martes, 20 de mayo de 2014

CORTAZAR por CORTAZAR, primeros años


Pasé la infancia en una bruma de duendes, de elfos, con un sentido del espacio y del tiempo diferente al de los demás. Fui un niño enfermizo y pasé mucho tiempo en cama, dedicado a los libros. Mi madre dice que empecé a escribir a los ocho años una novela que guarda celosamente a pesar de mis desesperadas tentativas por quemarla. En cierta ocasión un pariente descubrió mis poemas y se los dio a ella diciéndole que evidentemente esos poemas no eran míos y que los copiaba de alguna antología. Estaba tan dedicado a la lectura que algún médico llegó a recomendarle que leyera menos. 

Debíamos tener doce años y la novela que le presté a un compañero de clase era una que acababa de leer y me había dejado absolutamente fascinado; una de las novelas menos conocidas de Julio Verne, “El secreto de Wilhelm Storitz”, en la que Verne planteó por primera vez el tema del hombre invisible luego recogido por H.G.Wells […] me la devolvió diciendo: “No la puedo leer. Es demasiado fantástica.”, me acuerdo como si me estuviera diciendo eso en este momento. Allí me di cuenta de lo que me sucedía: desde muy niño lo fantástico no era para mí lo que la gente considera fantástico; para mí era una forma de la realidad que en determinadas circunstancias se podía manifestar, a mí o a otros, a través de un libro o un suceso, pero no era un escándalo dentro de una realidad establecida. 
Julio Cortázar, Clases de literatura. Berkeley, 1980 (Alfaguara)

martes, 6 de mayo de 2014

CUENTO CRUEL I - La muerte


"Las pequeñas olas se levantan y rompen,
y el perro anaranjado ladra,
y mi vida ha cambiado para siempre."
El mar, John Banville


Lo primero que percibe es un ambiente con la luz difusa. Él mismo sentado como está de espaldas a la luz la difumina en exceso y sobre la mesa mientras toma algo caliente ve el gesto paralelo de su sombra adherido a cada sorbo que se lleva a la boca. El perro yace echado a su lado contra la puerta que da al patio. Afuera apenas asoma una tímida claridad. Siente que el lugar va absorbiendo sus pensamientos, y que su moralidad se vería cuestionada si el cielo diáfano y los rayos del día acabaran con la penumbra que todavía flota a su alrededor. El pecho le sube y le baja con ese ritmo suave que solo da la confianza, es un manto negro de un porte mediano, aun así cree que la faena no será fácil. Ha decidido comerlo y por momentos cada vez más breves algún remordimiento lo acosa.

Un coche con el escape roto cruza el frente de la casa y un largo suspiro escapa del perro. Ayer lo siguió, no deseaba que el perro se diera cuenta que lo seguía, así escondiéndose en las veredas opuestas, detrás de árboles y de coches lo vio husmear los rincones de las cuadras, olisquear las bolsas de residuos, romperlas, lo vio hurgar en ese contenido híbrido de deshechos, acercarse con recelo a otros perros, los vio olerse, girar en círculos, los vio gruñirse. La bolsa reforzada e impermeable está en el lavadero junto a la cuchilla. Cree haber pensado en todos los detalles, esperará el momento en el que el perro esté relajado y durmiendo, la respiración debe ser tranquila, como la que tiene ahora que lo está mirando ahí echado, sin que se de cuenta que lo hace. Se pone de pie y va hasta el lavadero, en esos momentos el perro abre los ojos y lo mira, se miran, incorpora un poco la cabeza, las orejas se le han erguido. Está alerta. Es evidente que el sueño del perro no era lo profundo que él creía. El animal mueve su cola sin poder evitarlo, un orden superior activa su sistema nervioso, impulsos que se confunden con el afecto de una fidelidad acostumbrada. Hay una asquerosa ternura en los ojos de la bestia, estos últimos días ha dejado de llamarlo por su nombre, le chista, cuando el perro se acerca a sus piernas e intenta el contacto él lo chista, “chist” le dice con un gesto seco, eso ha sido suficiente por ahora para que el perro se detenga.

Va hacia el lavadero, revisa el lugar donde lo piensa matar, la pileta es amplia, cree que al menos la mitad del cuerpo cabrá en ella, quisiera evitar ensuciar lo más posible. Al mover la bolsa su mano derecha roza apenas la cuchilla y comienza a sangrar. En muy pocos segundos el rojo oscuro casi negro de la sangre desliza por la mesada de granito y cae al piso armando un pequeño charco. Detesta lastimarse tan estúpidamente, cuando se mueve su pie toca algo en el piso y lo hace tropezar y mientras putea ve que ha chocado con el perro. Él mira al perro, pero el perro no lo mira esta vez, el perro lame del piso la sangre que ha comenzado a coagular. Lame su sangre. Para hacer lo que necesita hacer, matar a ese perro, ha dejado de llamarlo por su nombre, ha dejado de tutearlo, de alguna forma ha dejado de quererlo. Con la mano todavía sangrando sale del lavadero y cuando lo hace vuelve a chocar con el perro que no se ha movido.

Ya no queda sangre en el piso no obstante el perro insiste con una dedicación espartana en que su olfato absorba los últimos rastros de la sangre. Siente el impulso de patearlo y lo patea. Escucha un gruñido. El perro no ha emitido el quejido que era de esperar, esa queja lastimera que cualquier mascota deja oír cuando su amo lo golpea. Por un momento el hombre siente un escalofrío, se mira la mancha roja y húmeda en la palma de la mano y luego rodea al perro para salir. Abre la heladera y la luz blanca lo encandila, una botella plástica con agua hasta la mitad, un limón que ha ido consumiéndose, un sobre abierto de mayonesa, las hojas mustias de lechuga. Cierra la puerta. Ve la cara del animal que lo observa desde abajo. El perro no se ha movido. No se ha quejado. No ha vuelto a gruñirle pero acaso esa falta de movimiento y de sonidos sea una respuesta más espantosa que la confusión anterior. Algo en esta nueva actitud del perro lo satisface, siente ahora que ese vínculo de afecto, que esas miradas y horas compartidas se han alejado, se pregunta si acaso esa fidelidad que le demostraba hasta hacía unos momentos se puede esfumar así sin más.


Intenta acariciarlo y cuando alarga la mano presiente que el perro podría morderlo, nunca antes ha tenido que pensar así, pero ahora tiene casi la certeza de que el perro lo morderá. Surge un brillo amarillo en el blanco de los ojos del perro mientras la mano derecha, la que se ha lastimado avanza hacia la cabeza del animal como tantas veces antes, siente el vértigo de una caída al vacío, pero la mano no retrocede, su mano sigue cayendo hacia el perro y a pesar del temor que tiene se resiste a retirarla. La dentellada del animal no lo sorprende porque no cree todavía que pueda haber ocurrido, sin embargo mientras una furibunda ola de calor lo envuelve en un sudor incontrolable y ve los pedazos de su mano en la boca del perro, entiende que el perro lo ha mordido. Primero hay un ardor, luego algo inexplicable que llama dolor y finalmente sus gritos que se fusionan con los ladridos, sus piernas se doblan y él cae sin resistencia. Cuando despierta, el perro y él ahora están a la misma altura, es raro verlo así, el perro no ha retrocedido, el perro observa con una fanática obsesión los colgajos sanguinolentos que asoman de su muñeca. 

miércoles, 23 de abril de 2014

EL EPISODIO DE LA VACA

Este cuento que he escrito es para recordar a Gabriel García Márquez.
Por su sana  alegría en la escritura.
Por haberme divertido tanto durante las lecturas.
Por su magia.


“El martes amaneció una vaca en el jardín. 
Parecía un promontorio de arcilla en su inmovilidad dura y rebelde, 
hundidas las pezuñas en el barro y la cabeza doblegada.”

“Isabel viendo llover en Macondo”, Gabriel García Márquez.



EL EPISODIO DE LA VACA

 José Gabriel apareció en la mañana anunciando que tenía que ir al campo El Águila porque una vaca, una vaquillona en realidad, se había enredado con un alambre, y lo que yo imaginé en ese momento era que el animal estaría en algún lugar oscuro, un sitio húmedo y lóbrego, y que quizás habría quedado en una posición difícil y sin poder moverse, desfalleciente de muchas horas de tironear y echando espuma por la boca, sin embargo José Gabriel lo decía como si tuviera que ir al Banco antes de que cerrara. Yo volvía de la quinta con una bolsa de membrillos recién sacados del árbol cuando Eduardo José, el hermano de José Gabriel, llegaba en su cuatro por cuatro, calzaba botas de carpincho, un pañuelo de seda al cuello y el Rolex nuevo en la muñeca derecha. Lo vi maniobrar con unas mangueras y accionar unas palancas, hasta que el motor del compresor de la herrería dejó escuchar su actividad de aspiraciones y bufidos, para luego emitir el clásico zapateo con un tap tap tap cariñoso. Me llamó la atención que Eduardo José anduviera a horas tan tempranas fuera de la cama, y me preocupaba también que la cándida palidez de su cara se viera amenazada por la brisa fresca de la mañana. La camioneta, su cuatro por cuatro, tenía una goma delantera en llanta y nos entretuvimos en esas cuestiones, convinimos que cada vez era más habitual pinchar cubiertas en los caminos de tierra, decíamos estas cosas como si fuéramos asiduos conductores de aquellos lugares pedregosos. Eduardo José pensaba llevar a José Gabriel en su cuatro por cuatro a desenredar aquella vaca de una muerte segura. Pregunté si podía acompañarlos y un montón de chiquilines que rondaban por ahí se sumaron al paseo del salvataje –las Pascuas habían reunido a toda la familia-, y entonces hubo que cambiar de vehículo por una camioneta más grande y atrás, en la caja abierta fueron los chicos, mientras nosotros nos ubicábamos en los asientos. Para llegar a El Águila había que pasar por Mayol, un poblado fundado a principios del mil novecientos que guardaba en sus calles polvorientas las huellas que la prosperidad supo imprimirle de la mano de los ferrocarriles. Luego de rodear el pueblo y tomar la curva que iba a la laguna se llegaba enseguida, pero tardamos más dado que los chicos iban sentados en los bordes de la caja y los barquinazos que hacía el vehículo los hacía rebotar sobre los flacos culitos a pesar de la pericia con la que manejaba José Gabriel.
Comenzamos a hacerle algunas preguntas a José Gabriel, qué era esto, qué era aquello, dónde estaba la vaca, si había llovido, todo esto ocurría mientras José Gabriel manejaba y Eduardo José bajaba de la camioneta cada tanto y abría las tranqueras, lo cual me pareció que hacía con excesiva parsimonia, quedaba claro que Eduardo José no quería hacer el tonto, era de suponer que se habían criado en el mismo lugar y con los mismos padres, que también habían aprovechado los afectos de los mismos abuelos, realizado travesuras con los mismos primos y sospechado amoríos paralelos de las mismas tías, y fue por eso que entendí entonces que las botas de carpincho de Eduardo José y su pañuelo de seda no eran coqueterías de un tipo que vivía de su éxito profesional en la ciudad, sino más bien detalles que manifestaban una tradición aprendida en aquellas llanuras, por otro lado el Rolex de oro resultaba una coartada evidente de Eduardo José para disimular al gaucho que tenía dentro. Luego de trasponer el cuarto tranquerón y de no haber perdido ningún chico, José Gabriel evaluó la situación del grupo de animales que se veían al frente y a unos quinientos metros de donde estábamos. “Puede ser aquel que está solo”, dijo y agregó, “Los que tienen algún problema se separan o lo aislan los otros”. José Gabriel le preguntó a Eduardo José si se acordaba como era la vaca, “negra” dijo y todos nos reímos, los chicos metían su jarana sin pausas atrás en la caja y de pronto escuchamos que alguien gritó que ahí iba, “Allá va” se escuchó, y pudimos ver un alambre embellecido por el sol lanzando destellos plateados, era de unos tres metros de largo y todavía mantenía la silueta circular de estar colgado por años en una ferretería, el alambre parecía seguir al animal con una fidelidad de mascota que enternecía.
José Gabriel dijo que el plan consistía en mantener a todos los animales juntos, él  se acercaría a pie e intentaría enlazarla, yo me bajé de la camioneta sin saber mucho como ayudar en la cacería, la vaca en cuestión ni echaba espuma por la boca ni estaba en las últimas como me había imaginado, apenas tenía una renguera cuando andaba, y eso solo podía notarse si uno prestaba mucha atención. Eduardo José con los chicos atrás en la camioneta agarró el volante y esperó con el motor en marcha. Mientras tanto cuando José Gabriel iba hacia la izquierda, la manada iba hacia la derecha, luego yo iba hacia la derecha para cortarles el paso y la manada se detenía unos momentos, a mí se me antojó agitar los brazos y gritarles monosílabos, “Eah, Ooh, Uhhh “, imagino que haría el ridículo, intentaba que los vacunos volvieran sobre sus pasos, pero lo único que conseguía era que los chicos, Eduardo José, José Gabriel, y las vacas, me miraran expectantes como si de mi dependiera el curso de los acontecimientos que vendrían. Así estábamos todos estáticos como en una pintura del Renacimiento cuando José Gabriel dio un salto olímpico y se sumergió en la manada, y esta lo engulló sin que se escucharan esos sonidos que surgen del resollar grupal de los animales rurales amotinados contra la voluntad del hombre.
Como si fuera algo practicado o reconocieran en él al domador del circo, los vacunos comenzaron a girar alrededor de José Gabriel mientras enarbolaba el lazo que giraba y giraba buscando a la vaquillona y a su fiel alambre. José Gabriel arrojaba el lazo a la manada, dos, tres, cuatro, cinco veces, y muchas más. En ningún caso el lazo enlazó nada, ni a la vaca del alambre ni a cualquier otra vaca y eso que eran muchas. Los tiros de José Gabriel se parecían a los juegos de argollas que suele haber en los parques de diversiones donde parece tan fácil acertar y llevarte el enorme oso de peluche del primer premio y uno estira el cuerpo y luego el brazo y estando a escasos centímetros de los elementos en los cuales se debe acertar, pero no se acierta. Creo que fue la camioneta que Eduardo José probablemente cansado de esperar movilizó hacia el piquete vacuno lo que deshizo la adoración que el círculo de animales cernía sobre José Gabriel, y las bestias  emprendieron el escape en una estampida hacia donde me encontraba, yo trastabillé y caí de culo sobre la tierra arada y llena de mierda cuando retrocedí, y desde el piso pude ver lo milagroso que resultaba que enormes y torpes animales lanzados a la carrera sobre sus cortas y frágiles patitas, no se revolcaran sin remedio, mientras atrás, bastante más lejos de la última vaca, José Gabriel agitaba sus brazos y maldecía su inoperancia, cuestión en la que todos comenzábamos a estar de acuerdo.
Los animales –al fin pensamos todos- quedaron encerrados luego de aquella corrida contra un tanque australiano y parecieron esperarnos. El primero en llegar fue José Gabriel que comenzó a dar su número de circo, mientras Eduardo José ubicaba la camioneta con la carga de chicos de tal forma que cerraba la única salida a una nueva y potencial desbandada, finalmente, tanta alharaca de José Gabriel dio sus frutos que no fueron los que se esperaban, ya que una docena de vacas rebeldes saltaron el cable del boyero eléctrico, electricidad que las iba haciendo hacer morisquetas y contorsiones cuando lo tocaban y José Gabriel, desentendido de la vaquillona y su fiel alambre, comenzó a correrlas mientras aquellas ya pastaban en ese paraíso de forraje verde y sabroso que aún no se había criado lo suficiente. Era verdaderamente un misterio el despliegue de energía de José Gabriel, porque iba y venía y no lo acobardaban ni las caídas ni las patadas eléctricas que también él recibió cuando intentó sin éxito hacer volver a las vacas fugadas. Fue entonces que su mente fría y calculadora organizó la estrategia que contribuiría al éxito del salvataje de la vaca del alambre, aunque a estas alturas era cuestionable pensar en un salvataje, José Gabriel rengueaba, a mí me dolía con insistencia el culo debido a la sentada y Eduardo José que se había bajado de la camioneta sin tomar los recaudos pertinentes, mostraba un rojo bermellón en sus mejillas y el pañuelo de seda sosteniéndose apenas ladeado todavía del cuello, nuestra facha hacía pensar que estábamos casi en una trifulca con las bestias y aunque se hacía la hora del almuerzo y los ravioles ya se estarían calentando en las cacerolas, el orgullo íntimo e inexplicable del hombre tonto, no nos permitía resignar un metro del terreno conquistado a las vacas aunque hubiera un par de fugitivos que no era posible hacer volver al redil.
La batalla final comenzó cuando José Gabriel enlazó de puro ojete a la vaquillona rebelde y su consabido alambre, y una algarabía generalizada surgió del grito de los chicos que parecían un grupo de huérfanos abandonados sobre la caja de la camioneta, nosotros suspiramos aliviados, claro que no deberíamos habernos relajado pensando “Ya está, ahora es nuestra”, porque la vaca mañera al sentir el tirón de un elemento extraño comenzó a saltar, un corcoveo que alejó al resto del ganado y pudimos ver a José Gabriel sosteniendo la soga y detrás de la vaca como si fuera un héroe de la mitología, lamentablemente esta impresión duró poco, porque casi enseguida José Gabriel comenzó a ser arrastrado por el animal y a seguirlo servilmente para no perderlo, me preguntaba quién se cansaría primero, si el animal o el hombre, y en eso estaba cuando vi surgir de la sombra de un eucalipto a Eduardo José que con agilidad impensada alcanzó a José Gabriel y juntos se aferraron a la soga, y hundieron con fuerza los talones a la tierra arada, fue un instante en el cual grandes y chicos saboreamos la posibilidad del triunfo, fue un momento en el cual la vaquillona se quedó casi quieta, bufó, y de ese resollar apreciamos que le colgaban gruesas babas lánguidas y blanquecinas, la vaca levantó el lomo y la tensión de la cuerda llegó a su máxima expresión. Podía verse en las caras de José Gabriel y Eduardo José que casi rezaban porque la vaca recuperara la docilidad que estos animales suelen tener en las propagandas de chocolates, había que quitarle el alambre y así poder ir todos a almorzar, pero ninguna de estas cosas ocurrieron, porque la vaca rebelde corcoveó y comenzó a avanzar, y cuando la vaquillona comenzó a moverse, José Gabriel y Eduardo José eran arrastrados por ese avance, la vaca aceleraba y frenaba, lo cual aflojaba la cuerda y desparramaba a los hombres, y entonces la vaca tomando velocidad los hizo correr un buen trecho hasta que en una curva lo perdió a Eduardo José, al cual vi caer hacia adelante y rodar con cierto estilo, para luego pararse de inmediato como una continuación de la voltereta, los lentes siguieron en su lugar sobre el generoso puente de la nariz de Eduardo José a pesar de la acrobacia realizada. José Gabriel ya solo no pudo sostenerla y la vaca, con la soga al cuello y el alambre en la pata, huyó a campo traviesa, con un José Gabriel detrás que no desistía y la perseguía con enfermiza obstinación, un despliegue que nos hacía emocionar.
Es un hecho que de lejos no veo muy bien, así que lo que voy a contar a partir de este momento puede ser que lo haya imaginado, o que el deseo de que terminara este episodio me haya distorsionado la poca memoria visual a aquella distancia, es que yo había quedado rezagado y muy lejos luego que José Gabriel saliera corriendo detrás de la vaca y Eduardo José se subiera a la camioneta con todos los chicos a cuestas. Me pareció ver la camioneta en el horizonte y a la vaca girando a su alrededor, una figura chiquita que imagino sería José Gabriel rondaba a la vaca, se acercaba y se alejaba sin llegar a tocarla, hubo un momento en el vi a Eduardo José salir del vehículo y correr a la par de José Gabriel detrás del animal que seguía rodeando a la camioneta. Al parecer la soga era sostenida de alguna forma al vehículo, luego vi caer a la vaca al piso, lo vi saltar a José Gabriel con energía, como si la alegría de que el animal cayera al piso fuera incontenible, lo vi agacharse, imagino que retiraba el alambre de la pata, pero no tranquilo con ello, era evidente que algo pasaba, le gritaba y gesticulaba con los brazos a Eduardo José que subió a la camioneta y dio marcha atrás, cuando llegué al sitio, la vaca yacía de lado y aunque liberada de la soga no se ponía de pie, los ojos negros habían adquirido la opacidad de la arcilla, la respiración era corta y fraudulenta, José Gabriel se lamentaba en lugar de estar contento porque el animal parecía dar bocanadas desesperadas intentando respirar, pero era notorio que le costaba aferrarse a la vida, José Gabriel y Eduardo José llevaban incrustadas en las zapatillas y dispersas por la ropa la mierda de los revolcones y corridas, los chicos de pie en la caja miraban la situación en un silencio de espanto, la vaca se moría.
Cuando hoy prendí la computadora  y accedí a mi Facebook me encontré que José Gabriel y los chicos posaban con Tito en una fotografía de felicidad, la vaca que se había liberado al fin del alambre y que resultó ser un novillo de cuatrocientos cincuenta kilos -Tito-, no murió, José Gabriel y los chicos se encariñaron hasta la lágrima con ella o él, al parecer el animal agradecido luego de resucitar manoteando bocanadas aire -aunque se cuenta que se salvó porque José Gabriel llegó a hacerle respiración boca a boca- se apareció en el jardín al día siguiente de aquel episodio y parecía un promontorio de arcilla en su inmovilidad dura y rebelde, hundidas las pezuñas en el barro y la cabeza doblegada.


FIN


miércoles, 9 de abril de 2014

lunes, 31 de marzo de 2014

CUANDO 1982 PODRIA NO HABER OCURRIDO

El ambiente en el que nos encontramos es acogedor. La mesa y las sillas donde nos sentamos son sólidas y de un tinte marrón oscuro. Me ubico mirando hacia la ventana que da a un patio, observar el verde de ese patio me distiende. Rolando comienza a hablar sin premura. Hilvana cada una de las frases con sumo cuidado, y por momentos parece distraerse, la memoria se queja sin mucho esfuerzo, cuando tengas más años te va a pasar igual, le digo que ya me pasa… Salgo del Museo Histórico de Ituzaingó, me gustó conocer a Rolando Goyaud, tomar un café y conversar rodeados de objetos y presencias del pasado, me gustó la historia de la caja olvidada y ver esas fotos en blanco y negro, me gustó escuchar de Rolando el motivo por el  que me convocó: "Estas líneas en la contratapa del libro que editó", y cuando gano la calle -está fresco y ha comenzado a anochecer-, pienso que 1982 podría no haber ocurrido. Camino hacia mi casa y mientras voy sorteando las baldosas rotas de las veredas  una agradable pero extraña sensación que no puedo adjetivar, me envuelve.

La historia de la caja olvidada y su contenido:
https://docs.google.com/file/d/0B15DHCGffQTVYktYejlUaGszWlU/edit 

Contratapa del libro editado por R.Goyaud, "En Malvinas al servicio de Argentina"


Fuentes: Museo Histórico de Ituzaingó y diario La Voz de Ituzaingó
http://www.lavozdeituzaingo.com/2013/04/11/conociendo-a-rolando-goyaud/  (relato publicado en La Voz de Ituzaingó por D. Fuster)
http://es.wikipedia.org/wiki/Rolando_Goyaud  (biografía de Rolando Goyaud, director del Museo Histórico)

viernes, 7 de marzo de 2014

MUJER



Desde aquella vez en la que quemé mi epidermis con costumbres Ella ha dejado de tutearme, camina por su barrio colgando pedacitos de inexplicables, y aún se demora en la vidriera de la juguetería. Pienso que quizás se enteró que anduve tocándole las lágrimas o no le habrá gustado que fuera a la farmacia a curar mis manos del escozor que dejó su recuerdo. Veré si le escribo y le diré que me sigue gustando imaginarla preparando postres, ésos en los que me relamía como si fuera un chico, pero siendo un hombre.


sábado, 1 de marzo de 2014

NACI UN DIA DE CARNAVAL


La vieja me contó que el día en que nací era carnaval y que en esa época además no salía el diario por ser feriado. Hoy parece ser un hecho muy curioso la falta de diario en feriado, “¡Para lo que hay que leer hoy!” rezongaría la voz el abuelo. Esa ausencia de noticias impresas destacaba la relevancia que la sociedad de aquel entonces le daba a estos festejos. El Carnaval era una fiesta y como tal se festejaba. Cuando crecí e ingresé en la universidad, y  más tarde comencé a trabajar, estas fiestas con sus feriados  fueron desapareciendo. Hoy, las manifestaciones que van surgiendo, lo hacen desde el propio corazón de los barrios, porque decir Carnaval es decir barrio, o club, o potrero, o noche, o luces y también tarde de siesta. Valga entonces esta anécdota real y nostálgica que voy a contarles para recordarlo y recordarme naciendo en un día así, por allá en Bahía Blanca, la otrora “puerta” del sur argentino.

No tendría más de nueve años, vivíamos en el barrio La Falda cerca de una zona alta que llamábamos La Loma, la que portaba en su geografía los añorados baldíos, y que el avance demográfico junto a la modernidad fueron reduciendo hasta eliminarlos totalmente. Un baldío era una zona virgen, donde los pastos crecían sin control, y dependiendo de sus dimensiones, podía tener algún árbol que habría nacido guacho y también un camino que lo atravesaba. En las horas de calor el sonido de las chicharras era ensordecedor y provenía exclusivamente de aquellos pastizales. El baldío de esta historia estaba en una esquina y tenía loma propia, ocuparía una superficie equivalente a dos terrenos grandes y los vecinos para acortar camino lo cruzaban en diagonal, así el tránsito de peatones había marcado una cicatriz a través de los yuyos. Esa tarde andábamos en un grupo de siete, y llevábamos dos baldes de los que sirven para poner en remojo la ropa que no se puede mezclar con el resto porque destiñe, los baldes rebosaban de globos multicolores con agua. El Dani y el Toni, los dos más grandes lideraban el grupo, Marcelito el hermano del Toni era el más chico. Yo no era de primerear en nada, en hacer algo, o en hablar, no es que fuera tímido o miedoso, o careciera de iniciativa, más bien me mantenía atento y esperando que los acontecimientos  sucedieran. Lo cierto es que aquel día quizás envalentonado por el rayo del sol o aturdido por el ruido de las chicharras fui quién se dirigió al baldío de la esquina con dos globos de agua. Uno rojo y otro amarillo. La mujer –la víctima potencial-, que en realidad hoy advierto, sería una chica de casi veinte años, tenía el pelo negro cayéndole a plomo sobre los hombros, y también húmedo como si se hubiese dado una ducha reciente. Una solera blanca de escote redondo y muy corta destacaba su piel tostada. Llevaba lentes oscuros y una cartera al hombro. Me vio venir y se detuvo en la parte alta del baldío. La vi dudar por unos momentos, y cuando se quitó lo lentes su mirada era de sorpresa, luego de susto y finalmente de odio cuando el globo rojo reventó sobre una de sus clavículas desnudas. Abrió muy grande la boca tragándose todo el aire a su alrededor, no hacía frío, todo lo contrario, pero ella pareció tiritar por unos breves instantes, quizás de rabia. Después de esto no me acuerdo mucho, sí que salí disparando mientras el globo amarillo al que ya le había dado la espalda, iba con destino de su cabeza. Se escuchaba mucha bulla a unos metros proveniente del grupo, desconozco si me alentaban y vitoreaban, o me decían que me rajara que alguien se acercaba. Cuando pisé de nuevo las baldosas de la vereda me detuve para observar. Los pelos de la chica tan prolijamente peinados chorreaban alborotados y el rímel le surcaba los lagrimales derramándose en una línea vertical y sinuosa. Gritaba. El globo amarillo había reventado en su frente. No hacía falta saber qué decía, solo que me dio mucho miedo verla fuera de sí. Corrí muchas cuadras buscando a mis amigos que no pude encontrar. Cuando volví a casa, muy cansado, abrió la puerta mi abuela. “¿Dónde estabas?”, me preguntó intentando parecer seria, pero se le notaba que no podía debido a la facha que yo tendría. No atiné a contestarle, “Andá y cambiáte antes que vuelva tu papá del trabajo”, me dijo mientras me revolvía el pelo con su mano. Este es el espíritu que el Carnaval trae consigo y que deseo rescatar, la desfachatez de una murga, la música y las risas, la nostalgia de los pantalones cortos, y también la travesura. En definitiva, la alegría de los recuerdos. De los mejores recuerdos.

“Y cuando se acercaba la fiesta,
¿cómo explicar la agitación íntima que me invadía?”
Restos del Carnaval, Clarice Lispector


Nota del autor: los hechos y los personajes son verdaderos en su esencia, aunque seguramente la memoria distorsiona algunas cosas al recordar la anécdota. En la fotografía tengo 8 años, es la más cercana a la edad que tenía en el relato que pude encontrar. Al verla me di cuenta que la mirada de las personas pocas veces cambia aunque los años vayan pasando.

miércoles, 19 de febrero de 2014

CRUZAR

“Alguien me dijo una vez que no valoraba la vida.
Eso dolió. Duele, y seguirá doliendo”


Todavía el calendario de gmail una semana después me alerta: “FALTA UN DIA”, y agrega: “COMIDA PRIMER DIA”, aún no sé que voy a tardar más de doce horas y que el queso con pan que compré en el puerto de Chile será una gloria a la tarde del día siguiente. No sé que me sentaré sobre una piedra al costado del sendero, y que veré pasar a los que vendrán detrás, no sé que algunos alzarán la mano al verme y me sonreirán con cierto cansancio, todavía no sé que yo los observaré mientras almuerzo ajeno a esa fila interminable de rostros cansados, sucios, y sudados de muchas horas de andar, fila de la que provengo. Yerson me aconseja: “Más duele más tenés que andar, el dolor con dolor se apaga”.  Cuelgo la mochila a mi espalda y continúo. Comencé a cruzar allá por el dos mil uno cuando un accidente de auto casi acaba con mi vida. Por unos segundos o quizás solo fueran milésimas de segundo sentí que ya no pertenecía a este mundo, y pensé con un dejo de tristeza cuando el auto se elevaba en el aire: “… y todo lo que me faltaba vivir”. En esos momentos cuando ya nada depende de uno, se siente una intensa tranquilidad, es un sosiego inexplicable que no se desea abandonar, luego sobrevino el impacto que me devolvió al pavimento. Mi pie derecho entra en el barro y tantea, puedo sentir la geografía de la montaña a través de la suela de la zapatilla, busco un lugar firme donde descargar el peso del cuerpo y poder dar el siguiente paso. Busco avanzar. Luego mi pie izquierdo hará lo mismo, y así sucesivamente, derecho, izquierdo, derecho, izquierdo, como cuando nos daban la instrucción militar en el ochenta y uno. Continuaré sin prisas y sin pausas, me iré introduciendo en la selva de montaña valdiviana como si llegara a una enorme residencia que me encandilará, y no importa ya mojarse porque la lluvia lo ha hecho hasta el hartazgo, tampoco embarrarse nos afecta porque el barro también ha hecho lo suyo. El barro, su consistencia y su profundidad, su estar debajo de un agua superficial que tramposa lo disimula, lo esconde, un barro de reaparecer constante, podía ser detrás de un árbol, o de un cambio de dirección, a veces en una zona en descenso, otras ascendiendo, el barro siempre ahí, permaneciendo y esperándonos con su olor pútrido a raíces muertas. Hay barro en tus piernas y también en tus manos. El barro seco y cortante que lastima. El barro del que provenimos. El barro que cientos de pisadas han amasado. Necesito cada tanto detenerme para extraer el agua retenida en las zapatillas, lo que interesa, lo que importa en realidad es continuar, no enfriarse, no mirar hacia atrás, no voltear, la vista al frente y al piso donde cada pie, cada paso que se va dando encuentre su lugar, la ubicación más segura y seguir, no es posible torcerse un tobillo, tampoco caerse, las ampollas y las uñas rotas son olvidables, faltan todavía muchas horas por andar, cuántas no lo sé, tampoco hay referencias de distancias, las cintas plásticas naranjas y violetas señalan el camino, la naturaleza se empeña en moverse y molestarnos, rayarnos las piernas y los brazos, pincharnos, darnos latigazos verdes, así es este lugar por donde estamos pasando. Todo es bello, majestuoso, pero también inclemente. Hay que subir, bajar, trotar, caminar, sentarse, hablar, sonreír, escuchar, querer dejar, querer seguir, quitar las gotas de sudor salado que arden en los ojos, pensar en tu vida allá, volver al momento acá, escuchar lo que dicen los otros, distraerte, inspirar, exhalar, ponerte la campera porque llueve, quitarte la campera porque ha salido el sol, reír con la boca muy abierta, creer que vas a llegar, pensar en quiénes pueden estar en la llegada, pensar en quiénes no estarán en la llegada, emocionarte mientras el agua que chorrea por la visera de la gorra cae sobre los anteojos enturbiando las lentes. El agua recorre tu campera y moja las piernas desnudas. Mientras, tus pies deliran, y duelen, y mientras sientas todo aquello, sabés que aún, es posible cruzar. Falta poco, poquísimo, y ya estás por cruzar la frontera, pero no es un límite geográfico entre dos países lo que estás por cruzar, no, no lo es, el cruce primero e inminente que estás haciendo es diferente y acaso brutal, tu condición física y tu estado mental, soportan, sufren, y siguen, y cuando comprendas esto, cuando logres ser lo suficientemente honesto para comprenderlo, entonces sí, habrás cruzado. Yerson en definitiva  tenía razón, el dolor con dolor… se paga.


La estadística dirá que:
Daniel Fuster, cruzó a pie la cordillera de Los Andes.
Que esto fue entre los días 7 al 9 de febrero del 2014.
Que desde la salida a la llegada insumió 58 hs, y que estuvo “andando” casi 24 hs.
Que participaron alrededor de 1400 personas y que recorrieron alrededor de 100 km.
La estadística dirá que llegó en el  puesto 1087. Pero todos sabemos que las estadísticas mienten.


lunes, 3 de febrero de 2014

QUE EL VASTO MUNDO SIGA GIRANDO, Colum McCann

“Todas las vidas que podríamos vivir, todas las personas a las que jamás conoceremos, que jamás seremos, están en todas partes. En eso consiste el mundo.”

El equilibrio de un hombre sobre una cuerda que une las Torres Gemelas, dos hermanos que se encuentran en el Bronx, la prostitución de las mujeres, Vietman con sus secuelas, son tramos del libro que McCann va enhebrando con recursos y tonos, ciertamente inesperados.

“Ciaran caminaba unos pasos delante de mí. Una persona puede parecer distinta de una hora a otra, según el ángulo de la luz del día. Creo que era mayor que yo, pero por un momento me pareció más joven y sentí el impulso de protegerlo.”

El encuentro y el desencuentro del ser humano traicionando lo que siente por lo que debería creer que siente.

“Me expresaba exactamente como Blaine, lo sabía. Todo lo que estaba haciendo era rechazar la culpa… Era como si hubiera incendiado la casa y buscara entre los escombros las cenizas de la que fui, pero sólo encontrara la cerilla que estuvo en el origen del siniestro. Me debatía frenéticamente, buscando cualquier justificación. Y, sin embargo, en algún rincón de mi mente todavía pensaba que tal vez era sincera, o tan sincera como podía serlo, tras haber abandonado la escena del accidente y haber huido de la verdad.”

Y la despedida siempre, porque en el mismo título del libro, por cierto, una frase hermosa, la vida sigue girando.

“Su mano rozó la mía. Ese viejo defecto humano del deseo. Pasé otra hora con él, durante la que apenas nos hablamos. El lenguaje corriente se me escapaba. Se volvió hacia el barman, le hizo una seña y le pidió dos copas más.
-          He de irme.
-          Me beberé las dos, replicó.
Salí del local. Antes de irme miré de nuevo hacia el bar. Ciaran estaba sentado a la barra. Cuando miró en mi dirección me quedé inmóvil. Entonces me apresuré a alejarme. En esta tierra hay rocas tan profundas que, por muy grande que sea la brecha, jamás verán la superficie. Creo que existe un miedo al amor.”

Que el vasto mundo siga girando, es el título del libro que en estos días estoy finalizando de leer. Premiada con el prestigioso National Book Award en el año 2009, la novela del irlandés Colum McCann es un desafío al pensamiento y también a la forma de vivir. Sus personajes llegan a todos los límites posibles, y bordean lo bueno y lo malo, la vida y la muerte. Y algunas veces los traspasan.

jueves, 23 de enero de 2014

BAJO FUEGO

“La oscuridad es otro sol”, Olga Orozco.


Avanzo inseguro detrás de él, y cada paso que doy, siento que no es solo avanzar a ciegas sino también que, cuando el pie, sea el derecho o sea el izquierdo, se hunde en ese sustrato de ramas que crujen, de hojas desperdigadas, de tierra suelta y espacios vacíos, podés caer y tener que levantarte luego sin saber las consecuencias de la caída, caerse en estos momentos puede ser una verdadera caída.


Unos pocos minutos luego de reconocer el sitio y lidiar con la hojarasca encendida, sobreviene la necesidad de saciar la sed que todo tu organismo reclama a través de la boca reseca. “Dejame y andá por agua”, le digo cuando escucho: “Ya está controlado y por suerte no hay viento, que sed. Qué sed”. Él habla desde su experiencia, desde las cosechas y los veranos acumulados, desde los riesgos, apuros y sobresaltos; pero también lo hace desde la tranquilidad que le transmiten las horas de máquinas andadas, reparadas, rotas y vueltas a reparar, de aquellas horas incontaminadas de los tractores aporcando, de los tiempos dedicados a las bromas, de risas y charlas en los breves descansos entre las tareas de los hombres rurales, hombres que llevan la tierra negra hundida en los pliegues del cuerpo, bajo las uñas, y que como si de una pátina se tratara se desplaza con ellos.

Hubo corridas. Primero, cuando apenas el corte de luz en la noche disparó en la conciencia preguntas sobre lo que podría haber ocurrido. Luego, él hizo ese pasaje cuando los sentidos de la percepción visual se murieron, y el cuerpo lo llevó fuera de la casa con premura, para percibir en la noche agobiante el calor del día, el calor de los días, la falta de lluvia, la necesidad de una lluvia, algo que en su respuesta no estaba del todo bien, el corte de luz limpio y sin titubeos de filamentos incandescentes resistiendo, no había sido habitual a otros cortes con los que el viento y las tormentas de agua lo tenían acostumbrado. Quizás fuera el aire que trajo los primeros rastros del fuego, o la vista que en el exterior, ya liberada de la súbita oscuridad de la casa, con todo el horizonte disponible, éste se tiñó con los destellos anaranjados del fuego. No fueron más de unos segundos los que pasaron, dos, tres, tal vez cinco, cuando José puso en movimiento los años acumulados de andar en el campo.

Avisar del incendio se transformó en otra cuestión urgente de dedos resbalando por las pantallas táctiles. Sin señal, todos comenzamos a deambular de acá para allá buscándola, gritándonos, cada uno con el celular en la mano observándolo con vehemencia, esperando el pequeño milagro, la escala de líneas en la pantalla, la señal telefónica, para pedir auxilio, y sin embargo, con tanta tecnología disponible y mientras José ya había partido a buscar los matafuegos, la tarea resultaba casi inútil. Antes habían sido las llaves del galpón que no estaban, la vuelta por las llaves, con dos matafuegos y una pala saltamos el alambrado, circunstancias que iban testeado la extrema vulnerabilidad al fuego, a ese fuego de la noche que es cuando mejor se lo percibe.

Ahora que es el día siguiente, veo los tajos en las piernas, veo que alguna espina ha quedado, que estas marcas pueden ser el llamado de atención que necesitamos. Las gotas del sudor cayendo sobre la frente, enturbiando y salando los ojos, gotas de un sudor ajeno, de un motivo ajeno. Trabajamos sobre el perímetro del fuego con meticulosa celeridad, la que nos permite este andar abrasador a contraluz. Doy con cuidado los pasos, las zapatillas que calzo pueden ser las primeras víctimas del calor del piso que no siento pero que intuyo. Intercambiamos pocas palabras, una pala y una rama gruesa son nuestras herramientas de control del fuego, a lo lejos los faros de la camioneta en la que llegamos alumbra y surgen deformes las sombras del monte, también las nuestras, imposible vernos las caras, y aquellos faros cruzados por una niebla caliente intentando un afecto remoto, el apoyo que nos hace falta mientras los bomberos llegan, y llegarán, pero no lo sabemos, no conocemos todavía que está haciendo el mundo por nosotros y este bregar nuestro entre las cenizas que va dejando el fuego.

El pequeño monte se alza como una trampa más en esta noche tan distinto de su sombra que sosiega durante el día. Caminamos el fuego, de alguna forma caminamos rodeándolo como si de una danza se tratara, paleamos tierra sobre el infierno chico y controlamos sus intentos por trascender para dar otro de sus espectáculos, evitar mañana  los titulares en el diario, de alguna forma quemamos nosotros también nuestros pensamientos porque no es posible en este momento pensar, hay que hacer, ahora, solo eso es, palear, seguir paleando la tierra ya chamuscada, seguir ahogando los brotes que aquí y allá el fuego alza como breves rebeldías requiriendo respuestas. Y aguardar. Los bomberos, ahora sabemos, están en camino. El momento está teñido de arañazos calientes y sed en la boca. Sudamos. Primero un coche, luego otro, y otro más, un cuarto vehículo aparece finalmente. Nos vamos a enterar que la autobomba se ha perdido en el cruce al llegar al pueblo, luego vamos a saber que hubo que ir a buscarla, que hubo que guiarla hasta el fuego mismo. Miro la hora, el cuarto vehículo ha sido la autobomba, los anteriores, dos de la policía y uno de la compañía eléctrica. Todo es materia opinable, que pasó, porqué pasó, era necesario arriesgarse así, y para qué hacerlo. 

Al día siguiente, la mayoría de los recuerdos se verán modificados por la luz, anoche, las escasas luces que daban forma a la oscuridad sofocante del momento, eran las llamas, esas que podrían si la fortuna hubiese estado de su lado, habernos lastimado y dañado de tal manera, que no habríamos olvidado esa noche. Los arañazos en las piernas se sienten con el ardor de la carne chamuscada, y desde los omóplatos hasta la cintura, la vida, el fuego, y el deber moderan y equilibran. Con la audacia se esconden los miedos, eso dicen.

miércoles, 15 de enero de 2014

EL HOMBRE DE LA MIRADA MELANCOLICA


En general las personas creen que la poesía es algo extraño y solo para gente muy particular o “rara” y arrugan el ceño cuando escuchan recitar un poema. Nada más alejado de este pensamiento, porque la poesía está entre nosotros para ser descubierta, incluso está en esas mismas personas que realizan aquellos gestos. Solo hay que tener el valor de detenerse y mirar, o escuchar-saborear-tocar y olfatear. ¡Hay que usar los sentidos! Porque la vida es poesía aunque al escribir esto corro el riesgo de ser considerado “trillado”, pero no me importa, porque exponerse a ello, también es poesía. Hace tiempo que en la escritura que hago he intentado tomar distancia de la prosa considerada poética, no obstante esta vuelve una y otra vez, y sin pedir permiso se instala en las historias que imagino y también en las que vivo. Y cuando repaso ese texto me sonrío por esos vanos intentos de erradicarla.

Escribió Juan Gelman:
Si me dieran a elegir, yo elegiría este amor con que odio, esta esperanza que come panes desesperados. Aquí pasa, señores, que me juego la muerte.
Cómo será pregunto. Cómo será tocarte a mi costado. Ando de loco por el aire que ando que no ando.
Ayer, murió en México Juan Gelman, el hombre de la mirada melancólica, y quería de alguna forma recordarlo con estas palabras. 
Gracias Gelman... por tu valentía. 

lunes, 6 de enero de 2014

CARTA A CORTAZAR

"Yo describo, y defino, y deseo esos ríos, ella los nada...
Yo, condenado a ser absuelto irremediablemente,
por la Maga, que me juzga sin saberlo.
Ah, déjame entrar, déjame ver algún día como ven tus ojos."
RAYUELA, Julio Cortázar



Estimado Julio, no puedo dejar de contarte que a pesar de todas las macanas que me mandé sigo ahí, ella me quiere y no me ha echado de su vida, no obstante, igual sufro, y no sé si no lo hago más que antes. Que porqué te escribo, es que me parece natural hacerlo, pero voy a ser concreto así te doy algo más que esta latosa carta donde te hablo de mi amor por ella. Te escribo por tus cuentos, porque después de leerlos una y otra vez, no me cabe la menor duda que si alguien entiende de mujeres sos vos. Claro que hay que partir de la base que a las mujeres es posible entenderlas, aunque en este sentido soy bastante pesimista, es que ese halo de cierto misterio que despliegan con sus medias sonrisas y sus gestos, y también con sus silencios, o esa forma que tienen de vestirse y de mirar las cosas, y que son parte de su atractivo, es decir, la encantadora seducción de la mujer, nos confunden.

Miramos algunas fotos, charlamos. Que bien me sentí mientras lo hacíamos, y cuando la escuchaba tuve una sensación nueva que no había experimentado con ella a pesar de que hace tiempo que nos conocemos, escucharla hablar de cualquier cosa, con tiempo, sin nadie alrededor, luego de habernos amado, fué diferente, le dije: “Contame algo nuevo”, y así lo hizo, algo que a ella le viene de muy adentro y que hace con sumo placer y se le llena la boca de agua cuando lo cuenta, y te decía Julio que cuando nos miramos en ese espejo uno al lado del otro, yo algo detrás de ella, y mi mano sin prisa y sin excusas le recorrió la espalda y se acercó a la parte inferior del vestido y subió por su muslo, quise quedarme, pero ya no había tiempo, pasaban a buscarla  y me tuve que ir.

Algunas personas me dicen que algo de vos tengo. Me gusta eso, me hace sentir más alto y cuando camino por la calle sonrío. Mis lentes de carey están sobre el escritorio y veo que son parecidos a los que llevabas puestos en esa foto que te sacaron cuando volvió la democracia a la Argentina en el 83 y te encontraron caminando la ciudad, reconociéndola, dicen que andabas por la zona de la Avda. de Mayo y la peatonal Florida como un turista, ¿Te acordás?

Luego hubo que pasar la noche sabiéndola bailar y sonreír con otro. Pero amaneció un día hermoso, y hoy es sábado, y escribirte Julio me ha hecho mucho bien, y mientras ella duerme en su cama, voy a pensar que está sola con mi recuerdo, porque necesito sentir que aunque no la vea por un tiempo, aunque no me escriba, aunque no me hable, porque ella dice necesitar irse de esa forma, separarse de mis besos para recibir otros besos, quiero creer que seguirá siendo mía como ayer cuando yo la tenía rodeada con mis brazos, mientras ella me tenía rodeado por sus piernas. Creo que en esta vida casi todo tiene solución. Nosotros no. Nuestros presentes y nuestros pasados colisionan permanentemente a pesar del amor, y me pregunto si tendremos futuro.

Te mando un abrazo y espero que tus cosas anden bien, y que me cuentes que estás escribiendo en estos días, o me escribas de lo que se te ocurra, tus cartas siempre se disfrutan como si uno estuviera leyendo un cuento, aunque me corrijo, vos en realidad escribís las cartas como sos, como sentís la vida, y como la vivís, porque lo que ocurre en realidad es que tu vida se parece mucho a lo que nosotros, aquí, donde amo, vivo, leo y escribo, manteniendo siempre ese estricto orden... te decía que tu vida, se parece mucho a lo que nosotros aquí, llamamos "un cuento". El riesgo está en vivir así. Pero es tan lindo que así fuera, que yo viviría ese riesgo. Pero solo, lo que se dice solo, no se puede.



domingo, 22 de diciembre de 2013

TIEMPO DE DESEOS


Hoy hace casi un año me realizaban esta entrevista en Canal 9 TV Bahía Blanca con motivo de la presentación de la 2da. edición del libro de cuentos La abuela Luisa y otros relatos, en la misma hablo no solo del libro a presentar sino también de una nueva novela: CRONICAS sobre 1982
He recorrido mucho camino durante el año 2012 y también durante el 2013 con mi proyecto de la novela CRONICAS sobre 1982 que hoy he dado en llamar CRONICAS de Piedrabuena y con el que participo en concursos literarios. Mientras, sigo buscando en editoriales y agentes literarios nacionales e internacionales quién se interese en las mismas. La entrevista de solo tres minutos es fiel en contenido y emoción y transmite lo que para Daniel Fuster significa escribir. Es una parte de mi forma de vivir, y por sobre todo, es un deseo en tiempo de deseos.




miércoles, 11 de diciembre de 2013

¿Lo leíste?

Silvia HOPENHAYN, Alfaguara, 2013

Daniel Fuster, 11 de Diciembre 2013

Dice Hopenhayn en el prólogo : 
“Es una rara sensación de acople entre el texto que voy leyendo y mis ansias de compartir el efecto de su lectura; como si pescara algo intrépido de lo humano que aparece en lo escrito, y quisiera atraparlo antes de que se funda nuevamente en la historia… “
La presentación del libro fue en DAIN Usina Cultural el pasado jueves 5 de diciembre, y el panel estaba compuesto exclusivamente por “Libreros”, pero cabe aclarar aquí lo siguiente, transcribo los conceptos de Natu Poblet (Clásica y Moderna): Yo creo que estamos convocados como lectores antes que como libreros. Y el desarrollo del encuentro-presentación le dio la razón, porque hablaron de la lectura, de su intensidad, del placer de la misma, de la necesidad de compartir esas lecturas, del deseo de recomendar un libro. 

Alguien dijo, La lectura es una pasión que a menudo despierta otra: la de recomendar”.


Esta no es una reseña común sobre un libro, porque el libro no es un libro común. Para comenzar el título es una pregunta, que no deja de ser un cierto desafío, o una incomodidad como bien expresó con humor Luis Mey (flamante Premio Ñ 2013).

La dedicatoria que se encuentra al final rompiendo cánones literarios es otro de los detalles singulares del libro, y es por cierto muy bella:
A mi padre, Benjamín Hopenhayn, por su cuidado de las palabras y la alegría de la lectura, in memorian.

El espíritu del lector está reflejado en esta poesía:
“Ah, ese frescor en la cara de no cumplir un deber/ Faltar es, positivamente, estar en el campo./ […] Respiro mejor ahora que ha pasado la hora de las citas./ Falté a todas, con deliberación en el descuido/ […] Soy libre frente a la sociedad organizada y vestida./ Estoy desnudo, y me zambullo en el agua de mi imaginación./ Es tarde para estar en cualquiera de los dos puntos/ donde debía estar a la misma hora…/ Pues bien, aquí me quedaré soñando versos y sonriendo en cursiva./ ¡Es tan graciosa esta parte lateral de la vida! […]”. Extracto del poema de Álvaro de Campos (heterónimo del poeta Fernando Pessoa) incluido por la autora en Día del lector: el nacimiento de Borges.
Noemí Bank (Librerías Santa Fé), nos trajo anécdotas de la infancia de Silvia, cuando su padre la llevaba a la librería a escoger sus lecturas. Nos cuenta la misma Silvia en La palabra que inventó María Elena Walsh. “Uno de mis libros de cabecera, en el sentido literal de la palabra, un libro que durmió debajo de mi almohada, que se cayó de mi cama, que me esperaba despierto en la mesita de luz, o sea, que siempre estuvo cerca de mi cabeza, al menos en mis primeras lecturas, fue publicado el mismo año en que nací. Dailan Kifki, de María Elena Walsh… Yo tenía algo de ese elefante y quería que ese elefante tuviera algo de mí”.
Cuando a Silvia -que realiza una columna semanal para el diario La Nación- el día anterior le preguntan sobre que va a escribir, responde invariablemente: “No lo sé”. En esas tres palabras sobreviene el porvenir, cierta esperanza, una ilusión, una sorpresa que también es una incerteza. Es como el comienzo de la lectura de un libro nuevo. Imagino a Silvia sentada en su escritorio de espaldas a una ventana, es media mañana de un martes. Cuando alza la vista y observa su biblioteca, el cursor titila en el archivo que ha abierto en su pc. Piensa en las novedades que ha recibido durante el mes en curso y que se apilan en una esquina del escritorio, tiene los lentes puestos, sonríe al recuerdo de alguna anécdota o hecho reciente, de pronto se instala la serenidad en su rostro, no hay apremio, pero si decisión, ha logrado atisbar lo que quiere escribir y sonríe, se divierte imaginando el transcurso de su columna, recorre y reconoce los bordes que impone la edición de la misma en el diario, ¿Leíste todo esto reseñado en tu libro?, le pregunto. Silvia suspira y contesta, aunque en realidad piensa: “Es apenas una parte”, pero no me responde porque no estoy ahí. Me quedo pensando en ese apenas como un pedazo de mar en el que nos damos un chapuzón, el mar tan vasto, tan inalcanzable, tan inalterable; y en lo parecidas que son las sensaciones de sumergirse y de vastedad con el mundo de la lectura.


La presente reseña ha sido publicada  en Casa  de Letras, Escuela de escritura y oralidad, 
Silvia HOPENHAYN, (1966), escritora y periodista cultural. Dirigió el suplemento El Cronista Cultural; fue columnista de libros en radio; condujo en televisión programas literarios, los más recientes, “Mujeres x Hombres” y “Hombres x Mujeres”, recibió los premios Julio Cortázar de la Cámara Argentina del Libro, Konex de Oro, ATVC y FundTV. Fue corresponsal para Televisión Española del programa “Los libros” e integró el Jurado del Premio Alfaguara de Novela. Es coatura de los libros de ficción Cuentos reales (2004) y La espina infinitesimal (2006), y autora de la novela Elecciones primarias (Alfaguara, 2011) y los libros de conversaciones con escritores La ficción y sus hacedores y Ficciones en democracia. Tradujo, entre otros autores, a Gérard de Nerval y Jean Cocteau. Actualmente, es Jurado del Programa Sur para la traducción; escribe una columna semanal, “Libros en agenda”, en el diario La Nación; realiza el ciclo “En busca de un personaje” en la Casa de la Cultura (FNA) y el taller de lectura “Clásicos no tan clásicos”. Es docente de Casa de Letras, dictando cursos de Lectura y Análisis de textos.

martes, 26 de noviembre de 2013

DE LOS JUEGOS DE CORTAZAR

... Como el juego marcaba estatua, le elegimos cosas preciosas que iban bien con las alhajas, muchas plumas de pavorreal para sujetar el pelo, una piel que de lejos parecía un zorro plateado, y un velo rosa que ella se puso como un turbante. La vimos que pensaba, ensayando la estatua pero sin moverse, y cuando el tren apareció en la curva fue a ponerse al pie del talud con todas las alhajas que brillaban al sol. Levantó los brazos como si en vez de una estatua fuera a hacer una actitud, y con las manos señaló el cielo mientras echaba la cabeza hacia atrás (que era lo único que podía hacer, pobre) y doblaba el cuerpo hasta darnos miedo. Nos pareció maravillosa, la estatua  más regia que había hecho nunca, y entonces vimos a Ariel que la miraba, salido de la ventanilla la miraba solamente a ella, girando la cabeza y mirándola sin vernos a nosotras hasta que el tren se lo llevó de golpe. No sé por qué las dos corrimos al mismo tiempo a sostener a Leticia que estaba con lo ojos cerrados y grandes lágrimas por toda la cara. Nos rechazó sin enojo, pero la ayudamos a esconder las alhajas en el bolsillo, y se fue sola a casa mientras guardábamos por última vez los ornamentos en su caja. Casi sabíamos lo que iba a suceder, pero lo mismo al otro día fuimos las dos a los sauces, después que tía Ruth nos exigió silencio absoluto para no molestar a Leticia que estaba dolorida y quería dormir. Cuando llegó el  tren vimos sin ninguna sorpresa la tercera ventanilla vacía, y mientras nos sonreíamos entre aliviadas y furiosas, imaginamos a Ariel viajando del otro lado del coche, quieto en su asiento, mirando hacia el río con sus ojos grises. 
Extracto, “Final del juego” (1956), Julio Cortázar
ilustración: Patricio Plaza

sábado, 16 de noviembre de 2013

ESTA MAÑANA

El cielo se parecía a un océano que reclamaba ser nadado, y lo curioso era que no me encontraba en la costa de ninguna playa, tampoco era el borde de un acantilado, estaba sencillamente en la ciudad.


Estar así era como sentirse al revés de algo, como la certeza de estarlo soñando sin el clásico temor a que un sonido cotidiano y reconocido, me colocara con los pies en la vida.
Me permití así nadar aquel mar que se descolgaba de mi pensamiento en el trayecto por el sueño,  y llegué. 
¿No escuchas el remolonear que la cerradura produce ante el contacto de la llave?
¿No ves acaso que estoy intentando abrir la puerta?