDO?

Querido soldado: Tú que naciste como Güemes, para defender una causa justa debes sentir el orgullo de aquellos que desde sus tumbas bendicen junto a Dios tus actos. Una abuela que reza por ustedes. Graciela Norma Cabrera Rosario, 2 de Abril de 1982. Tendría unos veinte años y recuerdo que mi pelo era espeso y de oscuro azabache, que no hacía demasiado había dejado de fumar a hurtadillas pero seguía durmiendo en el sofá del living, mi pieza. Recuerdo que hacía calor esa noche cuando llamaron a la puerta, que estaba durmiendo y también recuerdo con la naturalidad que atendí el llamado a pesar de ser medianoche, casi como si estuviera aguardando a ese sobre, o a ese suboficial que me entregaba ese sobre, y que alguien de la familia apareció y preguntó quién era, y después de eso, después de aquellos momentos, casi ya no recuerdo. Sí del vertiginoso viaje hacia el sur dejándome llevar, dejándome hacer. Abandonándome al destino, a las decisiones de los otros, que me resigné a una interminable y arenosa sensación inmanejable, de uniformes y de gritos, de rostros asustados y de botines lustrados. Aún no habíamos partido y permanecíamos en el cuartel del batallón de Intendencia 181 siendo todavía, aunque más no fuera, solo un poquito, aún civiles. Que comenzamos a dejar de serlo cuando nos repartieron las bolsitas transparentes en las que fuimos depositando nuestras pertenencias, dejando y acaso olvidando nuestra identidad. Y que sentí como que en ese preciso momento alguien usurpaba mis deseos, que hasta para penar debería de hacerlo pidiendo permiso, recuerdo que volvieron paulatinamente, y en forma abrumadora ciertos latiguillos: “¡Atención!, ¡Firmes!, ¡Cuerpo a tierra, carrera march!... “ Sí, dejé de luchar, nos estábamos introduciendo en un terreno fangoso y desconocido, donde el anonimato de con quién estábamos, de quién nos mandaba y dirigía, y hacia dónde y con quién lucharíamos eran eso: anónimos. Y nosotros, comenzamos a partir de ese momento a formar parte y objeto de una enorme manía anónima que la sociedad vitoreaba y ensalzaba a nuestro paso mientras los vehículos de todo tipo nos trasladaban de manera continua e inevitable hacia el Sur. Perdimos el apellido para ser denominados Soldados, perdimos el nombre de pila de un saludo afectuoso, perdimos muchas cosas, pero la más importante fue que perdimos la alegría de una adolescencia que aún no habíamos dejado y de una juventud que tampoco nunca llegamos a comenzar. Abril, año 1982. ¿Qué mundo me estás preparando?

sábado, 6 de noviembre de 2010

CHATERS

Anoche decidí sentarme a conversar con mis hijas porque ya estoy agotado de decirles a estas teen: “¡Basta de computadora!”, y vos ves y no podés creer que en lugar de hacer un mínimo gesto de que comprendieron tu pedido, tu orden, tu casi un ruego, ves anonadado que siguen en lo suyo mientras sus deditos vuelan sobre el teclado.
b]L[/b] [b]S[/b] dice:
le contesto asi no mas
JAJAJAJAJAJAJA
Ana dice:
JAJAJAJAJAJ NI CORTADA
JAJAJAJAJJAAJA
O HABLALE
Juliieta. abandonó la conversación.
Ana dice:
PORQE POR AHI TIENE AMIGOS LINDOS PARA TUS AMIGAS
Carolina. dice:
JAJAJAJAAJJ
Ana dice:
PENSA EN ESO
ajjajaaj
[b]L[/b] [b]S[/b] dice:
JAJAJAJAJAJA
Ana dice:
NOIMPORTA
ES UNA ORDEN!
JAJAJAJAJAJAA

Claro que no importa JAJAJAJAJAJ, qué carajo te van a escuchar, si están chateando y aparte tienen puestos los audífonos, le sonríen una y otra vez a la pantalla o sueltan grititos que persiguen a los ruidos que le entran por las orejas y que se les instalan en ese mundo virtual de “felicidad“. ¡Basta de chat! Los truenos y los relámpagos nos dieron la oportunidad de ese espacio y momento que casi nunca hay. Adoro las tormentas con refucilos porque el temor a que los aparatos electrónicos sufran una descarga nos hizo apagar y desconectar la computadora, los televisores y el equipo de música, ergo, a los diez minutos parecíamos una familia.
Carolina. dice:
chicas dios mio
Ana dice:
JAJAJAJ
Carolina. dice:
si trae beneficios a cerrar los ojooooooooooooooooooooooooos
Anadice:
EH ?
[b]L[/b] [b]S[/b] dice:
HIJA DE PUTA
Agustina dice:
JAJAJAJJAJAJA
[b]L[/b] [b]S[/b] dice:
TE VOY A PASAR UNA FOTO
Ana dice:
JAJAJAJJJAJAJAJAJAJAJJAJAJAJAJAA
[b]L[/b] [b]S[/b] dice:
DE ESTE PIBE

Había como si fuera un rumor flotando en el aire, me di cuenta de ello al escuchar la ausencia del ventilador interno de la cpu o los chasquidos de los programas de tv, ¿dónde estoy? , tuve que consultarme porque era todo tan extraño, y cuando comencé a recorrer la casa, escuché las risas y cierta jarana en una de las habitaciones, golpeé la puerta, y al entrar en ese ambiente me encontré como hacía tiempo no ocurría a M y a G una en el piso y la otra sobre la rana-peluche, divertidas y conversando, así fue que me ubiqué en el piso junto a M y me dispuse a escuchar de qué hablaban. Ellas parecieron dudar, claro, estaban en alguna de esas intimidades en las que los padres no deberíamos inmiscuirnos, no obstante me integraron a la conversación, y sí, confirmé que la casa estaba extrañamente agradable sin la tecnología en el medio de nosotros. Me sentí cómodo y aceptado. ¿Y si no tuvieran computadora, qué harían?, y miraríamos tele, ¿y si tampoco hubiera televisión?, y que se yo dijo G, y M abrió mucho los ojos. Estábamos bien. Hacíamos planes imaginándonos otro contexto como el que nos convocaba obligadamente por la tormenta, mientras afuera se caía el cielo sobre la ciudad. Sí, estábamos muy bien. ¿Qué tiene de bueno el chat?, pregunté y enseguida G opinó: es lo más para tirar “palos”, síiiiii asintió con entusiasmo M, y qué son “palos” yo seguía indagando, y… sería decir las cosas que querés decir para que el otro se de cuenta, ahhh claro… no entiendo. Ellas se afanaban en explicarme pero solo gesticulaban y se sonreían cómplices y yo no entendía del todo. Era claro lo que significaba para ellas, pero yo no podía dilucidar la sencillez de la cuestión que se les hacía por demás obvia, y en lugar de explicarme se reían una vez más de mí y de mis preguntas y acotaciones. Dame un ejemplo de un “palo”, atiné a decir y de nuevo tanto M como G se rieron y sostuvieron que era lo más, y yo las miraba queriendo encontrar y comprender y nada. Es que tiene que surgir dentro del chat, así en frío charlando con vos es difícil, a ver chateemos propuse, hagamos como que chateamos, tirame un “palo”, también se tira “onda” dijo M, para eso también está bueno, “palos” y “ondas”, por ejemplo dije: “me gustás”, - risas- nooo pará que eso es directo, además ¡qué antiguo!, tiene que ser que se entienda, pero no tan de frente, ahhh dije, “¿cuántos años tenés?”, nooo, seguían las negativas y las risas.
Agustina dice:
a nosotras nos los dio sin nada
ono lu?!
[b]L[/b] [b]S[/b] dice:
AJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJ
Agustina dice:
JAJAJAJAJAJAJAJA
Ana dice:
PASAAAA
JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA
Agustina dice:
no gratis pero buen
un dos por uno
Carolina. dice:
pero porque son amigas mias
Agustina dice:
todo vale
JAJAJAJAJAJJAAJAJA
Ana dice:
JAJAJAJA ESAA CARRO
YO VOY HACER UN ESFUERZO CON ESTE PIBE

Ellas hablaban y hablaban sin pausa, se reían de ellas, de sus cibercharlas, de mis apreciaciones de dinosaurio, y mientras todo esto ocurría, yo comenzaba a comprender algunos códigos, me daba cuenta por ejemplo que en el chat podés decirle a otro cosas que no te animás a decírselas de frente, que demanda de una atención intensa, y hasta pensé que la energía que ponían en chatear era equivalente al que uno le dedica a la lectura de un libro. ¿Porqué “está bueno chatear”, no es posible expresarlo con palabras?
La salida del chat puede ser “cordial” que para el chater es lo mismo que aburrido y con una carita-sonrisa sin palabras le decís “chau”. El final de la charla puede ser también “abrupta”, cerrar el messenger sin despedirse como si de un portazo se tratara no ofende a los ciberamigos, pero sí a los que no tenés dentro de tu cibermundillo. La “salida” del chat puede significarles una pérdida, eso sentía mientras ellas se mofaban cariñosamente de mis comentarios.

Sí, hay códigos de sociabilidad que se respetan y se aprenden, como el de “avisar” con un nueve a los chaters que hay padres rondando muy cerca con intenciones de espiar al chater-hijo, que los nicks te permiten una nueva identidad y que esa nueva identidad te hace audaz en el chateo, que el chat sirve para conocer y para bardear, pocos y pocas tienen en el chat su apellido, pocos y pocas tienen interés en conversar en un chat de algo específico, la idea no escrita, la idea no dicha, la idea es la velocidad para no pensar, es divertirse y “pasarla bien” y yo las seguía mirando y realmente tuve que replantearme la situación: ¿Basta de Chat?, porque ellas se seguían riendo y movilizaban sus neuronas a una velocidad que seguramente lubricaba la circulación del flujo sanguíneo por todo su cuerpo arrebolándoles las ideas hasta la sonrisa.
b]L[/b] [b]S[/b] dice:
JAJAJA que haceeeees.
No imposible, ayer practicamente no sali de mi casa.
Ana dice:
JAJAJAJAJJAJAJJJAJJA
[b]L[/b] [b]S[/b] dice:
mi contestacion
JAJAJAJAJAA
Ana dice:
JAJAJJAJAAJJAJAJJA
AJAJAJAJAAJAJAJAJAJAJAJAJ
Agustina dice:
jajajajajj
Carolina. dice:
´jajajajaajjaajajaj


Definición: El chat es un término que proviene del inglés y que en español equivale a charla, también se lo conoce como cibercharla, y designa una comunicación escrita realizada de manera instantánea entre dos o más personas.

Carolina. dice:
che
con todo respeto
les pueido decir algo?
escuchennnnnnnnnnnnnnnnnnmeeeeeeeeeeeeeeeee

DANIEL dice:
Si mencantan los refucilos
me acen muy bieeeeeeeennn


TODOS dice:
escuchennnnnnnnnnnnnnnnnnmeeeeeeeeeeeeeeeee

domingo, 24 de octubre de 2010

BUENOS AIRES

Aunque huelas y me apreses
en tus trenes tambaleantes
aunque hiedes y eres húmedo
y el cemento te domina
aunque la gente abrumada
muestre los dientes te muerda
aunque los coches sus gases
contaminen nuestras charlas
aunque seas buenosaires
y no estés ahora aquí
y apenas haga unas horas
miraba el cielo y los pinos
aunque Rivadavia bulla
y el asfalto iridiscente
yo te quiero buenosaires
porque tienes un Oeste
que ostenta un muro rojo
que en estos momentos veo
detenido en el andén
qué de recuerdos me alcanzan
no son de playas ni barcos
no de Neruda poeta
pero tienen ese encanto
que anda tendido en poesía
que anda asolando mis días
que anda inundando de agua
la mirada que destino
al caminar por tus calles
atrevido y aún sin tino
desprendido sin más cintos
sin la costumbre del peine
del mocasín o zapatos
resistiendo anhelando
el salado de tu boca
aquella luego de aquel
sumergirnos emergiendo
de tantos momentos idos
de tantos haber soñado
de tantos haber llorado
de tantos haber amado
y además de haber reído

sábado, 18 de septiembre de 2010

AQUELLA SEMANA

AQUELLA SEMANA, los pronósticos habían anunciado que llovería el sábado y el domingo, pero no fue así, en cambio el viento del sur apareció surcando la ciudad y la recorrió durante las horas del día y de la noche, lo hizo el sábado y también en parte el domingo, el viento molestaba más que alejaba las nubes, y ya de pronto arreciaba como también se detenía, y esto nos producía indecisión, pues no sabíamos si salir abrigados o hacerlo livianos de ropa.
Ocurría así: Abríamos un poco la puerta que da al patio y asomábamos con timidez la cabeza y algo del cuerpo, el viento nos hacía tiritar y entonces concluíamos mirando hacia el cielo: “Hace frío y va a llover”, y nos preparábamos para salir con abrigos e impermeables y además el paraguas por si acaso. Las botas reemplazaban a los zapatos y a las zapatillas, y así pertrechados ganábamos la vereda, más al cabo de unos cuantos metros o a lo sumo al haber caminado un par de cuadras, el viento de pronto desaparecía, las nubes se abrían y el sol asomaba ante nuestras miradas atónitas que alzábamos al firmamento como exigiendo explicaciones. Así fue buena parte del fin de semana aquel, pues por la tarde del domingo el tipo de nubes que cubrieron el cielo pasaron de las blancas algodonosas a ésas densas, grises y algo turbias de agua por llover, y esa noche hasta nuestro descanso fue interminente y grueso como preludiando aquella semana. Eso pensé o eso soñé, y además que tenía la certeza de que el escampar de aquello que se había formado iba a ser difícil de olvidar, pues el dolor que había surgido en mi rodilla izquierda era un claro indicio de mal agüero.

Y empezó a llover.

De lo que me acuerdo claramente es que una vez que comenzó a llover, lo hizo sin interrupción. Cada día a partir del lunes y hasta el fin de semana siguiente llovió. El agua usó todas las horas y cada uno de sus minutos aprovechándolos de manera copiosa e insistente. Solo por las noches y cuando lográbamos dormirnos no controlábamos que estuviera lloviendo, porque durante el día íbamos y veníamos por las ventanas de la casa cual reclusos que recorrían los límites de sus celdas, y entonces constatábamos que llovía vertical, o que llovía inclinado, o que a veces parecía que no llovía porque las gotitas eran muy pequeñas y livianas y se quedaban flotando como bruma en el aire cuando el viento amainaba. Durante la mañana llovía con la fuerza de gotas grandes y frías, y por la tarde el tipo de lluvia permitía retozar o leer en algún sillón envueltos en mantas y aguardábamos que se hiciera la hora de la leche, deseando que desde la cocina surgiera alguna señal a torta cociéndose en el horno. Por las noches llovía con relámpagos y truenos como no podía ser de otra manera.

Nosotros veíamos que el agua acumulada había ido cubriendo el pasto y las plantas menos altas del patio trasero. Los primeros días se encharcaba acá y allá sin ninguna estrategia, pero las horas le fueron dando la confianza y entidad que necesitaba para ir eludiendo todas las defensas que los vegetales y la tierra habían erigido y al cabo de cuatro días desaparecieron bajo su superficie todos los vestigios de vida que surgían de la tierra con excepción del fresno y del ciruelo, que por su tamaño sobresalían dignos pero maltrechos por encima de los tejados del fondo. Para los diarios la ciudad se hallaba indecisa y sin saber que actitud tomar y algunos comenzaron a hablar del Purgatorio. Yo diría que atravesamos una experiencia casi mística, el agua estaba por doquier y se había transformado en omniprescente y ya no nos sorprendíamos si cuando nos íbamos a acostar nos parecía que en lugar de dormir entre sábanas, ondulantes olas nos aceptaban como peces de mar.

Las mascotas de la casa (cuatro perros, un gato y tres conejos) que desde la noche del lunes habitaban con nosotros (solo por esta noche y porque llueve tanto les habíamos dicho a los chicos), al cabo de dos días andaban raros y no le caían en gracia nuestros hábitos. El zoológico doméstico diseminaba pelos, heces y babeaba los pisos observándonos ir y venir por la casa con esos ojos de “qué hago aquí”, que nosotros no llegábamos a comprender, pero que el abuelo sí entendió, aunque lo que a mí me parece es que estaba harto de pisarle la cola a los perros o no poder recostarse en su sillón preferido donde el gato se arrellanaba, que abrió la puerta del patio como para exhalar su frustración y fue entonces cuando la curiosa jauría se atropelló y lo atropelló llevándose consigo su gorra y su bastón además del abuelo que se puso a hacer piruetas por los aires y si Diego no pega aquel salto olímpico para recogerlo cuando caía, creo que en estos momentos hablaríamos del recuerdo del abuelo.

Todo se nos había trastocado y vagábamos reinventándonos presentes y pasados porque el futuro no amainaba y al contrario de lo que se suponía, el cielo abría islas tan luminosas como efímeras que corríamos a disfrutar con la necesidad propia de náufragos y olvidados de dios. El agua recorría cada rincón de la casa, y te mojaba la ropa que usabas y la que yacía en cajones y roperos y además se descolgaba en hilitos que descendían divertidos de los aleros y también de los sueños. La gente del barrio no lograba sintonizar ninguna frecuencia de radio y la única melodía que se escuchaba era la percusión acuosa de aquellas marismas noéticas. Los chicos que no podían aventurarse por los patios, y tampoco ir a los colegios –lo cual evidentemente no era una preocupación- iban conociendo la nostalgia que se desprendía de los libros y escuchaban extasiados historias de superhéroes que los mayores avivaban con leños y sin apurar los horarios de las comidas, y las cuestiones domésticas iban quedando abandonadas porque las escobas eran inútiles para juntar el agua que los zapatos y zapatillas iban dejando en charquitos por el solado de toda la casa. Los relojes de cuerda parecían haberse puesto de acuerdo con los biológicos, y dejaron de tener sentido, pues habían fabulado con el agua anegándose, mientras que yo iba chapoteando de habitación en habitación y recogía en los pasillos cosas y gente que se había quedado sin prisa y sin rumbo, algunos reaccionaban enseguida levantándose y permanecían unos momentos con la desorientación instalada en la mirada, pero había otros que era necesario cargar a cuesta pues su placidez era tan sutil que habían comenzado a diluirse con las paredes y los pisos y la única herramienta posible de devolverlos al ritmo de la casa era la de dibujarles el horizonte.

Observábamos por las ventanas correr las aguas diseminadas entre árboles y cordones que los vidrios empañados distorsionaban en figuras ansiosas y anhelantes. Podría decirse mientras iban transcurriendo los días de aquella semana que estábamos viviendo una época de felicidad diferente, con la energía eléctrica ausente de las computadoras y de los programas de televisión. Y era así que descubríamos a un hermano, a un amante y también a un hijo. La lluvia era ya casi parte de la Historia, tanto que hablábamos de nuestras experiencias anteriores a la época en que había comenzado a llover como si la Lluvia fuese un hecho mencionado en los libros. Descubrimos el entusiasmo que cada uno tenía y que cada uno soñaba, hablábamos y éramos escuchados, nos hablaban y lográbamos escuchar, el agua si bien nos había cercado y anulado las cuestiones habituales que seguían sin resolverse, y por cierto era incómodo andar haciendo plap plap al caminar, también nos había descubierto facetas inexploradas dentro de la casa, dentro de la familia y dentro nuestro. Sí, estábamos viviendo una felicidad diferente.

Y paró de llover.

Cuando dejó de llover, fue sin previo aviso y nos encontró distraídos. Salió el sol, se despejó el cielo y por un buen rato no entendíamos nada de lo que estaba ocurriendo. La tía Mimí dijo: “Voy a la verdulería”, y cuando la vimos salir con el piloto marrón y el paraguas, todos al unísono largamos la carcajada. Los chicos seguían haciendo barquitos de papel y después de tantos días habían perfeccionado tanto la técnica de doblar los diarios que decían que se dedicarían a la política porque de tantos barcos doblados que se fueron a pique en los ríos de esos días, veían un entretenimiento económico en el futuro. Yo que era el encargado de secar la ropa oreándola frente al calefactor (lo que incluía la ropa interior que como todos sabemos una vez utilizada en varias ocasiones, le quedan manchitas en algunos lugares que no hay programa de lavado que las limpie), también me puse contento. Creo que el único que se puso triste cuando paró de llover fue Tito porque entendió que volveríamos a nuestras conversaciones y forma de mirarnos de siempre, los demás ni se dieron cuenta del cambio, hicieron un clic y el chateo en la compu con la novela de la tarde ganaron el ruido de la cocina, el sol aclaró los temas a discutirse y todo empezó a brillar al paso de la franela y la escoba, pero sin el plap plap tan acogedor que nos había acompañado aquellos días inolvidables de felicidad clandestina.

Fue lindo ver el sol de nuevo con el cielo rodeándolo que parecía recién salido de la ducha. Era algo que emocionaba. Pero había también en ese sol algo de la nostalgia de aquella semana que íbamos dejando. A mí se me acabaron las siestas porque me era difícil de entender a esa luz que entraba a raudales por las ventanas. Si me dieron unas ganas locas de salir a correr y aunque la rodilla me siguiera doliendo, estaba seguro que era lo que tenía que hacer. He vuelto de correr. Casi una hora estuve corriendo otra vez por el barrio. Troté con sumo cuidado porque las calles de la ciudad están rotas y quedan charcos de aquella semana por todos lados y la lluvia de la rodilla aún persiste como una garúa.

FIN

domingo, 5 de septiembre de 2010

RECUERDO

El sonido de la naturaleza que me rodea parece dictarme y por momentos cierro los ojos y me dejo llevar. Escucho y siento y entonces recuerdo. Es un día caluroso, la tarde ha comenzado a declinar, pero hay una incesante actividad aún en los árboles. El intercambio de la fauna convive con la pasividad de la flora que no es inmutada por siquiera una mínima brisa. Anoche ha llovido y desde mi ventana pude deleitarme con una maravillosa sinfonía de truenos y relámpagos. Luego, cuando mis ojos se cerraron sin proponérselo, cuando el cansancio se adueñó de mi dominio intelectual, disfruté del descanso navegando en una lluvia densa y copiosa que masajeaba mis sienes y la nuca con dedos hábiles y acostumbrados a dar placer.

Digamos que el verde es más verde así, lleno de sonidos y de cielo celeste, y hasta el zumbido de los insectos tiene algo de poético, como el trinar de los pájaros y un tardío gallo que insiste en ser escuchado. Quiero de alguna forma manifestar la sensación de pérdida, mis cambios y los de él, quiero también de esta manera quizás entender y hasta justificar las consecuencias. Mientras esto relato veo al caballito blanco de madera frente al porche de entrada a la casa, un poco más allá el arenero o lo que de él queda, la casita amarilla con sus ventanas y la puerta que nunca pude hacer que cerrara bien, pero a quién le importaba si el entusiasmo de tener un sitio propio donde el mundo de los grandes no existiera, disimulaba y olvidaba y perdonaba esas deficientes terminaciones. Es que había amor, existía un afecto que se sudaba en horas en las que luego el tedio, o quizás el olvido fueron triunfando. Puedo ver al abuelo marchando al fondo de la galería de plantas con la camisa transpirada, el pantalón arrugado, y siempre con alguna herramienta en sus manos.

Escucho el arrullo de las palomas monteras que ya están reposando en sus nidos y el romance que comienza en esta hora como si de preparar una buena cena se tratara. Pensar en el plato principal, la bebida y el postre. Talvez un café que invite a una charla a media luz, y la esperanzadora noche con su magia por delante. Hoy es ese día, lo sé con la certeza de estar asiendo lo mejor de aquel día.

lunes, 24 de mayo de 2010

YO HAGO AL MUNDO

Hoy tuve una señal más que evidente, claro es que no estoy seguro de la hora y tampoco del lugar, pero sí de que algo de eso pasó, porque enseguida que me pasó lo que me pasó pude sentir ese airecito distinto y a olvido que uno tiene cuando recién se acaba de despertar y está soñando, y mientras lo vas comprendiendo también se te va diluyendo y te decís “anotalo, anotalo”, pero no lo hacés y en cambio te esforzás por reconstruir la idea, luego por armar la frase, te sorprendés del hallazgo de los adjetivos justos y cuando finalmente te lavaste la cara, ya no está… “Matu volvé a leer lo que acabás de escribir y corregilo”, escuché que me decía una vez más mamá, y sus palabras me producían algo así como una desesperación de hambre de comer, y las mejillas se me acaloraban y mis ojos se volvían dos lagunitas a punto de desbordar. Pero ella ya estaba en lo del orden y la limpieza de la casa mientras yo me quedaba hambriento intentando entender lo que me quería decir y así la tarde transcurría en el comedor, con los pies que no me llegaban al piso y un montón de letras sueltas y el sol poniéndose cada tarde. Luego llegaba la hora de cenar, y lo hacíamos siempre monosilabiando los hechos del día, y mientras mis padres y mis hermanos conversaban, reían o discutían y hasta se enojaban, la televisión flasheaba entre nosotros como si no le gustara la comida y mis pies seguían sin tocar el piso de mosaicos y yo pensaba que me quería ir a dormir y que quizás por la mañana pudiera corregir el mareado de los mosaicos que mis pies no llegaban a tocar, mientras ellos conversaban y la televisión que nunca terminaba de quejarse. Pero aún no me dormía, aún se me antojaba que antes de olvidarme de lo que no había logrado aprender, que era posible quizás que mis papás se quedaran dormidos a la mañana siguiente y entonces no iría al colegio a tener que mirar que lo que la maestra escribiría en aquellos pizarrones iría a desordenar ese mundo interior, que nunca llegaba a ser como ellos querían, no al menos como mamá me decía que debía de ser y otra vez la angustia de no lograr llegar con los pies al piso de mosaicos y no entendiendo que mis hermanos parecieran ir con gusto por aquellos mosaicos blandos, cuando cada mañana mamá nos cargaba en la Van y por decirlo de alguna forma nos arrojaba -no había mucho tiempo en esa hora- a la vereda del colegio y mientras yo los veía que salían corriendo y la Van se marchaba zigzagueando entre los otros coches, ellos otra vez a ver a sus amigos o a jugar al patio del colegio, y yo y mi paso desmañado y la lentitud de mis pensamientos que me dejaban sin familia y rodeado de cuerpos y de apuros, subía con resignación los escalones de la entrada al colegio que me producían una ansiedad parecida a las palabras que no podía descubrir ni ordenar, y una vez más me quedaba intentando llegar al piso de los mosaicos. Me llamo Matías y soy un niño triste, eso es lo que escucho que dicen mis padres cuando hablan muy tarde en su habitación por la noche pensando que estoy dormido. Mi pieza está muy cerquita de la de ellos y siempre pido que me dejen alguna luz del pasillo encendida pero la apagan cuando se van a acostar pensando que estoy dormido, como cuando hacen sus cosas habituales pensando que estoy haciendo mis tareas o mirando televisión y ellos que siguen sonriendo o discutiendo mientras yo no crezco aún lo suficiente para poder llegar al piso de mosaicos para así poder sonreír o discutir como ellos. Recuerdo la primera vez –luego hubo muchas- en que mi papá tuvo que ir a retirarme del colegio. Era lunes -el lunes siempre es un día difícil, eso dicen los grandes - y como la directora no había podido ubicar a mi mamá -siempre en los colegios llaman primero a las madres porque se piensan que es lo normal- lo había llamado a mi papá para que viniera a buscarme. Cuando abrí la puerta de aquella oficina y lo vi ahí sentado frente al escritorio de la directora sentí alegría al reconocer parte de mi orden interno en su mirada, pero casi enseguida pude advertir que algo no estaba todo lo bien que debería, la cara de papá reflejaba preocupación y resignación, claro que en aquel entonces con mis ocho años yo lo único que deseaba era darle un abrazo porque mi mañana había resultado muy complicada. Me recibió con el clásico “hola campeón”, y aunque yo sabía que no era para nada un campeón, me gustaba que me lo dijera porque en su voz no había nada de la burla de los otros chicos cuando la seño me preguntaba y yo no respondía, y además quién podía responderle a todas esas preguntas mal hechas que me parecían tontas: “¿Cómo se escribe envase?” si todos saben que se escribe embase, pero por alguna cuestión que aún hoy me cuesta entender algo dentro de mí se resistía a darle una respuesta, y por supuesto los murmullos comenzaban en los bancos del fondo e iban creciendo como una ola hacia los del frente y yo ¿que hacía?, lo que haría cualquiera cuando viene una ola, juntaba las manos, apretaba los labios y cerraba los ojos, y en lugar de que la ola me mojara, escuchaba sus risas y la voz de la seño intentando poner orden. De papá me llegaba con el timbre de sus palabras una enorme ternura que sus ojos marrones y la barba mal afeitaba se empecinaban en disimular, y yo le quise sonreír cuando salíamos del cole pero no pude. No entendí lo que la directora le dijo a papá cuando se pusieron de pie, él estrechó su mano mientras me miraba desde lo alto y no tuvo ganas de explicarme ni decirme nada cuando íbamos hacia a la calle. Se lo veía tan cansado a papá, y además yo creía que estaba en problemas. “Matías: ¿porqué no te fijás en el diccionario esa palabra que pusiste a ver si existe?”, decía mi mamá en la tarde y mis pies que comenzaban a alejarse del mosaico. No obstante corría el riesgo y saltaba al piso y me iba hasta el living, arrimaba alguna silla e intentaba sacar el diccionario del tercer estante -un libro muy pesado y grandote-, que muchas veces se escurría de mis posibilidades de manipularlo y se caía, y me llegaba desde la cocina la protesta de mamá, y así cada tarde. Le tenía terror al diccionario, y aunque me repetían que los libros no mordían -eso nos decía siempre papá: “chicos lean que los libros no muerden“-, estaba convencido que sí podían hacerme algún daño, como no entender el significado de sus frases o no encontrar una palabra, y me quedaba desolado en el living impotente de cumplir con el pedido de mamá, y mientras ella hacía otra cosa -siempre las mamás tienen cosas por hacer-, me iba perdiendo en ese libro en el que casi nunca podía hallar la palabra que buscaba, y me aburría, es que se parecían todas tanto, y aún cuando lograba hallar alguna que era casi igualita –pero nunca la misma- me admiraba de mi mismo e iba a la cocina por la mirada de mamá para mostrarle mi descubrimiento, y advertía una vez más que mis pies no llegaban a los mosaicos del comedor y que la tarde estaba terminando y ya estábamos por llegar a la cena familiar, porque el agua de la cacerola humeaba, y en la pileta de la cocina corría el agua y los hechos de todos los días se iban sucediendo mientras se me iba olvidando lo que había estado buscando en el diccionario.
Hay veces que pienso y siento que yo soy el mundo, y las cosas y la gente meros caprichos de mi imaginación. Por ejemplo ahora encerrado en mi escritorio de historias, dejo un momento y hablo por teléfono a mi casa, y se detiene todo el entusiasmo de mi llamado cuando escucho: “¿Qué querés Matías?”, y entonces vuelvo a situarme en aquel umbral del colegio que me anudaba el estómago. Y me pregunto porqué dejé de ser Matu para ser Matías, o porqué se me estiraron las piernas, los brazos, y me tengo que afeitar como papá, y además el cuerpo se me acelera sin que me lo proponga en algunos lugares en los que antes no me ocurría. Ahora soy Matías y a veces siento que yo hago al mundo y creo que es mi culpa cuando pido que me escuchen durante la cena y nadie atiende lo que digo y el sonido de mi voz se parece a un chico buscando sin encontrar esa palabra en el diccionario. Entonces pienso que hice algo mal cuando hice al mundo. Sé que a veces el mundo que hago no me sale como ellos querían, y cuando voy al señor componedor del mundo para que me ayude a corregirlo, él le dice a mi mamá –no a mí, él le habla a mi mamá como si yo fuera chico y no entendiera-, que mi dislexia no es con el aprendizaje que nunca aprendí, que mi dislexia ahora que vivo como Matías y no como Matu es con la vida. Hoy tuve una señal más que evidente de que yo hago al mundo. ¡Y casi casi me despierto!

Abril 2010

sábado, 7 de noviembre de 2009

En la gran calma de estas tardes hay un reloj: el mar
Justine, Lawrence Durrell


Cómo transcurrirán acaso sus horas, cómo,
se levantará quizás como siempre,
cómo recompondrá su ayer, cómo,
cómo detendrá su pensamiento, cómo
se recogerá talvez cual pequeña,
atraerá hacia sí sus blancas rodillas,
cómo abrazará su almohada, cómo

cómo transcurrirán acaso sus horas, cómo.

jueves, 22 de octubre de 2009

CUCHILLO

No sé, no lo sé y dudo y me cuestiono una y otra vez. Cómo comenzar a contar lo que me ha ocurrido, lo intento y vuelvo a pensar en si me ha ocurrido, es decir, la circunstancia se me cruzó en el camino o la habré provocado yo con esa manera irrespetuosa que tengo algunas veces de decir las cosas. No sé, y es por ahora lo único que realmente sé o parezco saber. No saber, el no sé, aparece nítido dentro de mi confusión que es diría a sapiencias total. Siento extranjero el idioma que desarrolla mi pensamiento y también estrecho el de mi cuerpo, como si aquel no fuera de éste o no le cupiera y me repito y me digo en voz alta, y casi me lo tengo que gritar: “no sé, no sé”, una vez y otra vez más, como para afirmarme, aunque más no fuera en ese latiguillo de la ignorancia que es el no saber y que tan conveniente acude ahora en mi auxilio. Y es que en verdad, no sé. Comienzo por recordar algo, pienso en anoche que me sentía muy diferente, creo que era además tan fuerte y tan sólido, que casi parecía una persona valiente. Un héroe si cabe esa expresión. Recuerdo que sentí cierto placer al ceder de aquella carne y verme tan sorprendido de mi mismo, tan consciente y maquinal. Todo pareció ser fácil e incluso diría que hasta sencillo. Pero hoy, ahora, en estos momentos en los que la madrugada hace de esta oscuridad que me rodea que todo sea más confuso… como decirlo, ¿tenebroso?, tengo temor al expresarme, dudo de las palabras que estoy por escribir y de los hechos que voy a relatar. Es que hasta mi identidad se diluye y no siento que soy el que era, y si bien el recuerdo de lo ocurrido aún persiste con una intensidad tal que me domina, he vuelto a la estúpida sencillez del ser que es humano y también que es un tipo común. Y sé con certeza que debo, que deseo y que necesito ser otra vez el de ayer, el oscuro ser que anoche hundía y se complacía y además mantenía el control sobre cada uno de aquellos, sus movimientos, mientras el cuchillo penetraba pertinaz y sin prisas, sin resistencias y sin piedad en esa blanca carne, en su abundancia blanda y voluptuosidad generosa. Qué curiosos son los pensamientos del ser humano, qué audaces y temibles pueden llegar a ser en algunas circunstancias, será así porque a nadie miran y nadie los mira. Qué juez implacable es la sola presencia de unos ojos o la claridad del día, seguramente la luz de la mañana, el aire fresco, o un rostro conocido, romperían con esa inclinación natural que hay. Al menos creo que para que ellos surjan con libertad e incontrolable perversidad, esa que atesoramos en nuestra parte más recóndita de la mente, ésa que los sentidos de alguna forma moderan y hasta diría que controlan, ¿controlan o exacerban?, la noche, el silencio y la soledad, deben aunarse, rara avis, como si de un eclipse tríptico se tratara. Me comprenderá el que alguna vez escuchó el ruido de un hueso que se parte o astilla. Cuando esto ocurre, nuestros movimientos se detienen, nos volvemos alertas, aguzamos la sensibilidad del oído, aspiramos profundamente y extendemos los dedos de la mano queriendo percibir el motivo de aquel extraño y espantoso sonido, y luego gritamos porque sentimos o creemos sentir un dolor intenso, aunque en realidad es el temor a sentirnos vulnerables y a darnos cuenta de que podemos rompernos. Entonces la vista recorre con velocidad el entorno y no damos el siguiente paso hasta que cierta normalidad retorna, hasta que como ahora mientras esto escribo reconocemos los objetos, el olor y los ruidos habituales de la hora y de nuestro cuerpo, y entonces ocurre que los vamos asimilando de a sorbos en nuestra mente, incorporándolos, deduciéndolos y comprendiéndolos hasta el horror. Me apresuro porque un riesgo de cielo ha comenzado a insinuarse en el ángulo superior izquierdo de la ventana, y se me va diluyendo la ferocidad, la avidez malsana que tenía cuando comencé a escribir. Ah!, esta naturaleza primaveral está despertando y eliminando mis bajezas y hasta comienza a darme pudor y vergüenza seguir aquí sentado como escondiéndome del destino que minuto a minuto reclama. No puedo evitar que mis pulmones se hinchen del fresco rumor de un día espléndido, no puedo dejar de observar las intermitentes cadencias entre estos párrafos, que como las copas de los árboles se balancean con la brisa y me hostigan con su imponente verdor. Dudo si realmente soy un ser de la noche oscura como pensé, es que al ver sobre la mesada los cubiertos y los platos de la cena todo parece tan normal. Habré soñado entonces, habré mentido, me habré engañado. Voy a dejar de escribir porque me siento otra vez desnudo ante tanta observación de este mundo bello. Aguardaré que el día marche, esperaré pacientemente y sonriendo hipócritamente que todo pase y se aletargue. Me lavaré el rostro e higienizaré mis dientes, saldré a hacer las compras, almorzaré, talvez incluso saque a pasear al perro. Si mis actividades me lo permiten dormiré un rato luego del almuerzo, hojearé el periódico y encenderé el televisor. Llamaré a mi madre y hablaremos del tiempo y de la salud, le preguntaré por sus novedades y su cortesía le hará preguntarme que hay de nuevo en mí, y entonces ocultaré el cuchillo en la despensa, en la alacena más alta de mi pensamiento, le diré que estoy bien y que el día está hermoso, le mandaré un hasta mañana y colgaré el teléfono. Y quizás vuelva a llamarla. Mañana. Por supuesto que será luego de haber guardado una vez más el cuchillo, ya limpio, en la alacena.

sábado, 17 de octubre de 2009

Y cuando todos durmieran

Y cuando todos durmieran
recorrería descalzo sus sueños/ para no despertarlos
adelantaría mi mano hasta casi tocarlos/ para sentir su tibieza
robándoselas/ y…
me pincharía con una rueca/ saber que estoy soñando/
o quizás como en los cuentos/
dormiría cien años…

miércoles, 7 de octubre de 2009

REFLEXIONANDO SOBRE LOS CRONOPIOS DE CORTAZAR

FLOR Y CRONOPIO
Un cronopio encuentra una flor solitaria en medio de los campos.
Primero la va a arrancar,
pero piensa que es una crueldad inútil
y se pone de rodillas a su lado
y juega alegremente con la flor,
a saber: le acaricia los pétalos,
la sopla para que baile,
zumba como una abeja,
huele su perfume,
y finalmente se acuesta debajo de la flor
y se duerme envuelto en una gran paz.
La flor piensa: "es como una flor"
Julio Cortázar
REFLEXIONANDO SOBRE LOS CRONOPIOS DE CORTÁZAR
Ellos resisten y se ubican como esos pastitos que nacen en la juntura de las veredas; se los combate una y otra vez con toda clase de productos y cuando se piensa que fueron exterminados se los ve resurgir renovados y fortalecidos… como desafiando a los que los quisieron eliminar.
Muchas veces parecen protestar como locos y no se los entiende. Es que para comprenderlos habría que ser de corazón verde flúo… y Vivir el presente…
Ven un banco vacío en una plaza y ya se están imaginando los novios que estuvieron y los que vendrán. Y entonces van y se acurrucan detrás de un árbol a esperarlos.
Cuando se les pide que se queden callados miran a su interlocutor con asombro; entonces al ver la preocupación reflejada en su rostro le dicen a su estómago que deje de hacer ruiditos de alegría.
Cuando están enamorados se paran en una esquina del barrio donde viven y a cada persona que pasa le cuentan que están enamorados. Ver la cara que ponen las personas los hace sentirse muy tristes, tanto que se olvidan porqué estaban ahí en la esquina parados.
Cuando leen las biografías de gentes que han dejado de alguna forma su impronta en el mundo, se imaginan a alguien leyendo sobre ellos… y se vuelven más y más cronopios.
Por un cronopio mayor:
"Molestarse, enojarse, discutir o entristecerse podría evitarse postergando esas sensaciones para el día siguiente. He comprobado que luego de dormir y amanecer un nuevo día la mayoría de esas cosas carecen de importancia, se vuelven pequeñas y de fantasía. Si el malestar perdura entonces sí eran importantes, pero aún en este caso el tiempo le habrá dado la pausa que necesitaba para no hacer o decir algo de lo cual deba lamentarse luego al recordarlo. "
Por un cronopio sabio:
"Cuando todo es fiesta hay que vivir el presente, cuando hay tensión y tristeza mejor vivir el futuro. "
Por un cronopio sensible:
"Hablar me resulta difícil, pero hacerlo por teléfono me hace sentir patético. "



Los cronopios que llevamos dentro

Cuando escribimos lo hacemos motivados por diversas circunstancias; la lectura, el estado de ánimo, el ámbito en el que vivimos; todos estos echos y muchos otros son los que vibran y despabilan esos muchachitos inquietos que llevamos dentro. A veces estos muchachitos discuten demasiado y nada bueno surge; algunos dudan, otros se pelean, aquellos se quedan dormidos… y esto hace que el texto fracase. Pero si los muchachitos juegan para el mismo equipo y entonces unos ponen la música adecuada, otros la pava al fuego, alguno busca un papel, hace un bollito y se lo tira a otro, éste toma un lápiz y usa el bollito de papel, entonces la magia va surgiendo y surgiendo… ahora nomás veo a dos de ellos que conversan bajito para no llenarse rápidamente la panza…
Me pasa a veces que me llega una idea y la manipulo, la sazono, y cuando voy a emitirla duda en salir porque aún no he aprendido a despojarme totalmente de tanto tiempo de… costumbres y prejuicios… si dejo que la lapicera o el teclado que esto plasma sea libre, haría un desastre…

domingo, 4 de octubre de 2009

A LAS DOS DE LA TARDE PASA ROBERTA

En mi vecindario siempre a las dos de la tarde pasa Roberta, con ese andar vacuo y vacilante de su pelo blanco y desaliñado; ella transcurre apoyándose en un carro pringoso que empuja, y en un cortejo bastante extraño se desliza con la pertinaz libertad que le otorgan los años de vagabundeo, y los perros gruñen mientras Roberta habla pujando y cuestionando los cestos de basura, y también acechando en los rincones de mi barrio, en sus veredas y detrás de los árboles. Ella avanza, y sostenidos ladridos la preceden cual truenos a la tormenta.

Nosotros sabemos que Roberta está por venir al percibir la agitación de nuestras rutinas. Ella habla y vienen luego ciertas esperas hasta que vuelve a ser escuchada. Creemos que al menos le deben responder los que nosotros no alcanzamos a distinguir detrás de nuestras cortinas, quizás porque las sombras de los tilos sean tan intensas y haya en ellas cierta soberbia o talvez porque el sol nos hace cerrar bien los ojos al mirarlo directamente. No obstante lo curioso es que a Roberta si la vemos gesticular alzando los brazos o agitando las manos y mientras va caminando de pronto se detiene y aguarda, y hay veces que se agacha, y otras hace pausas durante, para escuchar mejor, quizás para que esas personas que no alcanzamos nunca a conocer ni ver la comprendan, y siempre con los truenos precediendo su paso.

No recuerdo que hayamos escuchado a los perros de Roberta ladrar, pensamos que no han aprendido a hacerlo y por eso andan con ese gesto gruñón e intermedio como si los demás no los quisieran, como si los marginaran, como si no entendieran el que ellos están para acompañar a Roberta junto con el carro que empuja y que se llena poco a poco de las cosas que la gente va dejando u olvidando o perdiendo, cuando pasa con la premura de las agujas del reloj, como el tic tac del bastón que usa Roberta cuando se aleja del carro para resguardarse de las personas que tampoco alcanzamos a ver, pero que no son las personas con las que parece conversar, de eso nos damos cuenta porque Roberta dice en voz muy alta algunas palabras que pueden tildarse de groseras, y las dice casi a los gritos y entonces luego esgrime y sacude ese bastón que puede haber sido un paraguas o una verdad, y es en esos momentos que los perros del vecindario aumentan la cantidad de truenos.

Ahí está Roberta, la estamos viendo después del cortinado, se detiene y observa el piso, pareciera que encuentra algo, que lo mueve con el pie rozándole apenas el hálito de la vida, vemos que insiste, a veces incluso se ha sentado en el cordón de la calle esperando que vengan, que acudan a conversar con ella y que nosotros veamos e intuyamos por las gesticulaciones de Roberta. Si desde nuestra casa observamos las casas que tenemos enfrente estamos seguros, que detrás de los cortinados están nuestros vecinos escuchando y viendo las conversaciones y las trifulcas que tiene Roberta.

Hace ya varios días que no escuchamos truenos por el barrio, que no hemos visto pasar a Roberta empujando su carro apoyada en su paraguas y seguida por sus perros que gruñen y que no saben ladrar, y también hace días que nos hemos dado cuenta que los vecinos de enfrente ya no están escuchando detrás de las cortinas.

Hoy son las dos de la tarde otra vez y nos pareció escuchar el rumor del deseo de ver a Roberta y de escuchar unos truenos. Nos animamos a salir a la vereda porque la espera nos ha dejado con la mente anquilosada por la falta de las conversaciones de Roberta. Salimos todos juntos y atropelladamente, abrimos la puerta de calle, superamos la doble cerradura y ambos pasadores, luego el candado y la puerta reja y atravesamos el muro. Todo estaba bastante inútil por la falta de uso, asolamos la vereda y nos sentimos desacostumbrados, encima no veíamos nada por la sombra de los tilos, pero ahora escuchábamos mejor. Parecían aullidos, era un sonido compuesto de ronquidos, pensamos que quizás fueran enormes y muchos porque parecía que el tamaño del ruido que hacían no paraba de crecer y crecer.

Nos miramos un poco preocupados con los vecinos de enfrente que hacía rato no se los veía escuchar las conversaciones de Roberta cuando Roberta venía empujando su carro apoyada en su paraguas y seguida por los perros que gruñían y que no sabían ladrar. Los vecinos aparecieron detrás de las hilachas grises que colgaban como cortinas, tenían los rostros muy delgados y desteñidos, tanto que nos parecieron extraños, aunque eran los mismos vecinos que vivían enfrente cuando Roberta comenzó a pasar empujando su carro apoyada en su paraguas y seguida por los perros que gruñían y que no sabían ladrar. Nuestros vecinos murmuraban mirándonos, pareciéndonos en sus gestos repetir lo que nosotros habíamos pensado sobre ellos.

Luego de aquel día dejamos de escuchar los truenos y tampoco vimos pasar más a Roberta empujando el carro apoyada en su paraguas y seguida por los perros que gruñían y que nunca aprendieron a ladrar. Ahora nosotros y nuestros vecinos salimos a diario de nuestras viviendas y nuestros rostros han recuperado cierta lozanía y caminamos por las calles del barrio y de la ciudad y vamos al colegio los más chicos o a trabajar los más grandes; y en esas idas y regresos nos cruzamos con algunas personas que deambulan carros, apoyadas en frustraciones y seguidas por perros que gruñen y que no saben ladrar. Ellos van recogiendo lo que ha quedado de la época en la que en el vecindario se escuchaban los ruidos de los relámpagos y nos quedábamos en nuestras casas esperando que a las dos de la tarde pasara Roberta empujando su carro apoyada en su paraguas y seguida por los perros que nunca aprendieron a ladrar.

viernes, 12 de diciembre de 2008

HE PERDIDO EL MOVIMIENTO

Tengo esperanza porque en ella están
las únicas notas que interceptan el silencio.
Cada nota es una esperanza, mientras que el silencio
no posee ninguna esperanza más que la de ser una nota.
Luis Alberto Spinetta


He perdido el movimiento de mi pie izquierdo, fue por una corrida que hice el miércoles pasado, una verdadera paliza diría mi amigo Ricardo, me cuesta aún reconocer que solo han pasado dos días, o fueron tres, me parece que también he perdido la cuenta, acaso serán más de tres días, y además he perdido el razonamiento de mi pierna izquierda y siento un cosquilleo en mi brazo derecho, qué calor que hacía afuera, y adentro, lo que se dice adentro, en el interior del cuerpo, no, ahí la temperatura era agradable, como un pensamiento de agua fresca, he perdido el color de aquel día, ahora mismo, la pantalla en la cual aparece lo que escribo tiene luz pero le faltan los tonos, parece una enorme pupila, casi un ojo sin iris, no se la escucha como el día anterior al miércoles, he perdido la virtud de escuchar, quizás también pueda ser eso, y me cuesta alzar el brazo derecho, y las articulaciones se resisten a obedecerme a tontas y a locas y aunque las acaricio, y las llevo a caminar, y hemos ido con ellas a los negocios y paseos que frecuentaban, he perdido su confianza, yo creo que ellas están sintiendo el abuso de mi personalidad, sí, eso debe ser, he perdido la rodilla derecha, me di cuenta cuando quise subir la escalera en el trabajo, la rodilla izquierda hizo lo que en ella es habitual, se doblegó antes de que se lo pidiera, pero la rodilla derecha se mantuvo erguida y soberbia, y me sorprendí cuando me encontré con la humanidad en el piso, nos miramos agresivamente, con cierto rencor diría, ella no se inmutó y yo me di cuenta que había perdido el habla, sí he perdido la comunicación con mi cuerpo, creo que a consecuencia de ése día miércoles, qué calor que hacía aunque yo había encontrado la sombra de unos árboles mientras me iba perdiendo cosas, antes de ir perdiendo otras, refrescó, escucho el frío batallar con el canto de los pájaros que se creen que aún estamos en primavera y cantan y cantan, he perdido el humor, están todos discutiendo que hacer hoy, si doblarse cuando se sube la escalera, si escuchar lo que dicen los otros, si recordar el día nuevamente, parecen haber recobrado el entusiasmo por convivir en la sociedad otra vez, he perdido las ganas, no logro resistir el empuje de los omóplatos y del agua, me apoyé con fuerza sobre el escritorio, me duelen las manos, los dedos y la falta de palabras, he perdido la risa, y olvidé el gusto por apoyar allí mis labios, acabo de restallar un libro, lo apoyé luego en la mesa y lo vi relajarse, he perdido el interés por él, por lo que está escrito en él, por el olor y el color de sus hojas, por encontrar quién diseñó su tapa, por el prefacio y el epílogo, por saber dónde y cuando fue editado, por hacer correr sus hojas en mis manos como si fueran caricias, por llevarlo conmigo de viaje y tomarlo en el tren o en el colectivo, he perdido, la página que leí aquel día cuando fui perdiendo el sonido y el silencio de cada una de las partes de mi cuerpo ese día en el que he perdido la cuenta de los días que he perdido y que no puedo pasar de la página en la que estoy aún perdido buscando el último párrafo que había estado leyendo antes de haber perdido aquel día la elasticidad de la piel y el brillo de los ojos.

Noviembre de 2008

viernes, 28 de noviembre de 2008

GABAIEL, el Hacedor de Sueños

“Al día siguiente todos sabían que en casa de Pelayo tenían cautivo un ángel de carne y hueso”
de Un señor muy viejo con unas alas enormes (1968) GGMárquez
Gabaiel andaba y andaba cansino por el pueblo arrastrando su carro de madera despintada, de rueditas gastadas de tanta piedra, de tanta tierra. Todas las tardes se demoraba en el bosque que se erguía en alguna plaza de algún pueblo, frente a la casa del intendente del lugar, ahí donde persignaba la subsistencia, donde por la altura no había pájaros ni mariposas, donde el silencio lo antecedía y lo aguardaba. Era un bosque sin sonidos, un sitio que guardaba inquietudes, hecho de verdes desmesurados que se caían de los cordones de la plaza y penetraban en los cuerpos de los lugareños. Y ahí estaba Gabaiel sentado en el banco esperando a su clientela que llegaba sin que nadie les avisara, en las horas de la siesta, esa horita donde el sol ya se tornaba compañero de tanto compartir, era una hora donde las tazas de café ya no se enfriaban, donde la comida digerida hacía de las suyas produciendo un inclinar de cabezas contra cabezas, con el peligro de colisionar o trastabillar hasta las profundidades de las calles con sus cabeceos. Iban llegando tímidamente algunos, ruidosamente otros; allá se veía al grupo de las comadronas, esas vecinas que siempre están porque todo pueblo que se precie de tal las necesita para difundir los acontecimientos mas destacados del lugar; también estaban escondidos debajo de algunos arbustos un grupo de chiquilines temerosos y curiosos que el Hacedor comenzara a destapar sus cajas con sueños desarmados, con jirones de pesadillas y retazos de añoranzas. Estaban los que siempre le acercaban las novedades al intendente y también estaba el intendente disimulado entre la muchedumbre porque su investidura le impedía participar de un acto tal donde se realizaran ese tipo de actividades, donde se construían los sueños de la gente; imagínense Uds. que hubiese pasado con su reputación, él que tenía pretensiones en la gobernación si las autoridades del comité se enteraban de que asistía a la plaza a ver los sueños que realizaba el Hacedor Gabaiel… lo menos que le hubiese correspondido sería que lo enviaran unos pocos siglos a un lugar donde debería aprenderse de memoria todas las estrategias habidas y por haber que fueran eficaces para combatir esa felonía de la fabricación de sueños, pero esos eran solos detalles menores que no alterarían el objetivo de lograr olvidarse de los sueños de Gabaiel y así aturdirse y sumergirse en realidades hasta el hartazgo… Y mientras todo eso pensaba el intendente veía como el guardia del pueblo ordenaba a la gente a medida que les preguntaba sobre qué soñaban, la asiduidad de concurrencia a los sueños, el tipo de aquellos como por ejemplo si eran tan profundos que no tuvieran fondo, si eran cortos de tan livianos, si eran con color, etc., etc. y demás menesteres según el Hacedor le había indicado. La multitud no dejaba de incrementarse, los que se la pasaban soñando eran un grupo pequeñísimo, de solo ninguna persona; luego se encontraban los que al menos tenían un sueño una vez al año y que formaban un nutrido grupo en una esquina del bosque; finalmente los que ni siquiera sabían si habían o no soñado alguna vez, ah! pero no nos olvidemos de los chicos, éstos estaban ubicados sentados todos juntitos delante de los primeros asientos, muy cerca del carro que contenía las cajas de sueños y en sus rostros se notaba la ansiedad porque el Hacedor abriera esas cajas y ver así asomarse los sueños de anoche y los de la noche anterior a anoche y también los más anteriores; sueños con formas y con los colores que ellos veían dormidos o quizás imaginado despiertos pero que para el caso era lo mismo. Todos querían que los demás vieran lo lindo que quedaban sus sueños.

Abril de 2007

jueves, 27 de noviembre de 2008

LOS TERCEROS DOMINGOS DE OCTUBRE

“Me contó la abuela que la primera noche de casados,
el abuelo Jerónimo la pasó sentado a la puerta de la casa,
a la espera de los celosos rivales,
que habían jurado ir y apedrearles el tejado.”
Las pequeñas memorias, José Saramago.


Ella va y viene por la cocina con sus pasos nudosos, traslada una jarra de lugar, guarda aquel plato, coge el repasador y luego cambia la bolsa del cesto de la basura. Ella va y viene por la cocina, y su andar revela la expresión de silencios diferentes. No son esos silencios en los que faltan los sonidos, no, son aquellos otros, de cuando Ella va y viene por la memoria de las ausencias, de cuando traspone el living de las visitas que no llegan, de cuando recibe esas cartas de postales, tan breves. Sonidos, silenciosos sonidos de mis llamados apresurados, mientras Ella va y viene por la cocina.

Me parece verla ahora que estoy escuchando el agua rodar por la pileta de la cocina, la oigo descender por los desagües, hervir en la pava olvidada sobre el fuego, la vuelvo a escuchar chapoteando como la lluvia en el corredor del patio, yendo y viniendo por las grietas de las mejillas, surcos de tantos días de ir y venir por la cocina. Ella se sienta y se levanta una y otra vez, sin prisa y también sin espacios para las alegrías, Ella va por un vaso de agua y enseguida regresa por la botella, ahora acomete una cesta con pan y de pronto, se detiene observándola. Abre la heladera y la vuelve a cerrar sin introducirse en el frío de la nostalgia, Ella disimula, olvida su necesidad fisiológica en aquella hora en que su necesidad de afecto la atormenta. Ella sigue yendo y viniendo por la cocina.

Ella va y viene por la cocina sin explicar esa costumbre de silencios que paradójicamente le hacen compañía, que le indican el camino, y entonces su espalda menuda y redondeada marcha inclinada sobre la merienda, y se le resquebraja como un cartón, se le escuchan los crujidos arrugados y aplastados, previos, a punto de tirarse en el depósito de los desperdicios, mezclándose con el revolver áspero de la cuchara en el azúcar.

Ella va y viene por la cocina y se voltea una y otra vez, intuyéndome, adivinándome, y hay veces en las que sonríe encontrándome, su rostro adquiere una forma de éxtasis muy particular y le surge la sonrisa cómplice. Ésa, que se parece a la de aquel tiempo en el que siendo adolescente, me inclinaba con empeño sobre las carpetas y los libros del colegio, mientras Ella iba y venía por la cocina.

Ahora Ella sonríe y pestañea, la veo hurgando meticulosa mis diferentes formas de silencio. Las de aquel muchacho, que luego del almuerzo y cuando la casa se aletargaba en el caluroso verano, remontaba los baldíos del barrio. O las de ese joven que en las madrugadas se arropaba apurando el paso, volviendo siempre solitario, por la avenida de los perfumes y de los humos.

Ella va y viene por la cocina y soy parte de su ir y venir, de su compañía de silencios, de las visitas que no llegan o que se marchan apresuradas. Ella va y viene por la cocina, de mi crecerle lejos y de mi morirle cerca. Ella va y viene por la cocina, y cada vez va más, y viene menos, y ya no vuelve de aquellos diálogos exentos de palabras.

Ella no vuelve a esta actualidad de ausencias de mí.

Ella no volvió finalmente de allá, cuando iba y venía por la cocina tropezándose con mi andar flaco que le amenazaba el futuro, y que aún así, Ella iba y venía, y persistía, y me rozaba, y me tocaba, y me vivía.

Octubre 2008