miércoles, 20 de mayo de 2015

BICHOS

Dibujo de Franz Kafka. "Hombre con la cabeza sobre la mesa"
Aparece en "Diarios". 7 diciembre 1916

El pequeño bicho apareció de la nada mientras tomaba mate. De dónde habría salido. Sobre la mesa estaban la azucarera –cerrada-, un frasco de miel –un tarro enorme de miel, a él le gustaba comerla a cucharadas, no, de ahí el bicho tampoco podría haber venido-, chupó el mate que se había enfriado mientras el insecto con algo parecido a la desesperación iba y venía entre sus papeles. Entonces, se dio cuenta que el animalito – se preguntó si a estos bichos se los podía considerar animales-, había surgido de la yerba, del mate mismo. ¿Era acaso posible? A decir verdad, no se preocupó demasiado, corrió un poco la azucarera, tuvo que levantarla porque el bicho seguía ahí detrás de la misma o abajo, el animalito pugnaba por refugiarse en cualquier cosa, mientras él movía y agitaba las posibles protecciones o escondites. En un momento en el que el bicho se detuvo entre el frasco de la miel y uno de los libros que había sobre la mesa, desorientado seguramente, algo nervioso y agitado, y cuando la luz le dio de lleno, él, de un planazo lo aplastó. Cuando levantó la mano se lo quedó mirando. Algo en su mente se iba formando, se gestaba como una pregunta que buscaría respuesta, por algún motivo algo parecido a la inquietud lo ceñía. Cuando el animalito apareció había dejado de leer, se distrajo con esa manera frenética de deslizarse que tenían esos bichos sobre un mantel. Leía como una mujer exitosa estaba volviendo a su pasado mientras conducía un auto, la mujer recordaba a través del paisaje sitios en los que de niña, creía haber vivido. Sorbió otro mate y cuando esto hizo un nuevo bicho, parecido al anterior pero mucho más chico surgió al lado de su mano. Por un momento tuvo un pensamiento ingenuo, consideró que este bichito parecía el hermano menor del primero. Lo miraba moverse de una manera muy distinta, no tenía el frenesí del otro, se movía con cierta lentitud que le pareció impropia del bicho que era, lo persiguió sobre la mesa con una habilidad que se desconocía, matar algunos bichos le había procurado cierto estilo si es que podía decirse así. Había aprendido a cazar a estos animalitos sobre la mesa o en el piso, algunas veces sobre la mesada. Para él, iniciar el día sin la lectura de un libro era lo que para otros irse a trabajar sin haber desayunado. Sumergirse en esa selva de asfalto, personas y transporte público sin aquello, era salir desnudo, desprotegido. Cualquier cosa podría ocurrirte. De otro planazo, mató al nuevo intruso. En esta oportunidad había moderado la fuerza del golpe que había realizado. El cadáver de este último yacía frente a él, lo observaba con cierta obsesión, sentía algo especial, particular, enfermizo en la contemplación del animalito cuando de pronto, una patita, o un bracito, algo se movió. ¿Tenía patas o brazos que él pudiera ver? Para desplazarse era seguro que alguna de esas cosas tendría, pero que él pudiera distinguir esas patitas o bracitos, eso, era ciertamente imposible. Volvió al primer muerto. Yacía despatarrado en el centro de la mesa entre la pava y el frasco de la miel. Tomándose su tiempo sacó un pañuelo descartable del bolsillo trasero del pantalón, agarró al bicho estrujándolo con algo de asco y de bronca hasta que sintió el estallido del caparazoncito entre los dedos. El macho alfa había reventado, él lo había estrujado con gusto. Qué pensamientos extraños le sobrevenían esa mañana, el pequeñín seguía pataleando a su lado, cerca del antebrazo izquierdo. Se preguntó si era cruel dejarlo sufrir, el cuerpito se movía escasos milímetros hacia los lados, el golpe le habría dañado de una forma que no parecía recuperable, aunque muchas veces había presenciado con admiración la resistencia de las cucarachas al ser humano y sus estrategias para combatirlas, para eliminarlas. A las cucarachas ni siquiera un pisotón bien dado las mataba, y esto cuando uno lograba pisarlas. Toda una hazaña, las muy jodidas se movían a una velocidad increíble, y parecían tener un cuerpo diseñado contra el pisotón humano, se escabullían a los lugares más incómodos e inverosímiles, y lo hacían delante de tus narices, no importaban cuáles podían ser las medidas que adoptaras para que esto no ocurriera. El secreto estaba en no sentir asco. Era como todo un poco en la vida. Algunas veces podía decirse lo que uno quería, lo que uno deseaba. Hasta podía levantarse la voz. Gesticular. Ordenar. Había que estar convencido. El chiquitín que se debatía ahí entre la vida y la muerte, le hizo pensar en aquellas memorables persecuciones que había tenido. En general habían ocurrido en la cocina y ocasionalmente en su pieza, porque en alguna ocasión las malditas habían osado entrar a su pieza, recorrerla, ir dejando a su paso ese sutil babeo que de minúsculo pasaba inadvertido al ser humano. La resistencia del pequeño a morir era como una valentía ancestral. Quizás la genética de estos bichos pudiera transmitirse en este comportamiento lleno de cierta gloria. Era una pequeñita cucaracha que quería vivir. Entonces, superando cualquier expectativa posible apareció un tercer animalito vivaz visitando al moribundo. En un primer momento no supo que hacer, hasta creyó sentir pena, luego la furia, cierta aprensión, una protesta, algo dentro se revelaba. Acaso esto no terminaría jamás, a cada bicho que aplastara, a cada manotazo que diera, a cada pisotón que prodigara un nuevo animalito surgiría, así, inocente y vivaz, correteando por donde él anduviera, en la cocina, en la mesa en la que estuviera sentado, en la intimidad de su pieza.  Como si fuera una pregunta que no iba a tener respuesta se puso de pie y fue hacia la mesada con el mate y la azucarera. Dejó el mate en la pileta y abrió la alacena para dejar el azúcar. Vio que el paquete de la yerba estaba abierto. Cuando agarró el envase para cerrarlo, una cucaracha, no un bichito, una enorme y brillante cucaracha se asomó y deslizó por su mano primero y luego voló –¿podían volar estos animalitos?- y planeó un poco por la cocina hasta caer sobre la mesa donde el tercer bichito parecía aguardarla. La escena lo conmovió, parecía que ambas cucarachas acompañaran al pequeño moribundo, que lo estuvieran velando. La pregunta sin respuesta, aquella que había comenzado a gestarse en su mente cuando el primer animalito, único y nervioso había aparecido mientras él leía como una mujer recordaba su pasado se instaló con una nítida claridad en su pensamiento. Algunas veces en la vida, estar convencido, levantar la voz, gritar, ordenar, aplastar, no servían. Las preguntas seguirían apareciendo. Las respuestas seguirían faltando.

domingo, 26 de abril de 2015

REPARAR A LOS VIVOS

Maylis de Kerangal
Novela, Anagrama

En el comienzo de la novela de Maylis de Kerangal, Simon Limbres regresa con sus amigos de practicar surf, la pasión que siente por este deporte lo ha llevado a convertirse en un buscador, es un “cazador” de olas que aguarda el momento en el que las condiciones meteorológicas hagan surgir a la presa de las entrañas del océano. Puede ser en Australia, en Nueva Zelanda, o en cualquier otra costa, puede ser incluso cuando duerme, Simon está siempre al acecho.
El vehículo en el que viaja con sus amigos sufre un accidente, y entonces, muere el cerebro de Simon, pero su  corazón sigue latiendo. Tiene 19 años.

A Thomas Rémige le gusta cantar y siente debilidad por el canto de los jilgueros. Cuando recibe la llamada, lo que escucha del director del hospital al otro lado de la línea, hace que su reloj interno comience a funcionar. Instantes después, con casco, botas y la cazadora cerrada, Thomas sube a la moto y arranca en dirección al hospital. Sabe que cada minuto cuenta, que a partir de esa llamada que acaba de recibir puede ser posible REPARAR A LOS VIVOS, de él depende.

La novela cuenta la historia del accidente de Simon volviendo de surfear, es también el dolor de sus padres por la muerte del hijo y sus dudas por la donación de los órganos, y es también otras muchas historias. Thomas sabe que para REPARAR A LOS VIVOS hace falta con qué. El tiempo apremia, busca con preguntas hacer reflexionar a los padres del chico inmersos en el dolor, necesita convencerlos, proyecta los silencios cuando son necesarios, y espera. Thomas, de alguna manera acecha la respuesta que permita obtener el consentimiento para que el corazón de Simon pueda seguir viviendo en otra persona. Y aunque suene duro, Thomas también a su manera es un buscador, Thomas se convierte a partir de aquella llamada telefónica en un “cazador” de órganos para REPARAR A LOS VIVOS.

Redactada con un ritmo muy particular que va in crescendo, la novela no se detiene, no puede detenerse, y no hay tiempo para ello. En las veinticuatro horas en las que transcurren los hechos, la intensidad de las situaciones que se narran, los diálogos y los silencios, laten, y seguirán latiendo aún después de la última página.

jueves, 26 de marzo de 2015

REALIDAD o FICCIÓN

2 de Abril del año 2008, en el diario La Capital de Rosario salía esta nota: “Una carta que llegó 25 años después”, y surgía también el germen de las CRÓNICAS.


Seis años después y luego de mucho andar, de emociones encontradas y esfuerzo, serían editadas en Diciembre del 2014 por La Letra EME.
La realidad y la ficción en la página 11 del libro, dejan de diferenciarse.

<< Cristina eligió una caja y la llenó de chocolates. Además colocó unos guantes y un echarpe que había comprado hacía unos días. Luego escribió la carta.
La voz del hombre que surgía de la radio la embargó.
Adónde alcanzar la caja, pensaba Cristina, mientras escribía.
Salió a la calle. La agitación del barrio parecía surgir
como la misma luz del día.
El conflicto con los ingleses se había instalado en la ciudad.
Por suerte –pensaba Cristina– mis hijos son chicos y con tristeza miró hacia la casa de enfrente.
Caminó hasta la esquina con un extraño presentimiento.
En la avenida el tránsito avanzaba muy despacio. Las banderas y las manos se agitaban.
Pensó en las hojas de otoño a punto de caer.
Una formación de camiones del ejército y varios colectivos de larga distancia circulaban a paso de hombre.
Los soldados se asomaban por las ventanillas. Son más jóvenes de lo que pensé, se dijo Cristina. Avanzaba.
Las manos, los brazos, y las caras de los soldados recibían cosas. Caricias. Recibían afecto sin comprender. Qué importaba.
Volvió casi corriendo y recogió la caja que entregó a uno de los camiones.
Pensó que la mejor recompensa por ese acto era justamente eso, haberlo hecho.

“Tengo tres hijos varones de nueve, siete y cuatro años, pero me imagino y me pongo en el lugar de las madres que, de este lado del océano, tienen la incertidumbre de la espera. Por eso, en nombre de todas, les hago llegar este sentimiento. Suerte y fe. Una madre santafesina”.

Que llegue, anheló la mujer. Que llegue, pensó y volvió a su casa. La esquela en un sobre, y en medio de los demás objetos: comida, chocolates y algún abrigo, llegó. >>

jueves, 12 de marzo de 2015

INFARTO


Cuando abre los ojos algo diferente a cuando se despierta ocurre. Cuando él abre los ojos, la oscuridad es distinta. Mariana lo mira entre las tinieblas de la pieza. Había gritado y luego se revolvió entre las sábanas. En el giro arrastró parte de la colcha y de la sábana que cubría ambos cuerpos, uno de ellos a punto de morir.  Agua por favor. No pudo decir otra cosa. Incluso cuando ella le contestó y le hizo una pregunta, no comprendió las palabras.

La vida era linda. Una frase sencilla. Un pensamiento honesto. El pasado que había utilizado lo alejó del dolor en el pecho. Masajeame acá, le dijo a Mariana. Me duele el pecho agregó para darle una referencia concreta. Ahora sí, ahora podía imaginar el pánico en los ojos, en las cejas, en los labios de Mariana. Conocía esos gestos en ella. El aire, aunque Mariana aún no había hecho nada, le llegaba un poco mejor. Después de todo , todavía podía seguir respirando. Lo hacía despacio, con sumo cuidado, era como estar llevando con las manos las copas que usaban para brindar en ocasiones especiales, esas de boca ancha y generosa, pero que de tan grandes muy expuestas a romperse. Así respiraba, llevando copas de cristal con cuidado.

Mariana había estirado el brazo izquierdo tanteándolo en la oscuridad, le llamó la atención que no había prendido la luz del velador a su lado. Sentía como la mano de Mariana intentaba reconocer dónde estaba él, donde su pecho. La mano andaba por la cama llena de interrogantes, un poco perdida. Había comenzado por tantear en el exterior la colcha, pero ya andaba sumergida entre las sábanas arrugadas. Dio un respingo cuando los dedos fríos de Mariana le tocaron el costado y fueron un poco más allá hundiéndose en la grasa de su cintura.

Una lágrima brotó de la punzada que sintió, pensó que así sería el pre infarto. Se quedó muy pero muy quieto, hasta la mano de Mariana detuvo su peregrinaje al sentir que el cuerpo de él se ponía rígido. Ninguno se animó a decir nada. Estiró su brazo derecho hasta tocar la almohada y la dobló un poco en el extremo para que la cabeza estuviera más arriba que el resto del cuerpo. Le pareció que así le iba mejor. Mariana seguía quieta y callada. Por unos momentos el dolor en el pecho, como asimismo la rigidez que el cuerpo había adquirido, comenzaron a remitir. El entusiasmo lo llevó a inspirar profundamente y la llaga que se había comenzado a formar en el corazón creció uno o dos milésimas mientras seguía babeando sangre.

El dolor llegó como un rugido y el ahogo atrapaba su garganta. Aguardó lo que le pareció un par de minutos mientras pensaba en el almuerzo sin darse cuenta que el hambre lo estaba capturando. Qué extraño ese vacío que surgía ahora en el centro mismo de su organismo. Había cenado milanesa a la napolitana y papas fritas. Vino tinto. El flan casero con dulce de leche que Mariana había hecho por la tarde había sido un manjar. Cómo podía estar muriéndose y pensar en estas cosas.

Mariana encendió la luz y entonces tuvo que cerrar los ojos. Ella  preguntó si se encontraba bien. Se podía realizar una pregunta tan estúpida. Las palabras que quería decir nadaban en su pensamiento, pero no llegaban a vibrar entre sus cuerdas vocales. La lengua se secaba, la frente y las mejillas ardían, la nuca hacía agua en la almohada. Quiso mover las piernas pero no fue suficiente con querer, no solo no pudo, sino que tampoco las sentía. Alargó la mano derecha y la fue deslizando hacia abajo lentamente. Tocó su cuerpo a la altura de la cadera, los dedos se entretuvieron ahí un momento. Mariana esperaba, él sabía que ella esperaba que dijera algo pero qué podía decir. El pensamiento funcionaba bastante bien dada las circunstancias. Afuera se escuchaban los pájaros y el amanecer anticipaba un día primaveral. 

sábado, 21 de febrero de 2015

UNA IDEA ESQUIVA



Ahí estaba otra vez. Había almorzado, tenía sueño pero se había propuesto escribir sobre aquella idea que había soñado. ¿Había soñado realmente eso? Dudaba. Pero no había nada de raro en ello. Los sueños eran momentos sin testigos. ¿Color? Se olvidaba de recordar apenas se despertaba si lo que había estado soñando había sido en colores. Creería que sí. Se sentó, estiró el cuerpo y los pies rozaron algo que no se molestó en saber que era. Cerró los ojos. Con la nuca apoyada en el respaldo de la silla, y la cola en el borde de la sentadera,  disfrutó del momento, luego se durmió. Estaba acalorado y feliz. No supo cuándo ni porqué pero estaba en el mar. Escuchaba el oleaje detrás de las dunas y corría una brisa. No sabía la hora pero tenía hambre, así que por el sol que estaba vertical y las ganas de comer dedujo que sería mediodía. Estaba solo. No, no lo estaba. Las sandalias y el pareo se encontraban a un lado de sus ojotas. Pestañeó con fuerza en el sueño, y se removieron las órbitas oculares en la realidad pero siguió durmiendo. La vida era un poco eso. Dormir y no. Soñar y no. Reír y no. Dudar y no. ¿Quién no dudaba? ¿Quién no reía? ¿Quién no soñaba? De la parte superior del médano surgió la silueta de una persona. La figura, que por la amplia curva que nacía encima de la cintura y recorría la cadera, dedujo era una mujer, estaba a contraluz y por eso él la veía solo por su exquisito perímetro. El viento le agitó la cabellera. Tenía pelo largo. La mujer de pie en la parte superior del médano se mantuvo estática. Una intensa luminosidad rodeaba su cabeza y acentuaba el deseo de descubrirle el rostro. Cuando él más se empecinaba en intentar descubrirlo, la luz, tanta luz, paradójicamente lo oscurecía.

-       ¿No vas a venir a bañarte?
No dijo nada porque la sorpresa de que ella le hablara lo enmudeció. ¡Ella estaba ahí y hablaba! No parecía real si no fuera porque el viento le daba vida a la cabellera. Sintió la garganta demasiado seca. Se sentía vulnerable.

-       ¿Te pasa algo?, dijo la voz. Una voz suave y muy clara. Una voz seductora que le removió recuerdos en el cerebro. Siguió callado.
En realidad algo quería decir pero un impulso que no sabía de donde provenía le obligaba a mirar y a no hablar. Solo mirar. La chica o la mujer, debería ser una mujer, la voz y la silueta no eran de una chica, pateó con el pie derecho un montón de arena que como una lluvia seca y áspera le cayó encima, parte en el cuerpo y parte en la cara. Los granos de arena se le diseminaron por todo el pelo. Ella rió.

-       ¿Decidiste que ibas a hacer con eso que me comentaste?
Ella parecía intentar una estrategia diferente dado su silencio. ¿Qué le había comentado? ¿Cuándo? Había algo extraño, y era que en las preguntas de ella faltaba un pasado. Su pasado, el de él. El presente de este sueño estaba ocurriendo, pero había comenzado después del inicio.

-       Haceme espacio, le dijo empujándolo suavemente y sentándose a su lado. Luego ella, dándose la vuelta se recostó en la lona.
La mujer era indudablemente real, al menos en el sueño lo era, no tenía que olvidarse que se trataba de un sueño, sino podría llegar a pensar en algo, una relación, una amistad, quizás un amor con ella y después le pasaría lo de otras veces. Ella lo dejaría, y en el mejor de los casos lo convencería que no era la persona que le convenía, llenaría la conversación de gestos y de hechos que justificaran que lo estaba dejando, aunque también podría darse el caso que no. Que lo abandonara de un día para otro sin avisarle, que lo dejara plantado esperándola en el café en el que habían quedado verse, si tenía suerte podía llegar a llamarlo por teléfono, o a lo sumo enviarle un mensaje de texto, algo breve como: “No voy. Lo lamento.”, y él tendría que aferrarse a esa palabra. Necesitado de creer que ella lo estaría lamentando, y que tal vez se encontraría en otro café, muy lejos o muy cerca del café en el que él estaba, que tendría una mirada melancólica, quizás incluso mientras le escribía ese mensaje, alguna lágrima se deslizaría por el borde del ojo corriendo algo del rimmel celeste que ella solía usar. Sí, era mejor así, pensar en esa palabra que en la mujer haciendo algo, o lo que podía ser peor engañándolo.

-       Tengo hambre, dijo ella.
Escuchó las palabras como una invitación a mirarla pero no lo hizo, temía que cuando se volteara y la viera, ahora que no le daba el sol en la espalda, se encontrara con una cara que no reconociera, o una cara que nada tuviera que ver con la voz, es decir, un rostro distinto al que él ya se había formado. En ese momento el estómago le hizo ruido.
-       Dale, no ves que vos también tenés hambre, ¿Vamos a comer una paty acá nomás?
Apretó los labios como si con ello pudiera evitar el próximo ruido que surgiera de sus entrañas. ¿Quién era ella? ¿Dónde estaba? ¿Dónde estaban? Se sentó todavía sin mirarla y cuando apoyó su mano en la lona la tocó. La mujer pareció vibrar cuando la rozó, tenía la piel suave y caliente. Una llamarada de deseo se instaló en el cuerpo.

-       Andá querido, dale, comprame una paty con queso, dijo sin moverse.
Se puso de pie y no pudo evitar mirarla. Sobre la lona de colorido estampado que parecían flores pero que no lo eran, el cuerpo de la mujer ondulaba dentro de dos piezas pequeñas azules que intentaban cubrirla. Acercó una mano a la espalda de la mujer, sus dedos casi llegaban a tocar las luminosas pecas que le recorrían la espalda. Ella volteó. Él despertó.

Entre las plantas del patio las chicharras ululaban. Desde la calle llegó el voceo familiar de un megáfono, una camioneta vieja compraba cosas en desuso por los barrios. El ruido de botellas chocando y la radio del vecino acallaron por unos momentos el frenesí de los insectos. Se miró las manos. Movió los dedos. Cerró y abrió los puños. Había almorzado, tenía sueño pero se había propuesto escribir sobre aquella idea que había soñado. ¿Había soñado realmente eso?

miércoles, 4 de febrero de 2015

EL SONIDO DEL CAMPO


Sos bebé y te comienzan a leer esos libros plásticos que se pueden mojar cuando te bañan, y que te gusta mordisquear porque todo te llevás a la boca y quizás ya estás cortando encías. En ellos está la vaca, también la oveja, la gallina, y el caballo. Puede que además aparezcan los conejos y los patos. Yo nunca vi en los campos que visité ningún pato en el gallinero, que por eso se llama gallinero, sino se llamaría patero.
Patero era el vino que le gustaba a mi abuelo, el papá de mi papá, que no pude conocer porque se murió antes de que yo naciera. En las fotos del abuelo Alberto las que sí están son mis hermanas.
En el colegio te enseñan cuáles son los animales que hay en el campo y que se siembra. Somos un país agropecuario. Eso dice nuestra historia y los manuales de geografía. El mejor trigo y la mejor carne de exportación. Aunque ahora se siembre cada vez menos trigo, y se coman cada vez más las milanesas de soja.
Un buen día vas de visita al campo de tu abuelo, vivís en la ciudad, creciste en la ciudad. Alrededor tuyo todos se llenan la boca con elogios. Grandes extensiones verdes de sembrados, dicen. Trigos que se ondulan con el viento, cuentan. Girasoles y maizales gigantes, agregan. La ciudad con los edificios de pronto te parecen pequeños y las calles pavimentadas muy grises.
Te preguntan si querés quedarte unos días con tus abuelos. Estás de vacaciones, tus amigos se han ido de la ciudad y, aunque no conocés mucho de la vida de campo, decís que posiblemente te quedarías, preparás tu mochila, y estás nervioso. Ya están cerca del campo de tus abuelos, van cinco horas de viaje. Es verano. En el último tramo de tierra, el coche vibra y parece que se va a desarmar por las piedras sueltas que hay en el camino. Al mirar para atrás ves una enorme polvareda que levanta el coche a su paso. Nadie anda por esos caminos. Después de unos minutos, aparece una vieja camioneta Ford con la pintura oxidada. El hombre que la maneja levanta una mano y te dicen que es costumbre por acá saludar así. Dentro del auto flotan motitas de polvo que brillan cuando el sol les da, eso te gusta, aunque tenés la boca y la garganta secas y cuesta respirar. Entran al campo de tu abuelo, dice: “El Labrador” encima del arco de la entrada y cuando bajan la ventanilla un aire fresco renueva el aire frío y acondicionado que llevan dentro del auto, pero además entran con el aire fresco los sonidos del campo. El coche ahora va mucho más despacio como si todos se hubieran puesto de acuerdo en bajar la velocidad, y se oyen los pájaros, eso es lo primero que oís, luego, aunque todavía no podés verlas, se escuchan las vacas y el relincho de un caballo, y vos sentís algo que no podés explicarte, que va ocupando tu cuerpo, que va invadiendo tu pecho.
Finalmente estacionan debajo de unos robles en el camino que llega a la casa, ves venir a dos perros que ladran, y detrás de los perros se acerca un hombre que camina despacio y lleva los hombros hacia adelante. Es tu abuelo que se queda al lado del volante y que sonríe. Lleva las manos en los bolsillos, una gorra verde que dice “Cargill”, y tiene la camisa un poco salida del pantalón manchada a un costado con tierra. Por alguna razón, quizás sea por los perros, te quedás sentado dentro del auto hasta que él, tu abuelo, viene a buscarte. Abre la puerta y aunque vos creés que va a decirte algo porque no te bajaste, no lo hace y en lugar de eso te da un pellizcón en el cachete. Los perros mueven la cola y husmean tus piernas, andan alrededor de Uds. inquietos, esperando alguna mano que les haga una caricia. Cuando se acaban los saludos y las primeras palabras, se reparten los bolsos y van hacia la casa.

Tenés que atarte las zapatillas y por eso te demorás un poco más, los perros los siguen a ellos y a tu alrededor algo avanza y te engulle. Los robles, la tierra negra, el viento, todo se escucha y todo te rodea. Es una sensación que hasta ahora era desconocida y sentís que te vas alejando de la ciudad. Es lindo sentirse así. Pensás entonces que ese es el sonido del campo, y sabés que vas a quedarte. 

domingo, 11 de enero de 2015

DETALLES EN LA VEREDA

"En la página 101 leo: "La ambulancia llega enseguida.", y no puedo seguir.Cuando empiezo a escribir, sé que en un rato voy a pasar por Haedo, que voy a intentar acercarme a la casa donde vivió Herminia. Hoy hace mucho calor en Buenos Aires, cuántas veces me transpiré desde que salí en la mañana temprano, dos, tres, ¿cuatro? 

Hacía un calor pastoso cuando bajé en la estación de Haedo, fuí hasta el cruce a nivel y por Fasola me dirigí hacia el barrio de tía Herminia. Camino por barrios de casas bajas y avanzo haciendo zigzag por las calles, atravieso la placita de Rubens y Defensa que tiene un recuerdo especial para mí, por momentos camino por las veredas, por momentos voy por la calle. El sol está vertical y escasean las sombras, el verano está en su apogeo y pocos coches circulan. La gente no anda por la calle a estas horas. Antes de cruzar Gaona me llama la atención la cantidad de casillas de vigilancia que encuentro, cuento no menos de cinco. En la cuadra donde vivía Herminia hay una en cada esquina y no puedo evitar recordar que en la novela se cuenta que quedaba la puerta abierta del único vecino que tenía teléfono. Me sorprende en esta parte de la ciudad la cantidad de dúplex construidos, aunque luego de cruzar Gaona algo pasa, o algo me pasa. El barrio parece cambiar un poco, quizás sean los árboles que yo encuentro más altos, o quizás sean algunas esquinas, las casas, o algunos negocios que yo veo más viejos y comienzo a fantasear en que quizás ya estaban cuando Herminia vivía. Llego a la calle Marcos Paz por Gelly Obes y sobre esta última veo el cartel de la Farmacia González. Sonrío con la decoración de unas baldosas en la vereda, un hombre sale de una casa, yo voy con el celular en la mano, y cuando me detengo para sacar una foto me siento en falta, me siento incómodo, tengo temor a que alguien esté espiando mi andar en este desierto de ciudad y de sol. Una señora viene en sentido contrario, no la miro, no me mira, quiero evitar incomodar. Saco otra foto a una pintada en un muro: “Aún tengo al sol para besar tu sombra”. En la última esquina el guarda de la casilla de vigilancia mira su celular, paso a su lado, y presto atención a la numeración, creo, quizás me equivoque que los números pares están a mi derecha, me confundo, así que cuando paso por el frente de la casa no la veo. Retorno sobre mis pasos y busco la casa, me ubico en el medio de la calle para verla bien, no vienen autos y el guarda sigue atento a su celular. La casa de Herminia es de un celeste viejo rematado con frisos blancos, las rejas son negras, me gusta, temía, tengo que ser sincero, que fuese un chalet o un dúplex, o tuviera en el jardín un león descansando o un angelito sobre una fuente. En la vereda un árbol inmenso - luego me daré cuenta que es el más alto de toda la cuadra -, caracolea con su tronco y la copa sobrepasa sin esfuerzo los cables de la luz en varios metros. Más adelante –cuando comienzo a volver- un sauce llorón me obliga a mirarlo y a fotografiarlo. En la esquina de Paraguay me detengo y miro hacia la casa, "A veces sueño con mi tía Herminia. Está en la puerta de casa... Aguarda hasta que llego a la esquina y me doy vuelta. Sonríe...", es el epígrafe de la novela, pienso que quizás estuve en esa esquina desde donde ves que ella te mira, es decir, en ese recuerdo, es decir, en ese sueño que soñabas y que quizás seguís soñando. Caminando me encuentro con el almacén de Paraguay y Chile, luego con el club Español, la plaza de Ameghino y Gelly Obes, todos lugares donde podés haber ido a comprar un kg de azúcar, donde tal vez pueden haberte besado, donde quizás hayas incluso bailado. De pronto otra vez Gaona, el semáforo detiene autos y colectivos, yo cruzo la avenida corriendo porque el semáforo libera el tránsito. Al llegar al otro lado de Gaona siento que salí de un cuento, siento que salí de tu cuento.

lunes, 22 de diciembre de 2014

LA CRÓNICA de la presentación de LAS CRÓNICAS

por Mariana Domínguez

En tramos, en tiempo...
es mi pensamiento predilecto cuando debo llegar a un sitio. El tramo es una suma de cortas y largas distancias, que puede tener un resultado interminable. Voy desde Coronel Díaz y Mansilla (donde trabajo) hasta la Biblioteca Nacional, creo estar cerca. Yo soy un punto cardinal que de inquieto se pierde solo, tal vez un día aprenda a conocer Buenos Aires, quién sabe, vivir en Capital no es ser porteña precisamente, aunque una lo termina pareciendo bastante, sobre todo cuando siente la avaricia del tiempo en esas promesas que te restan palabras, o en esa carrera en donde apenas empatas. El 92 me deja cerca, dicen, pero no viene. El tránsito es enérgico, me pregunto cuanto demoraré en llegar, ya estoy prácticamente sobre la hora.
Exceso imaginario, ensayo pesimista donde visualizo lo que no quiero ver. Una sala de ventanas extrañas, completamente a oscuras y vacía; una gran mesa desolada junto a la silla corrida de Daniel Fuster. Tal vez alguna cara que de lejos creo conocer, pero que más da, ya se marcha. Llego tarde. Supongo que diré que hice lo posible. Esta es una parte del tramo donde los nervios me acorralan, aunque sepa que son producto de algo que tal vez no ocurre.

Tomo un taxi. Así que me voy relajando, y regreso inevitablemente a un ayer de cotidianeidades, y luego a la semana, al momento en que agendé la presentación, y más atrás, cuando hablamos de ella, un día que encontré a Daniel en Rivadavia al 6500, y en un salto a una tarde de taller literario en que leímos uno de sus cuentos. Ahora recuerdo el bar de Ituzaingó, dos años atrás, junto a mis compañeros de la revista Faro Literario, la entrevista a Daniel. Ahí mismo un café, y Cortázar, y poesía, y tramos de un escritor de intenciones simples, que esperaba ser atravesado por lo que leía. Ese día comprendí que yo necesitaba lo mismo. Al preguntar por lo próximo a publicar, Fuster destapó a este "Soldado sin guerra", en hojas sueltas y largas dentro de un folio. Un soldado que aunque hacía rato estaba en camino, aún no llegaba a ningún sitio. Luego una foto, y otro café. Puse el folio con un sueño ajeno en mi cartera, y en los días siguientes leí hasta los márgenes.

Ya estoy en la Biblioteca Nacional, nada es lo que temí. La sala es perfecta, hasta las luces escuchan fragmentos de "1982 Crónicas de un soldado sin guerra". Cientos de Mafaldas miran y se conmueven con esas líneas que enredan el sonido inmejorable de una flauta traversa, haciéndote creer por un momento que estas viendo una película. A un costado, sobre otra mesa, una pila negra de "Crónicas" se distingue exquisitamente de todo lo demás, aunque nos raspe en la memoria. 
Ahora es un tramo distinto, el de la fila para un autógrafo. Somos muchos los que deseamos registrar el hecho de haber llegado hasta aquí... Daniel se apega y se desprende, mientras derrama la gentileza de sus circunstancias, y todos parecemos recoger cada palabra, como si nos despidiéramos de varios amigos a la vez. Ya habrá otro café, otra tarde de títulos y de historias.

El último tramo me devuelve a casa. Será un camino más largo, pienso, pero no importa. En la portada, la imagen blanca de unas botas de soldado me impacta. Un extraño y bien logrado efecto les da movimiento, parece que realmente dieran un paso, pero soy yo también la que me muevo.

Recuerdo otra vez esas páginas sueltas dentro del folio,  y sigo pensando en eso,  en tramos, en tiempo…

¡Gracias Mariana!
Daniel Fuster



domingo, 7 de diciembre de 2014

Mi forma de ver EL DÍA DESPUÉS


Uno no logra luego de tantas emociones volver a la vida cotidiana sin algo de esfuerzo. Mientras escribo, es 7 de diciembre, y han pasado ya cinco días de la presentación de las CRÓNICAS en la Biblioteca Nacional, sin embargo aún estoy flotando en una bruma de palabras, de luces y de sonidos que surgen de la flauta de Tomás, que me devuelven una y otra vez al martes pasado, a tanto afecto, a las palabras conmovidas de Laura Massolo y a las reflexiones increíbles y plenas de sensibilidad literaria de Silvia Hopenhayn.

Me levanté temprano como todos los días, con la férrea voluntad de releer el libro de las CRÓNICAS porque, imaginé con algún pánico a muchas personas hojeándolo y leyéndolo. Es que no hay otra forma de sufrir dulcemente esta fiesta que significa escribir y publicar, es el pánico “saludable” de que te “miren“ la intimidad. Yo también soy esto querés decir, o querés gritar. Entonces ocurre que, cuando retomo la lectura propia y ya editada!, me doy cuenta de la imposibilidad de corregirla porque el libro está en tus manos, advierto además que no puedo hablar en “defensa propia”, como ocurre cuando un texto es todavía un borrador y se comparte entre compañeros y tan grave no es (aunque muchas veces sí lo es), porque ya el lector está en algún lugar alejado de vos, a pocos km o a muchos km como es el caso de mi vieja en Bahía Blanca, que puede en cualquier momento levantar el teléfono y preguntarme: “¿Dani, esto que dice el capítulo tal o cual, te pasó en serio?… y qué bueno que esto sea así, pero qué terrible que también lo sea. 
La inquietud vuelve renovada, cuando te das cuenta que el lector tiene tu email en la solapa del libro o te conoce, o tiene tu celular porque es tu amigo, o quiere hablar con vos y te llama y cuando lo hace comienza a decirte que leyó tu libro y vos -él no te ve- comenzaste a ovillarte sobre tu propio cuerpo, en el lugar donde estás aguardando el  “golpe” de las palabras que te va a decir y que en general son buenas y te elogian, pero también te intimidan. 
Te podés cruzar al lector en el trabajo cualquier día, que te pregunta porqué escribiste apreta si se escribe  aprieta o viceversa, o tenés programado  alguna actividad compartida con alguien que sabe que publicaste, y que vos sabés que el compró el libro pero no si lo ha comenzado a leer, porque no te dice nada y entonces, pensás que te puede decir algo y te ponés alerta, y como él no dice nada también pensás, porque  tu cabeza se parece a una locomotora que perdió los frenos, pensás que por ahí no dice nada porque no le gusta lo que escribiste (parte de la botella vacía), o podés pensar que no te dice nada porque está tan contento y emocionado por lo que escribiste que no sabe como expresarlo (parte de la botella llena).
Y así transcurren tus horas y tus días, leyendo, pensando, escribiendo, sonriendo, llorando, trabajando, viajando en tren, en colectivo, en coche, inquieto y feliz, porque pusiste tu cara, y también pusiste tu cuerpo, pero por sobre todo, estás de pie.
Porque en definitiva pusiste la otra mejilla y eso sí que importa.



viernes, 7 de noviembre de 2014

DÍA 3 - CRÓNICAS de un soldado sin guerra - 1982


Me llevo bien con casi todo el grupo pero no logro intimar con nadie. El turco Chacur anda por ahí como una laucha asustada, es que es tan flaco que no le cuesta casi nada el susto, le sale muy natural. Casi no vemos civiles. Anoche dormí muy mal, y soñé que nunca podría volver a Bahía Blanca, me encontraba en algún lugar de la Patagonia, y seguía siendo soldado, al menos vestía como soldado, lo raro era la casa y las personas que me rodeaban, ellas eran civiles normales, escribir civil me produjo confusión.

Me deprimo cuando llega la tarde, todo se acelera y hay una urgencia implícita que nos hace poner en movimiento como si formáramos parte de un mecanismo. El dónde dormir, dónde vamos a comer, cuándo y cuánto comeremos, cómo ir al baño. La cabeza de cada uno no deja de pensar en estas cuestiones, y el cuerpo acusa los pensamientos, entonces ocurre que de pronto estamos mirándonos entre nosotros, sin decir nada, más cuando uno dice por ejemplo: voy a baño, los demás hacemos causa común y todos vamos al baño. Y así con el resto. Creo que este tipo de reacciones tienen mucho que ver con no querer perder de vista a quiénes conocemos, aunque los conozcamos muy poco. En un naufragio deben ocurrir estas cosas. Una tabla a la deriva es muy buena compañía, incluso, puede ser la salvación. En definitiva es no perder de vista que podemos de un momento para otro recuperar la soledad.

viernes, 17 de octubre de 2014

PORQUÉ NO COMÉS ME DECÍA LA VIEJA

Porqué no comés me decía la vieja. En lugar de contestarle miraba la mesada, y hacia donde terminaba la cocina. Ahí la alacena que colgaba de la pared tenía un esquinero, debajo de éste y detrás de la licuadora, que hacía tiempo no se usaba, estaba el paquete de la yerba y la horma de queso, que yo había comenzado a comer con pan y unos mates a la mañana temprano, y había seguido picando a escondidas durante toda la mañana. Qué iba a comer si el regusto al pategrás en la boca no se había ido y el paladar se mantenía pastoso, mientras la panza se encontraba tirante y satisfecha. Entonces me sentaba a la mesa y miraba el plato que mamá me había servido con ñoquis, agarraba el tenedor, separaba algunos que aislaba del resto, jugaba un poco con tres o cuatro de ellos, pinchaba uno y me lo llevaba a la boca. Todo esto ocurría bajo la mirada de mamá, porque ella no comía, o no solía comer luego de servirme. Era una costumbre que yo le conocía bien cuando en los almuerzos o en las cenas le servía a mi viejo. Ella ponía la mesa, traía las fuentes y la bebida, luego el pan y las servilletas que su mamá había bordado, y le servía primero a papá y luego a mí, luego nos miraba. Dedicaba su atención a nuestros gestos manteniendo silencio, quizás anduviera buscando en nuestras caras los momentos en los que reflejáramos algún rastro de que nos gustaba la comida, un agradecimiento, el qué bueno está, el pedir un poco más, un guiño, que papá rara vez hacía y yo, aunque percibía su espera, no me animaba a realizar, aguardando que, el hombre de la casa, mi padre, hiciera o dijera algo, porque era lo que correspondía, aunque algunas veces lo que correspondía no fuera lo que era.


Ahora, su atención desde que Alberto  había muerto, era toda para mí. El queso, decía mamá, no le pusiste queso de rayar. Entonces, se levantaba, iba hasta la heladera, y traía el sobre plástico con el queso rayado que casi siempre estaba abierto, y algunas veces se encontraba vacío, porque yo, que era el único desde que papá murió que comía queso en la casa, me daba fiaca tirarlo y, como con el agua del botellón, ocurría que se vaciaba, pero no hacía el recambio de éste o proveía el sobre plástico nuevo, hasta que como en estos casos en que, mamá se ponía de pie y volvía desde la heladera y me decía Ricardito casi no hay, me daba pena, entonces le decía que luego, que en la tardecita iría al almacén y ella, entonces se sentaba un poco conforme y otro poco insatisfecha porque, los ñoquis ya se habían enfriado, y no había queso de rayar suficiente para que yo les pusiera. 

martes, 30 de septiembre de 2014

DÍA 2 - CRÓNICAS de un soldado sin guerra - 1982

Con mucha satisfacción anticipo la edición del libro para el mes de Diciembre de este año, acá la tapa y solapa, y párrafos del mismo.


DÍA 2

Cada vez somos más y más, y las filas se alargan de manera alarmante: para ir al baño, para tomar el rancho, para almorzar o para merendar, vivorean nuestros cuerpos aguardando su turno, no hay ganas, muchas veces no las hay, pero qué alternativa puede haber, cuestiones que nunca valoré, como ser, una ropa limpia y planchada, un desayuno a mano y sin espera, una pausa en el despertar o al acostarse, gritan en estas filas su ausencia de ser inacabables. Me pregunto qué estarán haciendo en casa, son las dos de la tarde y es jueves, si estuviera en Bahía Blanca seguramente estaría yendo a la universidad, andaría en estos momentos caminando por la avda. Alem, mirando chicas, no estaría preocupado por tener que anticiparme a una multitud –todos intentando anticiparnos a nosotros mismos– para llegar a tomar el rancho; así es hoy en una ciudad desconocida, con gente nueva y extraña, con calles diferentes, sin alegría. Hacemos las cosas con precaución, y más que hacerlas con cuidado, en realidad las hacemos con un temor que se palpa y es que no queremos llamar la atención, que de nuestros superiores surja un nombre, nuestro nombre. El cabo primero Costas es un tipo que se hace el amistoso –no confío en él–, el subteniente De María quiere parecer serio, pero su edad, muy próxima a la nuestra, lo desautoriza por más que tenga voz grave y nos grite, y cuando lo hace se eleve y balancee con los pies, aunque no sonría, su cara lampiña, sus ojitos claros, sus orejas rosadas nos inspiran gracia, no subordinación.

viernes, 12 de septiembre de 2014

TOMAR LA CURVA

Esa era la libertad. Tomar la curva. Que el coche pareciera andar sobre dos ruedas. Que la fuerza centrífuga nos escupiera hacia afuera. Vos, yo, y el coche lanzados. Esos momentos llenaban la vida de felicidad.

El señor dijo a la cámara de televisión: “De acá no vamos a irnos hasta que no se investigue a fondo y aparezca el culpable.”
El guardrail de la autopista nos acompañaba, se sumaba a nuestra euforia. Cuando el coche salió de aquella curva y tomó la recta, te pregunté que querías hacer, adónde querías que fuéramos. Mirabas al frente. El sol ya había salido y los dorados reflejos de tus cabellos festejaban. Dijiste algo. Era una palabra extraña que parecía tener música propia, luego giraste un poco el torso y me miraste. Fue en ese momento que sonreíste. En tu mirada de agua había amor.
Entramos en la huella marcada del asfalto y el Fiat pareció sisear un poco. Prendiste la radio. Mariana había dejado sintonizada  la 102.3, escuchamos un poco de la música que pasaban. Mientras viajábamos hacia el oeste por la autopista, pensé que todos estarían ya en la oficina. El sol rebotó en el espejo retrovisor y me cegó. Un coche azul pasó a nuestro lado.
La señora había dicho que el patrullero no se detuvo. La mujer ya estaba herida y el policía siguió de largo. Hablaba indignada. La gente que se había acercado miraba hacia la cámara.

El velocímetro marcó ciento veinte. Contagiado por el sol que estaba saliendo aceleré, el nuevo tramo que era casi recto daba valor. Te pregunté que habías dicho, pero balbuceaste otra cosa. Estabas linda, el cabello rubio caía por  encima de tus hombros, y eso que lo habías cortado hacía muy poco. Cómo me queda preguntaste con picardía cuando volviste de cortártelo. Yo, que estaba leyendo una biografía de Cortázar para el taller de los viernes, cuando te miré, se me ocurrió que siempre te querría.
La imagen de la chica en la fotografía con el buzo violeta y,  el pelo atado en una cola mientras sonreía apareció como una propaganda  al costado de la ruta. Treinta años, pensó.
Mariana había cocinado pastel de carne, y él tuvo que repetir. Le salía tan rico.
Por hacer algo subió el volumen de la radio. El micro de noticias interrumpió la música. Anunciaban vientos con fuertes ráfagas y temperaturas muy bajas para mañana. El tránsito en los accesos a la capital era lento. En General Paz a la altura de Constituyentes había un accidente. La línea A de subterráneos operaba con demoras. Lo de siempre, dijiste.
Una idea cobró forma en su mente. Cuando salió, Mariana dormía. No había querido despertarla. Después te llamo, decía la nota que le había dejado debajo del mate.
Por fin otra curva. ¡Esta era mejor que la otra! Sintió la velocidad que traía apenas entrar en ella, volvió a acelerar y las ruedas chirriaron. Pudo ver que el guardrail tenía algunas marcas de pintura y distintas abolladuras. La intimidad con los detalles del acero, y los postes de la luz que parecían pestañear en el paisaje, lo hicieron creer en un presagio. Se distrajo.
Recordó aquella palabra que ella había casi arrojado al interior del auto, es que parecía tener vida propia y se movía recorriendo su mente. Era como la música. Al final, decidimos ir a algún pueblo cualquiera. Llegar, recorrerlo, caminar. Era temprano, teníamos todo el día por delante.
El viento no dejó de soplar en toda la noche, y todavía soplaba. Cuando había abierto  la puerta para  que entrara el perro, pudo sentir algo diferente en el aire. El colgante que Mariana había comprado, sonaba y sonaba con las ráfagas del viento. Una melodía disonante le llegaba despareja al cerebro. Dentro de la casa, el aire frío circulaba a su antojo. Molestaba. No había forma de protegerse de aquellas gélidas caricias.
Claudia Burgos. Así se llamaba la mujer. “La bala perdida, no correspondía a los delincuentes”, decía el titular de Crónica TV.
El día estaba hermoso. Mirar el horizonte verde y amplio le producía algo en el pecho. Era como tomar una curva. Cierta algarabía de chico con un juguete nuevo lo invadió. Bajó el vidrio un poco para calmar una necesidad que el cuerpo le estaba exigiendo. El viento entró furioso y dispersó por el interior del auto el sonido de la radio, los papeles que estaban en la luneta se agitaron y vibraron en su lugar unos momentos hasta que volvió a subir el vidrio. Antes aspiró profundamente. Luego, sonrió.
“Queremos saber. Exigimos conocer de dónde, de qué arma salió la bala que mató a esa mujer”, eso decía el hombre a la cámara de televisión.
El celular cobró vida de pronto. Era Mariana. Él miró la pantalla, no quería atenderla y no atendió. El prip final le avisaba que le había dejado un mensaje de voz. Alzó el celular y a la vez miró la ruta. El cartel decía que faltaban veinte kilómetros todavía. Venía una curva, así que dejó el aparato y agarró el volante con ambas manos. Cuando advirtió que apretaba el volante y las mandíbulas con demasiada energía, decidió parar en la próxima estación de servicio.
Algunos curiosos parecían no entender de qué se trataba la aglomeración de gente y la presencia de las cámaras de televisión. Otros asentían con el gesto ceñudo acompañando los reclamos de una señora que hablaba casi a los gritos.
En la casa Mariana que había terminado de hacer la cama desayunaba con la televisión encendida. Siempre le pasaba que cuando Roberto salía sin despedirse, ella andaba un poco perdida. Además, no había atendido el celular. Anoche, todo estaba normal o ella había dicho algo que lo podía haber molestado. Pensó. Había cocinado el pastel de carne que le gustaba. Hablaron de los chicos. Le había dicho que su madre lo había llamado. Ella estaba bien. El reuma, la plata que no alcanza para nada, los días que se le hacían tan largos viviendo sola. Lo de siempre, nada de importancia le había dicho. Sería eso lo que lo había molestado. La forma. Roberto siempre hacía hincapié en la forma. En la importancia con que uno decía o no decía las cosas.
En la televisión, el canal 11 hablaba de la muerte de aquella mujer en la calle. Cambió al 12. También acá el periodista entrevistaba a un señor de saco y corbata, no alcanzaba a leer los subtítulos. Subió el volumen.
Mariana se puso los lentes para leer.  Al rato, aburrida de esperar, salió al patio. La jaula con los pájaros contra la medianera se venía abajo. Le iba a decir a Roberto cuando hablara con él que hiciera algo con eso. El perro había roto un par de macetas. Estaba harta. Iba a ser un día lindo. Volvió adentro de la casa con la idea de decirle a Sara que se encontraran en el shopping.

Estacionó al lado del coche azul que lo había rebasado. Era un Mercedes. Ella dormía. Antes de ir al baño pensó en pedir el cortado para que se lo vayan preparando. La chica que lo atendió le sugirió que por diez pesos más  podía pedir un tostado de jamón y queso. Dijo que bueno. Pagó. No entendía como eran estas promociones. Le costó orinar. El frío. Cuando Mariana le había preguntado si tenía problemas para orinar, se enojó. Encima,  agregó que a su edad era conveniente que se hiciera analizar la próstata. Le había gritado que qué se creía. ¡Que él era un viejo! Al subirse el cierre del pantalón la sensación de ganas de orinar no se había ido.
Una bala perdida había matado a Claudia Burgos en la puerta de un negocio de Morón.
Volvió a la ruta. No había nada tan maravilloso como sobrepasar a un coche cuando iba a mucha velocidad. Algo químico le ocurría a su cuerpo, eso pensaba Roberto. En esos momentos su mente poseída se creía invencible. Pero no debía ser un coche común o uno tuneado, la satisfacción provenía de vencer en la ruta a un cero kilómetro, y si además el coche era japonés o alemán tanto mejor. El Mercedes de la estación de servicio iba aumentando de tamaño en el espejo. Se acercaba.
Mariana lo tenía podrido con las recomendaciones. Salir juntos a la ruta era cada vez más difícil. El miedo y los nervios, o una mezcla de ellos la trastornaban y no podía dejar de darle consejos mientras manejaba. En algún caso llegaba a gritarle. Él la observaba por el rabillo del ojo, la veía tensa, la frente casi pegada al vidrio y en dirección a la ruta. No dormía nunca, y tampoco leía para distraerse.
Llevaba el Fiat por la mano rápida de la autopista de dos carriles. Quería ver que hacía el Mercedes. No iba a mover el coche de carril. Buscó un caramelo, cuando volvió a mirar por el espejo, el Mercedes apareció pegado al suyo y le hacía ansiosas señas de luces. Fue como si le tocaran el culo.
Íbamos con la radio a todo volumen y los vidrios abiertos, la avenida Rivadavia estaba vacía y hecha pedazos, el coche brincaba cada tanto como un caballo. El tren delantero iba a quedar destruido, no tenía plata para arreglarlo, tampoco le importó. Hacía bastante calor, volaban, tuvo ganas de gritar y gritó. Estabas callada, no obstante parecías contenta. No dije nada, el rodeo por debajo de la General Paz al entrar a la Capital nos mantuvo expectantes, cuando retomamos la Avenida hice caracolear el coche para despabilarte. El policía que estaba pasando el semáforo de Puan llegó a levantar la mano, sin embargo seguí de largo.
El Mercedes se abrió a la derecha y se puso a la par, vio que la ventanilla polarizada bajaba lentamente y un muchacho de unos veinte años lo miraba con suficiencia. Ni siquiera abrió la boca, el odio caía de sus ojos con superioridad.
Antes que dijeras nada habíamos pasado dos semáforos en rojo. Pará, pará!, gritaste. Yo me reía. Busqué una calle lateral tranquila y estacioné. Te me echaste encima. Creí que quizás me golpearías o insultarías para canalizar el susto, sin embargo, me abrazaste y besaste. Reí de alegría. Éramos parte de una locura.
El motor del Fiat rugía por la exigencia. Cuando las revoluciones llegaron a casi cinco mil, la carrocería comenzó a vibrar. El coche azul no obstante seguía alejándose y, parecía que nada podría hacer para evitarlo.
Metiste tu lengua gruesa, inquieta y generosa en mi boca. Después, te apartaste un poco y cuando me miraste otra vez, tus ojos brillaban. El miedo se había transformado en adrenalina. La adrenalina se había transformado en deseo. El deseo nos llevó a un hotel en el que por horas estuvimos haciendo el amor. Era muy tarde cuando salimos por última vez a la Avenida.
La estación de peaje que estaba antes de Luján nos reunió otra vez. El Mercedes se había estacionado antes de cruzarlo. Lo ignoré sabiendo que, esta vez, me seguiría.
Nos despedimos bajo las luces de mercurio. Cruzaste sin volver a mirarme y tuviste que correr un poco porque el semáforo había liberado los coches. El tren pasaba a mi derecha y alborotó con su andar los sonidos habituales de la hora. Te detuviste unos momentos en la vereda del Coto  y agitaste tu mano. Esa fue si se quiere, la última vez que sentí tu afecto.
Ya no volvimos a amarnos.
Había tres o cuatro carriles luego del peaje. La radio decía algo sobre la chica muerta. Por alguna razón que hoy no puedo explicar estaba emocionado. Quizás fuera el paisaje que reconocía en nuestras salidas, quizás la noche sin dormir, o lo que había estado soñando. La imagen de la ruta se distorsionaba por el agua que salía de los lagrimales. El coche azul se puso a la par, esta vez del lado izquierdo. Lo adelantó y lo desaceleró. Hizo esto un par de veces. Me desafiaba. El próximo puente ya se veía un par de kilómetros adelante. Esa era la largada. Sin embargo el coche iba tomando la curva amplia que iba a Campana.
El celular sonó. Era Mariana. Me decía que al mediodía iba a almorzar con una amiga. Que luego haría unas compras. Me preguntó donde estaba. Mentí.
La cantidad de carteles había llamado mi atención, sin embargo, hoy, todavía no logro explicarme claramente lo ocurrido. Siempre me había gustado esta ruta por lo amplia, por la sensación de libertad que surgía al manejar en ella. El pavimento estaba roto en varias partes. Se veía que lo estaban arreglando. Era temprano y muy pocos autos andaban. Comenzaron a aparecer en cantidad tambores pintados de blanco y naranja que nos hacían desviar. Enfrente, de la mano de la autopista que iba a Cañuelas no veía pasar a nadie. Vi como el Mercedes se perdía detrás de la loma al frente, que era larga y alta. Me llamó la atención que fuera por la derecha. Aún faltaban muchos metros para alcanzarla.

Pude acordarme por fin de esa palabra. Era musical. Lejaim dijiste aquella vez y luego, muchas veces más.  Se notaba que representaba mucho para vos. La decías con alegría pero también como si el solo hecho de pronunciarla fuera algo especial. Miré como dormías a mi lado. El cinturón de seguridad cruzaba al medio de tus pechos y tu cuerpo se había deslizado en el asiento. Las piernas juntas se doblaban a la derecha y la cabeza dorada se movía tontamente en las curvas apoyaba en el vidrio de tu puerta. Toqué tu hombro y lo sentí blando y querible. Todavía parecía posible sentirte así.
El camión blanco apareció en la parte superior de aquella loma. No sé porqué, pero alguna razón había que no llegaba a comprender,  te miré dormir y luego volví al camión que venía de frente. Algo en aquello que estaba ocurriendo no parecía lógico. Íbamos con el Fiat pegado al guardrail central de la autopista. Por unos momentos pensé qué haría el camión de este lado, cuando debería estar en el otro. Miré por el espejo retrovisor, detrás tampoco venían coches. El camión encima de la cresta de la loma era imponente. Lo vi hacer señales de luces y un sonido lejano que luego comprendí era la bocina, no lograba penetrar la comprensión de mis pensamientos. Por prudencia, bajé la velocidad aunque no fue suficiente. Cuando el camión nos alcanzó de lado al intentar esquivarnos, el velocímetro todavía marcaba casi cien kilómetros por hora.

El lado del acompañante donde ibas se abolló. El impacto te trajo muy cerca de mí. Dormías. Pude escuchar claramente la bocina que seguía sonando al día siguiente en mi cabeza y ver la cara de espanto del camionero. Vos dormías. El hombre abría la boca, gesticulaba y los manotazos de sus manos parecían las de un loco. No podía moverme. Estabas tan cerca de mí, apretada a mí, que me impedías tomar el volante con naturalidad. Dormías y no quería despertarte. El coche se había levantado en el aire y, la vida era linda. Era como volver a tomar la curva a más de cien y hacer chirriar las gomas en el asfalto. Fue la primera vez que sentí miedo de despertarte. Aún dormías. Dormías cuando nos despedimos. Dormías cuando agitabas tu mano en la vereda del Coto y dormías cuando el camión nos chocó. También dormías cuando la bala perdida te había dado en el pecho, y cuando el coche luego de andar unos cuántos metros golpeando el guardrail se levantó en el aire y cayó con las ruedas hacia arriba. Dormías cuando me sacaron del auto y apagaron la radio que habías dejado encendida. Y también dormías cuando Mariana me llamó por teléfono para decirme que iba al shopping y que tenía que hacer algo con la jaula de los pájaros. La vida es lo que es, vivir a veces es una velocidad de ciento veinte, un coche en la ruta, el amor de una lengua que se mete en tu boca, una curva. Porque vos no dormías, vos vivías abrazada a mi entusiasmo para poder amarte y tomar la curva. La palabra aquella que soltaste ese día de loca felicidad anda con vida propia recorriendo mis horas, y también, algunas veces se mete en mis sueños. La palabra aquella que pronunciaste en dos o en tres ocasiones y que te hacía brillar los ojos de agua flota, como flotamos en aquella autopista por un instante, como flota un globo en el aire, frágil, alegre, inconsciente.