imagen: salida al mar. Piedrabuena, S.Cruz - Argentina
viernes, 14 de noviembre de 2014
viernes, 7 de noviembre de 2014
DÍA 3 - CRÓNICAS de un soldado sin guerra - 1982
Me llevo bien con casi todo el grupo pero no logro
intimar con nadie. El turco Chacur anda por ahí como una laucha asustada, es
que es tan flaco que no le cuesta casi nada el susto, le sale muy natural. Casi
no vemos civiles. Anoche dormí muy mal, y soñé que nunca podría volver a Bahía
Blanca, me encontraba en algún lugar de la Patagonia, y seguía siendo soldado,
al menos vestía como soldado, lo raro era la casa y las personas que me
rodeaban, ellas eran civiles normales, escribir civil me produjo confusión.
Me deprimo cuando llega la tarde, todo se acelera y
hay una urgencia implícita que nos hace poner en movimiento como si formáramos
parte de un mecanismo. El dónde dormir, dónde vamos a comer, cuándo y cuánto
comeremos, cómo ir al baño. La cabeza de cada uno no deja de pensar en estas
cuestiones, y el cuerpo acusa los pensamientos, entonces ocurre que de pronto
estamos mirándonos entre nosotros, sin decir nada, más cuando uno dice por
ejemplo: “voy a baño”, los demás hacemos causa común y todos vamos al
baño. Y así con el resto. Creo que este tipo de reacciones tienen mucho que ver
con no querer perder de vista a quiénes conocemos, aunque los conozcamos muy
poco. En un naufragio deben ocurrir estas cosas. Una tabla a la deriva es muy
buena compañía, incluso, puede ser la salvación. En definitiva es no perder de
vista que podemos de un momento para otro recuperar la soledad.
viernes, 17 de octubre de 2014
PORQUÉ NO COMÉS ME DECÍA LA VIEJA
Porqué no comés me decía la vieja. En
lugar de contestarle miraba la mesada, y hacia donde terminaba la cocina.
Ahí la alacena que colgaba de la pared tenía un esquinero, debajo de éste y detrás de la licuadora, que hacía tiempo no se usaba, estaba el paquete de la yerba
y la horma de queso, que yo había comenzado a comer con pan y unos mates a la
mañana temprano, y había seguido picando a escondidas durante toda la mañana.
Qué iba a comer si el regusto al pategrás en la boca no se había ido y el
paladar se mantenía pastoso, mientras la panza se encontraba tirante y
satisfecha. Entonces me sentaba a la mesa y miraba el plato que mamá me había
servido con ñoquis, agarraba el tenedor, separaba algunos que aislaba del resto,
jugaba un poco con tres o cuatro de ellos, pinchaba uno y me lo llevaba a
la boca. Todo esto ocurría bajo la mirada de mamá, porque ella no comía, o no
solía comer luego de servirme. Era una costumbre que yo le conocía bien cuando
en los almuerzos o en las cenas le servía a mi viejo. Ella ponía la mesa, traía
las fuentes y la bebida, luego el pan y las servilletas que su mamá había
bordado, y le servía primero a papá y luego a mí, luego nos miraba. Dedicaba su
atención a nuestros gestos manteniendo silencio, quizás anduviera buscando
en nuestras caras los momentos en los que reflejáramos algún rastro de que nos
gustaba la comida, un agradecimiento, el qué bueno está, el pedir un poco más,
un guiño, que papá rara vez hacía y yo, aunque percibía su espera, no me animaba
a realizar, aguardando que, el hombre de la casa, mi padre, hiciera o dijera algo, porque era
lo que correspondía, aunque algunas veces lo que correspondía no fuera lo que
era.
Ahora,
su atención desde que Alberto había
muerto, era toda para mí. El queso, decía mamá, no le pusiste queso de rayar.
Entonces, se levantaba, iba hasta la heladera, y traía el sobre plástico con el
queso rayado que casi siempre estaba abierto, y algunas veces se encontraba vacío,
porque yo, que era el único desde que papá murió que comía queso en la casa, me
daba fiaca tirarlo y, como con el agua del botellón, ocurría que se vaciaba,
pero no hacía el recambio de éste o proveía el sobre plástico nuevo, hasta que
como en estos casos en que, mamá se ponía de pie y volvía desde la heladera y
me decía Ricardito casi no hay, me daba pena, entonces le decía que luego, que
en la tardecita iría al almacén y ella, entonces se sentaba un poco conforme y
otro poco insatisfecha porque, los ñoquis ya se habían enfriado, y no había queso
de rayar suficiente para que yo les pusiera.
martes, 30 de septiembre de 2014
DÍA 2 - CRÓNICAS de un soldado sin guerra - 1982
Con mucha satisfacción anticipo la edición del
libro para el mes de Diciembre de este año, acá la tapa y solapa, y párrafos del mismo.
DÍA 2
Cada vez somos más y más, y las filas se alargan de
manera alarmante: para ir al baño, para tomar el rancho, para almorzar o para
merendar, vivorean nuestros cuerpos aguardando su turno, no hay ganas, muchas
veces no las hay, pero qué alternativa puede haber, cuestiones que nunca
valoré, como ser, una ropa limpia y planchada, un desayuno a mano y sin espera,
una pausa en el despertar o al acostarse, gritan en estas filas su ausencia de
ser inacabables. Me pregunto qué estarán haciendo en casa, son las dos de la
tarde y es jueves, si estuviera en Bahía Blanca seguramente estaría yendo a la
universidad, andaría en estos momentos caminando por la avda. Alem, mirando
chicas, no estaría preocupado por tener que anticiparme a una multitud –todos
intentando anticiparnos a nosotros mismos– para llegar a tomar el rancho; así
es hoy en una ciudad desconocida, con gente nueva y extraña, con calles
diferentes, sin alegría. Hacemos las cosas con precaución, y más que hacerlas
con cuidado, en realidad las hacemos con un temor que se palpa y es que no
queremos llamar la atención, que de nuestros superiores surja un nombre,
nuestro nombre. El cabo primero Costas es un tipo que se hace el amistoso –no
confío en él–, el subteniente De María quiere parecer serio, pero su edad, muy
próxima a la nuestra, lo desautoriza por más que tenga voz grave y nos grite, y
cuando lo hace se eleve y balancee con los pies, aunque no sonría, su cara
lampiña, sus ojitos claros, sus orejas rosadas nos inspiran gracia, no
subordinación.
viernes, 12 de septiembre de 2014
TOMAR LA CURVA
Esa
era la libertad. Tomar la curva. Que el coche pareciera andar sobre dos ruedas.
Que la fuerza centrífuga nos escupiera hacia afuera. Vos, yo, y el coche
lanzados. Esos momentos llenaban la vida de felicidad.
El
señor dijo a la cámara de televisión: “De acá no vamos a irnos hasta que no se
investigue a fondo y aparezca el culpable.”
El guardrail de la autopista nos
acompañaba, se sumaba a nuestra euforia. Cuando el coche salió de aquella curva
y tomó la recta, te pregunté que querías hacer, adónde querías que fuéramos.
Mirabas al frente. El sol ya había salido y los dorados reflejos de tus
cabellos festejaban. Dijiste algo. Era una palabra extraña que parecía tener
música propia, luego giraste un poco el torso y me miraste. Fue en ese momento
que sonreíste. En tu mirada de agua había amor.
Entramos en la huella marcada del
asfalto y el Fiat pareció sisear un poco. Prendiste la radio. Mariana había
dejado sintonizada la 102.3, escuchamos
un poco de la música que pasaban. Mientras viajábamos hacia el oeste por la
autopista, pensé que todos estarían ya en la oficina. El sol rebotó en el
espejo retrovisor y me cegó. Un coche azul pasó a nuestro lado.
La
señora había dicho que el patrullero no se detuvo. La mujer ya estaba herida y
el policía siguió de largo. Hablaba indignada. La gente que se había acercado
miraba hacia la cámara.
El velocímetro marcó ciento veinte.
Contagiado por el sol que estaba saliendo aceleré, el nuevo tramo que era casi
recto daba valor. Te pregunté que habías dicho, pero balbuceaste otra cosa.
Estabas linda, el cabello rubio caía por
encima de tus hombros, y eso que lo habías cortado hacía muy poco. Cómo
me queda preguntaste con picardía cuando volviste de cortártelo. Yo, que estaba
leyendo una biografía de Cortázar para el taller de los viernes, cuando te
miré, se me ocurrió que siempre te querría.
La
imagen de la chica en la fotografía con el buzo violeta y, el pelo atado en una cola mientras sonreía
apareció como una propaganda al costado
de la ruta. Treinta años, pensó.
Mariana había cocinado pastel de
carne, y él tuvo que repetir. Le salía tan rico.
Por hacer algo subió el volumen de la
radio. El micro de noticias interrumpió la música. Anunciaban vientos con
fuertes ráfagas y temperaturas muy bajas para mañana. El tránsito en los
accesos a la capital era lento. En General Paz a la altura de Constituyentes
había un accidente. La línea A de subterráneos operaba con demoras. Lo de
siempre, dijiste.
Una idea cobró forma en su mente.
Cuando salió, Mariana dormía. No había querido despertarla. Después te llamo,
decía la nota que le había dejado debajo del mate.
Por fin otra curva. ¡Esta era mejor
que la otra! Sintió la velocidad que traía apenas entrar en ella, volvió a
acelerar y las ruedas chirriaron. Pudo ver que el guardrail tenía algunas
marcas de pintura y distintas abolladuras. La intimidad con los detalles del
acero, y los postes de la luz que parecían pestañear en el paisaje, lo hicieron
creer en un presagio. Se distrajo.
Recordó aquella palabra que ella había
casi arrojado al interior del auto, es que parecía tener vida propia y se movía
recorriendo su mente. Era como la música. Al final, decidimos ir a algún pueblo
cualquiera. Llegar, recorrerlo, caminar. Era temprano, teníamos todo el día por
delante.
El viento no dejó de soplar en toda la
noche, y todavía soplaba. Cuando había abierto
la puerta para que entrara el
perro, pudo sentir algo diferente en el aire. El colgante que Mariana había
comprado, sonaba y sonaba con las ráfagas del viento. Una melodía disonante le
llegaba despareja al cerebro. Dentro de la casa, el aire frío circulaba a su
antojo. Molestaba. No había forma de protegerse de aquellas gélidas caricias.
Claudia
Burgos. Así se llamaba la mujer. “La bala perdida, no correspondía a los delincuentes”,
decía el titular de Crónica TV.
El día estaba hermoso. Mirar el
horizonte verde y amplio le producía algo en el pecho. Era como tomar una
curva. Cierta algarabía de chico con un juguete
nuevo lo invadió. Bajó el vidrio un poco para calmar una necesidad que el
cuerpo le estaba exigiendo. El viento entró furioso y dispersó por el interior
del auto el sonido de la radio, los papeles que estaban en la luneta se
agitaron y vibraron en su lugar unos momentos hasta que volvió a subir el
vidrio. Antes aspiró profundamente. Luego, sonrió.
“Queremos
saber. Exigimos conocer de dónde, de qué arma salió la bala que mató a esa mujer”,
eso decía el hombre a la cámara de televisión.
El celular cobró vida de pronto. Era
Mariana. Él miró la pantalla, no quería atenderla y no atendió. El prip final
le avisaba que le había dejado un mensaje de voz. Alzó el celular y a la vez
miró la ruta. El cartel decía que faltaban veinte kilómetros todavía. Venía una
curva, así que dejó el aparato y agarró el volante con ambas manos. Cuando
advirtió que apretaba el volante y las mandíbulas con demasiada energía,
decidió parar en la próxima estación de servicio.
Algunos
curiosos parecían no entender de qué se trataba la aglomeración de gente y la
presencia de las cámaras de televisión. Otros asentían con el gesto ceñudo
acompañando los reclamos de una señora que hablaba casi a los gritos.
En la casa Mariana que había terminado
de hacer la cama desayunaba con la televisión encendida. Siempre le pasaba que
cuando Roberto salía sin despedirse, ella andaba un poco perdida. Además, no
había atendido el celular. Anoche, todo estaba normal o ella había dicho algo
que lo podía haber molestado. Pensó. Había cocinado el pastel de carne que le
gustaba. Hablaron de los chicos. Le había dicho que su madre lo había llamado.
Ella estaba bien. El reuma, la plata que no alcanza para nada, los días que se
le hacían tan largos viviendo sola. Lo de siempre, nada de importancia le había
dicho. Sería eso lo que lo había molestado. La forma. Roberto siempre hacía
hincapié en la forma. En la importancia con que uno decía o no decía las cosas.
En la televisión, el canal 11 hablaba
de la muerte de aquella mujer en la calle. Cambió al 12. También acá el
periodista entrevistaba a un señor de saco y corbata, no alcanzaba a leer los
subtítulos. Subió el volumen.
Mariana se puso los lentes para
leer. Al rato, aburrida de esperar,
salió al patio. La jaula con los pájaros contra la medianera se venía abajo. Le
iba a decir a Roberto cuando hablara con él que hiciera algo con eso. El perro
había roto un par de macetas. Estaba harta. Iba a ser un día lindo. Volvió
adentro de la casa con la idea de decirle a Sara que se encontraran en el
shopping.
Estacionó al lado del coche azul que
lo había rebasado. Era un Mercedes. Ella dormía. Antes de ir al baño pensó en
pedir el cortado para que se lo vayan preparando. La chica que lo atendió le
sugirió que por diez pesos más podía
pedir un tostado de jamón y queso. Dijo que bueno. Pagó. No entendía como eran
estas promociones. Le costó orinar. El frío. Cuando Mariana le había preguntado
si tenía problemas para orinar, se enojó. Encima, agregó que a su edad era conveniente que se
hiciera analizar la próstata. Le había gritado que qué se creía. ¡Que él era un
viejo! Al subirse el cierre del pantalón la sensación de ganas de orinar no se
había ido.
Una
bala perdida había matado a Claudia Burgos en la puerta de un negocio de Morón.
Volvió a la ruta. No había nada tan
maravilloso como sobrepasar a un coche cuando iba a mucha velocidad. Algo
químico le ocurría a su cuerpo, eso pensaba Roberto. En esos momentos su mente
poseída se creía invencible. Pero no debía ser un coche común o uno tuneado, la
satisfacción provenía de vencer en la ruta a un cero kilómetro, y si además el
coche era japonés o alemán tanto mejor. El Mercedes de la estación de servicio
iba aumentando de tamaño en el espejo. Se acercaba.
Mariana lo tenía podrido con las
recomendaciones. Salir juntos a la ruta era cada vez más difícil. El miedo y
los nervios, o una mezcla de ellos la trastornaban y no podía dejar de darle
consejos mientras manejaba. En algún caso llegaba a gritarle. Él la observaba
por el rabillo del ojo, la veía tensa, la frente casi pegada al vidrio y en
dirección a la ruta. No dormía nunca, y tampoco leía para distraerse.
Llevaba el Fiat por la mano rápida de
la autopista de dos carriles. Quería ver que hacía el Mercedes. No iba a mover
el coche de carril. Buscó un caramelo, cuando volvió a mirar por el espejo, el
Mercedes apareció pegado al suyo y le hacía ansiosas señas de luces. Fue como
si le tocaran el culo.
Íbamos con la radio a todo volumen y
los vidrios abiertos, la avenida Rivadavia estaba vacía y hecha pedazos, el
coche brincaba cada tanto como un caballo. El tren delantero iba a quedar
destruido, no tenía plata para arreglarlo, tampoco le importó. Hacía bastante
calor, volaban, tuvo ganas de gritar y gritó. Estabas callada, no obstante
parecías contenta. No dije nada, el rodeo por debajo de la General Paz al
entrar a la Capital nos mantuvo expectantes, cuando retomamos la Avenida hice
caracolear el coche para despabilarte. El policía que estaba pasando el
semáforo de Puan llegó a levantar la mano, sin embargo seguí de largo.
El Mercedes se abrió a la derecha y se
puso a la par, vio que la ventanilla polarizada bajaba lentamente y un muchacho
de unos veinte años lo miraba con suficiencia. Ni siquiera abrió la boca, el
odio caía de sus ojos con superioridad.
Antes que dijeras nada habíamos pasado
dos semáforos en rojo. Pará, pará!, gritaste. Yo me reía. Busqué una calle
lateral tranquila y estacioné. Te me echaste encima. Creí que quizás me
golpearías o insultarías para canalizar el susto, sin embargo, me abrazaste y
besaste. Reí de alegría. Éramos parte de una locura.
El motor del Fiat rugía por la
exigencia. Cuando las revoluciones llegaron a casi cinco mil, la carrocería
comenzó a vibrar. El coche azul no obstante seguía alejándose y, parecía que
nada podría hacer para evitarlo.
Metiste tu lengua gruesa, inquieta y
generosa en mi boca. Después, te apartaste un poco y cuando me miraste otra
vez, tus ojos brillaban. El miedo se había transformado en adrenalina. La
adrenalina se había transformado en deseo. El deseo nos llevó a un hotel en el
que por horas estuvimos haciendo el amor. Era muy tarde cuando salimos por
última vez a la Avenida.
La estación de peaje que estaba antes
de Luján nos reunió otra vez. El Mercedes se había estacionado antes de
cruzarlo. Lo ignoré sabiendo que, esta vez, me seguiría.
Nos despedimos bajo las luces de
mercurio. Cruzaste sin volver a mirarme y tuviste que correr un poco porque el
semáforo había liberado los coches. El tren pasaba a mi derecha y alborotó con
su andar los sonidos habituales de la hora. Te detuviste unos momentos en la
vereda del Coto y agitaste tu mano. Esa
fue si se quiere, la última vez que sentí tu afecto.
Ya no volvimos a amarnos.
Había tres o cuatro carriles luego del
peaje. La radio decía algo sobre la chica muerta. Por alguna razón que hoy no
puedo explicar estaba emocionado. Quizás fuera
el paisaje que reconocía en nuestras salidas, quizás la noche sin dormir, o lo
que había estado soñando. La imagen de la ruta se distorsionaba por el agua que
salía de los lagrimales. El coche azul se puso a la par, esta vez del lado
izquierdo. Lo adelantó y lo desaceleró. Hizo esto un par de veces. Me
desafiaba. El próximo puente ya se veía un par de kilómetros adelante. Esa era
la largada. Sin embargo el coche iba tomando la curva amplia que iba a Campana.
El celular sonó. Era Mariana. Me decía
que al mediodía iba a almorzar con una amiga. Que luego haría unas compras. Me
preguntó donde estaba. Mentí.
La cantidad de carteles había llamado
mi atención, sin embargo, hoy, todavía no logro explicarme claramente lo
ocurrido. Siempre me había gustado esta ruta por lo amplia, por la sensación de
libertad que surgía al manejar en ella. El pavimento estaba roto en varias
partes. Se veía que lo estaban arreglando. Era temprano y muy pocos autos
andaban. Comenzaron a aparecer en cantidad tambores pintados de blanco y naranja
que nos hacían desviar. Enfrente, de la mano de la autopista que iba a Cañuelas
no veía pasar a nadie. Vi como el Mercedes se perdía detrás de la loma al
frente, que era larga y alta. Me llamó la atención que fuera por la derecha.
Aún faltaban muchos metros para alcanzarla.
Pude acordarme por fin de esa palabra.
Era musical. Lejaim dijiste aquella vez y luego, muchas veces más. Se notaba que representaba mucho para vos. La
decías con alegría pero también como si el solo hecho de pronunciarla fuera
algo especial. Miré como dormías a mi lado. El cinturón de seguridad cruzaba al
medio de tus pechos y tu cuerpo se había deslizado en el asiento. Las piernas
juntas se doblaban a la derecha y la cabeza dorada se movía tontamente en las
curvas apoyaba en el vidrio de tu puerta. Toqué tu hombro y lo sentí blando y
querible. Todavía parecía posible sentirte así.
El camión blanco apareció en la parte
superior de aquella loma. No sé porqué, pero alguna razón había que no llegaba
a comprender, te miré dormir y luego volví
al camión que venía de frente. Algo en aquello que estaba ocurriendo no parecía
lógico. Íbamos con el Fiat pegado al guardrail central de la autopista. Por
unos momentos pensé qué haría el camión de este lado, cuando debería estar en
el otro. Miré por el espejo retrovisor, detrás tampoco venían coches. El camión
encima de la cresta de la loma era imponente. Lo vi hacer señales de luces y un
sonido lejano que luego comprendí era la bocina, no lograba penetrar la
comprensión de mis pensamientos. Por prudencia, bajé la velocidad aunque no fue
suficiente. Cuando el camión nos alcanzó de lado al intentar esquivarnos, el
velocímetro todavía marcaba casi cien kilómetros por hora.
El lado del acompañante donde ibas se
abolló. El impacto te trajo muy cerca de mí. Dormías. Pude escuchar claramente
la bocina que seguía sonando al día siguiente en mi cabeza y ver la cara de
espanto del camionero. Vos dormías. El hombre abría la boca, gesticulaba y los
manotazos de sus manos parecían las de un loco. No podía moverme. Estabas tan
cerca de mí, apretada a mí, que me impedías tomar el volante con naturalidad.
Dormías y no quería despertarte. El coche se había levantado en el aire y, la
vida era linda. Era como volver a tomar la curva a más de cien y hacer chirriar
las gomas en el asfalto. Fue la primera vez que sentí miedo de despertarte. Aún
dormías. Dormías cuando nos despedimos. Dormías cuando agitabas tu mano en la
vereda del Coto y dormías cuando el camión nos chocó. También dormías cuando la
bala perdida te había dado en el pecho, y cuando el coche luego de andar unos
cuántos metros golpeando el guardrail se levantó en el aire y cayó con las
ruedas hacia arriba. Dormías cuando me sacaron del auto y apagaron la radio que
habías dejado encendida. Y también dormías cuando Mariana me llamó por teléfono
para decirme que iba al shopping y que tenía que hacer algo con la jaula de los
pájaros. La vida es lo que es, vivir a veces es una velocidad de ciento veinte,
un coche en la ruta, el amor de una lengua que se mete en tu boca, una curva.
Porque vos no dormías, vos vivías abrazada a mi entusiasmo para poder amarte y
tomar la curva. La palabra aquella que soltaste ese día de loca felicidad anda
con vida propia recorriendo mis horas, y también, algunas veces se mete en mis
sueños. La palabra aquella que pronunciaste en dos o en tres ocasiones y que te
hacía brillar los ojos de agua flota, como flotamos en aquella autopista por un
instante, como flota un globo en el aire, frágil, alegre, inconsciente.
viernes, 22 de agosto de 2014
EL PERRO DUERME
Nota del autor
El presente relato debe ser leído como una continuidad de los cuentos CRUELES I y II publicados con anterioridad en este mismo Blog, no obstante como en los casos anteriores los relatos tienen cierta independencia y pueden leerse en forma individual.
CUENTO CRUEL I - La muerte.
http://deloscuentosylaspoesias.blogspot.com.ar/2014/05/cuento-cruel-i.html
CUENTO CRUEL II - La cena.
http://deloscuentosylaspoesias.blogspot.com.ar/2014/05/cuento-cruel-ii-la-cena.html
CUENTO CRUEL III - El perro duerme
óleo sobre lienzo (66x80cm) 1965 - Grandío Tino (1926 - 1977)
En el sueño, el
perro duerme.
En
ese sueño siempre es de noche o al menos está oscuro.
En
el sueño él está sentado a la mesa y el perro está echado a su lado.
En
el sueño no puede pero quiere matar al perro.
Poder
y querer son dos verbos. Qué definen. Cuántas veces pudo y no quiso, cuántas
quiso y no pudo. En el sueño mira al perro y piensa en matarlo, quiere matarlo.
Recuerda que de chico quería tener un perro, no recuerda que tipo de perro,
pero sí que quería uno.
Se
ve de pie en la vidriera de la veterinaria que está frente a la plaza del
barrio donde vive, donde ha crecido. Es domingo y han salido a pasear con su
padre. Él esta ahí, mirando las jaulas expuestas con los perros mientras su
papá conversa con otro hombre. Se ve entrar a la veterinaria, se ve trasponer
la puerta vidriada y dirigirse hacia donde se encuentran las jaulas, pero ya en
el lugar busca y no encuentra lo que busca. Busca un perro o busca que su padre
que aún sigue conversando en la vereda entre y lo ayude a elegir un perro.
Hay
olor. Dentro de la veterinaria huele, dentro del lugar también hay jaulas con
pájaros, peceras con peces de llamativos colores, por unos momentos los cardúmenes
de pequeños pececitos luminiscentes lo distraen y se ve sonreír extasiado por
el navegar de esos peces. Algunas lauchas blancas dormitan entre el aserrín y
parecen esconderse debajo unas de otras, los cobayos hacen andar las rueditas
frenéticamente. Se pregunta de donde procede ese olor que lo ha perseguido
apenas traspuso la puerta, aunque en realidad él -un chico- que está siendo
soñado por él –un adulto- no es quién se lo pregunta.
En
el sueño quiere salir pero elige el pasillo equivocado y en lugar de dirigirse
hacia la salida no sabe que se está adentrando en la veterinaria. El lugar es inmenso,
el negocio le hace acordar a un enorme supermercado donde la madre lo lleva
cuando va a hacer las compras para la casa. En el lugar los pasillos están divididos
por jaulas y por peceras. En el súper en lugar de animales hay comida. Camina
entre jaulas, gran cantidad de jaulas con lauchas y cobayos de un lado y,
jaulas con pájaros y cotorras del otro. Algunas jaulas tienen animales, y otras
solo tienen el olor de los animales que estuvieron en ellas, es, un intenso
olor del vacío que ha dejado el animal que alguien ha comprado, como ese
espacio que dejan los productos o paquetes en las góndolas del súper cuando se
acaban.
Se
siente incómodo y molesto. Un leve aleteo que supone proviene de alguna jaula
cercana donde hay pájaros lo sobresalta. En ese momento, o apenas unos
instantes después al aleteo ve la silueta al final del pasillo por el que
va caminando y la luz se apaga.
En
el sueño siente miedo.
En
la cama mientras está soñando ha comenzado a transpirar profusamente.
En
la veterinaria luego de ver la silueta que no alcanza a
saber de quién es, la luz se apaga.
Todas
y cada una de las luces que iluminaban los pasillos han ido apagándose una
detrás de la otra. Sus sentidos están alterados, el olor de los animales que
están o que han estado, la visión que todavía guarda su pensamiento de las
jaulas, el sonido de los aleteos que no ha llegado a identificar, aquella
silueta oscura desapareciendo en una oscuridad mayor, en una oscuridad más
global, todo modifica su percepción de las cosas. En el sueño que está viendo y
que acaso está soñando, es decir, mientras suda en la cama y se ve sudar y
transpirar y a su vez emitir algunos gemidos, o quizás sean llantos que está
intentando ahogar, en el sueño los sentidos están modificados, rotos, eso es,
sus sentidos habituales se han quebrado en el momento en el que confluyeron la
oscuridad con los olores y aquel aleteo.
Ahora
llora.
En
el sueño llora en la oscuridad de la veterinaria pero también está llorando
entre las almohadas sudadas de su cama. Ve ambas situaciones en una y otra edad
y no se logra explicar como puede estar viendo y sintiendo lo que siente.
En
el sueño no puede ver el piso pero si puede sentir el movimiento de algo que
anda por el piso.
En
el sueño mira hacia el fondo como si pudiera ver, sabiendo que está oscuro, e
imagina que aquella silueta que vislumbró cuando la luz se apagó avanza hacia
él. Algo, quizás sea el aire que, como una leve brisa le mueve el pelo, le dice
que la silueta o lo que fuera que haya visto está a su lado. Despierta.
Cuando
despierta está a la misma mesa del sueño, de la primer parte del sueño, y el
perro aún duerme echado a su lado. Cuando despierta ya es de día. Tarda en
comprender que se ha dormido.
Ahora
despierto y viendo al perro ahí, comienza a recordar lo que ha soñado. No todo,
uno nunca logra recordar los sueños tal como los ha soñado pero si recuerda a
su padre en la vereda. El supermercado y las compras con su madre. Ahora
piensa porqué odia o porqué quiere o cree querer matar a ese perro que está
echado a su lado. No es fácil para él ser honesto con la respuesta, nadie es
totalmente honesto ni siquiera en soledad con determinadas respuestas. Tampoco en
los sueños. Piensa que acaso soñar, es también matar un poco.
viernes, 8 de agosto de 2014
NO JULIO, equivocaste el título
Hay un tramo del recorrido del tren que tomo a diario para ir a trabajar, que se encuentra saliendo de Floresta en dirección a Once, en el que por unos momentos breves, apenas unos instantes y dependiendo de la velocidad a la que marcha el tren, puede verse un muro de ladrillos rojos muy alto y parte de la zona baldía cercana a las vías. Si uno alza la vista, para lo cual hay que acercarse a las ventanillas del tren, puede verse en lo alto de esa pared, el fondo de las casas del barrio. Esos momentos del viaje me recuerdan el cuento “Final del Juego” de Julio Cortázar.
El dibujo corresponde a Francisco de 11 años, el hijo de un amigo
Agosto es el mes en el que nació Julio Florencio Cortázar, hace ya cien años, y también en Agosto festejamos el día del niño. Me pareció bueno recordarlo así, con un cuento que incluye la palabra JUEGO.
El que nunca dejó de JUGAR.
Ni siquiera hoy.
Tampoco mañana.
No Julio, equivocaste el título. Jamás hay final del juego.
Unos
párrafos del cuento y donde encontrarlo para quién quiera leerlo.
“Lo
que cuento empezó vaya a saber cuándo, pero las cosas cambiaron el día en que
el primer papelito cayó del tren.
< ... >
Fue un martes cuando cayó el
papelito, al pasar el segundo coche. Cayó muy cerca de Holanda, que ese día era
la maledicencia, y rebotó hasta mí, era un papelito muy doblado y sujeto a una
tuerca.”
miércoles, 23 de julio de 2014
Lo único que se mueve en el paisaje son mis ojos y una serpiente
ENTREVISTA a
Ariana HARWICZ
Por Daniel Fuster
LA DEBIL
MENTAL
Narrativa,
112 p.
Junio
2014, editorial Mardulce
Conocí
personalmente a Ariana Harwicz en un encuentro literario en Palermo en el
marco de los talleres de escritura de Laura Galarza. Ariana había venido a
Buenos Aires a presentar su última novela, “La débil mental” y dentro de lo
apretado de su agenda y la inmediatez de su regreso a París donde vive, tuve la posibilidad de escucharla. Una escritora de escritura verborrágica como
ella misma se define.
No recuerdo
exactamente en qué momento surgió la idea de la entrevista, pero sí que fue
leyendo alguna de las tantas reseñas que hicieron de su libro. Fue entonces que
le pregunté si era posible hacerle algunas preguntas
para que con sus respuestas y con una breve introducción de quién era ella y
del libro, me permitiera publicarla en un sitio web del cual le suministré la
información necesaria para que lo analizara. Al poco tiempo me llegó su
respuesta afirmativa.
Destaco esta frase que me envió cuando se disponía a contestarme:
“Escribo ahora a
partir de tus preguntas, lo único que se mueve en el paisaje son mis ojos y una
serpiente.”
La entrevista salió publicada en el blog de Casa de Letras:
http://www.casadeletras.com.ar/blog/ariana-harwicz-me-gusta-la-manera-obsesiva-de-vivir-a-la-que-te-empuja-la-escritura/
Por Daniel Fuster
Ariana Harwicz nació
en Buenos Aires en 1977. Estudió guión cinematográfico en el ENERC (Escuela
Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica), dramaturgia en el
EAD (Escuela de Arte Dramático) y completó sus estudios con una licenciatura en
Artes del espectáculo en la Universidad Paris VIII y un máster en Literatura
comparada en La Sorbona. La débil mental es
su segunda novela. Actualmente vive en Francia.
Leer el último libro de Ariana Harwicz, que acaba
de salir por editorial Mardulce me produjo vértigo. En la novela que se
titula La débil mental y es el segundo libro de ficción
de esta autora radicada en Francia hace ya varios años, se cuenta una relación
entre madre e hija que llega a los límites de la naturaleza humana. Escrita en
un lenguaje por momentos poético, introduce al lector en una montaña rusa
de sensaciones que se van potenciando unas con otras:
“El
mundo es una luna cortada a latigazos negros, a flechazos y escopetazos. Cuánto
hay que cavar para dar con el desprecio, para hacer que mis días ardan.”
Al
dar vuelta cada página de esta nouvelle, la realidad humana toca la crueldad y
nos cuestiona: ¿somos así, somos esto? Ariana rompe cánones, aborda sin vueltas
aspectos de la miseria humana, pero es curiosa la lectura de su prosa. Su forma
de escribir nos lleva hasta el borde del acantilado que no deseamos mirar, pero
a la vez nos quedamos ahí, observando todo.
Hace años que vivís en Francia, sin
embargo el tono del libro y su lenguaje resultan muy naturales, muy de
Argentina si se quiere. ¿Cómo se vive esa extranjerización de lo cotidiano? ¿Cómo
creés que influye o afecta a tu escritura?
No
vivo afuera ni adentro de nada y mi contacto con el habla sigue fluyendo con la
misma intensidad. Una lengua es una corriente de pensamiento que no se detiene
nunca. Además del habla, el pensamiento y la escritura, están los sueños,
y la voz de ese Otro que escuchamos. Lo que ya se sabe del doble de uno mismo
apuntándonos, hostigándonos, en mi caso, además es verborrágica.
Se podría decir que no sos una
escritora que viene precisamente de la carrera de Letras. ¿Cómo ha sido tu
formación profesional y qué te ha llevado a la escritura?
Mi
formación académica empieza en una carrera de cine y otra de guión, luego
dramaturgia, Artes y Filosofía en Puán, Fotoperiodismo en Tea, Historia del
Arte y Letras combinadas en dos universidades de París. A la escritura me llevó
la intriga que me provocó siempre el acto de escribir. Eso de ver por ejemplo a
un tipo acostado en un sillón con las patas en el apoyabrazos y saber que puede
que esté escribiendo, en ese mismo instante, una frase brillante. Si escribís
no estás comiendo y nada más, no estás andando en bicicleta y nada más. Me
parece imposible. Nunca estás únicamente hablando. Me gusta la manera obsesiva
de vivir a la que te empuja la escritura.
¿Sos alguien que escribe con una rutina
y respeta un espacio y un tiempo para escribir?
¿Me
repite la pregunta? No rutina. Y sobre todo no espacio y no tiempo.
¡Sacrilegio! Cuando arranca, arrancó.
Al leer la novela uno va deduciendo que
el lugar donde se desarrolla la misma mucho tiene que ver con una casa, pero
dónde está esta casa. No hay negocios cerca, los vecinos no aparecen, el lugar
de trabajo de las protagonistas tampoco, ¿trabajan acaso?, etc. ¿Qué podrías
comentarnos en ese sentido y qué intentaste o imaginaste hacer al darnos esta
no-geografía donde los hechos ocurren?
Es
que no intenté ningún no-lugar. Pero la geografía donde fue escrita es cierto
que es una no- geografía en Argentina. Es interesante lo que pasó porque fue
escrita casi desde la mímesis, no en la manera de describirla, pero sí de
situarse en escenarios realistas: casa, bosque, pueblito, zona industrial,
rotondas con motoqueros, río con piedras, policías y enjambre de ramas. Todo
eso que da como ecuación final la apariencia de un lugar afantasmado,
poetizado, imposible, es en verdad, de lo más concreto.
Pienso que el título del libro es una
apuesta muy fuerte que hiciste, ¿Podrías contarnos cómo surge o si hubo la
posibilidad que fuera otro? Lo que el imaginario común entiende por débil
mental es muy distinto a las conclusiones que llega el lector al finalizar la
novela, aunque la debilidad de la protagonista es evidente.
No había otro título porque eso es lo que les pasa.
Son débiles mentales. La debilidad que le provocan los hombres las vuelve por
momentos, puro cuerpo. En La montaña mágica el
narrador dice que “la enfermedad vuelve al cuerpo, doblemente cuerpo”, acá ese
efecto destructor sucede con el deseo.
La novela aborda temas que pueden ser
considerados sórdidos, sin embargo tu lenguaje por momentos poético, y en otros
vertiginoso, hace que los mismos sean “curiosamente” disfrutados. ¿Qué
explicación le encontrás a esta sensación que produce tu escritura?
Intento que mi escritura esté todo el tiempo sumida
al efecto de una tormenta. Oscuridad, luz, oscuridad. La estructura, la
impresión visual de sorpresa y a la vez de temor que me genera una tormenta
eléctrica me parece digna de una clase de dramaturgia. Eso sí, tiene que haber
estallido. En La débil mental se va a lo
hondo de una infancia cruzada por el sexo. En ese cruce hay mucha oscuridad, lo
que podría volverla sórdida, lo que la salva es el deseo de vivir. La tentación
de mantenerse en vida.
¿Cómo y cuáles son tus lecturas
actuales? Y en relación con tus lecturas pasadas, ¿cuáles rescatás? Me refiero
a aquellos autores que han perdurado a tu alrededor y te resultan necesarios.
Contestar esto es imposible. Las obras de
arte quedan incrustadas, pero también de algún modo los libros buenos y
los mediocres. Y el fragmento de un poema del siglo VII. Y una exposición sobre
la vida de Cleopatra. Y un cuadro. Y el comentario del cuadro o del libro. Y la
nota al pie. Y una sonata. Y lo que pensaste al leer, lo que pensaron sobre un
libro. Y así.
miércoles, 16 de julio de 2014
DESAYUNO
El hombre no se había puesto los zapatos, seguía
con las pantuflas con las que se había levantado, miró como desayunaba su hijo.
El chico parecía estar algo dormido, aún no eran las siete.
-Samy, lo llamó, qué tenés hoy después del
colegio.
Por unos momentos la cara del chico reflejó cierta
sorpresa, no parecía comprender la pregunta.
-Tengo Inglés, dijo finalmente el chico.
En el pasillo la mujer hacía algunos ruidos, estaba
recogiendo cosas, ordenaba mientras se acercaba hacia donde ellos estaban
desayunando. Afuera ladró el perro.
-Cuánto hace que vas a Inglés, ¿dos, tres
años?
-Dos años seguro, dijo el chico y se quedó pensando
en lo que había dicho.
-¿Te gusta?, insistió él, le había molestado la
breve respuesta de Samy.
-Sí, aseguró el chico, parecía convencido.
El hombre abrió el libro donde estaba el señalador
y bebió algo que humeaba en su taza. Leyó un párrafo, cuando estaba por
comenzar el siguiente la mujer que llegaba con algo en la mano le habló. Se
miraron, ella pareció esperar que él dijera algo pero él no dijo nada. El chico
miraba un punto fijo en la mesa, se había sentado con las manos debajo
del pantalón porque tenía frío. Todavía no se había puesto el buzo del colegio.
-Papá, dijo de pronto Samy, necesito plata para unas fotocopias.
El hombre no lograba concentrarse en lo que estaba
leyendo. Le extendió un billete de diez pesos que el chico agarró sin
agradecer. La mujer trajinaba en la mesada, guardaba unos platos y los vasos de
la noche anterior en la vitrina. Los cubiertos tintinearon alegremente cuando
los dejó caer en el cajón correspondiente. La escuchó canturrear una melodía
cuando iba hacia el lavadero con el cesto de la ropa sucia. Se oyó que estaba
poniéndola en el lavarropas. Los sonidos le llegaron a través de un siseo
modificados por el ruido del tambor que había comenzado a girar. El viento
sacudía la ventana que había quedado apenas abierta, todavía estaba
oscuro.
Volvió a mirar al chico que no tomaba la leche.
Samy empujó la silla hacia atrás y se puso de pie. Se parecía al abuelo, tenía
sus ojos. La claridad en los ojos del chico era por momentos verde y por
momentos gris. Samy se metió en el baño y el hombre se encontró disfrutando de
la soledad del comedor. Esperaba.
-No venís con nosotros, te dejo cerca de donde
salen las kombis, dijo la mujer sin dejar de hacer lo que estaba haciendo,
ahora estaba en el living corriendo las cortinas.
-No, dijo el hombre alzando la voz, me quedo un
rato más, quiero leer un cuento antes de ir a trabajar, respondió fijando la
vista en el libro.
La mujer apareció con la cartera en una mano, las
llaves del auto en la otra y el chico detrás de ella como una extensión de su
cuerpo. Samy ya se había puesto el buzo con el logo del colegio y tenía la
mochila al hombro. El hombre permaneció sentado frente al libro, desde ahí los
vio irse. Cuando se iban, el chico lo miraba desde sus ojos grises. Algo que no
llegaba a formarse totalmente en una idea en su pensamiento lo seguía
molestando y le impedía concentrarse. Los pies del hombre se removieron dentro de las pantuflas con satisfacción.
sábado, 5 de julio de 2014
CUANDO LLUEVE
Cuando
llueve debes levantarte temprano y estar solo y hacer eso que haces cuando
estás solo. Cuando llueve el perro no debe entrar a la casa porque ensucia. Cuando
llueve no debes abrirle la puerta para que entre. Cuando llueve no puedes salir
afuera porque no tienes campera y puedes mojarte. Cuando llueve no debes salir
afuera. Nunca. Cuando llueve debes sentirte mejor porque estás dentro de tu
casa. Cuando llueve tus pensamientos tienen más tiempo porque no sales afuera
porque no puedes. Cuando llueve muchas veces quieres que siga lloviendo, y
puedes hacer adentro lo que no puedes hacer afuera, y ella no puede tocarte. Cuando
llueve se suele cortar la luz y no hay internet. Cuando llueve y si la lluvia
es tranquila como una garúa, entonces recuerdas la tristeza que tuviste con
ella. Cuando llueve nadie anda por la calle y tienes que cocinarte si quieres
comer, aunque muchas veces no te hace falta o no deseas comer. Cuando llueve no
puedes ir a comprar tu bebida y ella no viene a tu casa y no puede tocarte. Cuando
llueve el perro no debe entrar a la casa porque ensucia y a ella le molesta que
la casa se ensucie.
Cuando
llueve, llueve.
jueves, 12 de junio de 2014
EL MUNDO CORTAZAR, homenaje en el día del Escritor
“Pero existe algo que el tiempo no puede, a pesar de su innegable capacidad destructora, anular: y son los buenos recuerdos, los rostros del pasado, las horas en que uno ha sido feliz”.
de Julio Cortázar, en una carta de 1939, tenía 25 años.
Cortázar
empieza segundo grado con 10 años de edad, la escuela primaria en esos años
comenzaba a los 8 años. Aparentemente el retraso se debió a que su madre
intentó anotarlo en otra escuela. Testimonia
Nicolaza Frega, una compañera de Julio cuando tenía 14 años: “Era
hermoso, muy blanco. Tenía unos ojazos azules que bailaban solos. Estaba
siempre impecable. Jamás se lo veía sin corbata, era muy prolijo. Y tenía un
acento muy particular, con un gangueo como el de los franceses al hablar.”
El
fondo de la casa era muy amplio, había árboles frutales y
también algún sauce. En los fondos existía un potrero donde se jugaba al
fútbol. El frente de la casa estaba protegido por una pared baja. Julio tenía
un amigo muy querido a quién llamaba Doro, que vivía también en Rodríguez Peña
pero en la vereda de enfrente.
Extracto
del cuento Deshoras, “Estaba seguro de que entre mis amigos
había pocos que recordaran a sus compañeros de infancia como yo recordaba a
Doro, [...] Tan inseparables habíamos sido en esos
tiempos del sexto grado, de los doce o trece años, que no era capaz de sentirme
escribiendo separadamente sobre Doro, aceptarme desde fuera de la página y
escribiendo sobre Doro. Verlo era verme simultáneamente como Aníbal con Doro, y
no hubiera podido recordar nada de Doro si al mismo tiempo no hubiera sentido
que Aníbal estaba también ahí en ese momento, [...] Y con todo eso
venía también Banfield, claro, porque todo había pasado allí, ni Doro ni Aníbal
hubieran podido imaginarse en otro pueblo que en Banfield donde las casas y los
potreros eran entonces más grandes que el mundo."
En el cuento Los
venenos Cortázar recrea otros aspectos de su vida: "El sábado tío Carlos llegó a mediodía con la máquina de matar hormigas. El día antes había dicho en la mesa que iba a traerla, y mi hermana y yo esperábamos la máquina imaginando que era enorme, que era terrible. Conocíamos bien las hormigas de Banfield, las hormigas negras que se van comiendo todo, hacen los hormigueros en la tierra, en los zócalos, o en ese pedazo misterioso donde una casa se hunde en el suelo, allí hacen agujeros disimulados pero no pueden esconder su fila negra que va y viene trayendo pedacitos de hojas, y lospedacitos de hojas eran las plantas del jardín, por eso mamá y tio Carlos se habían decidido a comprar la máquina para acabar con las hormigas".
Cuando uno lee una frase o
un párrafo de un cuento cualquiera de Cortázar siente enseguida que le hace
bien, y hace tanto bien que se nos clava una sonrisa en la cara. "Volvé Cortázar, total que te cuesta" (Sic).
NOTA: algunos tramos de lo que aquí se incluye forman parte de una exposición que va a ser llevada a cabo en el Auditorio de la Municipalidad de Ituzaingó, el 13 de Junio de 2014, con motivo del día del Escritor.
miércoles, 28 de mayo de 2014
CUENTO CRUEL II - La cena
NOTA del autor
El presente relato debe ser leído como una continuidad del CUENTO CRUEL I - La muerte.
Esta publicación por partes tiene dos motivos, el primero tiene que ver con el conocimiento adquirido de que es muy difícil leer textos extensos en un medio electrónico si no se está acostumbrado a ello -lo cual no recomiendo nunca, ya que siempre prefiero el papel a menos que esto no sea posible -, el segundo motivo es que este cuento, o cuentos, están siendo escritos, compartidos, debatidos y corregidos, en talleres que realizo. Estoy trabajando en estos momentos en el CUENTO CRUEL III que continúa con la historia de esta serie.
Desliza
los dedos por el revoque con cautela, busca la tecla de la luz. Mientras esto
hace llega su olor inconfundible a calle y pelo húmedo, siente una excitación, es como si algo prohibido estuviera ocurriendo, quizás
sea miedo. La vista, ya la luz encendida, tuerce atraída por ese espacio que
ahora no huele pero que si puede ver, ese hueco que surgió en la cocina en el lugar donde solía echarse. La ausencia le
resulta extraña, y a la vez intensa. El perro pareciera seguir ahí aunque sabe
que esto no es posible. Teresa elogia el estofado, le pregunta por el perro y mientras
lo hace va girando el torso hasta que su cara queda casi de frente a la ventana
que da al patio. El teléfono suena mientras Teresa se lleva otro pedazo de
carne a la boca, y vuelve a mirar hacia la ventana. Es de noche, y los reflejos
que la luz arranca del vidrio devuelven la parte de la mesa en la que él está
sentado. Antes de ponerse de pie para ir a atender al teléfono, piensa que
Teresa mira al patio como si buscara algún rastro del perro, quizás sea la
carne que ella ahora está masticando la que provoca esa actitud desconocida en
Teresa. Cuándo ella se ha interesado por aquel animal. Ahora él mira hacia
donde Teresa mira, y ve la imagen en el vidrio. Están ambos sentados a la mesa,
Teresa come mientras mira hacia la ventana, y él mira como ella come en la
imagen reflejada de la ventana. Por un momento la oscuridad que surge del patio
le hace concentrar su atención en el rostro de Teresa comiendo, enfoca sus ojos
en los ojos de ella y se sorprende. Teresa lo mira mientras está comiendo un
trozo del perro y a través de la mímica sorda que surge de la cara de Teresa se
da cuenta de que ella está disfrutando la cena. El teléfono ha dejado de sonar
apenas se pone de pie, no obstante impulsado por el estímulo de ir a atenderlo,
sale del comedor y va hacia el living, de alguna manera está escapando de
aquella excitación que logra una vez más emocionarlo.
Teresa
se sirve vino y luego toma un trozo de pan, acerca la silla a la mesa, tose
suavemente. Es más una carraspera que una tos real, ahora Teresa toma otra vez
el cuchillo y el tenedor, no la ve, pero los sonidos le devuelven en fragmentos
lo que Teresa hace con los cubiertos, el tenedor pica sobre la loza del plato,
el cuchillo resbala, ahora, luego de llevarse un trozo de carne a la boca deja
los cubiertos, piensa que Teresa está masticando a conciencia el pedazo de
perro. Los sonidos de cortar y trinchar surgen claros al otro lado de la
puerta. Tiene el teléfono en la mano como si hubiese llegado a tiempo a
atenderlo, escucha que Teresa se remueve inquieta en la silla, y choca el vaso
con el borde del plato, arrastra el mantel unos centímetros atrayéndolo hacia
ella, y la botella de vino, lo sabe porque la ha dejado cerca del plato,
demasiado cerca, choca a éste con la opacidad que le transfiere el líquido de
su interior. Introduce la contraseña en el teléfono para saber cuál es el
número que ha llamado. Va sorteando las opciones del contestador hasta que escucha
el número, no logra memorizarlo, tampoco hay un mensaje, reinicia la escucha
del contestador para así poder verificar el número que no llegó a memorizar.
Por si acaso, anota el número que no logra reconocer en un papel. Vuelve a la
mesa.
Teresa
abre sus bonitos ojos un poco más y levanta las cejas, su cara luce despejada.
Es linda. Tiene una belleza tranquila, casi campestre, y ese gesto que
despierta en el rostro su llegada la vuelve de pronto casi hermosa. Se siente seducido
una vez más por la forma y el color de su boca. Ella lo esperaba, los brazos
cruzados. Los
cubiertos están sobre el plato y ella ha dejado sin comer algo de las papas y
de la carne. Cree que va a reclamarle la espera, entonces le dice: “Tengo que
contarte una cosa”. Teresa se limita a mirarlo, endereza la espalda que tenía reclinada
hacia la mesa y espera. Si lo hubiera pensado unos momentos seguramente se
habría callado, mientras habla deja de mirarla, se aferra a la ventana y a los
reflejos que surgen de ella y que distorsionan un poco todo, entonces le dice:
“Maté al perro y además, te lo estás comiendo”. Es algo que no puede evitar, no
modifica ni omite en esa oración una palabra que pudiera salvarlo. Imagina que
quizás Teresa gritará, que se llevará una mano a la boca, que le alzará la voz,
que quizás llorará. Vuelve a mirar hacia la ventana y a la profundidad de la
noche, necesita ver en los reflejos de la ventana la mirada que ahora podría
tener Teresa. El teléfono vuelve a sonar.
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