domingo, 28 de julio de 2013

PODA

a Dorothy Parker. Nueva Jersey, 1893-1967 


Ato al perro que comienza a ladrar cuando ve aparecer a Jorge y al ayudante en el patio. ¿Le dijo su señora como quiere cortar el árbol?, pregunta Jorge. Quiero leer el diario, pero los ladridos y la motosierra que se acelera no me dejan. Me dijo, le respondo a Jorge, y mientras hablo miro al fresno, y veo al cielo que está gris y para llover. Mi mujer llama, quería saber si Jorge vino como estaba acordado. Mi hija duerme a pesar de los ruidos de la poda. Jorge no me asegura que este verano podamos tener buena sombra en el patio. No creo que la primavera haga milagros es lo que dice. Entro a la casa, que hagan el trabajo sin ser observados. Reinicio la lectura del diario pero mi mujer vuelve a llamar preguntando como anda todo, “Como anda la cosa”, es lo que dice. Le digo que han comenzado a podar el árbol. ¿Dónde estás? Me imagino que estás sentado a la mesa de la cocina leyendo el diario. Salgo al patio, pero para hacerlo debo rodear toda la casa. Las ramas que van cayendo y que el ayudante troza con un serrucho, han cubierto la puerta de salida. El perro ladra, y el teléfono vuelve a escucharse cuando arranca la motosierra, y aunque sea una obviedad le digo que están podando el árbol, me dice que no va a llegar para el almuerzo. Despierto a mi hija. No dormía. La habitación cerrada, la persiana baja, y la falta de movimiento me hicieron pensar lo contrario. Afuera hay silencio, ni motosierra, ni ladridos del perro. La poda que organizó mi mujer, “para proteger la casa“, eso fue lo que dijo, está dejando al árbol ridículo. ¿Qué están haciendo papá que escucho ruidos? Están podando el fresno, le contesto a mi hija. Me parece bien, con una tormenta puede caerse sobre la casa -concluye. Las ramas que caen sacuden el techo. Llamo a mi mujer, ¿Qué querés? Digo que me parece que se ha roto algo en el techo. Por unos momentos parece que la comunicación se ha cortado, pero no, mi mujer está ahí en la línea. Salgo y alrededor del tronco principal hay montones de ramas. Sobre el techo está Jorge trepado al tronco principal, con una mano se agarra del árbol y de la otra le cuelga la motosierra. Abajo el ayudante mira en su dirección. “Dice mi mujer si se rompió el techo, que si ha pasado algo”. Queda poco por cortar y aún deben sacarlo a la calle. Entro a la cocina y llamo, “Jorge dice que no se rompió nada”. A mi mujer no le gusta que el perro entre a su cocina. Salgo y el perro sale conmigo. Parado en el medio del patio el ayudante de Jorge me habla. No entiendo y grito para que me oiga: “¿Falta mucho?” Mientras hablo el perro sin siquiera gruñirle lo muerde en una pierna. Aún estoy viendo al estúpido perro mordiéndolo. El ayudante no grita, no se queja, y cuando miro su pantalón lo veo húmedo donde el perro parece haber mordido. Se levanta la botamanga. Le cuesta hacerlo, el pantalón no es lo suficientemente holgado y además, el ayudante tiene buenos músculos en las piernas. Me llama la atención la piel blanca y lampiña que parece de mujer, mientras una aureola violácea, donde los dientes apretaron, se va formando. La piel está desgarrada, pero no hay sangre. El árbol queda podado y Jorge dice que algunas tejas se han roto, que otro día las cambia. Sacan las ramas a la calle y pago lo acordado, luego llamo a mi mujer. El perro mordió al ayudante de Jorge, digo. Vinieron de un servicio de emergencias. Hay que llevar el perro a observación, tiene que quedar en cuarentena. La poda fue un éxito, terminé diciendo. Corto. Ato al perro.

viernes, 19 de julio de 2013

HABLO RARO

Gracias Liliana, por el humor y la dedicatoria implícita


un cuento de Liliana Masse

Por ahí andan diciendo que yo, hablo raro. El lunes por la mañana el diariero de mi barrio me dijo: andan diciendo que hablás raro.

Según mi hermana, desde chiquito, cuando mamá miraba en televisión novelas mejicanas. - Daniel Hernando, ¿fuiste tú  el que  ha volcado la mantequilla sobre la mesa? - Si, madre, fui yo, pido disculpas, no lo he hecho adrede.- Estabas como traducido.

Me encontré con Marta. Ella me gustaba mucho. Fuimos al Olmo, en Pueyrredón y Santa Fe. Le dije:   ¡Ah!  No es cierto,  ángel de amor/ Que  en  esta  apartada  orilla/ Más  pura la luna brilla/ ¿Y, se respira mejor?/…/ Que espera cantando al día/ ¿No es cierto paloma mía?/ ¿Que están respirando amor? Marta miró a través de la ventana del  bar y trató de encontrar la orilla o la luna. -¿Te sentís bien?, me preguntó.

Una tarde, en Charcas y Julián Alvarez, justo en la esquina, me sentí descompuesto y empecé a vomitar conejos y sentía que el pulóver me asfixiaba. La gente  se agolpó alrededor mío. Llamen a la ambulancia - dijo un vecino. – No, tranquilos, estoy leyendo  a Cortázar, ya se me pasa. Les dije.

Invité a cenar a Julia. En el medio de la velada  me puse romántico y le dije: CON MI YO Y MIL  UN  YO Y UN YO/ CON MI YO EN MÍ/… /MI YO ANTROPOCO SOLO… Julia  me interrumpió, se  sonrió y muy tranquilamente me dijo: Estás leyendo a Girondo.

Decidí  tratarme.

En fin, ya algunos se habían dado cuenta de mi síntoma. Cuando en  la charla con amigos yo decía que había habido un asesinato y luego comenzaba a relatar la investigación se daban cuenta que estaba leyendo a Claudia Piñeiro. Mis amigos lo tomaron como un juego, y apostaban. El que adivinaba que era lo que yo estaba  leyendo, no pagaba la cerveza. Si yo decía que un pavo real caminaba en medio del comedor,  alguien gritaba: “Carver”. Un día llegué hablando de psicoanálisis y de pacientes. El mozo se acercó con la bandeja en la mano, me preguntó:- ¿Ud. No estará leyendo a Rolón? Lo que más los divertía era cuando leía a Fontanarrosa.

Tanto fue así que un verano en el que la temperatura era de 35 grados, yo andaba con bufanda, campera impermeable y guantes, justo cuando leía  Sukkwan  Island. -No vio Zelig?- me preguntó el terapeuta. -Véala. Me pasaba casi lo mismo que a Woody Alen. Entre mi terapeuta y mi profesora de taller literario, me doy cuenta que estoy mejor. El síntoma ya está desapareciendo.  Ayer, cuando me desperté, sentí que tenía  varias patas peludas, y me costó bajar de la cama. Mi familia me llamaba  Gregorio.

El relato original fue adaptado a esta publicación manteniendo su esencia.


martes, 9 de julio de 2013

La historia de mi abuela tucumana

Un día como hoy nació mi abuela Margarita Barrionuevo en un pueblo rural de la provincia de Tucumán del que no recuerdo su nombre. Eso me contaba papá cuando yo era chico y a mí me parecía increíble tener una abuela que había nacido el día de la Independencia y que además fuera tucumana. Cuando fui creciendo, la historia del nacimiento de la abuela tucumana, que conocí de chico, que hablaba muy poco y que se murió cuando todavía yo era bastante chico, me fue pareciendo más un cuento que una verdad. 
Lo normal para aquellas épocas de fines del siglo XIX, era anotar a los hijos en el registro civil cuando se podía, más si era gente de zonas rurales, y si el chico había nacido cerca de la fecha de la Independencia, solía decirse que había nacido el 9 de julio. Era un orgullo. Cualquiera sea la realidad de la fecha de nacimiento de la abuela, me gusta recordar la emoción del viejo contándolo, quizás de ahí le viniera tanto cariño por todo lo que tenía que ver con la patria, los himnos escolares, la identidad nacional, los desfiles donde no solo los militares, sino también las asociaciones civiles, los colegios, y la ciudadanía en general participaba con entusiasmo, aún en días tan fríos e inclementes como el de hoy.

Los titulares del diario Clarín de hoy Martes 9 de Julio de 2013, “Alegrías para Ramón”, “Massa rechazó la re-reelección”, “Moyano volvió a exigir…”, “El 72% cree que creció fuerte la corrupción”,… 

Por eso este recuerdo personal y esta pequeña resistencia a la realidad que surge de los medios de difusión.

 “Feliz cumpleaños abuela” y “Feliz día de la Patria”.

sábado, 29 de junio de 2013

Cuando JULIO le puso la tapa a RAYUELA

A 50 años de su publicación repasamos este rasgo tan particular de Cortázar de ver las cosas.
Portada de la primera edición de Rayuela (1963)

Le escribe Cortázar a Francisco Porrúa:

“Y ahora vamos a ponerle la tapa al libro. ¿Conque estudiando la cosa con Esteban y, por un breve minuto, creyendo que la rayuela quedaría mejor de pie? 
No, che, yo creo que así no va. 
Imagináte que acabás de comprar, haciendo un loable sacrificio, un ejemplar de Rayuela, y que sin perder un instante te has sumido en su lectura. Si sos un hombre normal, sostendrás el libro con la mano izquierda, mientras la derecha se ocupa de dar vuelta las páginas, ir y venir con la pipa, alternándola con los tragos de caña Mariposa que te habrá servido tu mujer, y de cuando en cuando hacer una ademán de admiración que agita el aire de la estancia. Bueno, quedamos en que tu mano izquierda sostiene el libro. Parte de la palma y la raíz de los dedos se apoyan en la carátula, es decir en la Tierra. Pero la parte más espiritual de tu mano, la punta de los dedos, la sed y la ansiedad que viven en la punta de tus dedos, buscan del otro lado el Cielo, tal vez alcanzan a rozarlo, a entrar por un momento en él.

¿Sentís la cosa? Tu mano también lee el libro…” 

viernes, 14 de junio de 2013

ACÁ ENSEÑÓ CORTÁZAR


Para llegar a la ciudad de Chivilcoy hay que tomar la ruta número 5 a la altura de Luján, una zona complicada para manejar debido al mal estado del pavimento, agravado todo por el denso tránsito de camiones. Unos kilómetros adelante, un tramo de autopista reciente, despliega ante nosotros toda la generosidad de la pampa bonaerense.

Hoy es el día del escritor, en Castelar hubo un accidente de trenes. Otra vez.

El ingreso por la avenida Mitre remonta a un tiempo anterior de la ciudad, las edificaciones muestran un cierto abandono, y puede verse una estación de servicio YPF cubierta de óxido. La actividad comercial por aquí es mínima. Es evidente que el pulso de la ciudad ocurre en otro sitio. El largo de las cuadras es inusual y abundan las plazas. Luego me contarán que Chivilcoy fue propuesta por Sarmiento como “modelo” de ciudad a imitar en cuanto a su distribución de hectáreas en pequeños productores y que pudo haber sido la capital de la provincia de Buenos Aires. Visitaré museos y otros ámbitos culturales, una radio y el espacio donde trabajan los periodistas, acompañaré a cubrir una nota y compraré el diario del día. Por la tarde tendrá lugar un debate radial del que participaré y una reunión literaria en la noche conmemorando el día.
-Quiero conocer la escuela donde enseñó Cortázar, le dije a Martha hace un tiempo atrás cuando el encuentro para el día del escritor era un hecho.

Escribe Cortázar en una carta dirigida a Mercedes Arias, fechada en 1940 en Chivilcoy.
“La escuela, a la que me entrego gozosamente, porque me gusta enseñar, es lo único que me aleja un poco de mis preferencias absolutas; fuera de ello cierro los ojos a toda actividad que presuponga dar el tiempo a fines extraños a mí mismo.”

El día va a transcurrir de manera muy agradable, pero en esta ciudad, donde la fuerza de la actividad cultural se siente, la presencia, o si se quiere la “ausencia” de Cortázar nos acompañará siempre. Por eso quiero finalizar esta reseña con una palabras que encontré un día caminando las calles de Buenos Aires escritas en un muro y que decían así:
“Volvé CORTÁZAR. Total, que te cuesta”

13 de Junio de 2013
Daniel FUSTER, invitado por SADE Seccional Chivilcoy

Gracias CHIVILCOY

sábado, 1 de junio de 2013

GOTEO

Posiblemente sea parvovirus, dijo el veterinario. El olor dulzón inunda el ambiente en el que estoy, y un sonido a borbotones lo acompaña, la asistente con cara de trágica circunstancia se detiene en la puerta semiabierta al escucharlos.
Es la hora en que las familias se reúnen alrededor de una mesa para cenar. Yo en este caso, me encuentro observando la pausa que hay entre gota y gota, cuento las gotas, mido con números el tiempo que las separa, el goteo del suero que no debe dejar de ocurrir. Cuando algo me distrae y pierdo el ritmo de las gotas, me inquieto y vuelvo otra vez a comenzar la cuenta.
Aquí, todo es silencio y la vida es una imagen de fotografía, pero la mente no descansa y me distraen los pensamientos del ritmo del goteo.

El momento, el instante que separa la vida de la muerte, se parece al efímero espacio entre dos gotas. Me aferro de alguna forma al goteo que mantiene la vida del cachorro echado sobre la camilla de acero inoxidable. Su pelaje se ha vuelto hirsuto, y ha comenzado a ralearse en el costado de las patas. Él no me mira, la deshidratación inesperada y violenta, vaya a saber adonde habrá llevado sus recuerdos. Sus instintos naufragan por el momento, no es más que un cuerpo maltrecho de cincuenta días.

Ciro ha dejado de comer hace dos días, tampoco resiste su organismo retener el poco de agua que intentamos darle a beber. La mujer mira al perro y luego me mira, no se acerca, tampoco dice nada, mantiene una distancia apática y acostumbrada de ver animales en este estado, donde el goteo y el silencio bordean  la existencia.
La luz blanca de tubos fluorescentes duele, y rebota con el olor que se ha desprendido de los intestinos. Un hilo oscuro y amarronado se desliza por la camilla sin dificultad, al llegar a una esquina que forman el cuerpo y los bordes de la misma, un pequeño lago nace y crece. Sangre. No quiero mirar pero miro. No quiero estar acá pero estoy. El olor obliga,“Me quedo”, digo cuando el médico confirma que ya puedo irme. El goteo y esperar. Esta raza es de las más propensas, una tranquilidad, concluye: “No es contagioso para el hombre”.

Sobre el respaldo de la silla el collar rojo. El ritmo cardíaco dista de ser regular. El aire caliente del calefactor sisea y le solivianta el pelo, se lo esponja, hay cierta placidez que se parece mucho al alivio. Aparecen unos movimientos desordenados, una pata, un imperceptible ronquido, el regusto a la sangre se siente en la saliva, y la lejana, la remota satisfacción de sentirme mejor por haberme quedado.

viernes, 24 de mayo de 2013

DICEN QUE MIS CUENTOS TIENEN HUMOR

Por Daniel FUSTER

Alejandra LAURENCICH habló  de sus primeros contactos con la lectura, de esa nena frente a  las letras de un libro y de su impotencia  por no poder comprenderlas, recordó a su hermano Sergio quién de alguna manera la introdujo en la literatura, primero leyéndole aupada y luego guiándola por las lecturas, el haber descubierto a Joyce en edad muy temprana, y mencionó la década de los talleres con Liliana Heker.

Cuando Alejandra habla hay naturalidad en lo que dice, hay franqueza y es clara. Tengo oficio responde cuando se le pregunta cómo hace para escribir. Algunos son genios, yo necesito del trabajo para lograr la escritura. Sus conceptos son contundentes y no admiten equívocos al momento de interpretarlos. Hay que alejarse de las emociones para poder escribir, hay que dejar decantar, hay que tomar distancia.

“Hay cosas que en la vida real significan mucho, y en la vida literaria si no están debidamente expresadas, pueden significar nada”, concluye sobre la verosimilitud de un relato.

Dicen que mis cuentos tienen humor, nos comenta como si ella no estuviera de acuerdo antes de comenzar a leer “Suerte o desgracia”, que forma parte de su último libro, Lo que dicen cuando callan. Cuando termina la primera página del cuento no podemos dejar de reírnos, mientras ella continúa impertérrita con la lectura. El final del cuento, una dura ironía de tanta risa.

La literatura siempre nos sorprende, Alejandra Laurencich, también.


Anoche, 23 de mayo, en Moreno 590, 1º piso - Asociación de Ex-alumnos del Colegio Nacional Bs. As, un espacio de lectura y análisis de textos que dirige María José Eyras.
Contamos además con la presencia de Irene Chikiar Bauer (autora de La vida por escrito de Virginia Woolf)

viernes, 17 de mayo de 2013

ANHELOS


Ellos subyacen entre lo cotidiano sin siquiera ser advertidos por nosotros, están; y nos hacen realizar acciones que no podemos explicarnos, nos detienen la realidad tintineando apenas entre el tráfico de la ciudad. Nos la pasamos buscándonos sin darnos cuenta de que lo hacemos. 

Deseos de nuestro subconsciente, melancolías de la rutina.







viernes, 3 de mayo de 2013

VIAJO


Viajo en una ruta de agua/ de viento

Viajo sin control/ no atiendo señales

Viajo y me succiona/ el fin de un camino

Viajo convencido/ sé que no hay destino

Viajo y atravieso/ los llanos/ los valles

Viajo y sé te inquieta/ que Viajo tu sueño

Viajo y voy soñando/ lloviendo recuerdos

Viajo y en la música del agua golpeas

Viajo en la tristeza/ membranzas terrenas

martes, 23 de abril de 2013

23 de Abril, DIA DEL LIBRO


En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años. Era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de «Quijada», o «Quesada», que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben, aunque por conjeturas verisímiles se deja entender que se llamaba «Quijana». Pero esto importa poco a nuestro cuento: basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad. 
Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso —que eran los más del año—, se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y, así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos...



CAPÍTULO PRIMERO
El Ingenioso  hidalgo Don Quijote de la Mancha


miércoles, 10 de abril de 2013

BATÁN, de Débora Mundani


2° Premio Fondo Nacional de las Artes 2010.
2° Mención Premio Clarín de Novela 2010, por la novela “El asiento vacío” (Batán).


Soy un lector ávido y exigente y mi paciencia finaliza sin excepción cuando el texto no me captura. Mi llegada a Batán fue así: recomendación, búsqueda y compra; subirme al colectivo, abrir el libro y de ahí en adelante, encontrar que Batán posee la naturalidad de las cosas que ocurren en una familia cualquiera, trivialidades, donde el comportamiento de cada uno de los presentes, con el extrañamiento que la autora les imprime, les da una simpatía que hace que nos identifiquemos con ellos, y eso cautiva. Como escucharla hablar a Débora de su novela, de sus muchas idas y vueltas, todo rociado de anécdotas, reflexiones y muchas risas. Batán destaca por la delicadeza en ciertos detalles que siempre ilustran las escenas, y también por los diálogos que irrumpen y no previenen al lector cuando avanza por las páginas del libro. La voz de Paula y la presencia de Zitarrosa van atando y desatando presentes con pasados, aparecen las nostalgias, sus broncas, y algunas señales que en forma sutil nos ubican en época.
Alguien dijo que batán puede asimilarse a un remolque que llevan los vehículos con equipaje u otros menesteres, como los conflictos que se arrastran por el libro y nunca logran resolverse.
La vida misma.


BATÁN
novela de ficción
editorial BAJO LA LUNA
160 págs. 
año 2012

martes, 2 de abril de 2013

2 de ABRIL


imagen: extracto mural soldados en acampe Plaza de Mayo, abril 2013
El mes de abril es uno de mis meses preferidos, posee una luz especial, el mundo vegetal se muestra diferente y parece haberse detenido. Llueve mientras escribo estas líneas, y la lluvia me gusta. En abril las personas ya no andan tan apuradas por la calle, y es un período de sensaciones multiplicadas por las pausas. 

Era incómodo viajar en Unimog, y la incomodidad no tenía que ver con el viento o las lluvias que esporádicas se colaban dentro del camión, cuando aquellos eventos naturales aparecían, tampoco era la incomodidad de viajar hacinados. La molestia que yo sentía mientras los demás dormitaban, tenía que ver con el cambio tan brusco que había operado en nuestras vidas. No era el viento, no la lluvia ni el frío, tampoco el torpe andar del camión, la incomodidad tenía su origen, en el destino común que nos aguardaba. La incertidumbre. Esto pensaba y no podía dejar de pensar, cuando por el agotamiento del viaje quedé dormido.  
Me desperté de madrugada con un dolor extraño a la altura del riñón izquierdo. Era el cañón de un fusil de un compañero, que se había quedado trabado contra mi cuerpo. 

Fue mi primer miedo real, el primero de los que seguirían viniendo, sorpresivo y metálico, con el cargador puesto, con la falta de saber usar las armas, con el descuido y la temeridad que nos daba la juventud, porque luego de removerme un poco, volví a dormirme sin más. No mensurar los riesgos se parecía mucho a lo que nos iba a ocurrir de ahora en adelante como soldado, como ciudadanos, y como País.

viernes, 15 de marzo de 2013

CONOCIENDO A ROLANDO GOYAUD


                                                        imagen:  Antigua estación de Ituzaingó hacia el año 1874

El ambiente en el que nos encontramos es acogedor. La mesa y las sillas donde nos sentamos son sólidas y de un tinte marrón oscuro. Me ubico mirando hacia la ventana que da a un patio, observar el verde de ese patio me distiende. Rolando comienza a hablar sin premura. Hilvana cada una de las frases con sumo cuidado, y por momentos parece distraerse, la memoria se queja sin mucho esfuerzo, cuando tengas más años te va a pasar igual, le digo que ya me pasa. Estamos en el Museo Histórico de Ituzaingó “Clarisse Coulombie de Goyaud”, que convive con la vida diaria de Rolando porque ahí vive con su familia. Me cuenta del Museo, y al principio no se quita los lentes, cuando lo hace y mientras me habla, mira mucho más lejos de la conversación que estamos manteniendo. Llega un hijo a la casa y me presenta, también llega su señora y nos presenta. Me siento cómodo y lo escucho con atención. Me han invitado a un encuentro de Museos en 9 de Julio, elegí Malvinas como tema para la ponencia, dice rápido. En qué puedo contribuir, pregunto. Ya va, ya voy a llegar me dice para que tenga paciencia.

En un intervalo que se hace entre los titubeos de su memoria y mi espera, le doy el libro que le traje de obsequio, él me entrega uno de los suyos. En La dama del plumero (Premio Municipal Bicentenario de Morón) voy a descubrir a Mamina, voy a disfrutar de una escritura sensible, y voy a comprender también porqué el museo lleva el nombre de Clarisse.
Rolando vuelve a repasar las circunstancias previas que considera necesarias para contarme porqué me ha convocado..., comienza a contarme sobre Juan Carlos Moreno, un historiador del siglo XX, un hombre que se interesó por las Islas Malvinas, por su historia y por su realidad, un hombre que viajó en varias oportunidades a las islas entre los años treinta y setenta, un hombre que recibió post mórtem el premio Santa Rosa de Ituzaingó. Y entonces aparece en la conversación una caja de cartón antigua. Esta caja fue encontrada por Rolando Goyaud hace unos años, en la casa que habitó Moreno cuando vivió en Ituzaingó y que sus descendientes al “vaciarla” de muebles y pertenencias, olvidaron en esa vivienda de la calle Mansilla, una caja plena de testimonios fotográficos y escritos del historiador sobre sus viajes a las Islas Malvinas. Rolando, mientras la acerca dejándola a mi alcance, me observa y parece medir mis reacciones. Levanta su tapa y saca un grupo de fotografías atadas por una banda elástica. Recorro una por una esas fotografías y cada tanto leo la descripción que ha hecho Moreno al dorso de las mismas. Un libro, una partida de nacimiento... hechos y novedades de los años sesenta que desconozco, que muchos desconocen. Rolando me extiende además unas fotocopias de un trabajo en edición, mientras me cuenta lo que ha surgido de la lectura de los papeles encontrados en esa caja, la posición de Gran Bretaña, la de los isleños, la siempre displicente y cuestionable perfomance de nuestros diferentes gobiernos en aquellos años, y mientras escucho pienso lo que he pasado como ex combatiente en el conflicto de Malvinas cuando estuve bajo bandera en 1982, le digo que a pesar de haber transcurrido treinta años aún no logro desprenderme de cierta emoción que me atraviesa cuando estos temas tocan su recuerdo.

Me gustó conocer a Rolando Goyaud, tomar un café y conversar con él rodeados de objetos y presencias del pasado de Ituzaingó, me gustó la historia de la caja encontrada y ver esas fotos en blanco y negro, me gustó escuchar de Rolando el motivo por el  que me convocó. Estas líneas. Yo leo y escribo ficción, y muchas veces descubro que lo que llamamos historia la supera.  Creo que este es el caso, y cuando gano la calle -está fresco y ha comenzado a anochecer-, pienso que 1982 podría no haber ocurrido. Camino hacia mi casa y mientras voy sorteando las baldosas rotas de las veredas  una agradable pero extraña sensación que no puedo adjetivar, me envuelve.

biografía de Rolando Goyaud 
http://es.wikipedia.org/wiki/Rolando_Goyaud

lunes, 11 de marzo de 2013

MARATON



Kilómetro 0 – Todo es fiesta. Calentás los músculos, lo hacés en forma mesurada, ves que algunos te observan, consultás una y otra vez el reloj, aún falta, las manos sudan, hay aire, hay fuerza, hay deseos. 
Hay algo inexplicable e inexpresable.
Kilómetro 2 – Cuando largaste apenas alzabas la vista, hay que ver donde poner los pies para no tropezarse, ahora vas haciendo tu espacio, paso a paso.
La gente saluda en las veredas.
Kilómetro 4 – Has llegado casi a la mitad del recorrido y te hidratás con sorbos pequeños, no podés beber y correr, otros sí, retomás el trote.
Vaciás sobre tu cabeza la botella de agua.
Kilómetro 6 - El sol cae vertical y lastima, la boca sabe a esencias del cuerpo.
Lo notás cuando la recorrés con la lengua.
Kilómetro 7 - Te han adelantado muchos, no has sobrepasado a casi nadie, no hay sorpresas en esto. Tienes que convencerte que el ritmo que has elegido es el que te conviene. 
Lo estás.
Kilómetro 8 – La gente grita y ríe y vos también, aunque no se note, lo hacés con el pecho inflándose orgulloso de estar ahí y de haber llegado hasta aquí, te sentís vivo, real. 
El aire comienza a faltar.
Kilómetro 9 – A mil metros un dolor agudo envuelve la planta de tu pie izquierdo, recorre tu pierna y hace que pierdas la sensación de tu cintura.
Seguís corriendo.
Kilómetro 10 – Mirás con anhelo buscando la meta, no la ves, todavía no, una rodilla choca con la otra, los gritos y la música te devuelven fuera de ti y allá está, increíble, definida, y cierta, todo es fiesta.
Has llegado.

jueves, 28 de febrero de 2013

LOS LOBOS

de Susana Pombo. Poesía.

Cuando Susana se me acercó un día del año pasado, no fue para mí una sorpresa. Y no sabría precisar porqué. Habíamos coincidido en alguna reunión literaria y ya la había escuchado leer sus poemas. Me había dejado el sonido de la poesía. Los que han escuchado a Susana saben de lo que hablo. Cuando en otra ocasión me pidió que la acompañara en una nueva presentación del libro, decirle que sí fué natural.

La pintura de Susana Linares que ilustra la tapa, sacude a quién se acerca al libro. Detiene. Previene.

Estructurado en tres partes, nos va introduciendo paulatinamente en un clima de incomodidad, no hay caricias, no hay sonrisas, hay un desprendimiento total del pensamiento que deja de lado prejuicios y con total honestidad, las poesías abren abismos de estupor. Como recorrer con los dedos una herida reciente.

Nos rodean.
Nos ocupan.
Y a veces, dice Susana, solo a veces...
Nos devoran.

El primer verso dice: "Olfatean la sombra de mi miedo"
...
El verso final poetiza: "Para que yo me hiera con la culpa"

Cierra el libro CARTA PERDIDA, un epílogo pleno de ternura, pero también de dolor.





LOS LOBOS
ed. La Luna Que, 56 págs.
2012

contacto con la autora: susana1732@hotmail.com

martes, 19 de febrero de 2013

Cuando a C la violaron




Yo estaba ahí cuando a C la violaron, mientras ocurría. Estuve antes muy cerca de ella, y no supe darme cuenta de lo que le estaba por ocurrir. En los momentos previos la vi sonreír. Después, pero mucho después, luego de dos o de tres años, comprendí el significado de aquella sonrisa. La vergüenza. Los nervios.

Una vez que ocurrió a C lo que le ocurrió todo volvió a la normalidad. Me levantaba en la mañana muy temprano, los demás también. Yo pensaba en ese entonces que madrugar me alejaba de aquella posibilidad de recuerdo, esa imagen recurrente que cuando dormía penetraba en mi privacidad inconsciente. Me equivocaba.

Presté más atención a la vida cotidiana. Cambié el tipo de ropa que usaba. Dejé de llevar el pelo suelto, grávido y a su antojo. Fui a la peluquería. El que me atendió se negaba a llevar a cabo lo que mi mirada suplicaba. La rabia surgió cuando en la oficina me miré al espejo. No pude llorar, me endurecía el recuerdo de C.

Seguí viajando en tren. En verano es más fácil ir. En invierno es más fácil volver. La oscuridad y el olor conviven. El olor algunas veces te ahoga más que el calor y la cumbia villera. “A diez pesos”, dice el vendedor, “Por solo diez pesos”, repite, e insiste hasta que nos obliga a mirarlo. Recorre el espacio inexistente entre la gente y cada tanto se detiene, cuando lo hace golpea el acero de una cuchilla de cocina en el pasamanos superior.

No siempre fue así. O yo no tenía conciencia que haya sido así. Una mira las noticias, lee los titulares de los diarios, y advierte que estas cosas ocurren. Pero le ocurren a otra. El tipo que venía detrás de C llevaba una gabardina de color indefinido. No había lugar. Nunca lo hay. No hay palabras a esa hora y en ese lugar. La comunicación solo se da a través de un codo o una mochila.

Le hago un gesto para comprarle, pero antes le pido que la quite del estuche y que la pruebe. No comprende. “¡Que la golpees!”, le digo al borde del grito. Todos miran. Todos han escuchado. Busco el sonido del acero en el pasamanos. El vendedor regido por alguna obediencia inexplicable hace lo que le digo, luego se acerca y me extiende la cuchilla. Lo hace dentro del envoltorio de plástico y cartón, lo rechazo con un gesto. Mientras le pago, tomo con cuidado la cuchilla por el mango y la guardo en mi mochila. Todos miran.

Cuento: un brazo, una panza, un hombro. Siempre estoy contando. Lo peor es no poder contar. Sentir que no podés descubrir que es lo que te está tocando, mientras algunas conversaciones ocurren a tu alrededor. Esa conciencia del tacto, y esas charlas que encubren el hecho. El tipo abrió su gabardina delante de C solo unos momentos y volvió a cerrarla, nadie salvo C podía en ese tumulto ver o entender lo que había ocurrido. Para mí fue suficiente ver la cara de C, mientras el tipo de la gabardina pasaba a mi lado para descender en la próxima estación.

Ahora cada uno vuelve a su sueño y se alejan de mí, no mucho, no hay suficiente espacio para ello, pero lo intentan. La cuchilla me da cierto margen. He conseguido por diez pesos algunos centímetros a mi alrededor. 

miércoles, 6 de febrero de 2013

... y dónde estabas



Contaba sueños cuando despertaba
Contaba las horas cuando faltaban días
Contaba los minutos cuando faltaban horas
Contaba mentiras cuando llegaba tarde
Contaba amigos que me abandonaban
Contaba con vos… y dónde estabas

viernes, 25 de enero de 2013

¿Qué leyes se pueden imponer a los libros?


"El único consejo, en verdad, que una persona puede dar a otra acerca de la lectura es que no se deje aconsejar, que siga su propio instinto, que utilice su sentido común, que llegue a sus propias conclusiones. Si estamos de acuerdo en esto, entonces me siento con autoridad para proponer algunas ideas y sugerencias, porque usted no dejará que coarte esa independencia que es la cualidad más importante que puede tener un lector. Después de todo, ¿qué leyes se pueden imponer a los libros? 
...
En cualquier otra parte nos pueden atar leyes y convenciones; ahí no tenemos ninguna."
Virginia Woolf
Homenaje, hoy, en el aniversario de su nacimiento.

viernes, 4 de enero de 2013

La TABLA de los DESEOS


Pasamos año nuevo en la costa, y solo vinieron la tía y la abuela desde la ciudad. Éramos pocos para lo que suelen ser las reuniones familiares de fin de año donde primos, tíos, abuelos, sobrinos y mascotas nos reuníamos de forma habitual. El tiempo estaba feo. Mucho viento, lluvia, y frío.


Luego de desayunar hicimos la clásica vuelta en auto por la ciudad. Para cortar un poco la mañana ya que no podemos ir a la playa –dijo papá. Después de almorzar, algunos se fueron a dormir la siesta, otros miraban televisión, y yo me quedé leyendo. Me dormí recostada en el sofá una siesta chiquita, por eso mismo la tarde anduvo más rápida y también porque estaban los preparativos para la medianoche.

Tina tomó para sí el acondicionar el departamento y la mesa para la cena. Colgó cosas que hizo con papeles en forma manual, puso velas, roció con papelitos de colores la mesa, que quedaron como senderos en la arena. También puso los platos y los vasos, escogiendo entre los más coloridos y vistosos. Todo quedó muy bonito. Tina se da mucha idea con estas cosas.

Papá había propuesto que jugáramos una lotería de fin de año todos, él dijo: "el gordo de Navidad" y luego se rió porque la Navidad ya había pasado. Los mayores pusieron plata para el pozo. Todos queríamos ganar esa plata para gastarla en la peatonal donde cada vez que pasábamos, todo, todo, nos llamaba la atención. Los grandes no se ponían de acuerdo en cuánta plata poner cada uno. La más generosa era la abuela a pesar de ser una jubilada.

La idea era que luego de cenar jugáramos, de esa forma el año nuevo nos encontraría distraídos y no comiendo o durmiéndonos como nos pasaba algunas veces.

No recuerdo cuándo, tampoco quién, aunque sospecho que fue la tía, no quise preguntar y preferí quedarme con la duda porque me pareció casi mágico ver ahí colgado ese papel en blanco y las fibras de colores. Sobre la puerta que comunicaba el living con la cocina, el papel rezaba: TABLA de los DESEOS, le saqué una foto con mi celular para mostrarla a mis amigas. Sonreí. Todos se pusieron contentos y nostálgicos con la idea.

Un nuevo cachorro… se apuró uno de mis hermanos a escribir.
Porque podamos realizar un viaje en familia al norte o al sur, escribí yo.
Que papá no me hinche con el teclado de la compu (escribió mi hermana más chica)

Buen clima, escribió no sé quién. Miré por la ventana. Seguía lloviendo.
Que vivamos felices por siempre (Tiago)
menos NO y más SI
adelgazar, escribió la tía.
Que la abuela viva cien años!!! Cuando leímos este deseo nos quedamos pensativos y unos momentos en silencio.

A todos nos llamó la atención lo que Tiago había deseado con sus diez años, también nos emocionamos cuando la abuela dijo: “qué voy a desear, ya estoy vieja”, y entonces escribió:
“Que se cumplan todos los deseos de todos lo que quiero.”

La tía daba la hora cada cinco minutos hasta que se hicieron las doce menos un minuto. Miré a Tina que había ganado el pozo de la lotería y a mí me pareció justo, sonreía mansamente. Los cohetes se escuchaban por todos lados e íbamos de una ventana a la otra para ver las estrellas multicolores que se formaban en el cielo. Brindamos con gaseosas y sidra, yo probé un poco. Al cabo de un rato la miré a la abuela que estaba sentada en un rincón, no sé si tenía sueño o estaba un poco triste. El mentón casi le tocaba el pecho. Me acerqué a darle un beso y me quedé. Cuando terminaron los fuegos artificiales juntamos todo y lavamos los platos. Me fui a la pieza a dormir, pero la Tabla de los Deseos me daba vueltas y vueltas. Estoy segura que nadie se durmió esa noche sin haber recordado lo que los otros habían escrito. Lo que habían deseado.

viernes, 21 de diciembre de 2012

LA CARTA DE ANA

Hace unos años, creo que fue allá por el 2007, descubrí en casa de mis tías una carta. Una prima de España les había escrito. Al leer la carta quedé atrapado por la forma en que Ana se expresaba y también por esa caligrafía que con esfuerzo creaban sus casi noventa años. Pedí prestada la carta, y en un impulso le escribí.

Por supuesto que también lo hice de forma manuscrita sintiendo un placer remoto y casi olvidado: "Escribir una carta a mano y enviarla por correo postal".

Pasó un tiempo que resultó excesivo para el tipo de respuestas vía email a las que estamos hoy tan acostumbrados, pero al cabo de un par de meses llegó su misiva. Así comenzó esta relación epistolar que cuando la recuerdo me emociona. Ana falleció no hace mucho, nos habremos escrito, cinco, seis, siete cartas a lo sumo en esos años. No más. Sin embargo dejó en mi persona un recuerdo imborrable. Mucho más cuando su nieta Mar mientras me decía con un email que Ana había fallecido me contaba que les había pedido apenas unos días antes de morir: "Si me pasa algo por favor avísenle a Daniel".

Por eso escojo como cierre de un año muy bueno en lo personal estas palabras de Ana, a quién me hubiera gustado conocer personalmente.
Cuando lean parte de esta carta que no transcribí totalmente porque contiene cuestiones que son muy personales, quiero que se pregunten si esto no es acaso literatura, aunque Ana solo cuenta lo que le pasa y lo que recuerda cuando era chica, es decir Ana, la realidad, y la ficción, son uno, y se fusionan en la carta que sigue...

Gracias ANA.
Zaragoza Noviembre de 2008



Querido sobrino Daniel:

Recibí tu carta fechada el 31 de Agosto (que llegó a mis manos el 8 de Setiembre). No te pido disculpas por mi retraso, pues la verdad, es que te he dedicado muchas horas de mi poco tiempo libre, como puedes ver por las fotocopias que te adjunto.
Quiero que sepas todo sobre tus bisabuelos…, y sobre la marcha de tu abuelo a la Argentina, que tal vez no sepas y te interese saber.
Me dices que te gusta leer. En eso nos parecemos (aunque ahora, tan vieja, ocupada y torpe para andar, no me cunde el tiempo como antes y me queda poco para la lectura). Antaño leía en la cama a esas horas mágicas en las cuales no hay que hacer comidas ni fregotes, no llama nadie a la puerta, ni suena interrumpiendo el impertinente teléfono… Pero eso era antaño, hoy día todo me cuesta esfuerzo y acabo cansada y dolorida
 ...
Me contó mi abuela que tía Antonieta, cuando era jovencita, mantuvo correspondencia, durante años, con su prometido, un joven Teniente destacado en Africa.

Mientras ella bordaba y bordaba haciendo su ajuar muy de exposición (primorosos bordados a mano, puntillas y encajes adornando lencería, ropa de cama y mesa, en cantidades exagerada, siguiendo la moda de entonces y la costumbre de la montaña).

Por fin un día todo estaba dispuesto para la boda. Se habían celebrado las amonestaciones, reunido los invitados, recibidos los regalos, contratados los músicos, el traje de novia, la comida semi-preparada, engalanada la Iglesia con flores blancas, los anillos, las arras… todo. Solo faltaba el novio.

Este escribía muy contento, decía haber ascendido a Capitán y obtenido mes y medio de permiso (para la boda y posterior luna de miel). Calculando cuanto le costaría cruzar la Península, de Algeciras al Pirineo, anunció su llegada para la víspera de la boda. Se le esperaba con ilusión e impaciencia, pero… no llegó. 
En su lugar se recibió la noticia. Fue una de las víctimas mortales de un choque de trenes. La novia quedó/  imagínate/ Decía haber comprendido que Dios no la quería casada y… prometió seguir soltera.

Asi termina esta historia mientras veo muy cerca la Navidad y aprovecho esta carta para enviaros nuestra felicitación. Os deseo toda clase de prosperidades y salud y amor para disfrutarlas plenamente.
Con todo cariño, tía Ana.

sábado, 8 de diciembre de 2012

ESCRIBO DESDE LA COCINA


Escribo desde la cocina, sobre la mesa de madera que tiene el mismo hueco, esa depresión oscura que una plancha encendida provocara antaño, y escucho el sonido de mi madre yendo, con su piel blanca y pecosa, su paso tibio, su palabra justa y serena, su entusiasmo inquebrantable, su andar titubeante por los años, y esas arrugas que a multitudes caen por los costados de su rostro, que te observa desde la quietud del pasado, que te mira el alma descubriéndote en ella, ella que nunca pregunta, ella que siempre escucha y a lo sumo y sin juzgar te dice ¿qué te pasa Dani?, y entonces volvés a ser pequeño...

Párrafos del relato Bahía Blanca incluido en esta 2da edición de La abuela Luisa, que fuera presentado en la Casa de la Cultura de la Universidad Nacional del Sur (UNS), el 6 de diciembre.

Gracias Delfina Gonzalez Prieto, y producción BAHIA DIRECTO
Canal 9 - Grupo TLF
http://www.youtube.com/watch?v=9MRuRu4WTnk


Gracias Bahía por la calidez de tu recibimiento.
Imagenes de la presentación:
http://www.facebook.com/photo.php?fbid=422134761188817&set=a.422134337855526.95357.100001768915238&type=1&theater

Gracias Liliana Castro Decana del departamento de Matemáticas de la UNS.
Gracias a la Secretaría de Extensión  Universitaria.
Gracias Carlos Quiroga de Radio UNIVERSAL, FM 95.5
Gracias Gustavo Appignanesi y Alejandro Garay por haberme acompañado. 

domingo, 2 de diciembre de 2012

LA ABUELA LUISA en la Casa de la Cultura de BAHIA BLANCA



   Imagen: Casa de la Cultura de la Universidad Nacional del Sur

Auspicia: Secretaría General de Cultura y Extensión Universitaria.

El jueves 6 de diciembre, a las 18.30, en la Casa de la Cultura de la Universidad Nacional del Sur (avenida Alem 925) será presentado el libro "La abuela Luisa y otros relatos" de Daniel Fuster.
Estará acompañado en la ocasión por el doctor Gustavo Appignanesi y Alejandro Garay, quién estuvo bajo bandera durante el conflicto de 1982 con Gran Bretaña.

Fuster es egresado de la UNS y actualmente reside en Ituzaingó, Buenos Aires.
Por esta obra obtuvo el premio de la Faja de Honor SADE, en la categoría cuento, y recientemente declarada de Interés Municipal y Cultural en la ciudad de Ituzaingó.

Además, el autor ofrecerá un adelanto de su nueva novela "1982 Crónicas de un soldado sin guerra" a editarse el año próximo.

Los espero.


domingo, 25 de noviembre de 2012

LA ABUELA LUISA de Interés MUNICIPAL y CULTURAL

En el recinto del Concejo Deliberante de Ituzaingó, se presentó la 2da Edición de La abuela LUISA y otros relatos. Declarada de Interés Municipal y Cultural por decreto del Honorable Concejo Deliberante.
La apertura fue realizada por el Dr. Jorge Píccoli, Secretario de Cultura y Promoción Social.

El siguiente link, que contiene una reseña, fotos y video refleja la "fiesta" del encuentro.
http://www.lavozdeituzaingo.com/2012/11/24/2214/#more-2214

viernes, 23 de noviembre de 2012

NO PUEDO ESCRIBIR SIN UN LECTOR


dice John Cheever

"No puedo escribir sin un lector. Es precisamente como un beso.
No puedes hacerlo solo"
 






23 de NOVIEMBRE 2012 - Presentación 2da edición LA ABUELA LUISA y otros relatos
18.30 - HCD de Ituzaingó - Mariano Acosta 141.