El sonido de la naturaleza que me rodea parece dictarme y por momentos cierro los ojos y me dejo llevar. Escucho y siento y entonces recuerdo. Es un día caluroso, la tarde ha comenzado a declinar, pero hay una incesante actividad aún en los árboles. El intercambio de la fauna convive con la pasividad de la flora que no es inmutada por siquiera una mínima brisa. Anoche ha llovido y desde mi ventana pude deleitarme con una maravillosa sinfonía de truenos y relámpagos. Luego, cuando mis ojos se cerraron sin proponérselo, cuando el cansancio se adueñó de mi dominio intelectual, disfruté del descanso navegando en una lluvia densa y copiosa que masajeaba mis sienes y la nuca con dedos hábiles y acostumbrados a dar placer.
Digamos que el verde es más verde así, lleno de sonidos y de cielo celeste, y hasta el zumbido de los insectos tiene algo de poético, como el trinar de los pájaros y un tardío gallo que insiste en ser escuchado. Quiero de alguna forma manifestar la sensación de pérdida, mis cambios y los de él, quiero también de esta manera quizás entender y hasta justificar las consecuencias. Mientras esto relato veo al caballito blanco de madera frente al porche de entrada a la casa, un poco más allá el arenero o lo que de él queda, la casita amarilla con sus ventanas y la puerta que nunca pude hacer que cerrara bien, pero a quién le importaba si el entusiasmo de tener un sitio propio donde el mundo de los grandes no existiera, disimulaba y olvidaba y perdonaba esas deficientes terminaciones. Es que había amor, existía un afecto que se sudaba en horas en las que luego el tedio, o quizás el olvido fueron triunfando. Puedo ver al abuelo marchando al fondo de la galería de plantas con la camisa transpirada, el pantalón arrugado, y siempre con alguna herramienta en sus manos.
Escucho el arrullo de las palomas monteras que ya están reposando en sus nidos y el romance que comienza en esta hora como si de preparar una buena cena se tratara. Pensar en el plato principal, la bebida y el postre. Talvez un café que invite a una charla a media luz, y la esperanzadora noche con su magia por delante. Hoy es ese día, lo sé con la certeza de estar asiendo lo mejor de aquel día.
imagen: salida al mar. Piedrabuena, S.Cruz - Argentina
domingo, 5 de septiembre de 2010
lunes, 24 de mayo de 2010
YO HAGO AL MUNDO
Hoy tuve una señal más que evidente, claro es que no estoy seguro de la hora y tampoco del lugar, pero sí de que algo de eso pasó, porque enseguida que me pasó lo que me pasó pude sentir ese airecito distinto y a olvido que uno tiene cuando recién se acaba de despertar y está soñando, y mientras lo vas comprendiendo también se te va diluyendo y te decís “anotalo, anotalo”, pero no lo hacés y en cambio te esforzás por reconstruir la idea, luego por armar la frase, te sorprendés del hallazgo de los adjetivos justos y cuando finalmente te lavaste la cara, ya no está… “Matu volvé a leer lo que acabás de escribir y corregilo”, escuché que me decía una vez más mamá, y sus palabras me producían algo así como una desesperación de hambre de comer, y las mejillas se me acaloraban y mis ojos se volvían dos lagunitas a punto de desbordar. Pero ella ya estaba en lo del orden y la limpieza de la casa mientras yo me quedaba hambriento intentando entender lo que me quería decir y así la tarde transcurría en el comedor, con los pies que no me llegaban al piso y un montón de letras sueltas y el sol poniéndose cada tarde. Luego llegaba la hora de cenar, y lo hacíamos siempre monosilabiando los hechos del día, y mientras mis padres y mis hermanos conversaban, reían o discutían y hasta se enojaban, la televisión flasheaba entre nosotros como si no le gustara la comida y mis pies seguían sin tocar el piso de mosaicos y yo pensaba que me quería ir a dormir y que quizás por la mañana pudiera corregir el mareado de los mosaicos que mis pies no llegaban a tocar, mientras ellos conversaban y la televisión que nunca terminaba de quejarse. Pero aún no me dormía, aún se me antojaba que antes de olvidarme de lo que no había logrado aprender, que era posible quizás que mis papás se quedaran dormidos a la mañana siguiente y entonces no iría al colegio a tener que mirar que lo que la maestra escribiría en aquellos pizarrones iría a desordenar ese mundo interior, que nunca llegaba a ser como ellos querían, no al menos como mamá me decía que debía de ser y otra vez la angustia de no lograr llegar con los pies al piso de mosaicos y no entendiendo que mis hermanos parecieran ir con gusto por aquellos mosaicos blandos, cuando cada mañana mamá nos cargaba en la Van y por decirlo de alguna forma nos arrojaba -no había mucho tiempo en esa hora- a la vereda del colegio y mientras yo los veía que salían corriendo y la Van se marchaba zigzagueando entre los otros coches, ellos otra vez a ver a sus amigos o a jugar al patio del colegio, y yo y mi paso desmañado y la lentitud de mis pensamientos que me dejaban sin familia y rodeado de cuerpos y de apuros, subía con resignación los escalones de la entrada al colegio que me producían una ansiedad parecida a las palabras que no podía descubrir ni ordenar, y una vez más me quedaba intentando llegar al piso de los mosaicos. Me llamo Matías y soy un niño triste, eso es lo que escucho que dicen mis padres cuando hablan muy tarde en su habitación por la noche pensando que estoy dormido. Mi pieza está muy cerquita de la de ellos y siempre pido que me dejen alguna luz del pasillo encendida pero la apagan cuando se van a acostar pensando que estoy dormido, como cuando hacen sus cosas habituales pensando que estoy haciendo mis tareas o mirando televisión y ellos que siguen sonriendo o discutiendo mientras yo no crezco aún lo suficiente para poder llegar al piso de mosaicos para así poder sonreír o discutir como ellos. Recuerdo la primera vez –luego hubo muchas- en que mi papá tuvo que ir a retirarme del colegio. Era lunes -el lunes siempre es un día difícil, eso dicen los grandes - y como la directora no había podido ubicar a mi mamá -siempre en los colegios llaman primero a las madres porque se piensan que es lo normal- lo había llamado a mi papá para que viniera a buscarme. Cuando abrí la puerta de aquella oficina y lo vi ahí sentado frente al escritorio de la directora sentí alegría al reconocer parte de mi orden interno en su mirada, pero casi enseguida pude advertir que algo no estaba todo lo bien que debería, la cara de papá reflejaba preocupación y resignación, claro que en aquel entonces con mis ocho años yo lo único que deseaba era darle un abrazo porque mi mañana había resultado muy complicada. Me recibió con el clásico “hola campeón”, y aunque yo sabía que no era para nada un campeón, me gustaba que me lo dijera porque en su voz no había nada de la burla de los otros chicos cuando la seño me preguntaba y yo no respondía, y además quién podía responderle a todas esas preguntas mal hechas que me parecían tontas: “¿Cómo se escribe envase?” si todos saben que se escribe embase, pero por alguna cuestión que aún hoy me cuesta entender algo dentro de mí se resistía a darle una respuesta, y por supuesto los murmullos comenzaban en los bancos del fondo e iban creciendo como una ola hacia los del frente y yo ¿que hacía?, lo que haría cualquiera cuando viene una ola, juntaba las manos, apretaba los labios y cerraba los ojos, y en lugar de que la ola me mojara, escuchaba sus risas y la voz de la seño intentando poner orden. De papá me llegaba con el timbre de sus palabras una enorme ternura que sus ojos marrones y la barba mal afeitaba se empecinaban en disimular, y yo le quise sonreír cuando salíamos del cole pero no pude. No entendí lo que la directora le dijo a papá cuando se pusieron de pie, él estrechó su mano mientras me miraba desde lo alto y no tuvo ganas de explicarme ni decirme nada cuando íbamos hacia a la calle. Se lo veía tan cansado a papá, y además yo creía que estaba en problemas. “Matías: ¿porqué no te fijás en el diccionario esa palabra que pusiste a ver si existe?”, decía mi mamá en la tarde y mis pies que comenzaban a alejarse del mosaico. No obstante corría el riesgo y saltaba al piso y me iba hasta el living, arrimaba alguna silla e intentaba sacar el diccionario del tercer estante -un libro muy pesado y grandote-, que muchas veces se escurría de mis posibilidades de manipularlo y se caía, y me llegaba desde la cocina la protesta de mamá, y así cada tarde. Le tenía terror al diccionario, y aunque me repetían que los libros no mordían -eso nos decía siempre papá: “chicos lean que los libros no muerden“-, estaba convencido que sí podían hacerme algún daño, como no entender el significado de sus frases o no encontrar una palabra, y me quedaba desolado en el living impotente de cumplir con el pedido de mamá, y mientras ella hacía otra cosa -siempre las mamás tienen cosas por hacer-, me iba perdiendo en ese libro en el que casi nunca podía hallar la palabra que buscaba, y me aburría, es que se parecían todas tanto, y aún cuando lograba hallar alguna que era casi igualita –pero nunca la misma- me admiraba de mi mismo e iba a la cocina por la mirada de mamá para mostrarle mi descubrimiento, y advertía una vez más que mis pies no llegaban a los mosaicos del comedor y que la tarde estaba terminando y ya estábamos por llegar a la cena familiar, porque el agua de la cacerola humeaba, y en la pileta de la cocina corría el agua y los hechos de todos los días se iban sucediendo mientras se me iba olvidando lo que había estado buscando en el diccionario.
Hay veces que pienso y siento que yo soy el mundo, y las cosas y la gente meros caprichos de mi imaginación. Por ejemplo ahora encerrado en mi escritorio de historias, dejo un momento y hablo por teléfono a mi casa, y se detiene todo el entusiasmo de mi llamado cuando escucho: “¿Qué querés Matías?”, y entonces vuelvo a situarme en aquel umbral del colegio que me anudaba el estómago. Y me pregunto porqué dejé de ser Matu para ser Matías, o porqué se me estiraron las piernas, los brazos, y me tengo que afeitar como papá, y además el cuerpo se me acelera sin que me lo proponga en algunos lugares en los que antes no me ocurría. Ahora soy Matías y a veces siento que yo hago al mundo y creo que es mi culpa cuando pido que me escuchen durante la cena y nadie atiende lo que digo y el sonido de mi voz se parece a un chico buscando sin encontrar esa palabra en el diccionario. Entonces pienso que hice algo mal cuando hice al mundo. Sé que a veces el mundo que hago no me sale como ellos querían, y cuando voy al señor componedor del mundo para que me ayude a corregirlo, él le dice a mi mamá –no a mí, él le habla a mi mamá como si yo fuera chico y no entendiera-, que mi dislexia no es con el aprendizaje que nunca aprendí, que mi dislexia ahora que vivo como Matías y no como Matu es con la vida. Hoy tuve una señal más que evidente de que yo hago al mundo. ¡Y casi casi me despierto!
Abril 2010
Hay veces que pienso y siento que yo soy el mundo, y las cosas y la gente meros caprichos de mi imaginación. Por ejemplo ahora encerrado en mi escritorio de historias, dejo un momento y hablo por teléfono a mi casa, y se detiene todo el entusiasmo de mi llamado cuando escucho: “¿Qué querés Matías?”, y entonces vuelvo a situarme en aquel umbral del colegio que me anudaba el estómago. Y me pregunto porqué dejé de ser Matu para ser Matías, o porqué se me estiraron las piernas, los brazos, y me tengo que afeitar como papá, y además el cuerpo se me acelera sin que me lo proponga en algunos lugares en los que antes no me ocurría. Ahora soy Matías y a veces siento que yo hago al mundo y creo que es mi culpa cuando pido que me escuchen durante la cena y nadie atiende lo que digo y el sonido de mi voz se parece a un chico buscando sin encontrar esa palabra en el diccionario. Entonces pienso que hice algo mal cuando hice al mundo. Sé que a veces el mundo que hago no me sale como ellos querían, y cuando voy al señor componedor del mundo para que me ayude a corregirlo, él le dice a mi mamá –no a mí, él le habla a mi mamá como si yo fuera chico y no entendiera-, que mi dislexia no es con el aprendizaje que nunca aprendí, que mi dislexia ahora que vivo como Matías y no como Matu es con la vida. Hoy tuve una señal más que evidente de que yo hago al mundo. ¡Y casi casi me despierto!
Abril 2010
sábado, 7 de noviembre de 2009
En la gran calma de estas tardes hay un reloj: el mar
Justine, Lawrence Durrell
Justine, Lawrence Durrell
Cómo transcurrirán acaso sus horas, cómo,
se levantará quizás como siempre,
cómo recompondrá su ayer, cómo,
cómo detendrá su pensamiento, cómo
se recogerá talvez cual pequeña,
atraerá hacia sí sus blancas rodillas,
cómo abrazará su almohada, cómo
cómo transcurrirán acaso sus horas, cómo.
jueves, 22 de octubre de 2009
CUCHILLO
No sé, no lo sé y dudo y me cuestiono una y otra vez. Cómo comenzar a contar lo que me ha ocurrido, lo intento y vuelvo a pensar en si me ha ocurrido, es decir, la circunstancia se me cruzó en el camino o la habré provocado yo con esa manera irrespetuosa que tengo algunas veces de decir las cosas. No sé, y es por ahora lo único que realmente sé o parezco saber. No saber, el no sé, aparece nítido dentro de mi confusión que es diría a sapiencias total. Siento extranjero el idioma que desarrolla mi pensamiento y también estrecho el de mi cuerpo, como si aquel no fuera de éste o no le cupiera y me repito y me digo en voz alta, y casi me lo tengo que gritar: “no sé, no sé”, una vez y otra vez más, como para afirmarme, aunque más no fuera en ese latiguillo de la ignorancia que es el no saber y que tan conveniente acude ahora en mi auxilio. Y es que en verdad, no sé. Comienzo por recordar algo, pienso en anoche que me sentía muy diferente, creo que era además tan fuerte y tan sólido, que casi parecía una persona valiente. Un héroe si cabe esa expresión. Recuerdo que sentí cierto placer al ceder de aquella carne y verme tan sorprendido de mi mismo, tan consciente y maquinal. Todo pareció ser fácil e incluso diría que hasta sencillo. Pero hoy, ahora, en estos momentos en los que la madrugada hace de esta oscuridad que me rodea que todo sea más confuso… como decirlo, ¿tenebroso?, tengo temor al expresarme, dudo de las palabras que estoy por escribir y de los hechos que voy a relatar. Es que hasta mi identidad se diluye y no siento que soy el que era, y si bien el recuerdo de lo ocurrido aún persiste con una intensidad tal que me domina, he vuelto a la estúpida sencillez del ser que es humano y también que es un tipo común. Y sé con certeza que debo, que deseo y que necesito ser otra vez el de ayer, el oscuro ser que anoche hundía y se complacía y además mantenía el control sobre cada uno de aquellos, sus movimientos, mientras el cuchillo penetraba pertinaz y sin prisas, sin resistencias y sin piedad en esa blanca carne, en su abundancia blanda y voluptuosidad generosa. Qué curiosos son los pensamientos del ser humano, qué audaces y temibles pueden llegar a ser en algunas circunstancias, será así porque a nadie miran y nadie los mira. Qué juez implacable es la sola presencia de unos ojos o la claridad del día, seguramente la luz de la mañana, el aire fresco, o un rostro conocido, romperían con esa inclinación natural que hay. Al menos creo que para que ellos surjan con libertad e incontrolable perversidad, esa que atesoramos en nuestra parte más recóndita de la mente, ésa que los sentidos de alguna forma moderan y hasta diría que controlan, ¿controlan o exacerban?, la noche, el silencio y la soledad, deben aunarse, rara avis, como si de un eclipse tríptico se tratara. Me comprenderá el que alguna vez escuchó el ruido de un hueso que se parte o astilla. Cuando esto ocurre, nuestros movimientos se detienen, nos volvemos alertas, aguzamos la sensibilidad del oído, aspiramos profundamente y extendemos los dedos de la mano queriendo percibir el motivo de aquel extraño y espantoso sonido, y luego gritamos porque sentimos o creemos sentir un dolor intenso, aunque en realidad es el temor a sentirnos vulnerables y a darnos cuenta de que podemos rompernos. Entonces la vista recorre con velocidad el entorno y no damos el siguiente paso hasta que cierta normalidad retorna, hasta que como ahora mientras esto escribo reconocemos los objetos, el olor y los ruidos habituales de la hora y de nuestro cuerpo, y entonces ocurre que los vamos asimilando de a sorbos en nuestra mente, incorporándolos, deduciéndolos y comprendiéndolos hasta el horror. Me apresuro porque un riesgo de cielo ha comenzado a insinuarse en el ángulo superior izquierdo de la ventana, y se me va diluyendo la ferocidad, la avidez malsana que tenía cuando comencé a escribir. Ah!, esta naturaleza primaveral está despertando y eliminando mis bajezas y hasta comienza a darme pudor y vergüenza seguir aquí sentado como escondiéndome del destino que minuto a minuto reclama. No puedo evitar que mis pulmones se hinchen del fresco rumor de un día espléndido, no puedo dejar de observar las intermitentes cadencias entre estos párrafos, que como las copas de los árboles se balancean con la brisa y me hostigan con su imponente verdor. Dudo si realmente soy un ser de la noche oscura como pensé, es que al ver sobre la mesada los cubiertos y los platos de la cena todo parece tan normal. Habré soñado entonces, habré mentido, me habré engañado. Voy a dejar de escribir porque me siento otra vez desnudo ante tanta observación de este mundo bello. Aguardaré que el día marche, esperaré pacientemente y sonriendo hipócritamente que todo pase y se aletargue. Me lavaré el rostro e higienizaré mis dientes, saldré a hacer las compras, almorzaré, talvez incluso saque a pasear al perro. Si mis actividades me lo permiten dormiré un rato luego del almuerzo, hojearé el periódico y encenderé el televisor. Llamaré a mi madre y hablaremos del tiempo y de la salud, le preguntaré por sus novedades y su cortesía le hará preguntarme que hay de nuevo en mí, y entonces ocultaré el cuchillo en la despensa, en la alacena más alta de mi pensamiento, le diré que estoy bien y que el día está hermoso, le mandaré un hasta mañana y colgaré el teléfono. Y quizás vuelva a llamarla. Mañana. Por supuesto que será luego de haber guardado una vez más el cuchillo, ya limpio, en la alacena.
sábado, 17 de octubre de 2009
Y cuando todos durmieran
Y cuando todos durmieran
recorrería descalzo sus sueños/ para no despertarlos
adelantaría mi mano hasta casi tocarlos/ para sentir su tibieza
robándoselas/ y…
me pincharía con una rueca/ saber que estoy soñando/
o quizás como en los cuentos/
dormiría cien años…
recorrería descalzo sus sueños/ para no despertarlos
adelantaría mi mano hasta casi tocarlos/ para sentir su tibieza
robándoselas/ y…
me pincharía con una rueca/ saber que estoy soñando/
o quizás como en los cuentos/
dormiría cien años…
miércoles, 7 de octubre de 2009
REFLEXIONANDO SOBRE LOS CRONOPIOS DE CORTAZAR
FLOR Y CRONOPIO
Un cronopio encuentra una flor solitaria en medio de los campos.
Primero la va a arrancar,
pero piensa que es una crueldad inútil
y se pone de rodillas a su lado
y juega alegremente con la flor,
a saber: le acaricia los pétalos,
la sopla para que baile,
zumba como una abeja,
huele su perfume,
y finalmente se acuesta debajo de la flor
y se duerme envuelto en una gran paz.
La flor piensa: "es como una flor"
Julio Cortázar
Un cronopio encuentra una flor solitaria en medio de los campos.
Primero la va a arrancar,
pero piensa que es una crueldad inútil
y se pone de rodillas a su lado
y juega alegremente con la flor,
a saber: le acaricia los pétalos,
la sopla para que baile,
zumba como una abeja,
huele su perfume,
y finalmente se acuesta debajo de la flor
y se duerme envuelto en una gran paz.
La flor piensa: "es como una flor"
REFLEXIONANDO SOBRE LOS CRONOPIOS DE CORTÁZAR
Ellos resisten y se ubican como esos pastitos que nacen en la juntura de las veredas; se los combate una y otra vez con toda clase de productos y cuando se piensa que fueron exterminados se los ve resurgir renovados y fortalecidos… como desafiando a los que los quisieron eliminar.
Muchas veces parecen protestar como locos y no se los entiende. Es que para comprenderlos habría que ser de corazón verde flúo… y Vivir el presente…
Ven un banco vacío en una plaza y ya se están imaginando los novios que estuvieron y los que vendrán. Y entonces van y se acurrucan detrás de un árbol a esperarlos.
Cuando se les pide que se queden callados miran a su interlocutor con asombro; entonces al ver la preocupación reflejada en su rostro le dicen a su estómago que deje de hacer ruiditos de alegría.
Cuando están enamorados se paran en una esquina del barrio donde viven y a cada persona que pasa le cuentan que están enamorados. Ver la cara que ponen las personas los hace sentirse muy tristes, tanto que se olvidan porqué estaban ahí en la esquina parados.
Cuando leen las biografías de gentes que han dejado de alguna forma su impronta en el mundo, se imaginan a alguien leyendo sobre ellos… y se vuelven más y más cronopios.
Muchas veces parecen protestar como locos y no se los entiende. Es que para comprenderlos habría que ser de corazón verde flúo… y Vivir el presente…
Ven un banco vacío en una plaza y ya se están imaginando los novios que estuvieron y los que vendrán. Y entonces van y se acurrucan detrás de un árbol a esperarlos.
Cuando se les pide que se queden callados miran a su interlocutor con asombro; entonces al ver la preocupación reflejada en su rostro le dicen a su estómago que deje de hacer ruiditos de alegría.
Cuando están enamorados se paran en una esquina del barrio donde viven y a cada persona que pasa le cuentan que están enamorados. Ver la cara que ponen las personas los hace sentirse muy tristes, tanto que se olvidan porqué estaban ahí en la esquina parados.
Cuando leen las biografías de gentes que han dejado de alguna forma su impronta en el mundo, se imaginan a alguien leyendo sobre ellos… y se vuelven más y más cronopios.
Por un cronopio mayor:
"Molestarse, enojarse, discutir o entristecerse podría evitarse postergando esas sensaciones para el día siguiente. He comprobado que luego de dormir y amanecer un nuevo día la mayoría de esas cosas carecen de importancia, se vuelven pequeñas y de fantasía. Si el malestar perdura entonces sí eran importantes, pero aún en este caso el tiempo le habrá dado la pausa que necesitaba para no hacer o decir algo de lo cual deba lamentarse luego al recordarlo. "
Por un cronopio sabio:
"Cuando todo es fiesta hay que vivir el presente, cuando hay tensión y tristeza mejor vivir el futuro. "
Por un cronopio sensible:
"Hablar me resulta difícil, pero hacerlo por teléfono me hace sentir patético. "
Los cronopios que llevamos dentro
Cuando escribimos lo hacemos motivados por diversas circunstancias; la lectura, el estado de ánimo, el ámbito en el que vivimos; todos estos echos y muchos otros son los que vibran y despabilan esos muchachitos inquietos que llevamos dentro. A veces estos muchachitos discuten demasiado y nada bueno surge; algunos dudan, otros se pelean, aquellos se quedan dormidos… y esto hace que el texto fracase. Pero si los muchachitos juegan para el mismo equipo y entonces unos ponen la música adecuada, otros la pava al fuego, alguno busca un papel, hace un bollito y se lo tira a otro, éste toma un lápiz y usa el bollito de papel, entonces la magia va surgiendo y surgiendo… ahora nomás veo a dos de ellos que conversan bajito para no llenarse rápidamente la panza…
Me pasa a veces que me llega una idea y la manipulo, la sazono, y cuando voy a emitirla duda en salir porque aún no he aprendido a despojarme totalmente de tanto tiempo de… costumbres y prejuicios… si dejo que la lapicera o el teclado que esto plasma sea libre, haría un desastre…
"Hablar me resulta difícil, pero hacerlo por teléfono me hace sentir patético. "
Los cronopios que llevamos dentro
Cuando escribimos lo hacemos motivados por diversas circunstancias; la lectura, el estado de ánimo, el ámbito en el que vivimos; todos estos echos y muchos otros son los que vibran y despabilan esos muchachitos inquietos que llevamos dentro. A veces estos muchachitos discuten demasiado y nada bueno surge; algunos dudan, otros se pelean, aquellos se quedan dormidos… y esto hace que el texto fracase. Pero si los muchachitos juegan para el mismo equipo y entonces unos ponen la música adecuada, otros la pava al fuego, alguno busca un papel, hace un bollito y se lo tira a otro, éste toma un lápiz y usa el bollito de papel, entonces la magia va surgiendo y surgiendo… ahora nomás veo a dos de ellos que conversan bajito para no llenarse rápidamente la panza…
Me pasa a veces que me llega una idea y la manipulo, la sazono, y cuando voy a emitirla duda en salir porque aún no he aprendido a despojarme totalmente de tanto tiempo de… costumbres y prejuicios… si dejo que la lapicera o el teclado que esto plasma sea libre, haría un desastre…
domingo, 4 de octubre de 2009
A LAS DOS DE LA TARDE PASA ROBERTA
En mi vecindario siempre a las dos de la tarde pasa Roberta, con ese andar vacuo y vacilante de su pelo blanco y desaliñado; ella transcurre apoyándose en un carro pringoso que empuja, y en un cortejo bastante extraño se desliza con la pertinaz libertad que le otorgan los años de vagabundeo, y los perros gruñen mientras Roberta habla pujando y cuestionando los cestos de basura, y también acechando en los rincones de mi barrio, en sus veredas y detrás de los árboles. Ella avanza, y sostenidos ladridos la preceden cual truenos a la tormenta.
Nosotros sabemos que Roberta está por venir al percibir la agitación de nuestras rutinas. Ella habla y vienen luego ciertas esperas hasta que vuelve a ser escuchada. Creemos que al menos le deben responder los que nosotros no alcanzamos a distinguir detrás de nuestras cortinas, quizás porque las sombras de los tilos sean tan intensas y haya en ellas cierta soberbia o talvez porque el sol nos hace cerrar bien los ojos al mirarlo directamente. No obstante lo curioso es que a Roberta si la vemos gesticular alzando los brazos o agitando las manos y mientras va caminando de pronto se detiene y aguarda, y hay veces que se agacha, y otras hace pausas durante, para escuchar mejor, quizás para que esas personas que no alcanzamos nunca a conocer ni ver la comprendan, y siempre con los truenos precediendo su paso.
No recuerdo que hayamos escuchado a los perros de Roberta ladrar, pensamos que no han aprendido a hacerlo y por eso andan con ese gesto gruñón e intermedio como si los demás no los quisieran, como si los marginaran, como si no entendieran el que ellos están para acompañar a Roberta junto con el carro que empuja y que se llena poco a poco de las cosas que la gente va dejando u olvidando o perdiendo, cuando pasa con la premura de las agujas del reloj, como el tic tac del bastón que usa Roberta cuando se aleja del carro para resguardarse de las personas que tampoco alcanzamos a ver, pero que no son las personas con las que parece conversar, de eso nos damos cuenta porque Roberta dice en voz muy alta algunas palabras que pueden tildarse de groseras, y las dice casi a los gritos y entonces luego esgrime y sacude ese bastón que puede haber sido un paraguas o una verdad, y es en esos momentos que los perros del vecindario aumentan la cantidad de truenos.
Ahí está Roberta, la estamos viendo después del cortinado, se detiene y observa el piso, pareciera que encuentra algo, que lo mueve con el pie rozándole apenas el hálito de la vida, vemos que insiste, a veces incluso se ha sentado en el cordón de la calle esperando que vengan, que acudan a conversar con ella y que nosotros veamos e intuyamos por las gesticulaciones de Roberta. Si desde nuestra casa observamos las casas que tenemos enfrente estamos seguros, que detrás de los cortinados están nuestros vecinos escuchando y viendo las conversaciones y las trifulcas que tiene Roberta.
Hace ya varios días que no escuchamos truenos por el barrio, que no hemos visto pasar a Roberta empujando su carro apoyada en su paraguas y seguida por sus perros que gruñen y que no saben ladrar, y también hace días que nos hemos dado cuenta que los vecinos de enfrente ya no están escuchando detrás de las cortinas.
Hoy son las dos de la tarde otra vez y nos pareció escuchar el rumor del deseo de ver a Roberta y de escuchar unos truenos. Nos animamos a salir a la vereda porque la espera nos ha dejado con la mente anquilosada por la falta de las conversaciones de Roberta. Salimos todos juntos y atropelladamente, abrimos la puerta de calle, superamos la doble cerradura y ambos pasadores, luego el candado y la puerta reja y atravesamos el muro. Todo estaba bastante inútil por la falta de uso, asolamos la vereda y nos sentimos desacostumbrados, encima no veíamos nada por la sombra de los tilos, pero ahora escuchábamos mejor. Parecían aullidos, era un sonido compuesto de ronquidos, pensamos que quizás fueran enormes y muchos porque parecía que el tamaño del ruido que hacían no paraba de crecer y crecer.
Nos miramos un poco preocupados con los vecinos de enfrente que hacía rato no se los veía escuchar las conversaciones de Roberta cuando Roberta venía empujando su carro apoyada en su paraguas y seguida por los perros que gruñían y que no sabían ladrar. Los vecinos aparecieron detrás de las hilachas grises que colgaban como cortinas, tenían los rostros muy delgados y desteñidos, tanto que nos parecieron extraños, aunque eran los mismos vecinos que vivían enfrente cuando Roberta comenzó a pasar empujando su carro apoyada en su paraguas y seguida por los perros que gruñían y que no sabían ladrar. Nuestros vecinos murmuraban mirándonos, pareciéndonos en sus gestos repetir lo que nosotros habíamos pensado sobre ellos.
Luego de aquel día dejamos de escuchar los truenos y tampoco vimos pasar más a Roberta empujando el carro apoyada en su paraguas y seguida por los perros que gruñían y que nunca aprendieron a ladrar. Ahora nosotros y nuestros vecinos salimos a diario de nuestras viviendas y nuestros rostros han recuperado cierta lozanía y caminamos por las calles del barrio y de la ciudad y vamos al colegio los más chicos o a trabajar los más grandes; y en esas idas y regresos nos cruzamos con algunas personas que deambulan carros, apoyadas en frustraciones y seguidas por perros que gruñen y que no saben ladrar. Ellos van recogiendo lo que ha quedado de la época en la que en el vecindario se escuchaban los ruidos de los relámpagos y nos quedábamos en nuestras casas esperando que a las dos de la tarde pasara Roberta empujando su carro apoyada en su paraguas y seguida por los perros que nunca aprendieron a ladrar.
Nosotros sabemos que Roberta está por venir al percibir la agitación de nuestras rutinas. Ella habla y vienen luego ciertas esperas hasta que vuelve a ser escuchada. Creemos que al menos le deben responder los que nosotros no alcanzamos a distinguir detrás de nuestras cortinas, quizás porque las sombras de los tilos sean tan intensas y haya en ellas cierta soberbia o talvez porque el sol nos hace cerrar bien los ojos al mirarlo directamente. No obstante lo curioso es que a Roberta si la vemos gesticular alzando los brazos o agitando las manos y mientras va caminando de pronto se detiene y aguarda, y hay veces que se agacha, y otras hace pausas durante, para escuchar mejor, quizás para que esas personas que no alcanzamos nunca a conocer ni ver la comprendan, y siempre con los truenos precediendo su paso.
No recuerdo que hayamos escuchado a los perros de Roberta ladrar, pensamos que no han aprendido a hacerlo y por eso andan con ese gesto gruñón e intermedio como si los demás no los quisieran, como si los marginaran, como si no entendieran el que ellos están para acompañar a Roberta junto con el carro que empuja y que se llena poco a poco de las cosas que la gente va dejando u olvidando o perdiendo, cuando pasa con la premura de las agujas del reloj, como el tic tac del bastón que usa Roberta cuando se aleja del carro para resguardarse de las personas que tampoco alcanzamos a ver, pero que no son las personas con las que parece conversar, de eso nos damos cuenta porque Roberta dice en voz muy alta algunas palabras que pueden tildarse de groseras, y las dice casi a los gritos y entonces luego esgrime y sacude ese bastón que puede haber sido un paraguas o una verdad, y es en esos momentos que los perros del vecindario aumentan la cantidad de truenos.
Ahí está Roberta, la estamos viendo después del cortinado, se detiene y observa el piso, pareciera que encuentra algo, que lo mueve con el pie rozándole apenas el hálito de la vida, vemos que insiste, a veces incluso se ha sentado en el cordón de la calle esperando que vengan, que acudan a conversar con ella y que nosotros veamos e intuyamos por las gesticulaciones de Roberta. Si desde nuestra casa observamos las casas que tenemos enfrente estamos seguros, que detrás de los cortinados están nuestros vecinos escuchando y viendo las conversaciones y las trifulcas que tiene Roberta.
Hace ya varios días que no escuchamos truenos por el barrio, que no hemos visto pasar a Roberta empujando su carro apoyada en su paraguas y seguida por sus perros que gruñen y que no saben ladrar, y también hace días que nos hemos dado cuenta que los vecinos de enfrente ya no están escuchando detrás de las cortinas.
Hoy son las dos de la tarde otra vez y nos pareció escuchar el rumor del deseo de ver a Roberta y de escuchar unos truenos. Nos animamos a salir a la vereda porque la espera nos ha dejado con la mente anquilosada por la falta de las conversaciones de Roberta. Salimos todos juntos y atropelladamente, abrimos la puerta de calle, superamos la doble cerradura y ambos pasadores, luego el candado y la puerta reja y atravesamos el muro. Todo estaba bastante inútil por la falta de uso, asolamos la vereda y nos sentimos desacostumbrados, encima no veíamos nada por la sombra de los tilos, pero ahora escuchábamos mejor. Parecían aullidos, era un sonido compuesto de ronquidos, pensamos que quizás fueran enormes y muchos porque parecía que el tamaño del ruido que hacían no paraba de crecer y crecer.
Nos miramos un poco preocupados con los vecinos de enfrente que hacía rato no se los veía escuchar las conversaciones de Roberta cuando Roberta venía empujando su carro apoyada en su paraguas y seguida por los perros que gruñían y que no sabían ladrar. Los vecinos aparecieron detrás de las hilachas grises que colgaban como cortinas, tenían los rostros muy delgados y desteñidos, tanto que nos parecieron extraños, aunque eran los mismos vecinos que vivían enfrente cuando Roberta comenzó a pasar empujando su carro apoyada en su paraguas y seguida por los perros que gruñían y que no sabían ladrar. Nuestros vecinos murmuraban mirándonos, pareciéndonos en sus gestos repetir lo que nosotros habíamos pensado sobre ellos.
Luego de aquel día dejamos de escuchar los truenos y tampoco vimos pasar más a Roberta empujando el carro apoyada en su paraguas y seguida por los perros que gruñían y que nunca aprendieron a ladrar. Ahora nosotros y nuestros vecinos salimos a diario de nuestras viviendas y nuestros rostros han recuperado cierta lozanía y caminamos por las calles del barrio y de la ciudad y vamos al colegio los más chicos o a trabajar los más grandes; y en esas idas y regresos nos cruzamos con algunas personas que deambulan carros, apoyadas en frustraciones y seguidas por perros que gruñen y que no saben ladrar. Ellos van recogiendo lo que ha quedado de la época en la que en el vecindario se escuchaban los ruidos de los relámpagos y nos quedábamos en nuestras casas esperando que a las dos de la tarde pasara Roberta empujando su carro apoyada en su paraguas y seguida por los perros que nunca aprendieron a ladrar.
viernes, 12 de diciembre de 2008
HE PERDIDO EL MOVIMIENTO
Tengo esperanza porque en ella están
las únicas notas que interceptan el silencio.
Cada nota es una esperanza, mientras que el silencio
no posee ninguna esperanza más que la de ser una nota.
Luis Alberto Spinetta
las únicas notas que interceptan el silencio.
Cada nota es una esperanza, mientras que el silencio
no posee ninguna esperanza más que la de ser una nota.
Luis Alberto Spinetta
He perdido el movimiento de mi pie izquierdo, fue por una corrida que hice el miércoles pasado, una verdadera paliza diría mi amigo Ricardo, me cuesta aún reconocer que solo han pasado dos días, o fueron tres, me parece que también he perdido la cuenta, acaso serán más de tres días, y además he perdido el razonamiento de mi pierna izquierda y siento un cosquilleo en mi brazo derecho, qué calor que hacía afuera, y adentro, lo que se dice adentro, en el interior del cuerpo, no, ahí la temperatura era agradable, como un pensamiento de agua fresca, he perdido el color de aquel día, ahora mismo, la pantalla en la cual aparece lo que escribo tiene luz pero le faltan los tonos, parece una enorme pupila, casi un ojo sin iris, no se la escucha como el día anterior al miércoles, he perdido la virtud de escuchar, quizás también pueda ser eso, y me cuesta alzar el brazo derecho, y las articulaciones se resisten a obedecerme a tontas y a locas y aunque las acaricio, y las llevo a caminar, y hemos ido con ellas a los negocios y paseos que frecuentaban, he perdido su confianza, yo creo que ellas están sintiendo el abuso de mi personalidad, sí, eso debe ser, he perdido la rodilla derecha, me di cuenta cuando quise subir la escalera en el trabajo, la rodilla izquierda hizo lo que en ella es habitual, se doblegó antes de que se lo pidiera, pero la rodilla derecha se mantuvo erguida y soberbia, y me sorprendí cuando me encontré con la humanidad en el piso, nos miramos agresivamente, con cierto rencor diría, ella no se inmutó y yo me di cuenta que había perdido el habla, sí he perdido la comunicación con mi cuerpo, creo que a consecuencia de ése día miércoles, qué calor que hacía aunque yo había encontrado la sombra de unos árboles mientras me iba perdiendo cosas, antes de ir perdiendo otras, refrescó, escucho el frío batallar con el canto de los pájaros que se creen que aún estamos en primavera y cantan y cantan, he perdido el humor, están todos discutiendo que hacer hoy, si doblarse cuando se sube la escalera, si escuchar lo que dicen los otros, si recordar el día nuevamente, parecen haber recobrado el entusiasmo por convivir en la sociedad otra vez, he perdido las ganas, no logro resistir el empuje de los omóplatos y del agua, me apoyé con fuerza sobre el escritorio, me duelen las manos, los dedos y la falta de palabras, he perdido la risa, y olvidé el gusto por apoyar allí mis labios, acabo de restallar un libro, lo apoyé luego en la mesa y lo vi relajarse, he perdido el interés por él, por lo que está escrito en él, por el olor y el color de sus hojas, por encontrar quién diseñó su tapa, por el prefacio y el epílogo, por saber dónde y cuando fue editado, por hacer correr sus hojas en mis manos como si fueran caricias, por llevarlo conmigo de viaje y tomarlo en el tren o en el colectivo, he perdido, la página que leí aquel día cuando fui perdiendo el sonido y el silencio de cada una de las partes de mi cuerpo ese día en el que he perdido la cuenta de los días que he perdido y que no puedo pasar de la página en la que estoy aún perdido buscando el último párrafo que había estado leyendo antes de haber perdido aquel día la elasticidad de la piel y el brillo de los ojos.
Noviembre de 2008
viernes, 28 de noviembre de 2008
GABAIEL, el Hacedor de Sueños
“Al día siguiente todos sabían que en casa de Pelayo tenían cautivo un ángel de carne y hueso”
de Un señor muy viejo con unas alas enormes (1968) GGMárquez
de Un señor muy viejo con unas alas enormes (1968) GGMárquez
Gabaiel andaba y andaba cansino por el pueblo arrastrando su carro de madera despintada, de rueditas gastadas de tanta piedra, de tanta tierra. Todas las tardes se demoraba en el bosque que se erguía en alguna plaza de algún pueblo, frente a la casa del intendente del lugar, ahí donde persignaba la subsistencia, donde por la altura no había pájaros ni mariposas, donde el silencio lo antecedía y lo aguardaba. Era un bosque sin sonidos, un sitio que guardaba inquietudes, hecho de verdes desmesurados que se caían de los cordones de la plaza y penetraban en los cuerpos de los lugareños. Y ahí estaba Gabaiel sentado en el banco esperando a su clientela que llegaba sin que nadie les avisara, en las horas de la siesta, esa horita donde el sol ya se tornaba compañero de tanto compartir, era una hora donde las tazas de café ya no se enfriaban, donde la comida digerida hacía de las suyas produciendo un inclinar de cabezas contra cabezas, con el peligro de colisionar o trastabillar hasta las profundidades de las calles con sus cabeceos. Iban llegando tímidamente algunos, ruidosamente otros; allá se veía al grupo de las comadronas, esas vecinas que siempre están porque todo pueblo que se precie de tal las necesita para difundir los acontecimientos mas destacados del lugar; también estaban escondidos debajo de algunos arbustos un grupo de chiquilines temerosos y curiosos que el Hacedor comenzara a destapar sus cajas con sueños desarmados, con jirones de pesadillas y retazos de añoranzas. Estaban los que siempre le acercaban las novedades al intendente y también estaba el intendente disimulado entre la muchedumbre porque su investidura le impedía participar de un acto tal donde se realizaran ese tipo de actividades, donde se construían los sueños de la gente; imagínense Uds. que hubiese pasado con su reputación, él que tenía pretensiones en la gobernación si las autoridades del comité se enteraban de que asistía a la plaza a ver los sueños que realizaba el Hacedor Gabaiel… lo menos que le hubiese correspondido sería que lo enviaran unos pocos siglos a un lugar donde debería aprenderse de memoria todas las estrategias habidas y por haber que fueran eficaces para combatir esa felonía de la fabricación de sueños, pero esos eran solos detalles menores que no alterarían el objetivo de lograr olvidarse de los sueños de Gabaiel y así aturdirse y sumergirse en realidades hasta el hartazgo… Y mientras todo eso pensaba el intendente veía como el guardia del pueblo ordenaba a la gente a medida que les preguntaba sobre qué soñaban, la asiduidad de concurrencia a los sueños, el tipo de aquellos como por ejemplo si eran tan profundos que no tuvieran fondo, si eran cortos de tan livianos, si eran con color, etc., etc. y demás menesteres según el Hacedor le había indicado. La multitud no dejaba de incrementarse, los que se la pasaban soñando eran un grupo pequeñísimo, de solo ninguna persona; luego se encontraban los que al menos tenían un sueño una vez al año y que formaban un nutrido grupo en una esquina del bosque; finalmente los que ni siquiera sabían si habían o no soñado alguna vez, ah! pero no nos olvidemos de los chicos, éstos estaban ubicados sentados todos juntitos delante de los primeros asientos, muy cerca del carro que contenía las cajas de sueños y en sus rostros se notaba la ansiedad porque el Hacedor abriera esas cajas y ver así asomarse los sueños de anoche y los de la noche anterior a anoche y también los más anteriores; sueños con formas y con los colores que ellos veían dormidos o quizás imaginado despiertos pero que para el caso era lo mismo. Todos querían que los demás vieran lo lindo que quedaban sus sueños.
Abril de 2007
Abril de 2007
jueves, 27 de noviembre de 2008
LOS TERCEROS DOMINGOS DE OCTUBRE
“Me contó la abuela que la primera noche de casados,
el abuelo Jerónimo la pasó sentado a la puerta de la casa,
a la espera de los celosos rivales,
que habían jurado ir y apedrearles el tejado.”
Las pequeñas memorias, José Saramago.
el abuelo Jerónimo la pasó sentado a la puerta de la casa,
a la espera de los celosos rivales,
que habían jurado ir y apedrearles el tejado.”
Las pequeñas memorias, José Saramago.
Ella va y viene por la cocina con sus pasos nudosos, traslada una jarra de lugar, guarda aquel plato, coge el repasador y luego cambia la bolsa del cesto de la basura. Ella va y viene por la cocina, y su andar revela la expresión de silencios diferentes. No son esos silencios en los que faltan los sonidos, no, son aquellos otros, de cuando Ella va y viene por la memoria de las ausencias, de cuando traspone el living de las visitas que no llegan, de cuando recibe esas cartas de postales, tan breves. Sonidos, silenciosos sonidos de mis llamados apresurados, mientras Ella va y viene por la cocina.
Me parece verla ahora que estoy escuchando el agua rodar por la pileta de la cocina, la oigo descender por los desagües, hervir en la pava olvidada sobre el fuego, la vuelvo a escuchar chapoteando como la lluvia en el corredor del patio, yendo y viniendo por las grietas de las mejillas, surcos de tantos días de ir y venir por la cocina. Ella se sienta y se levanta una y otra vez, sin prisa y también sin espacios para las alegrías, Ella va por un vaso de agua y enseguida regresa por la botella, ahora acomete una cesta con pan y de pronto, se detiene observándola. Abre la heladera y la vuelve a cerrar sin introducirse en el frío de la nostalgia, Ella disimula, olvida su necesidad fisiológica en aquella hora en que su necesidad de afecto la atormenta. Ella sigue yendo y viniendo por la cocina.
Ella va y viene por la cocina sin explicar esa costumbre de silencios que paradójicamente le hacen compañía, que le indican el camino, y entonces su espalda menuda y redondeada marcha inclinada sobre la merienda, y se le resquebraja como un cartón, se le escuchan los crujidos arrugados y aplastados, previos, a punto de tirarse en el depósito de los desperdicios, mezclándose con el revolver áspero de la cuchara en el azúcar.
Ella va y viene por la cocina y se voltea una y otra vez, intuyéndome, adivinándome, y hay veces en las que sonríe encontrándome, su rostro adquiere una forma de éxtasis muy particular y le surge la sonrisa cómplice. Ésa, que se parece a la de aquel tiempo en el que siendo adolescente, me inclinaba con empeño sobre las carpetas y los libros del colegio, mientras Ella iba y venía por la cocina.
Ahora Ella sonríe y pestañea, la veo hurgando meticulosa mis diferentes formas de silencio. Las de aquel muchacho, que luego del almuerzo y cuando la casa se aletargaba en el caluroso verano, remontaba los baldíos del barrio. O las de ese joven que en las madrugadas se arropaba apurando el paso, volviendo siempre solitario, por la avenida de los perfumes y de los humos.
Ella va y viene por la cocina y soy parte de su ir y venir, de su compañía de silencios, de las visitas que no llegan o que se marchan apresuradas. Ella va y viene por la cocina, de mi crecerle lejos y de mi morirle cerca. Ella va y viene por la cocina, y cada vez va más, y viene menos, y ya no vuelve de aquellos diálogos exentos de palabras.
Ella no vuelve a esta actualidad de ausencias de mí.
Ella no volvió finalmente de allá, cuando iba y venía por la cocina tropezándose con mi andar flaco que le amenazaba el futuro, y que aún así, Ella iba y venía, y persistía, y me rozaba, y me tocaba, y me vivía.
Octubre 2008
Suscribirse a:
Entradas (Atom)